sábado, 16 de junio de 2012

Casa de citas / Ray Bradbury / Un intenso resplandor



Ray Bradbury
UN INTENSO RESPLANDOR

Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso... El resplandor se apaga y se hace la oscuridad. 

Ray Bradbury
"Calidoscopio" en El hombre ilustrado


Ilustración de Rébecca Dautremer
Ray Bradbury
UN INTENSO RESPLANDOR
Traducción de Francisco Abelenda

La vida termina como el resplandor de un film, una chispa en una pantalla. Todos los prejuicios y pasiones se reducen y se encienden por un instante en el espacio, y antes que se pueda gritar: -Aquel fue un día feliz, aquel otro un día desgraciado, aquella era una cara malvada, aquella otra una cara bondadosa-, sólo quedan del film unas pocas cenizas. La pantalla se oscurece.

Ray Bradbury
El hombre ilustrado

jueves, 14 de junio de 2012

Casa de citas / Ray Bradbury / Los libros



Ray Bradbury 
BIOGRAFÍA


LOS LIBROS

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe...









miércoles, 13 de junio de 2012

Casa de citas / Ray Bradbury / La biblioteca de Alejandría



Ray Bradbury
(1920 - 2012)
BIOGRAFÍA

LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA

Tenía nueve años cuando me enteré de los tres incendios de la biblioteca de Alejandría y me eché a llorar.




martes, 12 de junio de 2012

Casa de citas / Ray Bradbury / Internet


Ray Bradbury
BIOGRAFÍA 

INTERNET

Es una gran distracción. Yahoo me llamó hace 8 semanas. ¡Querían poner un libro mío en Yahoo! ¿Saben qué les dije? Al demonio con ustedes. Al demonio con ustedes y con internet. Es una distracción. No tiene significado; ¡no es real! Está en el aire, en algún lugar”











domingo, 10 de junio de 2012

Triunfo Arciniegas en Destinos intermedios

Fotografía de Christian Coigny
Triunfo Arciniegas
en DESTINOS INTERMEDIOS
Blog de Octavio Escobar

MUJERES de TRIUNFO ARCINIEGAS

Octavio Escobar
Bogotá, 2010
Foto de Triunfo Arciniegas
Todos sabemos que Triunfo Arciniegas está familiarizado con las caperucitas, los superburros y las muchachas de Transilvania. También sabemos que es un gran fotógrafo y un blogger ingenioso, atento y constante; imperdible, en resumen. Y sabíamos, aunque no lo dijéramos en voz alta, que en sus minicuentos, depurados durante años, y entre las líneas de sus cuentos, novelas y obras de teatro para niños y jóvenes, dormían fragmentos de exquisita poesía. Y ahora, con un título que en su sencillez oculta varias facetas e intereses, la editorial Entreletras nos enfrente a la evidencia de que ese escritor al que hemos aprendido a admirar en cada una de sus expresiones, ahora también se confesó poeta, y bueno. Exceso de excesos, sobre todo de talento.
Nuestra única revancha posible es apropiarnos de sus versos.

Octavio Escobar
3 de mayo de 2012




VERONICA

Era niña
en la hierba.
Mi mano estirada
hacia el cielo
apagaba
y encendía
la lámpara del sol.
Es mujer
y otra cara
entretiene sus dedos.

PRIMER AMOR
Por sus oscuras caricias,
al fondo del solar,
arriesgaba la vida.
Trepaba a las ramas más altas,
hasta alcanzar los duraznos
de su antojo,
el precio del pecado.

Entre el rumor del río
y los chillidos de los cerdos,
el oleaje de otro cuerpo,
la miel del paraíso,
la húmeda rendija
a otros mundos.
Años después
su aroma todavía
resplandece en mis dedos,
que en otra piel la buscan.

PENITENTE

O como la muchacha
que al atravesar el parque
es sorprendida por el viento
y la visión de sus muslos
nos devuelve al paraíso.

ORACIÓN
Señor,
si no me ama,
aléjala de mí.

