sábado, 12 de septiembre de 2026

Un escritor / Joseph Roth

Joseph Roth, el patriota de los hoteles

El austriaco no solo escribía sus artículos a toda prisa en agobios de última hora que se convertían en rachas de inspiración. También sus novelas más ambiciosas las escribió así


Antonio Muñoz  Molina
El País, 2 de junio de 2017


Durante la mayor parte de su vida adulta, Joseph Roth vivió en los hoteles y escribió en los periódicos. La vida en el hotel equivale en su provisionalidad a la escritura en el periódico. En el hotel se vive unos días o unas semanas y no se tiene más equipaje que el que cabe en una maleta. Lo que se escribe para el periódico se hace con cierta rapidez, durante periodos tan breves como estancias de hotel, y una vez publicado deja de existir de inmediato. Viviendo en hoteles de ciudades europeas durante toda la segunda mitad de su vida, Joseph Roth tenía una continua sensación de precariedad que se le fue agudizando con la pobreza y con la proximidad creciente de una catástrofe que él había sido uno de los primeros en vaticinar. En los primeros años veinte, en un artículo sobre un balneario para turistas en el Báltico, ya se fijó en las banderas con esvásticas que empezaban a ondear sobre las quintas y los paseos marítimos. Escribiendo en los periódicos a destajo, con las urgencias y los sobresaltos habituales del medio, sentiría que su vocación literaria no llegaba a cuajar en un proyecto sostenido. Uno imagina que las grandes novelas son el resultado de la calma y de la lentitud: los novelones majestuosos que publicaba, por ejemplo, Thomas Mann por aquellos mismos años en los que Joseph Roth vivía y escribía a salto de mata, de hotel en hotel, con la prisa de la hora de cierre, con la alarma de encontrar un teléfono desde el que dictar un artículo, o una oficina de teléfonos abierta, o una estafeta de correos desde la que enviar las páginas recién escritas en un sobre con un sello de urgente.

Un escritor / Karl Ove Knausgård






Contarlo todo

Lo que yo encontraba en Knausgård era una especie de agotadora perseverancia administrativa


Antonio Muñoz Molina
5 de octubre de 2018

Karl Ove Knausgård, en Ystad, el pueblo sueco donde vive.
Karl Ove Knausgård, en Ystad, el pueblo sueco donde vive.  CLAUDIO ÁLVAREZ


La cultura literaria americana, que está muy regida por el esnobismo, necesita rendirse cada cierto tiempo a una novedad exótica: un autor o autora de origen periférico, de nombre inusual, que preferiblemente no escriba en inglés, y además que al dar bien en las fotos pueda adquirir una cierta cualidad icónica. El gran descubrimiento de los últimos años ha sido Karl Ove Knausgård: escribe en noruego, tiene aspecto de actor o de capitán de barco en una película, sale fumando en las fotografías. Cuando se tradujo al inglés el primer volumen de la novela que atrajo de golpe la atención sobre él, Mi lucha, un conocido mío de Nueva York, una de esas personas excepcionalmente sensibles a los primeros indicios de una moda que viene, se mostró asombrado y casi decepcionado de que yo no lo hubiera leído ya, y me urgió a que lo hiciera. El lenguaje de la publicidad ya sirve para todo: Knausgård era “the Next Big Thing”. Venía además con la etiqueta francesa de la “autofiction”, y en Estados Unidos todo lo que suene a intelectualismo francés provoca todavía una mezcla muy curiosa de fascinación y nerviosismo: nadie quiere arriesgarse a no estar a la última.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Un libro / Abasalon, Absalón, de Faulkner


William Faulkner
¡Absalón, Absalón!

Las glicinias de Faulkner


ANTONIO MUÑOZ MOLINA
18 OCT 2008


La noche del 31 de enero de 1936 William Faulkner fechó la última página del manuscrito de ¡Absalón, Absalón!, en su casa de Rowan Oak, en Oxford, Misisipi. No hay testimonios sobre su estado de ánimo en ese momento, pero no nos cuesta nada imaginar la extenuación y la felicidad, el repentino vacío, el estupor incrédulo de haber terminado. Vería las páginas, el escritorio, la habitación en la que se había quedado trabajando hasta tarde, tras una niebla de ligero mareo, de humo de tabaco y alcohol. Tenía menos de cuarenta años y estaba aposentado en el centro de su vida y en la cima de su talento. Los libros no le daban para vivir ni le habían deparado todavía una consideración indudable, pero el torrente prodigioso de su inspiración no había dejado de fluir durante más de ocho años desde que un día de mayo de 1928, en quiebra y rechazado por sus editores, recibió como un golpe de claridad la imagen de una niña que escala las ramas de un árbol para asomarse a la ventana de la habitación donde su madre está muriendo y se puso a escribir en estado de trance El ruido y la furia.

