viernes, 15 de febrero de 2013

jueves, 14 de febrero de 2013

Diario / Las garotas de Ipanema

Garota en Ipanema
Rio de Janeiro, 13 de febrero de 2013
Foto de Triunfo Arciniegas



Triunfo Arciniegas
Las garotas de Ipanema
14 de febrero de 2013


Tengo una cosa rara, una raíz amarga, un animal que me carcome. No es fácil viajar. Se percibe en el aire la fragilidad. La vida fácil está en casa. Me siento en casa mejor que nunca cuando se aproxima la fecha de un viaje y entonces me da la ordenadera y me aburre pensar en kilómetros de carreteras, en hoteles de mala muerte y gente que uno nunca no ha visto en la vida. Qué rico sería dedicarme a leer estos libros o sería bonito pintar estas paredes, me digo, o voy a volver a salir a caminar con los perros de madrugada. El tiempo se vuelve intenso, corrijo las pruebas de un libro, resuelvo asuntos editoriales, armo paquetes para luego lleven al correo o hasta escribo alguna cosa. Y suceden accidentes que antes postergaban los viajes: se me parten los lentes o me enfermo o me deprimo de manera espantosa. Pero no puedo conformarme con ese dulcísimo vientre que es mi amada casa, repleta de libros y belleza, y empiezo a viajar de mala gana y poco a poco voy tomando vuelo. Nunca lo he hecho: conformarme, resignarme. Nunca esquivo los retos de la vida, y siempre voy hacia otra etapa, siempre estoy por entrar a otro cuento. 

Hace apenas dos meses, a principios de diciembre, recorría las privatizadas playas de Puerto Vallarta, donde ya se habla más inglés que español, en ese México lindo y querido que va del Día de Muertos hasta el Día de la Virgen de Guadalupe, la Patrona, y leía a más de treinta grados una esplendorosa biografía de Patricia Highsmith recién comprada en Guadalajara. En Vallarta las playas y el mar están marcadas por los lazos de los hoteles cinco estrellas donde agonizan los gringos, y uno se pregunta a dónde van los pobres, dónde les permiten mojarse el culo, maldita sea. Y hace un mes, después de una Navidad y un Año Nuevo en casa, ya me había inventado otro viaje: Cartagena de Indias, la ciudad amurallada, esplendorosa y miserable, donde reina el bullicio y el acoso de los vendedores y donde uno se junta con todo mundo y las negras preciosas se dan por manotadas. Llevé a René desde Pamplona a conocer el mar, cancelando así una deuda muy antigua, y me leí Carol y la mitad de otra novela de Patricia Highsmith. Ahora estoy, gracias a los dioses, en las amplias y muy bien cuidadas playas de Rio de Janeiro leyendo a Fonseca en portugués, escribiendo y tomando fotos y cada vez más loco.

