domingo, 3 de mayo de 2020

Casa de citas / Henning Mankell / El poeta

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Henning Mankell
EL POETA

    
Poco después de las diez de la noche se dio al fin por satisfecho con el poema.
    Las últimas estrofas habían sido difíciles de escribir y le habían llevado mucho tiempo. Había tratado de encontrar una expresión melancólica que fuera al mismo tiempo hermosa. Varios borradores fueron a parar a la papelera. En dos ocasiones estuvo a punto de dejarlo. Pero ahora tenía el poema sobre la mesa. Era su elegía al pico mediano, un ave en vías de extinción en Suecia y que no se había vuelto a ver en el país desde los años ochenta. Otra ave más camino de ser desalojada por el hombre.
    Se levantó del escritorio y estiró la espalda. Cada año le resultaba más difícil pasar mucho tiempo sentado con sus escritos.
    «Un hombre viejo como yo ya no debe escribir versos», pensó. «A los setenta y ocho años los pensamientos de uno apenas tienen ya valor para nadie más que para sí mismo». Pero sabía que eso no era cierto. Que era sólo en occidente donde se miraba a los ancianos con condescendencia o con despreciativa compasión. En otras culturas la vejez era respetada como el tiempo de la lúcida sabiduría. Seguiría escribiendo versos mientras viviera. Mientras tuviera fuerzas para coger una pluma y su cabeza estuviera tan clara como ahora. No sabía hacer otra cosa. Ya no. Antes había sido un buen vendedor de coches. Tan bueno que había dejado atrás a otros vendedores. Tenía, con razón, fama de ser duro y difícil en las discusiones y los negocios. Y por supuesto que había vendido coches. En sus buenos tiempos había tenido sucursales en Tomelilla y en Sjöbo. Pudo reunir una fortuna lo bastante grande para vivir como vivía.
    Y sin embargo, eran los versos lo único que significaba algo. Todo lo demás eran necesidades superficiales. Los versos que estaban allí, en la mesa, le producían una satisfacción que no sentía apenas de otro modo.
    Corrió las cortinas de las grandes ventanas que daban a los campos que se ondulaban suavemente bajando hacia el mar, que estaba en alguna parte más allá del horizonte. Luego se acercó a la librería. Nueve poemarios había publicado durante su vida. Allí estaban, juntos. Ninguno de ellos había vendido más que pequeñas ediciones. Trescientos ejemplares, algo más tal vez. Los que habían sobrado estaban en cajas, abajo en el sótano. Pero no es que los hubiera desterrado él allí. Seguían siendo su orgullo. Sin embargo, había decidido tiempo atrás que un día los quemaría. Sacaría las cajas al patio y les aplicaría una cerilla. El día en que recibiera su sentencia de muerte, de la boca de un médico o por su propia intuición de que no le quedaba mucha vida por delante, se desharía de los delgados fascículos que nadie había querido comprar. No dejaría que nadie los tirase a la basura.
    Contempló los libros que estaban en los estantes. Toda su vida había leído poesía. Había aprendido muchos poemas de memoria. Tampoco se hacía ilusiones. Sus poemas no eran los mejores que se habían escrito. Pero tampoco eran los peores. En cada uno de los poemarios, aparecidos con un intervalo de aproximadamente cinco años desde finales de 1940, había estrofas que podían medirse con cualquiera. Pero él había sido vendedor de coches, no poeta. Sus poemas no habían sido reseñados en las páginas de cultura. No había recibido ninguna distinción literaria. Además, había costeado él mismo la edición de sus libros. El primer poemario que terminó lo envió a las grandes editoriales de Estocolmo. Finalmente, se lo devolvieron con breves notas impresas de rechazo. Un redactor, sin embargo, se había tomado la molestia de hacer un comentario personal diciendo que nadie podía tener interés en leer poemas que, al parecer, no trataban más que de pájaros. «La vida interior del aguzanieves no interesa», le escribió.
    Después de aquello, no volvió a dirigirse a las editoriales.
    Se había costeado sus ediciones él mismo. Cubiertas sencillas, texto negro sobre fondo blanco. Nada caro. Las palabras escritas entre las cubiertas eran lo único que importaba. Pese a todo, eran muchos los que, al cabo de los años, habían leído sus poemas. Muchos habían manifestado también su aprecio.
    Y ahora había escrito un nuevo poemario. Sobre el pico mediano, el hermoso pájaro que ya no se podía ver en Suecia.
    «Poeta de pájaros», pensó.
    «Casi todo lo que he escrito trata de pájaros. De aleteos, ruidos nocturnos, reclamos aislados en la lejanía. En el mundo de las aves he vislumbrado los secretos más profundos de la vida».
    Volvió al escritorio y cogió el papel. La última estrofa había salido bien por fin. Dejó caer el papel sobre la mesa. Sintió una punzada de dolor en la espalda al seguir andando por la gran habitación. ¿Estaría enfermando? Cada día se paraba a detectar señales de que su cuerpo había empezado a fallarle. Toda su vida se había mantenido en buena forma. Nunca había fumado, había sido sobrio con la comida y la bebida. Ello le había proporcionado una buena salud. Pero pronto cumpliría ochenta años. El final de su vida se acercaba cada vez más. Fue a la cocina y se sirvió una taza de café de la cafetera, que estaba siempre puesta. El poema que había escrito le llenaba de melancolía y de alegría a un tiempo.
    «El otoño de la edad», pensó. «Un nombre que le va bien. Todo lo que escribo puede ser lo último. Y estamos en septiembre. Es otoño. Tanto en el calendario como en mi vida».