Un libro / El ruido y la furia, de William Faulkner / La obra maestra






Faulkner
EL RUIDO Y LA FURIA
La obra maestra

El ruido y la furia (Debolsillo), de William Faulkner, la obra maestra del Premio Nobel de Literatura que relata la degeneración progresiva de la familia Compson, sus secretos y las relaciones de amor y odio que la sostienen y la destruyen.

La propia editorial apunta, acerca del libro: «Por primera vez, William Faulkner introduce el monólogo interior y revela los diferentes puntos de vista de sus personajes: Benjy, deficiente mental, castrado por sus propios parientes; Quentin, poseído por un amor incestuoso e incapaz de controlar los celos, y Jason, monstruo de maldad y sadismo. El libro se cierra con un apéndice que descubrirá al lector los entresijos de esta saga familiar de Jefferson, Mississippi, conectándola con otros personajes de Yoknapatawpha, territorio creado por Faulkner como marco de muchas de sus novelas».

William Faulkner nació en Oxford (Mississippi) en 1897 y murió en 1962. Su primera novela, La paga de los soldados, es de 1926. Luego, tras una breve estancia en Europa, publicó Mosquitos (1927), Sartoris (1929), El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932), Pilón (1935), ¡Absalón, Absalón! (1936), Los invictos (1938), Las palmeras salvajes (1939), El villorrio (1940),Banderas sobre el polvo (1948), Réquiem por una monja (1951), Una fábula (Premio Pulitzer 1954), La ciudad (1957), La mansión (1960) y La escapada (Premio Pulitzer 1962), que aparece poco antes de su muerte. Además de las novelas mencionadas y de su enorme producción cuentística, publicó también ensayos, poemas, cartas, obras teatrales y colaboró en varios guiones cinematográficos. En 1949 recibió el Premio Nobel de Literatura.

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Autor: William Faulkner. TítuloEl ruido y la furiaEditorial: DeBolsillo


ZENDA




jueves, 10 de septiembre de 2026

Un libro / El ruido y la furia, de Faulkner


William Faulkner
EL RUIDO Y LA FURIA

Un libro imposible



ANTONIO MUÑOZ MOLINA
25 OCT 2002


A principios de la primavera de 1928 no parecía que William Faulkner tuviera mucho porvenir, ni literario ni de cualquier otra clase. Con más de treinta años, sin ninguna profesión conocida, vivía de trabajos esporádicos, acogido como un zángano en la casa familiar, aislado en su pueblo remoto y palurdo. Estaba comprometido para casarse con una mujer divorciada y con dos hijos, su amor recobrado de la adolescencia, pero nadie sabía -ni él mismo, desde luego- cómo pensaba mantener a su nueva familia. Por esa época había hecho algún trabajo como pintor de brocha gorda, e incluso había probado a destilar licor clandestino, con el que pensaba obtener algún beneficio. Después de un viaje a Memphis, en el que perdió jugando a la ruleta el poco dinero que llevaba, descubrió que su licor había desaparecido: parte robado, parte incautado por la policía, en plena Prohibición.

Un escritor / García Márquez

Gabriel García Márquez
Foto de Colita


Alessandro Baricco

Todo lo que yo le debo


La desaparición de García Márquez no solo era una noticia, sino un pequeño desliz del alma que muchos no olvidarán




Gabriel García Márquez fotografiado en 2010 por Daniel Mordzinski.
Todos morimos, pero algunos mueren más. Tardé poco en entender, el jueves por la noche, que la desaparición de García Márquez no solo era una noticia, sino un pequeño desliz del alma que muchos no olvidarán. Lo entendí por los mensajes que llegaban, por sus frases que empezaban a llover y rebotar por todos lados. Y eso que era bastante tarde, por la noche, en esas horas en las que empieza a no caber nada más, en tu día, y si se atasca el grifo lo dejas pasar y lo aplazas a mañana. Sin embargo muchos nos paramos, un instante, y nos saltamos un latido del corazón.
Que luego, digámoslo, habíamos tenido años para acostumbrarnos a la idea. Gabo se ha deslizado a la sombra despacio, con cierta timidez, y, en el fondo, de la manera más gentil. Casi absurdo para uno que había escrito la eterna e hiperbólica muerte de la Mamá Grande. Es como si Proust hubiese muerto practicando esquí náutico. Pero, bueno, el tiempo para un adiós indoloro él nos lo dio. Creo que muchos niños lo han leído, estos años, e incluso amado, pensando que ya había muerto (al revés, chicos, a pesar de la apariencia, no morirá nunca). Sin embargo, en el momento final, cuando se ha separado de la vida, silenciosamente como un cromo de los futbolistas de un álbum viejísimo, nos hizo daño, y así ha sido.

