jueves, 5 de febrero de 2026

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El poeta Walt Whitman transitó
El poeta Walt Whitman transitó su vejez con optimismo a pesar de sus limitaciones físicas

Enojo, aceptación o negación: cómo describieron su vejez escritores y pintores célebres

Vía autorretrato unos, en prosa o poesía otros, son varios los artistas que expresaron su manera de vivir la edad madura. De Goethe a Flaubert, de Da Vinci a Monet, con la pluma o el pincel, nos dejaron el testimonio de sus años finales



Claudia Peiró
4 de febrero de 2026

“La edad se apodera de nosotros por sorpresa”, dijo el filósofo y escritor Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) y el poeta Louis Aragon expresó la misma sorpresa: “¿Pero qué ha pasado? La vida, y soy viejo”.

En su libro La VejezSimone De Beauvoir no deja de abordar ninguna de las aristas de esta etapa de la vida. En el capítulo en el que trata de la manera en que las personas asumen su vejez, apela a ejemplos de la literatura y el arte. Pero también se refiere a sí misma, sin eludir ni edulcorar la realidad: “¿Me he convertido en otra mientras sigo siendo yo misma? ‘Falso problema, me dicen. Mientras usted se siente joven, lo es’. Esto es ignorar la compleja verdad”.

Alude aquí al hecho, frecuente, de que se envejece antes en la mirada de los otros que en la propia.

A los 60 años, el escritor francés André Gide(1869-1951) se sinceraba, expresando un sentimiento común a muchos: “Debo hacer un gran esfuerzo para convencerme de que tengo hoy la edad de los que me parecían tan viejos cuando yo era joven”.

Graham Greene lo expresó con humor: “Los compañeros de niñez no dejan de envejecer”. Y Francisco de Quevedo dijo: “Todos deseamos llegar a viejos; y todos negamos que hemos llegado”.

El escritor francés André Gide
El escritor francés André Gide (1869-1951) 

Entre incredulidad y negación, asumir la edad no es tarea sencilla. La propia De Beauvoir lo admite: “La vejez se presenta con más claridad a los otros que al sujeto mismo; el individuo que envejece no lo nota”.

Cita a O. W. Holmes: “Una persona se sobresalta siempre cuando se oye llamar vieja por primera vez”, para luego contar su propia vivencia: “Me estremecí a los 50 años cuando una estudiante norteamericana me contó la frase de una compañera: ‘¡Pero entonces Simone de Beauvoir es una vieja!’”

La autora de La Vejez señala que la reacción -en general, enojo- ante ese calificativo se debe a que “toda una tradición ha cargado esta palabra de sentido peyorativo”, haciéndola sonar “como un insulto”.

El escritor británico Graham Greene
El escritor británico Graham Greene

“Sigo sintiéndome siempre bien y tengo un apetito y un vigor extraordinarios. Hace cinco o seis días fui a Bois-le-Vicomte a pie y casi sin haber comido; son desde aquí unas buenas cinco leguas”, escribía a los 72 años Jean de La Fontaine -el célebre autor de fábulas- a un amigo.

Y a los 68 años Giacomo Casanova se molestaba al ser tratado de “venerable anciano”: “Todavía no he llegado a la edad miserable en que ya no se puede aspirar a la vida”.

Las actitudes son tan variadas como personas hay, aunque se pueden definir algunos patrones.

El hombre y su circunstancia: el contexto también incide en la forma en que se encara la vejez. Para Gustave Flaubert, que se encontraba en una angustiante decadencia económica, la edad biológica representaba una desgracia adicional: “La vida no es divertida y empiezo una vejez lúgubre”, escribió en una carta.

Gustave Flaubert
Gustave Flaubert

“Me miro como un hombre muerto”, llegó a decir Flaubert. “Deseo reventar lo antes posible porque estoy acabado, vacío y más viejo que si tuviera cien años. A mi edad no se vuelve a empezar; uno concluye o más bien se derrumba”, expresó, desesperanzado. No era tan viejo en ese entonces. O quizás sí, para los parámetros de la época: el célebre autor de Madame Bovary murió a los 58 años. 

Gide seguió expresando su incredulidad. En 1935 escribió en su diario: “Si no me repitiera incesantemente mi edad, seguro que no la sentiría. Y aun repitiéndome como una lección que hay que aprender de memoria ‘tengo más de 65 años’, apenas consigo creerlo y sólo me convenzo de esto: que es estrecho el espacio en que mis deseos y mi alegría, mis virtudes y mi voluntad pueden todavía tener la esperanza de extenderse. Nunca han sido más exigentes”.

El 17 de enero de 1943, anotó en su diario: “No siento para nada mi edad y sin llegar a convencerme realmente, me repito a toda hora del día: pobre viejo, tienes 73 años bien cumplidos”.

Unos meses después, se queja de “todos los menudos achaques de la vejez que hacen del anciano una criatura tan miserable; mi espíritu casi nunca consigue distraerse de mi carne, olvidarla, lo que perjudica al trabajo más de lo que se podría imaginar”.