Ayer me desperté temprano y subí las entradas de siete blogs. Escribí sobre el carnaval como una bestia de mil cabezas para Ficciones, mi blog más personal, y subí el texto con una foto de antier: una muchacha casi desnuda que baila en mitad de la calle, en una sopa hirviente de cuarenta grados. Luego salí a fotografiar las pintadas de las retorcidas calles de San Teresa, o las calles pintadas de Santa Teresa para decirlo con exactitud, hasta bajar al centro. Con semejante calor terminé en Cinelândia, pasando por zonas deprimidas y malolientes. La miseria tiene su podrida aroma. Dos vagabundos tristes miraron con codicia mi cámara, el riesgoso  e imprescindible lujo de mis viajes, sin mencionar el portátil y el par de discos duros, y huí espantado. Pasé por una caseta de libros de segunda, mi último coto de caza en este mundo, ya en un territorio más seguro, pero su dueño no abrió. Supongo que se embriagó en el carnaval con los dólares que le di el otro día. Me hubiera gustado conversar con él y comprarle algo más de Rubem Fonseca o Lygia Fagundes Telles. Sé que tiene varios títulos de Clarice Lispector, una novelista famosa por su dificultad. Estuve buscando en el centro de Rio de Janeiro una casa de cambio, pero me dijeron que todo seguía “fechado” en la avenida Rio Branco. Me aconsejaron que fuera a Copacabana. Tomé el metro hasta la estación Cardeal Arcoverde y cambié trescientos dólares en dos casas distintas. De dos, el dólar bajó a 1.95 reales en estos días: la devaluación me costó cinco coca-colas personales. Rio es escandalosamente cara, casi tan cara como Nueva York, madre mía. Compré agua y un remedio para la tos, que me sigue azotando. Y busqué un pozo de sombra en la avenida Atlántico (que separa la playa, el mar y la ciclovía de los edificios y los hoteles más caros -léase quinientos o más dólares por noche) para escribir un rato. Tengo una idea que puede funcionar, algo que soñé hace dos o tres noches. Volví a ver a mi viejo amigo Carlos Drummond de Andrade y nos tomamos otra foto. No bebe desde el 17 de agosto de 1987 y entiendo que tampoco fuma. No dice nada. Pero sus antiguas palabras me estremecen hasta los huesos: "¿Por que Deus é horrendo em seu amor?"  Se trata de la última línea de "A Santa", el poema sobre una mujer sin nariz que hace milagros. Parece un recuerdo de la propia niñez del poeta. El y otros muchachos le llevaban alimentos y ofrendas a la santa y la contemplaban petrificados de miedo. No dice nada, pero sigue ahí, firme, de espaldas a la playa, muy sereno y seguramente muy feliz porque todas las muchachas lo abrazan para tomarse una foto. 

Me divertí con la cámara el resto de la tarde. Recorrí toda Copacabana, hasta el hotel donde me hospedé en 2010, y una parte del otro lado del paraíso: Ipanema. Una mujer se me acercó pero no entendí su conversación. Le dije que no hablaba portugués y dejé que se fuera. Tal vez buscaba un cliente o tal vez solo quería que le tomara una foto.  De alguna manera nos hubiéramos entendido, pero no me inspiró confianza. Al contrario de Blanche Dubois, el personaje de Un tranvía llamado Deseo, nunca he confiado en la bondad de los extraños. Antes de encaminarme a Copacabana, incluso antes de llegar al centro, almorcé ("costeleta do porco") junto a unos argentinos (uno de ellos con argolla de marrano en la nariz y gruesas arandelas dentro de los lóbulos de sus pobres orejas)  pero no les hice conversación, por supuesto, y me bebí una cerveza en la playa junto a unos colombianos muy felices. Vienen de Cali y Medellín. Intercambiaban las trivialidades propias de las personas que no tienen nada que hacer y que llevan ya muchos días viajando juntas. No me dieron ganas de entrar al juego. Me sentí muy extraño, muy solo en Ipanema, con tanta belleza y sin nadie para compartirla. Sigue por acá la Garota de Ipanema con su lento caminado, con su sensualidad, con su belleza perturbadora:

Moça do corpo dourado, do sol de Ipanema.
O seu balançado é mais que um poema.
É a coisa mais linda que eu já vi passar.

Tanta belleza hiere. Tanta piel. Hasta el mismo mar parece una piel dorada con la perezosa caída del sol. Una muchacha abandonó un resto de besos y se humedeció con una ola para apartarse la arena de la tarde. Otra cubrió su esplendorosa preñez antes de volver a casa. Otras dos jugaban como gatas en la arena: se perseguían, se tumbaban, corrían de la mano. Sus risas y la musicalidad de sus frases me atormentaron hasta los mismos huesos, y sentí la saliva como una pedrada en la garganta. La soledad no sabe bien con los lugares paradisíacos. La soledad tampoco sabe bien con el vino y las comidas exquisitas. Se lleva con el tabaco, remedio para melancólicos, pero ya dejé de fumar, maldita sea. Creo que desde mediados del siglo XIX. Me emborracho una vez cada tres años y me espantan las putas día y noche. Ni siquiera le debo plata a nadie, es el colmo. Así voy camino a la santidad y terminaré (aburrido en un nicho y con los brazos extendidos) como San Triunfo I, patrono de las desesperadas, especialista en preñeces y maridos descarriados.