LECCIONES DE GRAMÁTICA
Se ríe maliciosa
inclinada sobre mí
descolgados los senos
ahora que reviso su cuaderno de apuntes

NOCTURNO

Húmedo y ansioso,
un animal me espera
entre tus piernas.

OFELIAS
Ahogadas en estanques de astromelias
Por sus ojos abiertos
Pasan las nubes

http://destinosintermedios.blogspot.com/2012/05/mujeres-de-triunfo-arciniegas.html





jueves, 7 de junio de 2012

Beatriz Helena Robledo / Triunfo Arciniegas vuelve y juega



Triunfo Arciniegas

Vuelve y triunfa Triunfo

Los besos de María

Por Beatriz Helena Robledo

Triunfo Arciniegas
(ilustraciones: Sandra Ardua)
Editorial Alfaguara, colección Alfaguara Infantil, Bogotá, 2002, 88 págs.

       El libro Los besos de María reúne nueve cuentos del escritor malagueño Triunfo Arciniegas dirigidos a lectores jóvenes que quieran divertirse con las picardías y aventuras de los más insólitos personajes. Encontramos en estos relatos piratas terribles, niños ingeniosos, como Pedro Lucas, quien rescata una moneda que ha caído en el sombrero de un mendigo a través de una serie de trueques; una princesa enamorada de un sapo; María, quien reparte los besos que su novio le ha dejado antes de ir a la guerra; la loca Irene, que también regala besos, pero en las esquinas de Bogotá y al primer transeúnte que pase; un vendedor de sombras que resulta un estafador; sirenas locas que cambian sus colas por piernas para poder bailar; una gallina que trota y corre en los hipódromos y que tiene un serio problema de personalidad; y hasta tres botones que terminan en las camisas de tres personajes diferentes, quienes se transforman totalmente por el hecho de adquirir y llevar el botón.
       Son relatos ágiles en donde hay humor, desenfado y sobre todo una gran imaginación que rompe con todas las convenciones y se acerca a la imaginación infantil. En "Jonás, el pirata que se quedó del barco", el recurso más utilizado para caracterizarlo es la hipérbole:
       Era terrible ese pirata. Su cabeza brillaba como bola de billar. De la oreja izquierda le colgaba una argolla de oro macizo. Las tres heridas de cañón que adornaban su pecho parecían rasguños si se comparaban con el remiendo de la pierna. Sus brazos, gruesos troncos repletos de tatuajes, exprimían al enemigo como si fuese una naranja y, en las parrandas, quebraba los toneles de vino como si fuesen huevos. Con sus manos desnudas podía atrapar un cocodrilo. Era terrible, era un pirata. [pág. 11]
    Todo lo que hace Jonás es exagerado y lo que pasa a su alrededor también. La furia del pirata por no encontrar a su novia, una cartagenera, Perica Lunares, es tan grande que hace arrodillar a los habitantes de miedo y agrieta las murallas.


Cerdo bebiendo luz
El Naranjo, 2006
Fotografìa de Triunfo Arciniegas

     En "Juego de botones" hay un claro intertexto con el cuento de Hans Christian Andersen "La aguja de zurcir". Los botones se desprenden de la camisa, pues están cansados del agua fría y de las cosquillas del jabón y la aguja se quiebra por coser un tejido demasiado grueso para ella, tan fina. Todos, botones y aguja, salen al mundo y viven una serie de aventuras. Arciniegas hace uso aquí, además, de un recurso proveniente del juego dramático: los botones, una vez desprendidos de la camisa, se transforman en diferentes personajes con distintas funciones. Por unos días fueron boca y ojos de una muñeca de trapo; luego fueron una constelación en lo alto del cielo; después se pegaron a un abrigo negro y se aburrieron de asistir a los entierros; más adelante fueron felices en la corbata de un payaso. Cada uno termina en la camisa de un señor diferente, hasta que finalmente se vuelven a encontrar por pura casualidad.
       En "La moneda de Pedro Lucas" lo que hace Arciniegas es echar mano de la estructura de un encadenado: Pedro Lucas pide uvas frescas, y a cambio le piden una taza de café, pide el café, y a cambio le piden un pisacorbatas; pide el pisacorbatas, y a cambio le piden un helado; pide el helado, y a cambio le piden tres plumas de paloma y luego comienza a devolverse y a entregar cosa por cosa. Es un cuento ingenioso y divertido.