Francisco de Quevedo: "Todos negamos
Francisco de Quevedo: "Todos negamos haber llegado a viejos" (Getty Images)

Como interiormente se siente joven, Gide ve la vejez como un traje, una representación, un rol que debe jugar. En marzo de 1941 escribe: “Mi alma ha permanecido joven al punto de que me parece todo el tiempo que el septuagenario que indudablemente soy, es un papel que asumo; y los achaques, las fallas que me recuerdan mi edad vienen a la manera del apuntador a traérmelo a la memoria cuando yo me inclinaría a apartarme”.

La cosa cambia a los 80 años cuando admite: “Es mejor que no me encuentre en un espejo: esos ojos bolsudos, esas mejillas hundidas, esa mirada apagada. Doy miedo y eso me inspira otras ideas negras”.

Algo similar le dice Paul Valéry a un amigo: “No me miro nunca en un espejo, salvo para afeitarme”.

Voltaire se describe a sí mismo con una crudeza quizás excesiva. En carta a Madame Necker le cuenta que un artista vendrá a hacerle un busto: “Pero señora, sería preciso que yo tuviera un rostro: apenas se adivina el lugar. Tengo los ojos hundidos tres pulgadas, mis mejillas son pergamino viejo mal pegado a unos huesos que no sujetan nada. Los pocos dientes que tenía se han ido… Nunca se ha esculpido a un pobre hombre en este estado”.

Un Voltaire todavía joven
Un Voltaire todavía joven

A los 70 años, Voltaire se presentaba como “el viejo enfermo”, y más tarde, como “el octogenario enfermo”. “Hace ochenta y un años que sufro, y que veo sufrir y morir tanto a mi alrededor —escribió—. El corazón no envejece, pero es triste alojarlo en ruinas”. Aunque dice experimentar “todas las calamidades que van unidas a la decrepitud”, su contexto es alentador: es rico, venerado y sigue activo. Y lo refleja cuando en vez de quejarse dice: “Es cierto que estoy un poco sordo, un poco ciego, un poco incapacitado”, pero“nada me quita la esperanza”.

Otro personaje cuya relación con la edad explora De Beauvoir es el poeta irlandés William Butler Yeats, recompensado en su veteranía —57 años— con el premio Nobel de Literatura, pero amargado por los achaques de la vejez que en su caso no eran pocos. Sordera y poca visión de un ojo. “Estoy cansado y furioso de ser viejo”, escribió. Describía su impotencia ante esta situación: “Un enemigo me ha maniatado y retorcido de tal manera que puedo hacer planes y pensar mejor que nunca, pero no ejecutar lo que proyecto y pienso”. También lo decía en tristes pero bellos versos: “¿Qué haré de este absurdo, oh corazón mío, turbado / esta caricatura, la decrepitud que me han atado como a la cola de un perro?”

El poeta William Yeats, "furioso
El poeta William Yeats, "furioso de ser viejo"

Otro que odió envejecer fue Chateaubriand, el escritor y noble francés: “La vejez es un naufragio”. Y cuando un pintor lo quiso retratar, respondió de modo parecido a Voltaire: “A mi edad, no queda ya vida bastante en la cara de un hombre como para atreverse a confiar sus ruinas al pincel”.

El compositor Richard Wagner se mostraba escéptico: “No me reconozco en esa cabeza gris; ¿es posible que tenga 68 años?”, decía frente al espejo.

Según De Beauvoir, la descripción más cruel que hizo un anciano de sí mismo fue la de Miguel Angel. “Estoy roto, agotado, dislocado por mis largos trabajos. Mi cara parece un espantajo. En una de mis orejas corre una araña, en la otra un grillo canta toda la noche. Oprimido por el catarro, no puedo ni dormir, ni roncar”.

“Hay en mi cara algo que da miedo”, dice en una carta. Todo eso lo volcó en el autorretrato caricaturesco que incluyó en el fresco del Juicio Final. En ese “cameo”, se pintó como una máscara deformada y sombría.

Miguel Angel, un autorretrato caricaturesco
Miguel Angel, un autorretrato caricaturesco y siniestro

Otros pintores también han dejado autorretratos de su vejez.

Uno de los más célebres es el de Leonardo Da Vinci, a los 60 años, con larga cabellera y barba, pero con expresión viva y concentrada.

Rembrandt y el Tintoretto se han autorretratado también. El segundo, tenía más de 70 años, en 1588, cuando dejó esta semblanza que puede compararse con un autorretrato de su juventud. No hace trampa, no esconde las huellas del tiempo.

Dos autorretratos de Tintoretto: en
Dos autorretratos de Tintoretto: en la plenitud de su carrera, en 1548 y en 1588

En cambio, en su autorretrato, Goya, a los 70 años, negó su edad y se pintó como un hombre de 50 años. Pero en el arte, todo está permitido…

El autorretrato de Tiziano, ya octogenario, aunque no se sabe la edad exacta, muestra a un anciano clásico, casi un modelo.