Me tendí en la playa a oír a un cantante callejero, una gran voz, exquisita y educada, y un guitarrista prodigioso, después de la magia de la luz de la tarde. Me pregunté entonces cómo pudo llegar a esto, a cantar para gente de paso, por unas miserables monedas. Sus cabellos largos y sus sandalias maltratadas me hicieron pensar en el hombre que nunca fui, desdichado sí pero ya nunca más muerto de hambre, vagabundo sí pero con una casa tibia en el corazón. Oscureció despacio. Luego me levanté y caminé hasta la estación del metro.



miércoles, 13 de febrero de 2013

Diario / El carnaval



Summer of Love
Carnaval de Rio 2013
Santa Teresa, Rio de Janeiro, 12 de febrero de 2013
Foto de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
El carnaval
Rio de Janeiro, 13 de febrero de 2013





Así recordaba la frase: “Porque estoy dentro del monstruo puedo hablar de sus entrañas”. Creo que lo dijo Martí, en un sentido político, de otra manera (Google siempre a la mano): “Viví en el monstruo y le conozco sus entrañas”. Pero no voy a hablar de política sino de la parranda. “Quien lo vive es quien lo goza” es la frase que identifica al carnaval de Barranquilla. Y sólo así se entiende el carnaval, por dentro.

El carnaval no solo sucede en el sambódromo, cuyas entradas son caras y se venden como pan caliente, con frecuencia de manera anticipada como parte de los paquetes turísticos. El carnaval no solo son los lujosos y extravagantes carros o las escuelas de samba con más de cuatro mil miembros: el espectáculo más grande de la tierra,  televisado para el mundo. Existen los blocos que desfilan por las calles, cada vez más numerosos y cada vez más nutridos. "Podemos ver en las ruas a preciosa origem do carnaval profundo", escribe Arnaldo Jabor en O Globo. Este año se han visto en las orillas de Rio de Janeiro blocos que congregan a más de cuatrocientas mil personas, cuatro cientos mil locos que cantan y danzan en un solo y exaltado cuerpo, en una sola nota de felicidad.

Ayer entendí ese animal vivo.  Ayer vi ese animal caliente y sudoroso deslizándose por las calles laberínticas de Santa Teresa, en Rio de Janeiro, y me hice parte de su piel y sus huesos. Uno se disfraza y entra en otro personaje, deja atrás al hombre cotidiano, ese que debe ganarse el pan de cada día y debe resolver miles de problemas, ese que se enferma y se endeuda y tarde o temprano se muere, uno deja de ser uno y se integra a los otros: el carnaval es un animal de miles o millones de cabezas y un solo cuerpo. La música y el licor hacen su parte. Las canciones de los blocos de Rio de Janeiro son breves y elementales pero muy pegajosas, manifiestan alegría pero se alimentan de cierta tristeza, de cierta melancolía que revuelca las entrañas. Son canciones eternas: pueden cantarse durante horas. No entiendo mucho de música pero advierto que estas canciones se arman con dos melodías, y pasan de una a otra de manera automática, sin principio ni fin, como una cadena. Todo el mundo las canta, todo el mundo se las sabe. Cantan y bailan a cuarenta grados, no dejan de mover los pies, los brazos, el cuerpo. El secreto está en los pies. El cuerpo puede moverse como se le antoje pero la electricidad viene de los pies, así como la belleza comienza y se sostiene en la misteriosa manera de caminar de las mujeres. Mujeres sudorosas y hombres vestidos de mujer, mujeres disfrazadas de monjas o novias, hombres dentro de muñecos gigantes y mujeres en el aire. Cantan y se mueven sin descanso mientras haya música. Los músicos vienen encaramados en los carros, mucho más cerca del sol inclemente,  asegurados con tuercas a la melodía. La gente toda se arroja papel picado y agua, se toma fotografías, grita, se abraza, hace bromas, se exhibe sin pudor, se besa con descaro. Viejos y muchachos, más muchachos que viejos, más mujeres que hombres, cantan, bailan. Cantan, bailan. Esta monotonía termina en exaltación, como puede apreciarse en los rituales de antiguas culturas. El carnaval es cuerpo, es sudor, es ruido, pero uno sale de su propio cuerpo y entra a otra dimensión. Se le dice delirio, se le dice fiesta, se le dice carnaval.