Fotografìa de Triunfo Arciniegas


       En casi todos los relatos hay un permanente juego de intertextualidad que enriquece mucho el argumento y le da humor y picardía al conjunto. Son alusiones rápidas a otros textos o a otros contextos, que aunque el niño lector no pueda descifrarlos de inmediato, enriquecen su imaginario y sus referentes, de los cuales más adelante, en su formación como lector, podrá hacer uso. En "Besos de sapo", por ejemplo, al sapo se le ocurre montar el negocio de los besos después de haber leído la Historia universal del beso, "una antigua edición de tres tomos empastados en cuero y con ilustraciones a todo color, que descubrió en el mercado de las pulgas". Aquí es clara la referencia a muchas historias universales, pero es inevitable asociarlo con Historia universal de la infamia de Jorge Luís Borges. Más adelante la referencia es a los cuentos maravillosos, cuando el sapo cuenta que un anciano le ofreció tres deseos a la orilla de un pozo. Cumplir los deseos ajenos había sido su primer deseo; por falta de tiempo no había solicitado aún los otros dos. Vemos que no sólo hay intertextualidad, sino también ironía y parodia, lo que le da al relato mucha soltura.
   En esta misma historia hace referencia a Whitman, el poeta norteamericano, sobre todo a su poema Canto a mí mismo del libro Hojas de hierba: "Me celebro a mí mismo / y cuanto asumo tú lo asumirás / porque cada átomo que me pertenece / te pertenece también a ti / ...". El sapo, ante el espejo, reconocía que el poeta Whitman tenía razón: "-Soy como soy y me gusta como soy -decía cada mañana y la gente lo adoraba" (pág. 54).
     Son alusiones llenas de desparpajo e irreverencia que resultan muy refrescantes no sólo para la historia misma sino también para los jóvenes lectores.
       En "El vendedor de sombras", introduce al lector en la tradición literaria de la concepción de la sombra como parte inherente a la personalidad del ser humano y la posibilidad de que la sombra adquiera una vida propia independiente de su dueño. Esta tradición sobre las sombras ha tenido exponentes reconocidos, como Adalbert von Chamisso y Hans Christian Andersen. Arciniegas, con el mismo desparpajo y el mismo humor que en los demás cuentos, echa mano de este motivo y se inventa una historia en la que el vendedor de sombras es un estafador, que vende sombras de mala calidad que se agujerean y compra sombras resistentes que vende de contrabando en el exterior.
      Hay en todos los relatos un tono propio de la oralidad que les da agilidad y rapidez y que caracteriza en parte el estilo de los cuentos para niños de este autor nortesantandereano.
     Triunfo Arciniegas tiene una larga trayectoria en la escritura para niños y jóvenes y se caracteriza por escribir textos con una rica imaginación, llenos de humor e ironía, utilizando con gran habilidad los recursos de la hipérbole, la parodia y la intertextualidad.




BEATRIZ HELENA ROBLEDO






martes, 5 de junio de 2012

Triunfo Arciniegas / El vendedor de sombras



Siblings Shadows by Angela Simione
Triunfo Arciniegas
Biografía
EL VENDEDOR DE SOMBRAS