    Cogió la taza de café y volvió al cuarto de estar. Se sentó con cuidado en una de las butacas de piel marrón que le habían acompañado durante más de cuarenta años. Las había comprado para celebrar su triunfo cuando obtuvo la representación de Volkswagen para el sur de Suecia. En una mesita junto al brazo del sillón estaba la fotografía de Werner, el pastor alemán que más echaba de menos de todos los perros que había tenido a lo largo de su vida. Hacerse viejo era quedarse solo. Las personas que han llenado la vida de uno se han ido muriendo. Al final, también los perros desaparecían en las tinieblas. Pronto sólo iba a quedar él. En un determinado momento de la vida, todas las personas estaban solas en el mundo. Sobre ese pensamiento había tratado de escribir un poema hacía poco. Pero no le había salido. ¿Tal vez debía intentarlo de nuevo ahora que había terminado la elegía sobre el pico mediano? Pero él sabía escribir sobre pájaros, no sobre personas. A los pájaros se les podía entender. Las personas eran casi siempre incomprensibles. ¿Se había entendido alguna vez a sí mismo siquiera? Escribir poemas sobre lo que no entendía sería como meterse en un terreno prohibido.
    Cerró los ojos y se acordó de pronto de la pregunta de las diez mil coronas, a finales de los años cincuenta, o tal vez a principios de los sesenta. La imagen de la tele era todavía en blanco y negro. Un hombre joven se había presentado al concurso sobre el tema «Pájaros». Un hombre joven, bizco y muy repeinado. Había contestado a todas las preguntas y recibido un cheque por la, en aquella época, enorme cantidad de diez mil coronas.
    Él no había estado en el estudio de la televisión, en la jaula insonorizada con los auriculares en las orejas. Él estaba justamente en este mismo sillón. Pero también había sabido todas las respuestas. Ni si quiera hubiera necesitado pedir más tiempo para pensar. Pero a él nadie le había dado diez mil coronas. Nadie sabía de sus enormes conocimientos sobre pájaros. Él había seguido escribiendo sus poemas. Salió de sus ensoñaciones con un respingo. Un ruido había captado su atención. Prestó oídos en la habitación a oscuras. ¿Andaba alguien por el patio?
    Desechó la idea. Eran sólo figuraciones. Hacerse viejo significaba entre otras muchas cosas que uno se inquietaba por nada. Tenía buenas cerraduras en las puertas. En su habitación, en el piso de arriba, tenía una escopeta de perdigones, y una pistola a mano en un cajón de la cocina. Si algún intruso llegaba a su aislada finca, situada justo al norte de Ystad, estaba en condiciones de defenderse. Y no dudaría en hacerlo.
    Se levantó del sillón. Sintió otra punzada en la espalda. El dolor iba y venía en oleadas. Dejó la taza de café en la encimera de la cocina y miró su reloj de pulsera. Casi las once. Era hora de salir. Miró con los ojos entrecerrados el termómetro de la parte de fuera de la ventana de la cocina y vio que la temperatura era de siete grados sobre cero. La presión atmosférica estaba subiendo. Un viento suave procedente del suroeste soplaba sobre Escania. Se daban las condiciones ideales, pensó. Esta noche pasarían bandadas de aves en dirección sur. Las voladoras de grandes distancias pasarían a millares con alas invisibles sobre su cabeza. Él no podría verlas. Pero sí sentirlas en la oscuridad, muy en lo alto. Durante más de cincuenta años se había pasado una incalculable cantidad de noches de otoño en los campos, sólo para poder experimentar la sensación de que las bandadas nocturnas estaban allí, sobre él.
    Es todo un cielo el que se traslada, pensaba muchas veces. Orquestas sinfónicas completas de silenciosas aves canoras que emigran ante el invierno que se acerca, en dirección a países más cálidos. Muy dentro de sus genes llevan el instinto de partir. Y su insuperable capacidad de navegar según las estrellas y los campos magnéticos las guía siempre con acierto. Buscan los vientos favorables, han almacenado sus capas de grasa, están en condiciones de mantenerse en el aire horas y horas.
    Todo un cielo, vibrante de alas, se va a su peregrinación de todos los años. Bandadas de pájaros hacia La Meca.
    ¿Qué es un hombre comparado con un ave migratoria nocturna? ¿Un hombre viejo y solo, pegado a la tierra? Y allá, muy en lo alto, todo un cielo que se va.
    Pensaba con frecuencia que era como realizar un acto religioso. Su propia misa solemne otoñal, estar allí en la oscuridad sintiendo cómo se iban las aves migratorias. Y luego, a la llegada de la primavera, estar allí también para recibirlas.
    Las bandadas nocturnas eran su religión.
    Fue al vestíbulo y se quedó de pie con la mano en el perchero. Luego volvió al cuarto de estar y se puso el jersey que estaba en un taburete junto al escritorio.
    Hacerse viejo significaba, además de todos los otros achaques, que también se empezaba a tener frío antes.
    Contempló una vez más el poema terminado en la mesa. La elegía al pico mediano. Había salido finalmente como él quería. Tal vez iba a vivir lo bastante para poder reunir los poemas suficientes para un décimo y último libro de poesía. Ya se podía figurar el título: «Misa solemne en la noche».
    Fue de nuevo al vestíbulo, se puso la cazadora y se encajó una gorra de visera bien baja sobre la frente. Luego abrió la puerta exterior. El aire del otoño estaba lleno de olor a tierra húmeda. Cerró la puerta tras de sí y dejó que los ojos se fuesen acostumbrando a la oscuridad. El jardín estaba desierto. A distancia se adivinaba un reflejo de la iluminación de Ystad. Por lo demás, vivía tan lejos de su vecino más próximo que sólo le rodeaban las tinieblas. El cielo estrellado estaba casi completamente despejado. Nubes aisladas se vislumbraban en el horizonte.