martes, 12 de febrero de 2013

Diario / Los pies del vagabundo



Triunfo Arciniegas
Los pies del vagabundo
Rio de Janeiro, 11 de febrero de 2013


Nadie asocia las playas de Rio de Janeiro con vagabundos. De hecho, no hay vagabundos ni mendigos en Ipanema o Cocapacabana: supongo que la policía los ahuyenta para no "afear" el paisaje. Porque hay miseria en Rio. Como en tantas otras ciudades, como en Cartagena de Indias, tan bella y espantosa, en Rio conviven el esplendor y la miseria. Mientras unos derrochan y beben hasta caer dormidos, otros agonizan por un trozo de pan y mueren de sed.

De manera que esta foto, tomada el pasado 7 de febrero, resulta rara: un vagabundo en Copacabana. Aquí empieza Copacabana, con un breve y estrecho sendero para pescadores. El vagabundo permanecía inmóvil, con los ojos cerrados, como si orara, en la última hora de la tarde. Le hice varias tomas sin que advirtiera mi presencia. Pude rodearlo y advertir que había dulzura en su rostro.

Alekos dice que parece un Charlot (los talones unidos y las puntas de los pies separados), y tiene razón, aunque este Charlot no es pobre sino miserable. Cuando uno no tiene donde dormir, cuando  uno anda descalzo por las calles de nadie y no sabe cuándo será su próxima comida, entonces uno ha caído en la miseria.




lunes, 11 de febrero de 2013

Casa de citas / Sylvia Plath / Lady Lazarus


Sylvia Plath
Boston, Massachusetts, 27 de octubre de 1932
Londres, 11 de febrero de 1963 

LADY LAZARUS
Versión de Cecilia Bustamante

Lo logré otra vez,
Me las arreglo —
Una vez cada diez años.

Especie de fantasmal milagro, mi piel
Brillante como una pantalla nazi,
Mi diestro pie

Es un pisapapel,
Mi rostro un fino lienzo
Judío y sin rasgos.

Descascara la envoltura
Oh, mi enemigo,
¿Aterro acaso? —

¿La nariz, las cuencas vacías, los dientes?
El apestoso aliento
Se desvanecerá en un día.

Pronto, muy pronto, la carne
Que la tumba devoró
Se sentirá bien en mí

Y yo una mujer que sonríe.
Tengo sólo treinta años.
Y como gato he de morir nueve veces.

Esta es la Número Tres.
Qué desperdicio
Eso de aniquilarse cada década.

Qué millón de filamentos.
La multitud mascando maní se agolpa
Para verlos.

Cómo me desenvuelven la mano, el pie —
El gran desnudamiento.
Damas y caballeros.

Estas son mis manos
Mis rodillas.
Soy tal vez huesos y pellejo.

Sin embargo, soy la misma, idéntica mujer.
La primera vez que sucedió tenía diez.
Fue un accidente.

La segunda vez pretendí 
Superarme y no regresar jamás.
Oscilé callada.

Como una concha marina.
Tenían que llamar y llamar
Recoger mis gusanos como perlas pegajosas/

Morir
Es un arte, como cualquier otra cosa.
Yo lo hago excepcionalmente bien.

Lo hago para sentirme hasta las heces.
Lo ejecuto para sentirlo real.
Podemos decir que poseo el don.

Es bastante fácil hacerlo en una celda.
Muy fácil hacerlo y no perder las formas.
Es el mismo

Retorno teatral a pleno día
Al mismo lugar, mismo rostro, grito brutal
Y divertido:

“Milagro!”
Que me liquida.
Luego una carga a fondo

Para ojear mis cicatrices, y otra
Para escucharme el corazón –
De verdad sigue latiendo.

Y hay otra y otra arremetida grande
Por una palabra, por tocar
O por un poquito de sangre

O por unos cabellos o por mi ropa.
Bien, bien, está bien Herr Doktor.
Bien. Herr Enemigo.