Llegó con una sombra bonita y reluciente que nos encandiló. Era alto y delgado, de gestos femeninos y voz apenas audible. Habló poco, sin entusiasmo, como si sólo tratara de hacernos un favor.
      -Ya la tengo vendida –dijo, sacudiendo la sombra como quien desempolva un tapete-. Pero no quiero esperar hasta mañana.
         -No tenemos dinero -dije.
         -Entonces no hay nada que hacer.
     -Pero podemos reunirlo -dijo mi mujer, Carmencita, la mata de la impaciencia.
         -¿Todo?
         -Casi todo –dijo mi mujer.
      El hombre se rascó el mentón, enrolló la sombra y la guardó en el maletín. Se levantó para despedirse.
         -Aunque hay otra manera, señora -dijo.
         Esperamos con el alma colgada de un hilo.
         -Le puedo recibir su vieja y gastada sombra.
       Pensé que mi mujer, tan quisquillosa, diría: “Vieja y gastada, su abuela”. Pero no.
         -¿Por cuánto? –dijo.
      -Por la mitad, imagínese. Es decir, mi querida señora, si me llevo su sombra, le dejo la mía a mitad de precio. ¿No es razonable?
         -Es razonable -dijo mi mujer, con la boca hecha agua.
     No tuve tiempo de recordarle a mi querida señora que los pobres no podemos darnos el lujo de cambiar de sombra. Nacemos y morimos con la misma.  Pero la conocía bien. Cierto brillo en los ojos delataba su ansiedad y no tenía ganas de alborotar el avispero. El hombre debió advertir el mismo brillo, pues prometió pasar más tarde.
        Nos dedicamos a la penosa tarea de reunir el dinero. El compadre  Jairo Aníbal me debía unos pesos desde marzo.  A Juana María le habíamos vendido un perro. Acababa de pintarle toda la casa a Trinidad Santiago y me debía la mano de obra. Acudí a todos, con razones urgentes, calamidades, extravagancias, con los argumentos que consideré más convincentes, menos con el despreciable motivo de una sombra nueva para mi mujer, y reuní una bonita suma, bonita pero insuficiente.
         Volví a casa. No sé de dónde pero mi mujer tenía el resto.
        Hicimos el negocio como a las seis de la tarde en un parpadeo.
       No lo podía creer: mujer con sombra nueva. Teníamos que celebrar. Mi mujer propuso que saliéramos a bailar a Decamerón y no me pareció buena idea. En la oscuridad de una discoteca no se podrían apreciar las virtudes de la sombra. Además, nos habíamos quedado sin dinero, y Decamerón tenía unos precios como para caerse de espaldas. Nos conformamos con un paseo gratuito por el parque, a la hora de la retreta. La banda municipal aporreaba pasodobles. Mi mujer parecía una niña con muñeca nueva. Pocas veces la había visto tan feliz. Daban ganas de robarle besos. Durante toda la retreta, esa pequeña fiesta de los sábados, todo mundo se deslumbró con Carmencita, que no le pasaban los años, que qué vestido tan bonito, que si se tiñó el cabello, que si no sé qué más, y era que estrenaba sombra.
         La mujer de Emiliano, la negra Nieves, se veía divina. Qué mujer.
         Y también la hermana del cojito Abelardo, Almendra Colmenares.
         Todos vanidosos, Emiliano y Abelardo brincaban entre la gente.
     No dije nada, por supuesto: mi mujer era la más bonita. La reina. Carmencita Rosales de Agua de Dios. Yo soy Juan Agua de Dios, pintor de brocha gorda, ajedrecista aficionado y acuarelista anónimo.
        Volvimos felices a casa, dándonos besos, como enamorados recientes, y entonces pensé que el gasto había valido la pena.
        Mi mujer se levantó tarde el domingo. Salí a comprar el periódico y a charlar con los amigos. Cuando regresé, poco después del mediodía, todavía no había almuerzo. A mi mujer le dolían los huesos. Había pasado la mañana en la cama, hablando por teléfono con la negra Nieves, la mujer de Emiliano. Aún estaba en bata y pantuflas.
