miércoles, 19 de abril de 2017

Una conversación con Triunfo Arciniegas

Triunfo en el Sena
París, 2017
Triunfo Arciniegas
“Toda escritura es autobiográfica”
Por Belkys Esteban




Cuéntenos un poco sobre el proceso de creación de Cuando el mundo era así

Fue un encargo de María Fernanda Paz-Castillo, mi editora. Me invitó a su casa a tomar café y me propuso que escribiera un libro de fábulas para Cataplum. No recuerdo con exactitud su frase. Me prestó algunos libros y nos fuimos de compras a Babel, la bellísima librería de María Osorio, a un tiro de piedra del Park Way, en La Soledad, uno de los barrios plácidos de Bogotá. Durante dos o tres días esculqué mis metederos bogotanos y encontré otras joyas. Me encerré en el hotel y en un mes escribí el libro. Mafe y yo lo trabajamos dos años y medio. 

¿Cómo se siente ser ya una referencia de lectura para grandes y chicos en la Literatura actual? 

Me encanta la noticia, pero me atormenta pensar en lo que no he hecho. Para consolarme, me digo que apenas estoy empezando. 

¿Cómo se crea una carrera como la suya? 

El secreto es la constancia, mejor conocida como terquedad. No se puede desfallecer. Existen tentaciones: el misticismo, la política, la buena vida, el matrimonio y sus servidumbres. Pero la literatura es un vicio y, como tal, difícil de dejar.

Cuéntenos algún dato o anécdota de su vida en Santander y su relación con la escritura. 

Nací en Málaga pero vivimos en varios pueblos antes de establecernos en Pamplona. En Málaga se quedaron para siempre mi abuela y mi infancia. Este alejamiento marcó mi vida. Escribí que me fui de Málaga por un sendero de lágrimas y en cierta forma fue así. Para combatir la nostalgia me refugié en la escritura. Le escribí muchas cartas a mi abuela, que no sabía leer ni escribir. De ahí viene todo. De esas cartas. De esa profunda necesidad de contar.

¿Cómo calificaría usted mismo su literatura? 

Difícil decirlo. Se habla con razón del humor, del disparate, de la locura, pero creo que mi escritura es una exploración del dolor. Otros podrán demostrarlo o desmentirlo.

¿Cuánto de usted hay en los textos que escribe? 

Podría decirse que toda escritura es autobiográfica. Sólo que los disfraces son numerosos, como las capas de la cebolla.

¿Cómo es su proceso creativo?

El proceso de la escritura es mágico. Un mago jamás revela sus trucos. No digo que sea un mago pero me atengo al principio. El secreto mayor consiste en atrapar al conejo por las orejas. Sólo que nunca se sabe cuándo ni dónde aparecerá. El bosque, como bosque que se respete, es un misterio, repleto de conejos escondidos. Pero puedo contarle detalles sobre la mecánica de la escritura. Escribo a mano, en libretas o cuadernos, sobre todo cuando viajo, y luego paso todo a limpio en el computador. Imprimo y empiezo a corregir. Puedo hacer veinte o treinta versiones de un texto. Una versión es en realidad una copia impresa, y cada copia tiene por lo menos tres minuciosas lecturas. Es un trabajo de años, una larga paciencia. Redondear Caperucita Roja y otras historias perversas me llevó diez años. Cuando me gané el Premio Comfamiliar en el año año 92 o 93, apenas era un libro en formación: sólo estaban dos historias del libro definitivo (“Caperucita Roja” y “El sapito que comía princesas”), y las demás eran préstamos que encontraron acomodo en otros libros. Al fin, con diez historias, fue publicado por Panamericana e ilustrado por Alekos. Cuando Mafe me propuso reeditarlo en SM, en 2006, reescribí todo el libro y añadí una historia, que cierra de manera definitiva este mundo. Entre la primera historia, “Caperucita Roja”, de mediados de 1990, y “Las razones del lobo”, de principios de 2006, hay veinticinco larguísimos años. De manera que también puedo decir que este libro me costó un cuarto de siglo.

¿Siempre es así?

Por supuesto que no. Escribí La media perdida en diez minutos, un sábado en la mañana, y me ha dejado más regalías que La lagartija y el sol o Mujeres, un libro de poemas, o Noticias de la niebla, que reúne cien cuentos breves. Estos tres títulos me han costado cuartos de siglo de treinta años. Alguna vez, hablando de estos asuntos con los niños, me calcularon como quinientos años.

¿Cuál ha sido el momento más difícil de su vida? Cuéntenos si estuvo relacionado con la Literatura. 

Dice Vallejo en un poema que su momento más difícil no ha llegado todavía. Pero he tenido varios. Ahora recuerdo uno, no tan difícil pero sí definitivo. Estaba en segundo o tercer grado de bachillerato. Había decidido dedicarme a escribir y, para sellar la gravedad del momento, necesitaba decírselo a alguien. Escogí al profesor de español, por supuesto. “Profe, me voy a dedicar a la literatura”, le dije en unas escaleras, y él respondió: “Ah, bueno”, y siguió bajando las malditas escaleras.

¿Si pudiera volver a empezar, qué cambiaría?

La familia. Nacería en una familia de ricos y nunca sería profesor.

Ni escritor.

Tal vez no. Me consolaría fotografiando mujeres desnudas.

¿Si pudiera volver a la época en la que comenzó como escritor, qué cambiaría?

Nunca me han faltado los libros. En mi casa no había libros, nadie leía, pero nunca me han faltado. Siempre tuve una biblioteca a la mano, primero en Málaga y luego en Pamplona, y pronto acumulé tantos libros como para varias vidas. Tengo una casa de seis habitaciones repletas de libros, y unos cuantos más en casas ajenas. Pero me han hecho falta amigos. Aunque la escritura es producto del más absoluto de los encierros, a mi vida le ha sobrado soledad.

¿Qué recomendaciones les daría a los escritores noveles?

Mujeres malvadas. 

En serio.

Menos Facebook y menos WhatsApp. En general, menos internet, donde se practica una lectura de picoteo. Hay que leer en serio. Un escritor es esencialmente un lector. Hay que abrir el libro y dedicarle horas y horas, días y días, hasta acabar, y unos meses o años después hay que volver al mismo libro, como un río que nunca deja de pasar. Los libros que valen la pena son los que precisan las relecturas.

Palma de Mallorca, 17 de abril de 2017




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