Yo soy vuestra obra maestra,
Su pieza de valor,
La bebé de oro puro

Que se disuelve con un chillido.
Me doy vuelta y ardo.
No creas que no valoro tu gran cuidado.

Ceniza, ceniza —
Ustedes atizan, remueven.
Carne, hueso, nada queda. 

Una barra de jabón,
Una alianza de bodas.
Un empaste de oro.

Herr Dios, Herr Lucifer
Cuidado.
Cuidado.

Desde las cenizas me levanto
Con mi cabello rojo
Y devoro hombres como el aire.






domingo, 10 de febrero de 2013

Diario / Lengua y carnaval

Bella
Carnaval de Rio de Janeiro 2013
Foto de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
Lengua y carnaval
Rio de Janeiro, 10 de febrero de 2013


Ayer no fue un buen día: estoy enfermo. Soy todo mocos, tos, dolor de huesos, dolor de garganta. En cuanto a los remedios, no solo estoy en otro país sino en otro idioma.

La gente de parranda en Rio y yo sentado, con mis dolores, viéndola pasar. Creo que la mayoría son mujeres, bendito sea. Ya no se aplica el dicho de "la mujer en casa y el hombre en la plaza".

Es una fiesta bonita. Tal vez sea mi mirada. Tal vez sea el profundo afecto que tengo por los brasileños y los portugueses. 

Me estoy moviendo en el metro y en mototaxis: 3.20 y cinco reales.  La mototaxi subió un real por motivo de carnaval. Ya tengo la tarjeta del metro en el bolsillo.   Cerca de la estación Gloria, al principio de la rua Benjamin Constant, se encuentra el paradero de motos que suben como alpinistas a Santa Teresa. Leo el periódico todos los días, tal como me lo había prometido. En el viaje pasado aprendí a leer en portugués. Venía de Buenos Aires en ese entonces, junio de 2010, y había traído tres libros magníficos en español. Pero no leí ninguno porque el primer día compré La Metamorfosis en portugués y pude entenderla. Al fin y al cabo, me sabía la historia. Al día siguiente ya había despachado a Kafka. Después encontré Pedro Páramo, que había leído por lo menos cinco veces en español. Hay pasajes que me sé de memoria. Así que fue mucho mejor. Incluso pensé que el traductor al portugués se quedaba corto en un par de expresiones. Aprendí mucho, en todo caso, con este libro.

Luego seguí con un par de libros para niños y rematé con una maravillosa biografía de Anne Sexton, unas quinientas páginas que me bastaron para el resto del viaje. Como no sabía nada de la poeta norteamericana, cada párrafo descifrado era una delicia.  Parece que no solo daba lecciones en el territorio de la poesía sino en la cama. 

Así que ahora puedo leer revistas y periódicos y me atreví a crear un blog en portugués, Pessoa. Empiezo a enterarme de los asuntos propios de este país y me asombra el tamaño de mi ignorancia. Entro a otro mundo.




sábado, 9 de febrero de 2013

Diario / Tratado de la felicidad


Carnaval de Rio de Janeiro
8 de febrero de 2013
Foto de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
Tratado de la felicidad
Rio de Janeiro, 8 de febrero de 2013

Empezó el carnaval de Rio y la alegría se desata. Todo mundo se va tan feliz. La participación es masiva. Con cualquier cosa la gente se disfraza y se une al jolgorio. La fiesta es un asunto tan propio y tan natural de esta gente.

"Lamento muito, pois estou tãn feliz", dice una presentadora de televisión en una de las revistas de vanidades que están en los kioscos esta semana. La frase viene destacada en la tapa y me parece bien. No creo mucho en la felicidad, me parece más una materia de comerciales de televisión, donde hasta los jabones y la limpieza del piso dan ganas de cantar. No creo mucho en la felicidad pero por estos días estoy a punto de alcanzarla. Por otra parte, tampoco creo que haya que pedir permiso para ejercerla o hacerse perdonar por su abuso. Dichosos los felices, podría decirse. "No soy tan imbécil de ser infeliz", me dijo una vez Jairo Aníbal Niño.

En fin, las distintas miradas de la felicidad.