        Dije que no tenía hambre, pero pasé por la nevera y alivié con algunas frutas el clamor de las tripas mientras mi mujer terminaba un sancocho de pescado. Leí el periódico, almorcé solo, fui donde el flaco Antonio y perdí una partida de ajedrez. Volví a casa y encontré a mi mujer en la cama, triste, con los párpados morados de la tristeza. La invité a salir y no quiso. A un helado y no quiso. Le preparé un caldo de hueso y se negó a probarlo.
         -Mañana vas al médico -dije.
      Salí a caminar un rato y me encontré con Emiliano. Conversamos y pronto dimos con el tema de mi mujer.
         -Amaneció con la depre.
         -¿Con quién?
         -La depresión. Volando bajo. Triste y con dolor de huesos. Y pensar que ayer estábamos tan felices.
        -Lo mismo digo -dijo Emiliano-. Mi negra amaneció rara, alicaída. ¿Por casualidad no le compraste sombra nueva a Carmencita?
         -De contado -dije-. Carmencita dio su propia sombra en parte de pago.
        -El hombre nos dijo que era la única que le quedaba y que ya la tenía vendida –contó Emiliano, rascándose la cabeza-. Aceptó la sombra de Nieves y nos rebajó el cincuenta por ciento. Pobre negra. ¿Has visto a la hermana del cojo Abelardo?
         -Sí. Preciosa, ¿verdad?
         -Creo que Abelardo le compró una sombra.
        Fuimos a casa de Abelardo Colmenares y comprobamos la sospecha. La misma depresión, el mismo dolor de huesos. El mismo vendedor. El mismo negocio. En ese momento la hermana de Abelardo, Almendra, descalza y despeinada, con la lánguida belleza de los diecisiete, salió de su cuarto y atravesó el patio, en dirección al baño.
         -Esa porquería de sombra tiene huequitos -dijo.
         El cojito Abelardo se aporreó la cabeza contra la pared.
         -No es tu culpa –dije.
       Le pedí prestado el teléfono y llamé a casa. Otra sombra agujereada. Emiliano llamó a su mujer y la misma historia. Imaginé las sombras desbaratándose como telarañas.
         -¿Y ahora qué hacemos? -dijo Abelardo, mordiéndose las uñas.
         -Ya sé cuál es el negocio -dijo Emiliano-. El hombre vende sombras de pacotilla a los bobos y luego vende las sombras de los bobos en el extranjero.
         -Vamos a buscarlo -propuse.
         -Lo vi salir del Hotel Victoria -dijo Abelardo.
       En el hotel nos informaron que el hombre, Agustín Veredas, había dejado el cuarto a mediodía, a toda prisa, perseguido por dos hombres vestidos de negro. Preguntamos si nos permitirían registrar el cuarto.
         -La camarera ya hizo la limpieza pero pueden pasar. El señor Veredas, por el afán, olvidó su maletín.
         Solicitamos el maletín y tratamos de abrirlo. Aunque no pesaba mucho, podía contener las sombras, que carecen de peso. Tratamos de abrirlo con todas las llaves del hotel y todas las nuestras, con ganzúas improvisadas, temerosos de lastimar el contenido. “Necesitamos unas palabras mágicas”, suspiró Abelardo, más ingenuo que nadie. Al final, pendientes del hilo de la esperanza, en vez de conjuros buscamos un cerrajero y, por suerte, dimos con las sombras. No había dinero. Sólo fotografías de hombres maduros, casi todos con sombrero y bigote, y un pasaporte, con sellos de todos los países, que confirmó las sospechas de Emiliano.
        No había tiempo que perder. Emiliano fue corriendo a su casa con la sombra de su mujer y Abelardo cojeó hasta la suya con la sombra de su hermana. Cuando llegué a la mía, Carmencita, casi sin sombra, navegaba en un mar de lágrimas. Se puso la sombra propia y con la escoba recogió los pedacitos de la otra y los arrojó a la basura. Estaba tan cansada que se durmió de inmediato.
         No volvimos a ver al vendedor. Unos días después encontré su foto en el periódico. La noticia decía que dos desconocidos habían asaltado a Agustín Veredas en una calle de Bogotá y le habían dado muerte. Nada decía del negocio de las sombras.



