
EL PADRINO Y LAS NARANJAS
Marlon Brando necesitaba que un niño actuara con naturalidad. Tomó una naranja, puso dos trozos de cáscara en su boca y, sin proponérselo, creó uno de los momentos más recordados de El Padrino.
La escena ocurre cerca del final de la película.
Vito Corleone, el hombre que durante años decidió sobre la vida y la muerte de otros, se encuentra retirado en el jardín de su casa. Ya no aparece rodeado de guardaespaldas, empresarios ni hombres que besan su mano. Está solo con Anthony, su pequeño nieto.
El niño que participaba en la secuencia tenía apenas cuatro años y no respondía con la naturalidad que Coppola necesitaba. Brando había procurado conocerlo antes de filmar, pero la escena todavía no funcionaba.
Entonces tomó una naranja.
“Así es como juego con mis hijos”, explicó.
Cortó la fruta, colocó dos pedazos de cáscara sobre sus dientes y comenzó a fingir que era un monstruo. El niño se asustó de verdad y retrocedió. Brando abandonó inmediatamente el juego, lo tomó en brazos y lo tranquilizó.
La reacción no estaba cuidadosamente calculada. El temor, el alivio y las risas surgieron del encuentro real entre un actor experimentado y un niño que no sabía exactamente qué iba a ocurrir.
Coppola diría décadas después que aquella improvisación salvó la escena.
El gesto también reveló algo fundamental sobre Vito Corleone.
El hombre que había construido su poder mediante amenazas y violencia era capaz de transformarse frente a su nieto. Durante unos instantes dejaba de ser el jefe de una organización criminal para convertirse en un abuelo que hacía gestos ridículos con una fruta.
El monstruo fingido entretenía al niño.
El verdadero permanecía oculto detrás de una apariencia familiar y afectuosa.
Poco después, Vito continúa jugando entre las plantas de tomate. Corre detrás del niño, se detiene, comienza a toser y cae al suelo. Anthony sigue jugando durante unos instantes sin comprender que su abuelo acaba de morir.
La naranja quedó así unida a su despedida.
Pero no era la primera vez que aparecía cerca de él.
Cuando Vito es atacado frente a un puesto callejero, acaba de comprar varias naranjas. Al recibir los disparos, la bolsa cae y las frutas ruedan sobre el pavimento mientras su cuerpo se desploma.
También pueden verse naranjas en otros momentos vinculados con amenazas, traiciones o violencia. Aparecen en la mesa del productor Jack Woltz antes de que despierte con la cabeza de su caballo en la cama. Más adelante vuelven a acompañar reuniones y personajes cuyo destino está a punto de cambiar.
Con los años, espectadores y críticos comenzaron a interpretar la fruta como una advertencia: cuando una naranja aparece en el universo de los Corleone, algo terrible está cerca.
Sin embargo, esa lectura no fue completamente planeada desde el comienzo.
Dean Tavoularis, diseñador de producción de la película, explicó que las naranjas se eligieron inicialmente porque su color brillante contrastaba con los interiores oscuros, la ropa sobria y la fotografía dominada por tonos marrones y negros.
Nadie, según recordaba, anunció durante la producción que la fruta representaría la muerte.
El símbolo nació casi por accidente.
Pero una vez que el público reconoció el patrón, resultó imposible ignorarlo. Las películas posteriores retomaron la asociación hasta convertirla en una parte de la identidad visual de la trilogía.
En la versión original de El Padrino III, Michael Corleone termina sus días solo en Sicilia. Envejecido, aislado y perseguido por los recuerdos de quienes perdió, deja caer una naranja cuando su cuerpo se desploma.
La imagen conecta su final con el de su padre.
Vito murió jugando con un nieto que lo amaba. Michael murió acompañado únicamente por un perro, después de haber perdido a su hija, a su esposa y a casi todas las personas que alguna vez formaron su familia.
En la reedición de 2020, Coppola modificó ese desenlace y dejó de mostrar directamente la muerte de Michael. Su castigo ya no era simplemente morir, sino continuar viviendo con todo lo que recordaba.
Las naranjas de El Padrino demuestran cómo se construyen algunos de los grandes símbolos del cine.
No siempre nacen de un plan cuidadosamente escrito. A veces comienzan como un detalle visual, una solución improvisada o un actor intentando hacer reír a un niño.
Después, la historia les concede un significado mucho mayor.
Marlon Brando solo tomó una naranja para salvar una escena.
Terminó entregándole a la trilogía su presagio más famoso.
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