    Era una noche en la que las bandadas de aves iban a pasar sobre su cabeza.
    Echó a andar. La finca donde vivía era antigua, constaba de tres cuerpos. El cuarto se había quemado una vez a principios de siglo. Había conservado el canto rodado que había en el patio. Había invertido mucho dinero en hacer una profunda y continua renovación de su finca. A su muerte legaría todo a la asociación Kulturen, de Lund. No se había casado, no tenía hijos. Había vendido coches y se había hecho rico. Había tenido perros. Y luego habían estado los pájaros sobre su cabeza.
    «No me arrepiento de nada», pensó mientras seguía el sendero que le llevaba a la torre que él mismo había construido y donde acostumbraba a mirar las aves nocturnas. «No me arrepiento de nada puesto que carece de sentido arrepentirse».
    Era una hermosa noche de septiembre.
    Y sin embargo había algo que le desazonaba.
    Se detuvo a escuchar en el sendero. Pero todo lo que se oía era el débil susurro del viento. Siguió andando. ¿Era tal vez el dolor lo que le desazonaba? ¿Los pinchazos repentinos en la espalda? La inquietud nacía de su interior.
    Se detuvo de nuevo y se volvió. No había nada. Estaba solo. El sendero iba cuesta abajo. Luego llegaría a un montículo. Delante del montículo había una gran zanja en la que había colocado una pasarela. En lo alto del montículo estaba la torre. Desde la puerta exterior de la casa, eran exactamente doscientos cuarenta y siete metros. Se preguntó cuántas veces habría recorrido aquel sendero. Se sabía todos los recodos, todos los hoyos. Y sin embargo iba despacio y con cuidado. No quería correr el riesgo de caerse y romperse una pierna. El esqueleto de los viejos es frágil. Eso lo sabía. Si le ingresaban en un hospital con rotura de fémur se moriría porque no podría soportar estar acostado sin hacer nada en una cama de hospital. Empezaría a pensar en su vida. Y entonces no habría nada que pudiera salvarle.
    Se paró de repente. Un búho gritó. En algún lugar, cerca, se quebró una rama. El ruido había llegado de la arboleda de más allá del montículo de la torre. Permaneció inmóvil con todos los sentidos alerta. El búho volvió a gritar. Luego se quedó todo de nuevo en silencio. Masculló, descontento de sí mismo, cuando siguió andando.
    «Viejo y nervioso», pensó. «Con miedo a los fantasmas y a la oscuridad».
    Ahora ya podía ver la torre. Una sombra negra que se perfilaba contra el cielo de la noche. Veinte metros más y estaría en la pasarela que llevaba sobre la honda zanja. Siguió andando. No se volvió a oír al búho. Un cárabo, pensó.
    Sin ninguna duda, era un cárabo.
    De pronto se paró en seco. Había llegado a la pasarela que estaba sobre la zanja.
    Era algo en la torre de la loma. Algo que era diferente. Entrecerró los ojos para poder distinguir detalles en la oscuridad. No podía decir de qué se trataba. Pero algo había cambiado.
    «Figuraciones mías», pensó. «Todo está igual. La torre que construí hace diez años no ha cambiado. Son mis ojos, que se han vuelto turbios. Sólo eso» Dio unos pasos más, entró en la pasarela y sintió los tablones de madera bajo los pies. Siguió contemplando la torre.
    «No está igual», pensó. «De no saberlo, hubiera creído que se había hecho un metro más alta desde ayer noche. O que todo es un sueño. Que me estoy viendo a mí mismo allá arriba en la torre».
    En el mismo instante en que tuvo ese pensamiento, se dio cuenta de que era verdad. Había alguien arriba, en la torre. Una sombra inmóvil. Un ramalazo de miedo pasó por él como una ráfaga. Luego se enfureció. Alguien se había metido en sus propiedades, se había subido a su torre sin haberle pedido permiso. Probablemente era un cazador furtivo, al acecho de alguno de los venados que solían andar por el bosquecillo, al otro lado de la colina. Le parecía difícil imaginar que se tratara de otro observador de pájaros.
    Le gritó a la sombra de la torre. No hubo respuesta, no hubo movimiento. De nuevo se sintió inseguro. Tenían que ser sus ojos, que estaban turbios y le engañaban.
    Volvió a gritar sin obtener respuesta. Luego echó a andar por la pasarela.
    Cuando las tablas se quebraron cayó de cabeza. La zanja tenía más de dos metros de profundidad. Cayó de bruces y no tuvo tiempo de extender las manos para apoyarse.
    Luego sintió un dolor punzante. No procedía de ninguna parte y le atravesaba por completo. Era como si alguien aplicase hierros candentes en diferentes puntos de su cuerpo. El dolor era tan fuerte que ni siquiera fue capaz de gritar. Justo antes de morir se dio cuenta de que no había llegado al fondo de la zanja. Se había quedado colgando de su propio dolor.
    En lo último que pensó fue en los pájaros nocturnos que pasaban en bandadas por algún sitio muy por encima de él.
    El cielo que se movía hacia el sur.
    Por última vez intentó librarse del dolor.
    Luego se acabó.
    Eran las once y veinte, la noche del 21 de septiembre de 1994.
    Precisamente esa noche pasaron grandes bandadas de tordos y de zorzales en dirección sur.
    Venían del norte y volaban en una línea recta hacia el suroeste sobre el balneario de Falsterbo, camino del calor que les esperaba allá lejos.
  