martes, 8 de septiembre de 2026

Un libro / Aladdin et moi, de Jeanette Winterson

 


Jeanette Winterson © Jean-Luc Bertini

Aladino, Frankenstein y la IA: una entrevista con Jeanette Winterson

Steven Sampson
2 de septiembre de 2026

«Aladino y yo» , un ensayo de Jeanette Winterson, relata su encuentro con el personaje de Aladino y con Las mil y una noches . Se trata de un libro híbrido, a la vez íntimo, erudito y teórico, en el que la autora combina recuerdos personales con reflexiones sobre la historia de la ciencia, los estilos narrativos orientales y occidentales, los grandes mitos —como Drácula y Frankenstein—, la inteligencia artificial y el código binario, tanto en el ámbito de la sexualidad como en la informática. Su ensayo es cautivador.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Un libro / El grito de la lechuza, de Patricia Highsmith


Patricia Highsmith

Una sensación de peligro

  • Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
EL PAÍS 8 FEB 1995

Lo que nos cuentan las novelas de Patricia Highsmith lo hemos sentido muchas veces en sueños. Soñamos que hemos cometido un crimen, y lo que nos agobia no es la culpa, sino el miedo a ser descubiertos y atrapados. Soñamos que una suma de circunstancias triviales de pronto se enredan en una malla que quiebra para siempre la estabilidad ficticia del mundo en el que vivimos, y cuando estamos más perdidos, cuando falta un segundo para que nos destruya la crueldad o el desastre, justo entonces nos salva el despertar. Pero sabemos, aunque es preferible no pensarlo, que esas cosas ocurren en la vida real, y que somos tan frágiles, tan absolutamente vulnerables, que a la vuelta de una esquina, en la sombra de un portal, en una curva de la carretera, nos puede estar aguardando un horror sin alivio posible. Despertarse será entonces emerger a una pesadilla. Esa poesía del espanto súbito, de la culpabilidad casual, que tal vez inauguró en la literatura moderna Franz Kafka, es la materia de la que están hechas las novelas de Patricia Highsmith. Decía Graham Greene que uno no podía evitar al leerlas una sensación de peligro personal. Desde la primera página hay siempre un principio difuso de inquietud y de agobio, una sugerencia desagradable de recelo. Se lee a veces a Patricia Highsmith igual que se camina de noche por una calle vacía que no nos es familiar, con aprensión y ganas de marcharse de allí, apresurando el paso, volviendo la cabeza para comprobar si a uno lo siguen, si esos pasos que escuchamos son tan sólo el eco de los nuestros. De esas novelas se sale como de un trance personal angustioso, y cuando se lee el final y le comprueba que los peores vaticinios de los primeros episodios se han cumplido con fatalidad inexorable hay un minuto de desesperanza moral y desagrado físico que sólo aliviamos al despertarnos del todo de la novela, al dejarla a un lado y mirar a nuestro alrededor con la misma sensación de habernos salvado que cuando abrimos los ojos después de un mal sueño.

Un libro / El legado de los espías, de John le Carré

John le Carré

La lección del maestro

Le Carré ha regresado en 'El legado de los espías' a su escritura rápida y limpia, animada por un oído excelente para los matices verbales


Antonio Muñoz Molina
19 de enero de 2018

Hábitos menores, gestos sutiles que pueden no advertirse, retratan a las personas de carne y hueso. George Smiley tiene el hábito de limpiarse las gafas con el forro de la corbata, y el de subírselas con el dedo índice cuando está escuchando a alguien y las gafas se le deslizan por la nariz. Cuando escucha lo que alguien le dice, George Smiley entra en una especie de trance de inmovilidad, entornando los ojos, como un melómano atento a cada pormenor de una interpretación.

sábado, 5 de septiembre de 2026

La misteriosa vida de Constantino Cavafis

 

Constantino Cavafy

La misteriosa vida de Constantino Cavafis

Este artículo tiene más de 4 meses.

El enigmático poeta admirado por EM Forster y Jackie Onassis ocupa un lugar central en esta biografía poco convencional.


