Cees Nooteboom
VERANO
Es verano. Me despido del calor voluptuoso de Berlín, lo abandonaré por el otro verano, el mediterráneo. Y regresaré luego, en otoño. La ciudad parece haberse abandonado al placer, en los exuberantes prados tras el palacio de Charlottenburg o en el parque de Kreuzberg yacen mujeres semidesnudas como si estuviesen a la espera de una orgía. En dos ocasiones veo cómo una de esas teutonas monta sobre un pobre intelectual sumiso tendido en la hierba, le quita los anteojos y regala una profusión de caricias a su escuálida persona, un poco como lo haría un San Bernardo con la víctima de un alud. Los grandes senos blancos relucen al sol, el hombre patalea un poco pero sucumbe a esa desbordante muestra de afecto. La era del matriarcado ha dado comienzo, los que están a su alrededor ni se inmutan, fuman sus porros, empollan voluminosos libros, dejan que la cerveza les corra por la barba o hablan a su perro. La hierba reverdea, la ciudad dibuja un círculo de ruido en torno a estos enclaves, es verano y el smog fustiga los sentidos.
En medio de esta fiesta pagana, intento recordar mi llegada en febrero, las caras pálidas, la ropa blindada, pero me es imposible. Esta ciudad se rinde sin condiciones al verano, como si las otras estaciones ya no contaran y solo sirvieran de larga antesala a estos momentos en los que se celebra una libertad que en otros momentos resulta invisible. Las estatuas barrocas del palacio de Charlottenburg resultan igualmente voluptuosas en su grácil petrificación, tan solo tras mirar detenidamente me doy cuenta de que algunas de ellas carecen de rostro bajo los cabellos ondulados, son óvalos lisos sin ojos y sin boca, como las pinturas de Malevich y De Chirico. Representan a la Retórica, o a las Matemáticas, pero eso no justifica que hayan de ir por la vida sin ojos. Eso confiere algo moderno y por tanto incongruente y ominoso a su gracia dieciochesca, una ausencia de alma que no le va a su aire libidinoso. Las caras no han sido mutiladas por algún que otro movimiento iconoclasta, sino que han sido esculpidas así, superficies alargadas y vacías, blasones sin emblemas. Sigo sin saber la razón y me temo que la explicación habrá de esperar hasta el otoño, al igual que habrá de esperar la visita al museo egipcio que vigilan las estatuas con sus cabezas huecas.
Las familias turcas han buscado su propio rincón en el parque. Las chicas llevan pañuelo y juegan con los pequeños, las mujeres están sentadas en la tienda de sus muchos ropajes; los hombres, en cuclillas, fuman o charlan. De hecho, un apartheid elegido por ellos mismos. Estas familias no están tumbadas al sol, sino sentadas. Así, hay aquí dos tipos de campos elíseos, uno en el que la gente, en distintos grados de desnudez, se estira, se somete y se entrega al sol, y otro en el que la gente, en posición horizontal o semihorizontal, sencillamente está fuera, al sol. Eso es otra cosa. También es más antiguo. Me es imposible leer el pensamiento del segundo grupo, y aun así, puedo imaginarlo. Un grupo es el anacronismo del otro, y a los árboles les da exactamente igual.
15 de julio de 1989
Cees Nooteboom
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