*

  Cuando todo quedó en silencio, bajó cautelosamente la escalera de la torre. Iluminó la zanja con su linterna. El hombre que se había llamado Holger Eriksson estaba muerto.
    Apagó la lámpara y permaneció inmóvil en la oscuridad. Luego se alejó de allí con rapidez.

Henning Mankell
La quinta mujer
Tusquets Editores, Barcelona, 2003, pp. 23-29




Astor Piazzolla / Libertango / Tango Harmony


Astor Piazzolla

Libertango



Astor Piazzolla

Libertango

(1977)



https://www.youtube.com/watch?v=Ro08gATcSIk

Piazzolla

Libertango - Tango Harmony




Piazzolla: Libertango

Cristhian Sosa, Sabrina Garcia 

Tango Harmony



Casa de citas / Astor Piazzolla / Enemigo del tango


Astor Piazzolla
ENEMIGO DEL TANGO

Sí, es cierto, soy un enemigo del tango; pero del tango como ellos lo entienden. Ellos siguen creyendo en el compadrito, yo no. Creen en el farolito, yo no. Si todo ha cambiado, también debe cambiar la música de Buenos Aires. Somos muchos los que queremos cambiar el tango, pero estos señores que me atacan no lo entienden ni lo van a entender jamás. Yo voy a seguir adelante, a pesar de ellos.