La vida es dolorosa y difícil, frágil y fugaz, tan fácil de perder. No se puede recuperar, no da una segunda oportunidad: quiero decir, la vida es de una sola edición, no viene con borradores o versiones aumentadas y revisadas por su autor, como los libros.

La vida es lo que es, y si alguien tiene la habilidad y la suerte  para ejercerla con felicidad nadie tiene el mínimo derecho a censurarlo. Envidio a los felices. A veces me cuelo entre sus filas y saboreo su deliciosa aroma.



viernes, 8 de febrero de 2013

Diario / Marina Colasanti

Marina Colansti
Rio de Janeiro, 6 de febrero de 2013
Foto de Triunfo Arciniegas


Triunfo Arciniegas
Marina Colasanti
Rio de Janeiro, 6 de febrero de 2013

"Estás jovencito", me dice Marina Colasanti en casa de Ana Maria Santerio. Nos hemos reunido para comer con su marido  el poeta Affonso Romano de Sant´Anna, con el ilustrador Rubem Grilo, con otros amigos de Ana Maria Santeiro. Marina tiene 75 años y se mantiene tan vital, tan elegante, tan bonita. Expresa su afán por hacer cosas porque se llega a una edad en que se sienten los límites. "En cualquier momento uno puede irse", precisa. Y acude a una metáfora: la vida como campo de batalla. El hombre mayor es como uno de esos soldados del siglo XIX o principios del XX en la primera fila del combate, aferrado a un fusil que no detiene las balas del enemigo. Algunos caen, otros siguen,  nadie puede retroceder. Uno ve caer al vecino y sabe que puede ser el siguiente en caer. 

Me acuerdo ahora de una frase de Francis Bacon: "Los amigos están muriendo como moscas". Y uno se va quedando solo.




jueves, 7 de febrero de 2013

Diario / La luz de Rio de Janeiro

Botella y limón
Rio de Janeiro, 2013
Foto de Triunfo Arciniegas
Triunfo Arciniegas
La luz de Rio de Janeiro
Rio de Janeiro, 5 de febrero de 2013

Cae la tarde en Rio de Janeiro. He estado viajando dos días y dos noches, desde Pamplona, por tierra y por aire, y al fin estoy de nuevo en esta luz divina. Se oyen los pájaros y perros de Santa Teresa, una parte alta de Rio, a unos cinco kilómetros del sambódromo, donde se armará la rumba en unos días. Es un día gris, algo frío y lento. Lloverá esta noche. Ya empecé a tomar fotos. Cuesta arriba, según entiendo, se va al Cristo del Corcovado. No se ve desde el balcón. Al otro lado de las montañas, otras montañas, a "praia": Copacabana e Ipanema. Allá iré pronto. Leeré en portugués hasta el mes que viene, oiré portugués hasta el mes que viene. Lo leo, no a la perfección pero lo leo, no lo hablo pero algo entiendo cuando hablan. Espero que algo se me haya pegado cuando vuelva a la niebla.



miércoles, 6 de febrero de 2013

Diario / La corrupción en Venezuela


Señor
Caracas, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
LA CORRUPCIÓN EN VENEZUELA
Caracas, 4 de febrero de 2013


Perdí mi cuaderno de apuntes recién comprado. Por suerte. Quiero decir, apenas había escrito unas páginas. El cuaderno vale huevo pero el texto, al menos para mí, vale oro. Había escrito sobre la corrupción en Venezuela y ahora me da pereza reconstruir el texto. Se sabe que Venezuela es el país más corrupto de América Latina, incluso más que Colombia y México, paraísos de corruptos, qué barbaridad. El gobierno chavista se prolonga más de la cuenta y acumula sus pecados.  Me espanta pensar que Chávez amenaza con gobernar hasta el 2030, y cumplirá su promesa si el cuerpo le aguanta. La porquería saldrá a la luz cuando otro partido retire la alfombra que cubre el piso del privilegiado círculo que rodea a Hugo Chávez. El poder y el dinero desbocan las ambiciones.

