 |
Yvette_Guilbert_Gants_noirs Henri de Toulouse-Lautrec |
Toulouse-Lautrec
Las mujeres miradas
Antonio Muñoz Molina
13 de noviembre de 1996
Reconocemos la modernidad inmediata de Toulouse-Lautrec en el desasosiego de caligrafía urgente que tienen siempre sus trazos, en la prisa por captar cuanto antes lo que un segundo después ya no será igual. Pinta como si dibujara, con la instantaneidad de los calígrafos japoneses, y anuncia muy anticipadamente los gestos de velocidad y audacia de Robert Motherwell o de Jackson Pollock. Pinta y dibuja lo que ve, lo que ama, lo que está descubriendo y espiando, la sustancia misma de la vida moderna, como quería Baudelaire, pero a la vez pinta; igual que los expresionistas, el acto y el gesto de pintar, las destrezas y las incertidumbres de la mano, la sucesión de parpadeos rápidos y de fulminantes decisiones que constituyen la materia de su oficio. Parece que pinta o dibuja en cualquier circunstancia, en el palco de un teatro, en el salón de un prostíbulo, en un circo, entre las mesas de un café, y que lo hace con lo primero que encuentra a mano, que muchas veces en un trozo cuadrado de cartón. No sólo vemos con los ojos, también tocamos con ellos, tocamos la textura rica y vulgar del cartón, la materialidad grumosa de los lápices, vemos el escorzo o el perfil de una cara que estarán siempre como inacabadas, y, por lo tanto, siempre haciéndose delante de nosotros.Esa mujer de espaldas, pelirroja, con el pelo impetuoso y recogido en un moño, con un pañuelo al cuello, pintada y dibujada a la vez sobre un cartón, con óleo diluido en trementina para que las pinceladas sean más rápidas y con un lápiz rojo, tiene ahora mismo una poesía de provisionalidad y de presente idéntica a la que debió de tener cuando la mano y la mirada de Toulouse-Lautrec se apresuraban para retratarla. El cartón es de mala calidad, áspero, más bien sucio, incluso tiene, en la parte superior derecha, un oscurecimiento que será de humedad: da lo mismo, esa materia tan innoble, por comparación con el lienzo, transforma su misma vulgaridad en un atributo de la obra de arte, se convierte en una parte necesaria de ella, como el mármol de una escultura de Rodin o de Miguel Ángel.