Astor Piazzolla, revista Antena, Buenos Aires, 1954.



sábado, 2 de mayo de 2020

Casa de citas / Cadena perpetua / Zihuatanejo


Frank Darabont / Stephen King
Cadena perpetua
Zihatanejo

Red - Tú no eres un asesino, un mal marido tal vez, puedes sentirte culpable si quieres, pero tú no apretaste el gatillo.
Andy - No, no lo hice, fue otra persona y yo acabe aquí, mala suerte supongo.
Red - Sííí.
Andy - Flota en el aire y tiene que caer sobre alguien, me toco a mi, eso es todo, el tornado me pillo por medio. Nunca pensé que la tormenta durase tantos años ¿crees que saldrás de aquí algún día?
Red - ¿Yo? Sí… cuando tenga una larga barba blanca y no me queden nada más que un par de tornillos me soltarán.
Andy - Te diré a donde iría yo: a Zihuatanejo.
Red - A Zihuataque?
Andy - Zihuatanejo, está en México, un pueblecito frente al Pacífico ¿sabes que dicen los mexicanos del Pacífico?
Red - No.
Andy – Que no tiene memoria, por eso quiero acabar mi vida allí, en un cálido lugar, sin recuerdos. Abriré un pequeño hotel junto a la playa, me compraré una barca vieja, la arreglaré un poco y llevaré a los clientes a pescar.
Red - Zihuatanejo.
Andy – Me resultaría útil allí un hombre que consigue cosas.
Red – No creo que sobreviviera fuera de aquí, he pasado aquí más de media vida, estoy institucionalizado, igual que lo estaba Brooks.
Andy – Te estás subestimando.
Red – No lo creas, quiero decir, aquí dentro soy el tipo que consigue cualquier cosa, pero afuera ya tienes las páginas amarillas, yo no sabría ni por donde empezar… El océano Pacífico… Joder! Algo tan grande me asusta.
Andy – A mí no, no maté a mi mujer ni tampoco a su amante, si cometí errores ya los he pagado y con intereses, ese hotel, esa barca, no creo que esté pidiendo demasiado.
Red – No deberías torturarte de esa forma Andy, no es más que un puñetero sueño, México está en el quinto coño y tú estás aquí y eso es lo que hay.
Andy – Si, vale, eso es lo que hay, está allí y yo estoy aquí, todo se reduce a una simple elección, empeñarse en vivir o empeñarse en morir.


Cadena Perpetua (1994), extraordinaria película estadounidense dirigida por Frank Darabont y basada en la novela The Shawshank Redemption, de Stephen King, cuenta la vida en prisión de Andy Dufresne (Tim Robbins), condenado injustamente a cadena perpetua por asesinato, y su amistad con Red (Morgan Freeman), un veterano prisionero de Shawshank. 




Una película / Frank Darabont / Cadena perpetua




UNA PELÍCULA

Cadena perpetua

de Frank Darabont


Gregorio Belinchón
30 de abril de 2020


Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 48)


William Shakespeare es el más prolífico guionista de la historia del cine… sin haber conocido ni siquiera la electricidad. ¿Y el segundo? Pues probablemente Stephen King, por lo inmenso de su obra y por su cuidado con las imágenes, que elevan rápidamente las posibilidades de su traslación audiovisual. Como King nunca ha tenido reparos en que se adapten sus novelas y sus cuentos, hay películas y series de televisión mejores y peores armadas desde sus palabras. Cadena perpetua pertenece al grupo de las excepcionales… también porque su director, Frank Darabont, le tiene cogido el tranquillo a King: ahí están también La milla verde y La niebla.
En Cadena perpetua (1994) desarrolla la amistad entre dos presos, dos tipos por otra parte con gran nivel de decencia para el mundo que les rodea, una cárcel regida por malos bichos. Andy Dufresne (Tim Robbins) y Ellis Boyd "El Rojo" Redding (Morgan Freeman) charlan durante lustros en el patio, en el interior del edificio… Y mientras hablan asisten al paso del tiempo, construyen una relación imposible en el mundo exterior. De fondo, un sentimiento que encuentra eco hoy en la situación actual: esperanza, que es justo la última palabra que se escucha en inglés en Cadena perpetua. Por cierto, Darabont y King eran amigos desde que en 1984 el primero adaptó en el corto La mujer de la habitación la historia homónima del segundo. De ahí que el escritor le vendiera por tan solo 1.000 dólares los derechos para el cine de Rita Hayworth and the Shawshank Redemption, el título original del libro,… y que además, años más tarde, le devolviera a Darabont el cheque sin cobrar con la nota “por si alguna vez necesitas la fianza”. Solo queda una pregunta en el aire: ¿quién pega el cartel que cubre la entrada al túnel?
Cadena perpetua. Frank Darabont. 1994. Disponible en Movistar +.