Michael Nott
11 de agosto de 2025



El segundo piso del número 10 de la calle Lepsius, escondido en el antiguo barrio griego de Alejandría, sobre un burdel, fue durante tres décadas el centro literario de la ciudad. Al entrar en el apartamento, protegido del sol mediterráneo, los visitantes necesitaban un minuto para adaptarse a la penumbra, percibiendo gradualmente cortinas descoloridas y muebles pesados, cada superficie cubierta de antigüedades y objetos extravagantes. No había electricidad, solo luz de velas. El anfitrión, que ofrecía bocados de pan y queso desde la sombra, era un hombre mayor de ojos enigmáticos bajo unas gafas redondas: el poeta Constantino Cavafis.

Un poeta / Charles Simic

 

Charles Simic


Boceto de Charles Simic



Antonio Muñoz Molina
9 de mayo de 2008


Mirando de cerca al poeta Charles Simic uno difícilmente imaginaría las cosas que vieron sus ojos infantiles, los pasajes siniestros de la historia europea que forman parte de sus recuerdos personales. Simic es un hombre alto, con el pelo blanco corto y peinado hacia delante, con gafas, con una sonrisa que en seguida se vuelve sardónica. Acaba de cumplir setenta años, pero parece más joven, en gran parte porque en él no hay rastro de solemnidad, igual que no lo hay en sus versos, en los que un humor seco y una impasibilidad a lo Buster Keaton son las veladuras que cubren una médula de espanto, no incompatible por el amor hacia las cosas que hacen la vida placentera y digna a pesar de todo de vivirse. Simic parece lo que ha sido durante más de treinta años, un profesor de universidad, pero no un profesor de Literatura, sino de algo, por decirlo así, más serio, con más fundamento, un profesor de Física, o de Botánica, o de Biología Molecular, un saber disciplinado que tenga que ver con las leyes del mundo natural y los prodigios y rarezas del mundo visible. Algo que me gusta mucho de los poetas americanos es que tienden a no parecer poetas, ni siquiera literatos, y mucho menos artistas: William Carlos Williams fue toda su vida un pediatra, y se vestía como tal; Wallace Stevens era agente de seguros. Mark Strand escribe sus poemas como un sonámbulo que recordara al despertar sus caminatas por ciudades y paisajes comunes transidos de fantasmagoría, pero si uno se lo encontrara como director de su banco le confiaría de manera inmediata los ahorros.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Un escritor / Graham Green

Graham Greene
Ilustración de T.A.