Pero quería señalar los pequeños asuntos de la vida cotidiana que tanto me interesan. Llegué al terminal de transportes de San Cristóbal, en el Estado Táchira, como a las seis de la tarde, con tiempo suficiente porque, según entiendo, hay servicio hasta las diez. Pero ya no había un solo tiquete. Pregunté en todas las ventanillas y ninguna empresa tenía cupo para Caracas. Sin embargo, un tipo pregonaba con descaro "directo Caracas" y una muchacha con una lista sobre una tabla también ofrecía cupos. Le pregunté al hombre si se trataba de un viaje pirata y dijo que no. Le pregunté el precio ("250 bolívares") y dije que sí. No había de otra. Si no pago el sobrecupo tengo que pasar la noche en San Cristóbal y pierdo el vuelo de mañana a Rio de Janeiro. Mientras nos acercábamos al autobús de Flamingo, le armé conversación al hombre. Le dije de frente, refiriéndome al precio del tiquete: "Usted se queda con una parte", y me respondió: "¿Entonces de qué vivo?" Se trata de un negocio tramado por la misma oficina que expide los tiquetes, por el conductor y el ayudante del autobús y el tipo de la reventa, que se queda con el veinticinco por ciento. ¿Cómo es posible que se quede con un veinticinco por cinco en una transacción (ilegal, por supuesto) que apenas dura unos cinco minutos? El precio real del tiquete, con los impuestos incluidos, es de doscientos bolívares.

En fin, el revendedor me conectó con el conductor, que me expidió el tiquete, y entonces le pagué no al conductor sino al revendedor la suma acordada.

Y no es la primera vez que me veo en esta situación.  En los viajes que hice el año pasado también pagué el sobreprecio. En Venezuela hasta para tomar un taxi hay que pagar intermediario. En el terminal de La Bandera, en Caracas, pululan los revendedores como si fueran los dueños de los taxis. Uno acuerda la tarifa con estos tipos, ellos contratan al taxista y se quedan con un porcentaje.

Quiero señalar otro asunto, absurdo y arbitrario. Al parecer, a los colombianos se nos está exigiendo un tiquete obligatorio  Caracas-Bogotá por Copa. Me dicen que a un señor que viajaba al exterior y ya tenía a su regreso la conexión  Caracas-San Antonio le hicieron comprar el mencionado tiquete. El aeropuerto de San Antonio está a unos diez kilómetros de Colombia, San Antonio está al otro lado del río y es zona franca. Les pregunté por qué me obligaban a comprar un tiquete de Caracas a Bogotá cuando vivo en Pamplona, a una hora y media de Venezuela. No necesito pasar por Bogotá para volver a casa: de Bogotá a la puerta de casa hay una distancia de unos quinientos kilómetros. Creo que alegan razones de inmigración pero no creo que haya alguien tan loco como para venirse a vivir a Venezuela, un país a la deriva, un país sin presidente, y, además, con el sello en el pasaporte, ellos mismos están concediendo noventa días de permiso. La medida es a todas luces injusta y arbitraria. Puedo llegar Caracas por aire y salir del país por tierra, por la Guajira, por San Antonio, por los llanos. Mi compromiso consiste es no excederme de los noventa días.

No quiero alargar más el cuento: aparte de los tiquetes Caracas-Rio de Janeiro-Caracas, tuve que comprar por Copa el bendito tiquete Caracas-Bogotá. Los primeros cuestan seis mil bolívares, y el último, cuatro mil. Siento como si estuviera pagando una multa por un pecado que no cometí.



martes, 5 de febrero de 2013

Casa de citas / Robert Walser / Ideas

Robert Walser

Robert Walser
IDEAS

Con todas mis ideas y necedades podré fundar muy pronto una sociedad anónima para la difusión de ilusiones hermosas, pero nada fiables.


Lea, además
Biografía de Robert Walser

domingo, 3 de febrero de 2013

Robert Walser / Decir


Robert Walser
DECIR


No desearía a nadie ser yo. Sólo yo soy capaz de soportarme a mí mismo. Saber tanto, haber visto tanto y decir nada acerca de nada.



Lea, además
Biografía de Robert Walser

sábado, 2 de febrero de 2013

Casa de citas / Robert Walser / Medio loco



MEDIO LOCO
by Robert Walser

Uno es siempre medio loco cuando es tímido con la gente.