Un libro / Herta Müller / El hombre es un gran faisán en el mundo

Heroínas: Herta Müller novelista, poeta y ensayista rumano-alemana ...
Herta Müller

UN LIBRO

El hombre es un gran faisán en el mundo

de Herta Müller


Javier Rodríguez Marcos
30 de abril de 2020


Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 47)


El Nobel de literatura es ese premio que valoran los que quieren descubrir algo y que desprecian los que lamentan que no lo ganara Philip Roth. Por qué querrían darle un premio despreciable a su escritor favorito ya es otro tema. El caso es que en 2009 la Academia Sueca pronunció el nombre de Herta Müller y los lectores en español descubrimos que llevaba más de una década traducida a nuestro idioma. También descubrimos que pertenecía a la minoría germana de Rumanía.
Esa circunstancia es clave en El hombre es un gran faisán en el mundo, que relata la kafkiana espera de una familia de esa minoría. Su intención es salir de un país en el que son pobres sin dejar de ser vistos como parte de los invasores derrotados en la Segunda Guerra Mundial. Escrita en capítulos cortos y cortantes, la novela de Müller traza el asfixiante retrato coral de una aldea en tiempos de Nicolae Ceaucescu. Como le dice un niño a la maestra, si el conducator es “el padre de nuestro país, mi padre es el secretario general de nuestra casa”. La maestra es la que quiere emigrar a Alemania con sus padres. Su madre tuvo que prostituirse en Rusia para sobrevivir en un campo de refugiados durante la guerra. Ahora es ella la que tiene que hacerlo para asegurarse los pasaportes que necesitan. Lo terrible de un libro como este es el contraste entre lo que cuenta y el tono en que lo cuenta, inocente, sin dramatismo: sujeto, verbo y predicado, punto y aparte. A sangre y fuego. En rumano, contaba la autora en una entrevista, ser un faisán es ser un fracasado, un ave que no puede volar. Presa fácil para los cazadores. 
El hombre es un gran faisán en el mundo. Herta Müller. Traducción de Juan José del Solar. Siruela. Disponible en Todos tus libros, Amazon y Fnac.
EL PAÍS


Una serie / La maravillosa señora Maisel

La actriz Rachel Brosnahan, en la serie 'La maravillosa señora Maisel'.
Rachel Brosnahan, en la serie 'La maravillosa señora Maisel'.


UNA SERIE

La maravillosa señora Maisel

Natalia Marcos
30 de abril de 2020






Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 48)


En el libro Dueñas del show, la periodista Joy Press recuerda que Las chicas Gilmore, protagonizada por una madre joven y su hija adolescente, llegó a la televisión justo cuando series como Los Soprano o The Wire establecieron un modelo que relacionaba la calidad y profundidad televisiva con personajes masculinos problemáticos. Creados, por supuesto, por hombres complicados. Las dificultades que encontraban entonces creadoras como Amy Sherman-Palladino para apostar por protagonistas femeninas inteligentes y que se reconociera su calidad eran muchas.
Ahora el panorama es muy diferente. La peak tv ha dado opción a muchas otras historias en muy diferentes lugares y para públicos muy distintos. Así, Sherman-Palladino y su marido, el productor Daniel Palladino, tuvieron menos problemas para desarrollar para Amazon Prime Video (y conquistar a público, crítica y premios) la historia de una mujer neoyorquina de los años cincuenta que, tras descubrir que su marido le es infiel, se sube a un escenario y, en un arranque de rabia y sinceridad, se marca un divertidísimo monólogo que la hará replantearse su vida y probar suerte en el mundo de la comedia, un mundo, por otra parte, muy masculino en aquel tiempo. Así arranca La maravillosa señora Maisel, una divertida historia con diálogos rápidos y ácidos, personajes muy bien interpretados (Rachel Brosnahan, Alex Borstein y Tony Shalhoub acumulan premios por ellos) y con un espectacular diseño de producción. La selección musical, el vestuario, la ambientación, todo ayuda a impulsar unos guiones divertidos siempre por encima de la media televisiva incluso en sus momentos más flojos. 
La maravillosa señora Maisel. Amy Sherman-Palladino. Amazon Prime Video, 2017. Sus tres temporadas están disponibles en Amazon Prime Video.

viernes, 1 de mayo de 2020

Las canciones más bellas del mundo / Oscar Chávez / Lágrimas negras

Oscar Chávez / Lágrimas negras

LÁGRIMAS NEGRAS
(1929)

Aunque tú me has dejado en el abandono,
aunque tú has muerto todas mis ilusiones
en vez de maldecirte con justo encono
en mis sueños te colmo,
en mis sueños te colmo
de bendiciones.