Tiziano, autorretrato. Un bello anciano
Tiziano, autorretrato. Un bello anciano octogenario

“Conozco un solo autorretrato de anciano francamente alegre”, escribe De Beauvoir, en referencia a uno del pintor impresionista Monet.Su vista estaba deteriorada pero no dejó de pintar. Esa era su pasión y su alegría. “Dotado de una capacidad de trabajo sorprendente, con una excelente salud, acompañado, amante de la vida, así se representa en la tela, en lo que podría llamarse la exuberancia de la vejez: erguido, risueño, la tez rozagante, la barba profusa, la mirada llena de ardor y alegría”, dice Simone de Beauvoir.

El pintor impresionista Claude Monet
El pintor impresionista Claude Monet

El escritor y diplomático Paul Claudel se mostraba entre optimista y resignado: “¡Ochenta años! ¿Ni ojos ni oídos ni dientes ni piernas ni aliento! ¡Y es asombroso, al fin de cuentas, cómo uno llega a prescindir de ellos!”

El más francamente optimista de la lista es el poeta estadounidense Walt Whitman. En un poema “A la vejez”, escribe: “Veo en ti el estuario que se agranda y se extiende magníficamente a medida que se derrama en el gran océano”. En otra poesía advierte: “Juventud amplia, robusta, voraz; juventud llena de gracia, de fuerza, de fascinación. ¿Sabes que la vejez puede venir tras de ti con la misma gracia, la misma fuerza, la misma fascinación?”

A los 70 años, Goya
A los 70 años, Goya se pintó varios años más jóvenes

Whitman mantuvo ese optimismo pese a su mala salud. A los 54 años tuvo un ataque que lo dejó semi paralítico pero del que logró recuperarse. Después de nuevos ataques y recuperaciones, escribió: “El viejo navío ya no tiene agallas para hacer muchos viajes, pero el pabellón sigue en el mástil y todavía estoy en el timón”.

Walt Whitman, optmista a pesar
Walt Whitman, optmista a pesar de sus achaques

Podía usar el brazo derecho y mantenía la lucidez: “¡Ahora que estoy reducido a estas dos cosas (cabeza y un mano), qué grandes bienes son!”,escribía.

Goethe se vio favorecido por una buena salud, y a los 60 años en su entorno admiraban su lozanía y su elegante silueta. A los 64, seguía montando a caballo para recorridos de hasta seis horas. podía pasar seis horas a caballo sin desmontar. A los 80 conservaba lucidez y no tenía achaques. Aun así,la vejez lo ponía de mal humor. 

El filósofo y escritor alemán
El filósofo y escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe

León Tolstoi (1828-1910) fue otro longevo saludable y vigoroso. Aprendió a andar en bicicleta a los 67 años. Seguía montando a caballo y jugando al tenis. Se mantenía conectado e informado de lo que pasa en el mundo, e intervenía a veces públicamente en algunos asuntos. Pero en 1901, la edad se empezó a sentir. Chejov se sorprendió al verlo: “Su principal enfermedad es la vejez que se ha apoderado enteramente de él”. Sin embargo, en 1905 escribió al zar Nicolás II por un lado, y a los revolucionarios por otro y lanzó un llamado contra las ejecuciones de campesinos. Cumplió 80 rodeado de admiración y cariño.

El pintor Jean Renoir fue otro ejemplo de longevidad activa, a pesar de que el cuerpo flaqueaba. Desde los 60 años, padecía una semi parálisis y no podía caminar. Su mano estaba rígida. Pero no dejó de pintar hasta su muerte, a los 78 años. Lo asistían apretando los tubos de pintura y le ataban el pincel a la mano. Usaba una silla de ruedas para pasear por el campo, pero también lo llevaban en brazos a sus rincones preferidos para seguir pintando.

Leon Tolstoi
Leon Tolstoi

“Todavía no percibo la decadencia senil. Siempre tengo grandes deseos de aprender y de trabajar”, escribió en una carta Giovanni Papini (1881-1956). Tenía 70 años y entre manos dos libros monumentales: El Juicio Universal y el Informe a los hombres. Lamentablemente le diagnosticaron una esclerosis lateral amiotrófica. Papini era un ferviente católico. “Atribuía un valor espiritual al sufrimiento y se inclinaba ante la voluntad divina”, dice De Beauvoir. Solo le pesaba el dejar sus obras inconclusas. Cuando ya no pudo hablar, inventó un código con golpes de puño en la mesa para seguir dictando sus libros. Sobre su sufrimiento, decía: “Siempre he preferido el martirio a la imbecilidad”. 

Concluye Simone de Beauvoir sobre estos dos últimos casos: “El empecinamiento de Renoir, de Papini, tenía su fuente en la pasión que los devoraba”.

Autorretrato de Leonardo Da Vinci
Autorretrato de Leonardo Da Vinci

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