Donal Ray Pollock
Knockemstiff
Aparte del bar de Hap, el único otro negocio que sobrevivía en Knockemstiff era la tienda de Maude Speakman. Hasta la iglesia había caído en desgracia. Ya nadie tenía lealtad. Todo el mundo quería irse al pueblo a trabajar y forrarse en la planta papelera o en la fábrica de plástico. Preferían hacer la compra y rezar en Meade porque allí los precios eran más bajos y las iglesias más grandes. Me imaginaba que Hap Collins no tardaría mucho en vender su licencia de licores al mejor postor y cerrar lo único que valía la pena en la hondonada.
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La primera vez que lo oías hablar de aquello te daba la impresión de que estaba como una puta cabra, pero la verdad era que sólo intentaba aferrarse a algo que llenara sus días para no tener que pensar en el puto desastre en que había convertido su vida. A la mayoría nos pasa lo mismo; puede que olvidar nuestras vidas sea lo mejor que hagamos nunca.
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Me quedé mirando al cielo y oí cómo Mary, la madre de Sandy, pasaba cansinamente por delante de la puerta de camino a ver cómo estaba Albert. Los tablones fríos del suelo crujían y crujían como témpanos de hielo bajo sus piernas gordas. En la casa todo estaba viejo y gastado, incluida Sandy. De ella podía decirse lo mismo que mi viejo decía siempre de mi madre después de que ésta se marchara: «Si todo lo que le han metido le saliera ahora parecería un puto puercoespín». Aquello podía aplicarse también a Sandy: prácticamente no había chaval del municipio de Twin que no se la hubiera hincado alguna vez.
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Después de terminarme la botella de Albert y tragarme dos de sus pastillas de Demerol, me tumbé como pude en el asiento delantero. Cerré los ojos y me hundí más y más en ese mundo solitario que sólo conoce la gente que duerme en vehículos abandonados.

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