Sufro la inmensa pena de tu extravío
siento el dolor profundo de tu partida
y lloro sin que sepas que el llanto mío
tiene lágrimas negras,
tiene lágrimas negras,
como mi vida.

Tu me quieres dejar,
yo no quiero sufrir,
contigo me voy mi santa
aunque me cueste morir.



TRÍO MATAMOROS

Uno de los grupos cubanos más influyentes y populares de las décadas del 20 al 50, fue formado en 1925 por Miguel Matamoros, Siro Rodríguez y Rafael Cueto. Don Miguel Matamoros armaba su trío para cualquier fiesta donde los reclamaran. Luego les propuso a Siro y a Cueto que trabajaran juntos con mayor regularidad, aunque ello no implicaba la pérdida de sus respectivos trabajos. Desde un principio el trío marcó un estilo, el bolero-son, una música rica en armonías pero con el fuerte respaldo rítmico del son. El grupo se expandió y contrajo varias veces, actuando a veces como trío y otras como septeto, orquesta o conjunto.

    La agrupación en sus inicios se llamaba Trío Oriental. El nombre por el cual se hicieron famosos fue idea del técnico grabador de los estudios de Camden, Nueva Jersey, donde ellos hicieron sus registros fonográficos allá por 1928. La denominación Trío Oriental era muy común en la época y el técnico sugirió que usaran el apellido de don Miguel. El autor del Son de la loma aceptó, sin imaginarse, ni él, ni los miembros del grupo, ni aquel técnico cuyo nombre no se recuerda, que bajo ese rubro en los años por venir, la música cubana iba a escribir muchas de sus más importantes páginas. 

    En los años `40 la voz de Matamoros empieza a perder calidad, por lo que este recluta varios cantantes para que lo reemplazaran. El más famoso de éstos fue Benny Moré, quien entre 1945 y 1947 se encargó de la parte vocal. A lo largo de los años, el Trío Matamoros incorporó a su sonido elementos de swing, mambo y rumba, y se vió favorecido por la fiebre del mambo de los años ´50. La banda se separó en 1965. 

    No hay duda. El Trio Matamoros sabe a Cuba. Es Cuba.