Antonio Muñoz Molina

Réquiem fugaz por Graham Greene


27 de abril de 1991

Era el sitio más raro y desolado del mundo para enterarse de la muerte de Graham Greene. Un hotel en las afueras de una ciudad del Medio Oeste norteamericano, una habitación tan hospitalaria y casi tan grande como el estadio que se veía por la ventana, a la primera luz lluviosa de un día con rasgos de extrañeza y de sueño mal recordado por culpa del cambio de hora y de la distancia. Él, que fue tan adicto a los viajes a lugares remotos como a la literatura y el whisky, seguramente había conocido esa sensación. He dicho que el hotel estaba en las afueras de la ciudad, pero es inexacto: en rigor, uno no sabía distinguir las afueras del centro, pues todo lo que los ojos podían ver era una repetición horizontal del mismo paisaje, carreteras en interminable línea recta y almacenes y hamburgueserías y gasolineras ingentes, iluminadas en la noche de rojo y amarillo, aparcamientos, edificios altos y aislados en una distancia que no parecía posible atravesar caminando, vallas metálicas. extensiones de césped, filas de casas de madera sin pintar sobre las que ondeaban banderas que parecían signos de una victoria insolente sobre la pobreza y la desgana de quienes vivían en ellas. Me habían explicado que ese edificio que se veía desde la ventana era un centro de instrucción para los reclutas que estudian en la Universidad. Por la mañana temprano, en camiseta y pantalón corto, desfilaban con fusiles al hombro sobre el césped y se podían oír muy débilmente los gritos que repetían al marcar el paso. Tal vez alguno de ellos o de ellas llevaba en la pechera de la camiseta una leyenda parecida a la que me había helado la sangre la tarde anterior: con ese eficaz laconismo del Inglés se pedía en dos palabras el exterminio nuclear de Sadam Husein. Bajo la puerta de la habitación alguien había deslizado un periódico, el USA Today, que tiene, según sus promotores, la atrayente virtud de poder ser leído con el mismo esfuerzo intelectual con que se mira de soslayo un televisor. En la primera página, a la izquierda, entre titulares deportivos, venía la noticia, junto a una foto borrosa, en blanco v negro, de tamaño carnet: a los 86 años, Graham Greene acababa de morir en Ginebra, con la misma discreción con que había vivido y escrito durante los últimos años, casi tan secretamente como Beckett o Rulfo. Por algún motivo, en aquel lugar resultaba más difícil aceptar la evidencia. Está uno tan retirado de su propia vida en esos viajes, tan desposado de la longitud y la latitud de su alma, que no sabe exactamente quién es ni se siente dueño de sus propios recuerdos. Debe de ser una sensación parecida a la que notaban los navegantes antiguos cuando llevaban unos días sin ver la línea de la costa de donde habían partido: sin los puntos de referencia que suministra la costumbre, la realidad más coriácea se disuelve en una especie de niebla. La identidad de uno, su vida verdadera, lo que hacía o deseaba hasta una hora antes de subir al avión, quedan no atrás ni en el pasado, sino en ninguna parte, en un estado de suspenso. Se ha borrado la cuidadosa cuadrícula del calendario, y hasta el orden de las horas y la sucesión del día y de la noche se han roto. El viajero insomne, lúcido y más bien trastornado, siente la misma extrañeza cuando mira con incredulidad el reloj que cuando descorre las cortinas de esa ventana inmensa que da a un paisaje en el que no hay absolutamente nada a lo que su conciencia pueda anclarse. Son las dos de la madrugada y llueve de esa manera unánime con que suele llover en las llanuras sin límites de los países extranjeros, pero en el lugar de donde viene uno acaban de dar las nueve de la mañana y sin duda hace sol. Uno siente la exaltación de no pertenecer a nada de lo que está viendo, el alivio de haber perdido transitoriamente las normas del espacio y del tiempo en las que su vida se resume, pero también una angustia como de extender las manos en la oscuridad y no encontrar a donde asirse, de estar mirando objetos y rostros y escuchando voces que no son del todo reales, que tienen algo de las caras y las voces y las risas violentas de la televisión.

Un escritor / Primo Levi

Primo Levi
Ilustración de Tullio Pericoli

En cierta calle

En la fachada de la casa de Primo Levi no hay ningún recuerdo de su presencia. No hay una placa ni un panel explicativo

Antonio Muñoz Molina
17 de mayo de 2018

Turín es una maqueta exacta de Turín. Turín es un modelo de ciudad que se parece a aquel mapa de Borges que era tan fiel en todos sus detalles que tenía el mismo tamaño del territorio que representaba. Turín es plana, cuadriculada, geométrica, como un tablero de ajedrez, una apoteosis del ángulo recto y de la perspectiva. Uno camina por una calle con soportales magníficos en dirección hacia una plaza que se distingue al fondo y el punto de fuga es una estatua ecuestre en el centro justo de la plaza, y los arcos de los soportales y las losas ajedrezadas del suelo van disminuyendo de tamaño según se alejan de la mirada, como en esos fondos de ciudades ideales en las pinturas del Quattrocento. En Turín el aficionado a la pintura y a las ciudades se acuerda unas veces de Piero della Francesca y otras de Giorgio de Chirico. De Piero es la claridad racional de lo visible en la plena luz limpia de una mañana. Según anochece y las plazas y las avenidas que desembocan en ellas van quedándose vacías, Turín tiene un aura de ciudad fantasma a la manera de De Chirico, que se acentuará sin duda en sus inviernos de capital ya muy al norte, y que quizá sería mucho más pronunciado en los tiempos en que Turín era abrumadoramente una ciudad industrial.

1843 libros / Cámara de Comercio de Medellín

 

1.843 LIBROS
3 de septiembre de 2026

952 novelas y 891 libros de cuentos se presentaron a la XVII edición del Concurso Nacional de Novela y Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín (2026). Dos cifras asombrosas, por no decir increíbles. Los ganadores fueron Felipe Martínez Pinzón, con la novela 'El álbum de Magdalena', y Daniel de Jesús Hinojosa Rodríguez, con el libro de cuentos ‘Petite Zapote’.
Random House publicará las obras premiadas. El resto, 1841, seguirán guardadas en los cajones de sus autores.
Publicar no es fácil.



jueves, 3 de septiembre de 2026

Un escritor / Michel de Montaigne


Mi héroe: 

Michel de Montaigne

 por Yiyun Li


Él observaba todo con curiosidad e intentaba comprender todo lo que estudiaba, en beneficio de sus lectores, dice Yiyun Li.