Beatriz Helena Robledo / Triunfo Arciniegas vuelve y juega
Triunfo Arciniegas / El vendedor de sombras
Triunfo Arciniegas / Besos de sapo
Triunfo Arciniegas / Los besos de María



sábado, 2 de junio de 2012

Triunfo Arciniegas / Besos de sapo



Triunfo Arciniegas
Biografía
BESOS DE SAPO

El sapo tenía una venta de besos en la plaza de mercado del Señor de los Milagros, y era una venta exitosa, por cierto. Venían a ver al sapo desde tierras lejanas y recibían el paquete de besos luego de contar las historias más terribles. A muchos se les vio corriendo, felices, con los besos en una caja de caramelos o en una botella de Coca-Cola.
       Muy temprano llegó un hombre con cara de necesidad. Traía los zapatos rotos y el corazón remendado. Y en sus manos, un sombrero más retorcido que un alambre.
         -¿Para qué necesitas mis besos? -dijo el sapo.
         -Quiero que María Inés me quiera -respondió el hombre.
         -¿Por qué?
         -No quiero vivir sin María Inés.
       -Dame treinta rosas amarillas y un tarrito de mermelada de albaricoque.
       El pobre hombre buscó las rosas y la mermelada con tanta devoción, con tanto fervor, que la noticia voló a los oídos de María Inés, y cuando regresó de afán a su país, María Inés lo esperaba con los brazos abiertos, muerta de curiosidad por los besos de sapo.
Una muchacha pálida, que había olvidado quién era de tanto mirar la luna, llegó tambaleándose a la plaza de mercado del Señor de los Milagros, y el sapo le entregó sin preguntas media docena de besos atados con una cinta roja. La muchacha se los comió uno a uno y recordó que venía del mar, que respondía al nombre de Juana Peralta y le había dado el corazón a un tal Nicasio Almirante. Luego recordó quién era el tal Nicasio y se fue corriendo.
         El sapo era de una eficacia asombrosa. Sus besos servían hasta para curar el dolor de estómago. Una vez una señora acudió con lágrimas a la famosa plaza de mercado del Señor de los Milagros porque se habían robado su vaca de pintas negras.
         -Deja de llorar, Lola ya está en el patio de tu casa –dijo el sapo.
         -¿Y vas a darme besos?
         -Te doy uno para Lola, aunque no lo necesita.
         -¿Sólo uno?
       -Le das tréboles frescos machacados con azúcar morena y agüita de yerbabuena porque volvió muy asustada. La ordeñas, haces un queso y me lo traes.
A la semana siguiente la señora volvió con el queso y la vaca.
-Eres el héroe de la familia -dijo.
Lola cubrió al sapo con besos de novia agradecida.
-No más, no más, que me haces colorear -suplicó el sapo.
Había escapado viva de milagro. A punto de sacrificarla, los ladrones se quedaron dormidos de un momento a otro, con la taza del chocolate entre los dedos. Lola reventó la cuerda del cautiverio y caminó bajo la luna llena hasta encontrar el patio de su casa.
El sapo había alcanzado la felicidad. Venían a verlo de todas partes del mundo para saber la historia de la vaca y él contaba cada vez una versión distinta. O la historia de los besos. Dijo, por ejemplo, que se le ocurrió la idea del negocio después de leer Historia universal del beso, una antigua edición de tres tomos empastados en cuero y con ilustraciones a todo color, que descubrió en el mercado de las pulgas. Otra vez dijo que un hombre muy viejo le había ofrecido tres deseos a la orilla de un pozo. Este era el primero: cumplir los deseos ajenos. Había estado tan entretenido que aún no solicitaba los otros dos.
La fama de sus historias casi igualaba el prestigio de los besos. A nadie le sorprendería que se hiciera escritor y sus libros se vendieran como pan caliente, con la sonrisa de oreja a oreja en la foto de la solapa.
