jueves, 15 de septiembre de 2011

Diario / Cuando llegaban cartas

El filo de la montaña, 1992
Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
CUANDO LLEGABAN CARTAS
14 de septiembre de 2011

Hace años, muchos años, uno de mis placeres era la visita a la oficina de correos. Como entonces vivía fuera de Pamplona, fuera del casco urbano, donde no asomaba el cartero, pagaba lo que llamábamos un apartado aéreo, una casilla para recibir cartas y paquetes. No siempre me escribían. O casi nunca me escribían. Pero iba al correo con todo el entusiasmo, como el apostador que asiste a las carreras con la renovada certeza de que su caballo dejará atrás a los otros, y con tres o cinco o hasta una docena de cartas que, según mi razonamiento, me daban derecho a esperar otras tantas.
No cambiaba por nada la dicha de encontrar un sobre en esa caja abierta a otros mundos, en esa ventana al universo. Todavía me veo asomándome y viendo por entre los huequitos si había algo, todavía me veo buscando con impaciencia la diminuta llave y abriendo la puertecilla con mano temblorosa. A veces esculcaba el vacío con la misma mano por si los ojos me engañaban. A veces había suerte. Salía con el botín intacto a la calle y caminaba hasta una panadería cercana que aún existe, pedía una Coca-Cola y un pan de agua y leía con ansia.
         No existía el correo electrónico.
         No existían los celulares.
         Ni siquiera existía el fax.
         Ni siquiera tenía teléfono en casa.
         Los correos electrónicos son breves, van a lo esencial, se parecen a los antiguos telegramas, e incluso ya no son personales. Alguien escribe una nota y la envía a cien o doscientas personas. O a veces ni siquiera la escribe. Recibe un correo y lo reenvía tal cual. La carta en cambio era para alguien, solo para alguien, alguien que uno había imaginado línea tras línea, y la carta se convertía en una página del diario. Uno desnudaba su alma, confiaba sus sueños o compartía sus desdichas con ese alguien. Uno pensaba cosas despacio, planeaba y escribía durante horas y a veces días, desechaba borradores, pulía un párrafo, hasta confeccionar algo digno de los ojos ajenos. Y la carta demoraba en llegar a su destinatario por lo menos tres días. Los tres días bien podían convertirse en una semana o un mes, y entre carta y carta sucedían cosas, preciosos materiales para trabajar en las siguientes cartas.
         Me hice escritor precisamente por las cartas. Cuando papá decidió que nos fuésemos a vivir a Pamplona, más allá del páramo, y en Málaga quedó mi abuela Emperatriz, el amor de mi vida, comencé a escribirle cartas aunque ella no supiera leer ni escribir. El material real se me agotó pronto y entonces inventé. Me hice una vida en la mente. Le escribí a mi abuela las coplas que le contaba los domingos y le mandé mis mejores dibujos.
         Me quedé con el vicio de la escritura.
         Luego escribí libros.
Las cartas fueron la ventana al mundo y me sirvieron para encajar en una dolorosa realidad, una realidad que aún me queda por lo menos diez tallas más grande. Escribía cartas como loco, como si viviera en el siglo XIX o algo así. Me dicen que Rilke escribió cinco mil. Escribía cartas, largas cartas, y de veinte me respondían una, y aun así seguía escribiendo.
         Era como si esperara la carta que cambiara mi vida. Que me sacara de mi propia existencia. ¿Qué demonios quería? ¿Que bratara de un sobre el genio de la botella? No lo sé con certeza, pero creo que sigo esperando esa carta.



3 comentarios:

Maria del Rosario Laverde dijo...

"Escribía cartas, largas cartas, y de veinte me respondían una, y aun así seguía escribiendo"

Liset Lantigua dijo...

Yo también he escrito cartas y cartas que no he llegado a enviar. Cartas pañuelos, cartas hombros, cartas abrazos. Mi serie televisiva preferida de la infancia era una que sucedía en un pueblo llamado Leche Cortada, en la que vivía Fogón, un cartero alto y delgado. Era una serie animada rusa. Una vez intenté poner un negocio de cartas aquí, con mi hermana. Fue la cosa más bonita que se me pudo ocurrir, no nos dio dinero pero todavía nos alegra. Bueno, corto aquí, la idea de las cartas fue tuya. Gracias.

Beatrice Portinari dijo...


Cuánto echo de menos las cartas..atesoro las más bellas, y las releo de tiempo en tiempo..
Mira este fragmento de una entrevista a José Saramago:

Entrevista con Saramago..

Hay quien opina que internet,por ejemplo, es una puerta nueva abierta a la comunicación universal,donde cada uno puede exhibir lo que tiene y piensa, sin censuras por el momento.

"Es falso.La comunicación electrónica no es comunicación real.En el fondo, si tú te comunicas, te comunicas o por la voz o por la escritura.Cuando utilizas el correo electrónico estás haciendo lo mismo que siempre has hecho antes, con la diferencia de que antes una carta podía tardar seis meses en llegar y ahora es instantáneo.Lo que ocurre es que en la carta de papel (y no es que sea yo el tipo de romántico de lo antiguo contra lo nuevo,aunque si quieres sí soy un poco sentimental) puede caer una lágrima,mientra que la carta que envías por el correo electrónico no podrá ser emborronada por una emoción"