Robert Walser
Jokob von Gunten

“One is always half mad when one is shy of people.”



viernes, 1 de febrero de 2013

Casa de citas / Alejandra Arciniegas / Milú

Milú
Pamplona, septiembre de 2012
Fotografía de Alejandra Arciniegas
Alejandra Arciniegas
MILÚ

1

La perra se perdió el lunes.
Toda necia, comiendo heces de caballo y cruzando sin mirar la calle. La llamé porque iban dos camiones en el mismo carril y fue un rápido "casi" pero el susto la mandó corriendo lejos, lejos, y la perdí de vista y desde ese momento la busco. Admito que cuando mamá la trajo  a casa mantuve cierta distancia. Terminó viviendo con Pedrillo para simplificar tareas de limpieza y paseo diario. Siempre me gustó verla correr y saltar. Casi se desbarataba al ver llegar a cualquiera de nosotros. Entendía la orden de sentarse y daba la mano. Una, luego la otra. Me molestaba que al ponerle el collar empezara a retorcerse y a morderlo con ansiedad. Poco a poco se iba calmando, pero no dejaba de jadear exageradamente. Destrozó completico el mueble que papá y yo le habíamos dispuesto a Pedrillo: arrancó el costal del forro y le sacó la espuma. Dejó las huellas de sus invencibles dientes por todas partes, sin olvidar las facturas que se comió. Pedrillo también se perdió una vez como por dos meses y apareció de repente por ahí, tan flaco y sucio que al principio no lo reconocimos. Puede ser que Milú vuelva, pero también puede que no.

2

Esta mañana recibí la llamada que tanto había esperado. Una señora del barrio El Progreso dijo haber visto a Milú; que fuera a ver a la tienda de doña Cecilia. Agarré camino por la empinada cuesta del barrio preguntando en cada tienda, pero no la encontraba. Llegué donde la señora Paulina y me dijo que más arriba era Hilda y luego Silvia, que si estaba segura que así se llamaba la señora. Me hizo dudar. En ese barrio gigantesco sólo hay en dos sitios donde venden minutos. Decidí bajar a buscar dónde hacer una llamada y el azar me llevó a la tienda indicada. Cuando comenté que estaba buscando a mi perrita, la dueña de la tienda dijo: "Soy yo, soy Claudia..." Entonces me di cuenta que me había equivocado de nombre. Doña Claudia, que tenía mi número anotado en su brazo, me contó que había visto a la perra en el monte, que siempre iba por allá y le daba comida, que estaba flaca, pero que sin duda era la perrita de la foto, que habían visto el aviso hace poco, pero que ya llevaba un mes largo por esos lados. "Se la pasa por allí arriba", dijo.  Entonces fuimos a un potrero enorme donde había otros perros, pero no la vi. "Milúúú", grité con el corazón en la boca y de inmediato se asomó entre los matorrales. Yo empecé a llorar y con lo que me quedó de voz ya sobraba decir que esa era Milú. Ahí estaba la condenada. Confundida, empezó a ladrar y luego se me echó encima. Brincaba como loca. Regresamos a la tienda y la señora Claudia le dio un plato de sopa que devoró en segundos. Todavía tenía el collar azul. Le ajusté la correa de Pedrillo, pero se la quitó. Cuánto tiempo. La consentí y le dije que volviéramos a la casa, que todos la estaban esperando, y que la Negra la quería conocer. La Negra apenas tiene dos meses y es la nueva compañía de Pedrillo. Le ajusté de nuevo la correa a Milú y le di unos billetes a la señora. Seguía con los ojos inundados de lágrimas, ahora no sé si por la recompensa o por el milagro del encuentro. Bajamos corriendo y decidí llevar a  Milú a la casa de mamá. Esas caras de mamá, de Verónica, de Vanessa, cuando la vieron. Todas lloraron de alegría, no lo podían creer. No es un sueño como todos los que tuvimos este tiempo, Milú está de nuevo en casa.

Alejandra Arciniegas
Pamplona, 31 de enero de 2013