        Le gustaba ser sapo. Se veía al espejo y reconocía que el poeta Whitman tenía razón: el sapo es la obra maestra de Dios. “Soy como soy y me gusta como soy”, decía cada mañana. La gente lo adoraba.
         Todo estuvo de maravilla hasta que el sapo se enamoró. Como todos los sapos, se enamoró de la más bella, una que no quería nada, que no parecía de este mundo, una que pasó por ahí y ni siquiera lo miró.
         El sapo cerró el negocio y corrió detrás de la hermosa.
         -¿Qué quieres?
         -Quiero verte –dijo el sapo.
         -No estoy en exhibición –dijo la mujer.
        -Quiero vivir contigo –dijo el sapo, todo débil-. Quiero chapotear en el pozo de tu corazón. Quiero bañarme en la fuente de tus cabellos. Te daré todos los besos que quieras.
         -Si con esos sueños te despertaste, querido, vuélvete a dormir.
         -Me llamaste querido –dijo el sapo, y de regocijo casi revienta.
         -¿Tú eres el presumido que vende besos?
         -Lo veo y no lo creo, princesa. Habías oído de mí. ¿Acaso me buscabas?
         -Nunca había oído hablar de ti. ¿A cómo vendes los besos?
         -Por docenas hago descuentos –dijo el sapo, todo coqueto.
         -No quiero tus besos.
       -Quiero los tuyos –dijo el sapo, y estiró la lengua para atrapar una mariposa que le llenó la barriga de colores.
         -Descarado. Así no se le habla a una princesa.
         -Perdona este alboroto, princesa. Tengo el corazón como potro desbocado.
         -¿Qué harías por mí?
         -Lo haría todo por ti –dijo el sapo.
         -Tengo sed. Tráeme un viento raspado.
         El sapo trajo el vaso de viento raspado más dulce, más colorido, más suave de toda la plaza de mercado.
         -Vas bien. Tráeme una cometa.
         El sapo no sólo trajo la cometa sino que volvió volando.
         -Te ves bien en el aire. Tráeme una rosa de azúcar.
         Nadie sabía de las rosas de azúcar, pero el sapo regresó con una.
         -Te mereces un beso.
         -Nunca he querido tanto algo en mi vida –dijo el sapo y cerró los ojos.
        Se sintió llenó de estrellas, se sintió untado de chocolate, se sintió perdido en una infinita sala de conciertos donde se oía toda clase de música.
         Al abrir los ojos era completa y absolutamente feliz.
         -Estoy a punto de pedir mis otros dos deseos, pero me aguanto –dijo.
         -¿De qué hablas? Déjate de secretos.
         -Tengo dos deseos pendientes –explicó el sapo.
         -Sólo tienes que pedirlos.
         -Los reservo para la luna de miel –confesó el sapo.
         -En ese caso, casémonos cuanto antes.
         -¿No se vería raro? Eres toda una princesa.
         -Casos peores se han visto.
         -No soy un príncipe, soy un sapo.
         -Se nota de lejos.
         -¿Y de cerca?
         -No cabe la menor duda –bromeó la princesa-. No seas tonto, sabía que eras un sapo cuando te busqué. Abandoné un reino por conocerte.
         -¿Me buscaste? El corazón me salta como un sapo.
        -Sabía de ti –dijo la princesa, sonriendo-. Ya eres mi amor y tienes derecho a mis secretos.
        El sapo hizo tres saltos tan perfectos que merecieron tres besos.
      -Ay, tus besos dan felicidad. Dan ganas de vivir. De trabajar. Con permiso, debo abrir el negocio. De algo tenemos que vivir.
        -Te mereces todos los besos, querido, te desvives por la felicidad ajena.
     La hilera de clientes atravesaba el pueblo. Habían esperado con paciencia porque sabían que el sapo volvería y entonces recuperarían la dicha. Así fue. Los besos mantenían su legendaria eficacia y, además, ahora el sapo vivía con una mujer hermosa cuya sola presencia daba ganas de cantar. Sus besos, ay, sus besos de mujer encantada aseguraban la felicidad del sapo.