En Japón, un fenómeno preocupante ha surgido en los últimos años: un número creciente de mujeres mayores comete delitos menores con el objetivo de ser encarceladas.
Esta tendencia, que podría parecer contradictoria, se explica por la búsqueda de compañía, estabilidad y acceso a servicios básicos que muchas de estas mujeres no encuentran en la sociedad.
Akiyo, una mujer de 81 años, fue detenida por robar alimentos. En una entrevista, confesó: “Quizá esta vida sea la más estable para mí”.
En prisión, recibe comidas regulares, atención médica y, lo más importante, la compañía de otras personas, elementos que le faltaban en su vida fuera de los muros carcelarios. 
Este fenómeno no es aislado. Informes indican que las reclusas mayores de 65 años se han cuadruplicado en los últimos 20 años en Japón.
La soledad y la pobreza son factores determinantes que llevan a estas mujeres a ver en la prisión una alternativa viable para sus vidas.
La sociedad japonesa enfrenta un desafío demográfico significativo: una población envejecida y una red de apoyo social que, en muchos casos, resulta insuficiente. Para estas mujeres, la cárcel ofrece no solo las necesidades básicas, sino también un sentido de pertenencia y comunidad que les es esquivo en el exterior.
Este fenómeno pone de manifiesto la necesidad de replantear las políticas sociales y comunitarias, con el fin de ofrecer alternativas que permitan a las personas mayores vivir con dignidad y compañía, sin tener que recurrir al encarcelamiento como única salida.
NECIAS / FACEBOOK

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