Las canciones más bellas del mundo / Oscar Chávez / La Llorona



LA LLORONA

La pena y la que no es pena, Llorona, Todo es pena para mí La pena y la que no es pena, Llorona, Todo es pena para mí Ayer penaba por verte, Llorona, Y hoy peno porque te ví Ayer penaba por verte, Llorona, Y hoy peno porque te ví Ay de mí, Llorona, Llorona llévame a ver Ay de mí, Llorona, Llorona Llorona llévame a ver Donde de amores se olvida, Llorona Y se empieza a padecer Donde de amores se olvida, Llorona Y se empieza a padecer. Alza los ojos y mira, Llorona, Allá en la mansión obscura Alza los ojos y mira, Llorona, Allá en la mansión obscura Una estrella que fulgura, Llorona Y tristemente suspira Es Venus que se retira, Llorona, Celosa de tu hermosura Ay, de mí, Llorona, Llorona, que sí que no Ay, de mí, Llorona, Llorona, Llorona, que sí que no La Luz que me alumbraba, Llorona, En tinieblas me dejó La Luz que me alumbraba, Llorona, En tinieblas me dejó Dicen que el primer amor, ¡ay, Llorona! Es grande y es verdadero Dicen que el primer amor, ¡ay, Llorona! Es grande y es verdadero Pero el último es mejor, ¡ay, Llorona! Y más grande que el primero Pero el último es mejor, ¡ay, Llorona! Y más grande que el primero Ay de mí, Llorona, Llorona, dame una estrella Ay de mí Llorona, Llorona Llorona, dame una estrella Qué me importa que me digan, Llorona, Que tú ya no eres doncella Qué me importa que me digan, Llorona, Que tú ya no eres doncella Las campanas claro dicen, Llorona, Sus esquilas van cantando Las campanas claro dicen, Llorona, Sus esquilas van cantando Si mueres, muero contigo, Llorona, Si vives, te sigo amando, Es cierto lo que te digo, LLorona, Puedes publicarlo en bando Ay, de mí, Llorona, Llorona, de la alta cumbre Ay, de mí, Llorona, Llorona, Llorona, de la alta cumbre Yo soy como los arrieros, Llorona, Llegando y haciendo lumbre Yo soy como los arrieros, Llorona, Llegando y haciendo lumbre No me llores cuando muera, Llorona, Ni cuando me veas tendido No me llores cuando muera, Llorona, Ni cuando me veas tendido LLórame si tú me quieres, Llorona Ahora que yo estoy vivo LLórame si tú me quieres, Llorona Ahora que yo estoy vivo Ay, de mí, Llorona, Llorona, yo te pidiera Ay, de mí, Llorona, Llorona, Llorona, yo te pidiera Que tu huipil de brocado, Llorona Me cubra cuando yo muera Que tu huipil de brocado, ay, Llorona Me cubra cuando yo muera Tus trenzas causan despecho, ¡ay Llorona! No por negras ni sedosas Tus trenzas causan despecho, ¡ay Llorona! No por negras ni sedosas Sino porque son dichosas, Llorona Cuando ruedan por tu pecho Sino porque son dichosas, Llorona Cuando ruedan por tu pecho Ay, de mí Llorona, Llorona de mi ensoñación Ay, de mí Llorona, Llorona, Reina de mi ensoñación En tus dos hermosas trenzas, Llorona Se quedó mi corazón En tus dos hermosas trenzas, Llorona Se quedó mi corazón Cuando entrabas por la iglesia, Llorona Te divisó el confesor Cuando entrabas por la iglesia, Llorona Te divisó el confesor Se le cayó la custodia, Llorona Porque temblaba de amor Se le cayó la custodia, Llorona Porque temblaba de amor Ay, de mí, Llorona, Llorona de azul de lirio Ay, de mí, Llorona, Llorona, Llorona de azul de lirio El que no sabe de amores, Llorona No sabe lo que es martirio El que no sabe de amores, Llorona No sabe lo que es martirio A mí el confesor me dijo, Llorona Que te olvide y no te quiera A mí el confesor me dijo, Llorona Que te olvide y no te quiera Suspirando yo le dije, Llorona «¡Ay, Padre, si usted la viera!» Suspirando yo le dije, Llorona «¡Ay, Padre, si usted la viera!» Ay, de mí Llorona, Llorona de azul celeste Ay, de mí Llorona, Llorona, Llorona de azul celeste Aunque la vida me cueste, Llorona No dejaré de quererte Aunque la vida me cueste, Llorona No dejaré de quererte No es extraño que las olas, Llorona Traigan perlas a millares No es extraño que las olas, Llorona Traigan perlas a millares Si a las orillas del mar, ¡ay, Llorona! Te ví llorar la otra tarde Si a las orillas del mar, ¡ay, Llorona! Te ví llorar la otra tarde Ay, de mí, Llorona, Llorona de cuando en cuando Ay, de mí, Llorona, Llorona, Llorona de cuando en cuando Sólo que la mar se seque, Llorona No me seguiré bañando Sólo que la mar se seque, ¡ay Llorona! No me seguiré bañando Sé que te vas a casar, Llorona, Anda con Dios bien mío Sé que te vas a casar, ay Llorona, Anda con Dios bien mío Por el tiempo que ande ausente, Llorona, No bebas agua del río, Ni dejes amor pendiente, Llorona como dejaste al mío Ay, de mí, Llorona Llorona llévame al río Ay, de mí, Llorona, Llorona Llorona llévame al río A ver si sus aguas juntan, Llorona Tu corazón con el mío



Las canciones más bellas del mundo / Oscar Chávez / Por ti




Oscar Chávez
POR TI

Por ti yo dejé de pensar en el mar Por ti yo dejé de fijarme en el cielo Por ti me ha dado por llorar como el mar Me he puesto a sollozar como el cielo Me ha dado por llorar Por ti la ternura se niega conmigo Por ti la amargura me sigue y la sigo Por ti me estoy volviendo loco de celos Se vuelven contra mí mis anhelos Se vuelven contra mí Por ti la vida se me ha vuelto un infierno Por ti estoy muerto de amor tan enfermo Por ti se han vuelto llaga el sol y el dolor Se han vuelto mal la flor y el amor Se ha vuelto mal la flor Por ti el mar es la locura del cielo Por ti el llanto es una llaga de celos Por ti el dolor es el sol sin la flor El infierno es amor tan eterno El infierno es amor Por ti, por ti, por ti, por ti


El nombre original de la canción es El infierno es amor. Ganó el nombre de Por ti a raíz de su popularidad. Es uno de los pocos temas de Chávez que pasaron a la radio comercial (AM) en los años 70. Su ritmo se llama clave, típoc del Caribe. El Lp fue lanzado en 1970 y contiene dos temas que se escuchan en la película La Generala (Juan Ibáñez, 1970), en donde Óscar Chávez tuvo un pequeño papel como un ciego cantor en una plaza pueblerina.

Nota de Francisco Arvizu Hugues