jueves, 5 de febrero de 2026

Anthony Hopkins / La chica de petrovka

 



Anthony Hopkins
LA CHICA DE PETROVKA

Anthony Hopkins no encontraba un libro por ningún lado en Londres. Entonces se sentó en un banco del metro.

A principios de los años 70, a Hopkins le acababan de dar un papel en una película llamada La chica de Petrovka, adaptada de una novela del periodista y escritor George Feifer.




Como cualquier actor serio, quería leer el libro original. Pasó todo un día recorriendo librerías por la famosa Charing Cross Road de Londres.

Nada. El libro no aparecía por ninguna parte.

Frustrado y agotado, Hopkins entró en la estación de metro de Leicester Square para volver a casa.

Y entonces vio algo en un banco.

Alguien se había dejado un libro.

Lo recogió. Le dio la vuelta.

La chica de Petrovka.

El mismo libro que llevaba todo el día buscando, abandonado en un banco del metro.



Hopkins no se lo podía creer. Se lo llevó a casa, lo leyó y notó algo raro. Los márgenes estaban llenos de notas manuscritas en tinta roja. Anotaciones. Alguien había marcado el libro entero con cuidado.

No le dio mucha importancia. Usó esas notas para entender mejor a su personaje, se preparó para el papel y guardó aquella coincidencia como una de esas rarezas de la vida.

Dos años después, Hopkins viajó a Viena, donde se estaba rodando la película.

Un día, en el set, le presentaron a un visitante.

George Feifer. El autor del libro.




Hablaron de la película, de los personajes, de la historia. Y entonces Feifer dijo algo que dejó a Hopkins helado.

“No tengo ya ni un ejemplar de mi propio libro”, comentó Feifer. “Presté mi copia personal a un amigo hace años. Tenía todas mis notas en los márgenes. La perdió en el metro de Londres. No la he vuelto a ver”.


Anthony Hopkins


A Hopkins se le erizó la piel.

“Yo encontré una copia”, dijo despacio. “En un banco del metro. Está llena de notas manuscritas”.

Feifer lo miró sin creerlo.

Hopkins recuperó el libro y se lo entregó al autor.

Feifer se quedó pálido.

Era su ejemplar. Su letra. Sus anotaciones. El libro personal que había perdido años atrás… y que había acabado en un banco del metro justo cuando Anthony Hopkins, el actor que más lo necesitaba, se sentó allí.

En una ciudad inmensa. Entre miles de calles. Entre cientos de estaciones.

El libro correcto. El banco correcto. El momento correcto.

George Feifer recuperó su libro perdido. Y Anthony Hopkins se llevó una historia que contaría toda la vida.

Carl Jung lo llamó sincronicidad: la idea de que ciertas coincidencias con sentido no son puro azar, sino parte de un patrón más profundo.

Hopkins siempre se ha sentido fascinado por esa idea. Y hay veces en que lo único que queda es dejarse sorprender.

Quizá fue suerte. Quizá fue destino. Quizá el universo guiñando un ojo en silencio.

O quizá, solo quizá, algunos libros están hechos para encontrar a sus lectores.

Y algunas historias están hechas para contarse.




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