sábado, 18 de abril de 2026

Ángel Antonio Herrera / Los pobres que escriben



Saul Steinberg dibujándose
The New Yorker, 27 de febrero de 1954.



LOS POBRES QUE ESCRIBEN


Ángel Antonio Herrera
11 de abril de 2026


Aún rueda el trueno de polémica por el premio literario AENA, que pone un laurel de un millón de euros al autor premiado, que en este caso ha sido autora. Yo veo que la polémica no está en la cuantía esplendorosa del galardón, donde el gentío se ha engarfiado, sino justamente en lo contrario: en la pobreza que domina la existencia del escritor. De esto ya se ha hablado poco, o nada. Un premio de pasta o pastizal nos escandaliza porque en la república de las letras no hay nunca un euro. El escritor, en España, es un pobre, pero un dolido pobre de seca solemnidad, sólo que un pobre que va al Palace de cuando en cuando si convidan los editores, o Iberdrola. La literatura es una obstinación de pobres. La escritura es un vicio de vagabundos. Quiero decir que en España, si escribes, es mejor poner una pastelería, para la intendencia del hambre, o tener una consorte que se desempeñe de dermatóloga, por ejemplo. Nunca hemos ido más allá del maligno lema de que la cultura en España es gratis, y así resulta que los escritores tienen que bifurcarse en profesores, o vivir de una ferretería de la familia. No me sirve el alivio o consuelo falso de que no es oficio del prestigio la producción de dinero, porque el prestigio sí debiera garantizar una tesorería holgada, para que el escritor tuviera una nevera competente como una biblioteca, e incluso tuviera aire acondicionado, que es un auxiliar laboral, mayormente entre creadores, que no cesan ni en agosto. Se han oreado en estos días muchas opiniones a propósito de la billetería alegre del premio AENA, pero no insistimos nada en que el escritor es un paria que se arrima allí donde se entorna un céntimo, y que viaja a promocionar su obra a puro pedal esforzadísimo, por poblachones y otras inclemencias. Recuerdo que un empresario llevó un día a su amante al Café Lyon, donde estaba escribiendo Ruano, y la mujer preguntó a su enamorado: «Y a ese señor le pagan por escribir?». Y el enamorado resolvió rápido: «No, querida. Si pagaran, escribiríamos todos». Pues eso. La escritura es una barbarie de pobres.

LA VANGUARDIA

 

No hay comentarios: