martes, 15 de noviembre de 2011

Triunfo Arciniegas / En la hamaca


Triunfo Arciniegas
EN LA HAMACA

Le llevé la cerveza al patio y seguí con mis oficios.
            ─He tenido mala suerte ─dijo el hombre, Bernardino Alarrota, y la punta de su pie le dio nuevo impulso a la hamaca─. Las mujeres me pudrieron el corazón.
            Había llegado tres días antes, con una maleta de cuero toda empolvada, una de esas que se aseguran con correas, y casi no se había movido de la hamaca. Sudaba como un caballo porque venía del páramo, según dijo, y de vez en cuando me pedía una cerveza. Un tipo de unos cuarenta años, con ojos de ternero degollado, feo, que mascaba tabaco y escupía en todas partes. Mataba insectos con salivazos certeros. Se parecía mucho a un hombre que tuve en Monteadentro, uno que me dejó por María Encarna. Pero el José Luis no tenía bigote ni era tan flaco ni tan feo. Mejor dicho, no se parecían pero se veían igual de asustados. Como si tuviesen muchas cuentas pendientes. Después la María Encarna fue a pedirme perdón y a contarme que al José Luis lo había matado la policía. Aunque todavía no podía creer que me hubiera cambiado por esa desteñida, cosas de la vida, nos hicimos más amigas que antes. O antes no éramos tan amigas. O el José Luis la engatusó, como a mí. Lengua brava sí tenía el finado, para hablar y para otras cosas, ustedes me entienden.
            Tuve mejor suerte con Alberto Montes en Sacramento, aunque no me duró mucho. A los hombres los quiero más de la cuenta y se me aburren. Siempre fui muy melosa. Les doy de todo demasiado pronto.
            A José Alejandro no le pienso decir nunca que el José Luis fue su padre. Mejor que las cosas se queden así. ¿Para qué hacerlo sufrir diciéndole que es hijo de un delincuente que la policía rellenó de tiros? A mi niña, a mi María Luisa, nunca le hablo de Felisberto, para qué. Los hombres prometen el cielo y la tierra mientras consiguen lo que quieren, luego levantan el rabo y ni más, así son. Todo lo que recibí de Felisberto fueron unas postales del culo del mundo, de Lejanías, quién demonios va por allá, unas pinches postales de dos bares, El Ángel Tuerto y La vaca que ríe, que arrojé a la basura apenas llegaron. Van a ver, hombres del demonio, una negra sola también puede, carajo.
            Bernardino Alarrota no puso reparos al cuarto ni a la comida ni a nada, pero pidió una hamaca y la colgó entre los naranjos del patio. Aunque no es gran cosa, el hotel figura como lo mejorcito que hay en Pinar del Río. Yo misma cocino y arreglo los cuartos. Las camas me quedan templaditas, un arte que envidian por igual la patrona y Carmencita. La patrona lleva las cuentas y suspira por su difunto marido. Le manda flores todos los días y todavía conserva su retrato en la mesita de noche. De treinta años de matrimonio le quedó un hijo que vive en Bogotá y por acá nunca asoma. Sólo lo conozco en fotos. Carmencita atiende en el comedor porque es bonita y, según la patrona, abre el apetito de los clientes. Hace el mercado, lava y plancha las sábanas, barre y trapea los corredores. Las tres damos abasto. Nunca hemos tenido más de diez huéspedes a la vez.
Al tal Bernardino le picó la curiosidad y, en la conversa más larga que sostuvimos, quiso saber cuántos hijos tenía. Le pregunté por qué suponía que tenía hijos.
            ─Por las caderas ─respondió.
            Sentí que me ardían hasta los cabellos. Ya había visto que le echaba el ojo a mis piernas pero me hacía la desentendida. Hombres así, tan oscuros, sólo traen líos. Hombres así le tiran a todo. De zancudo para arriba es cacería.
            Bernardino insistió en una respuesta.
            ─Dos ─dije─. Pero ningún marido.
            ─También lo sabía ─dijo y entrecerró aún más los ojos de ternero degollado.
            Hombres así. A la María Encarna, que pasó a visitarme de sorpresa, tampoco le gustó el tal Bernardino Alarrota. Es más, se tulló del susto apenas lo vio. Le di un vaso de agua pero no soltó prenda. Aunque acostumbramos conversar largo y tendido y hacía mucho que no nos veíamos, se largó con el pretexto de que había dejado la ropa extendida y de pronto llovía.
            Colgó la hamaca entre los naranjos del patio y allí se quedó hasta que el frío de la noche lo obligó a refugiarse en el cuarto. Creo que Carmencita se le metió a la cama desde la segunda noche. Creo, no puedo jurarlo. Pero, en todo caso, la tenía contenta. La descarada nos dijo en la cocina: “No puedo sentarme porque anoche me hicieron lo que nunca me habían hecho”. Es que Carmencita siempre ha sido así. A los diecinueve años una tiene candela de sobra. Le digo a la patrona que deberíamos incluir sus servicios en el menú, y ella replica que calle estos ojos. No le planteé mis recelos a Carmencita para que no me creyera una envidiosa. No somos muy amigas. Por otra parte, que cada cual disponga de lo que Dios le dio. O mejor dicho, y perdonen la vulgaridad, que cada cual haga de su culo un avispero.
            Y tuve razón, mal haya sea, tuve razón.
El hombre madrugó a tenderse en la hamaca como todos los días, y allí, adormilado, esperó a la mujer que le disparó tres tiros sin mediar palabra.
Supe su nombre luego, cuando apareció en el periódico, con foto y biografía: Rosa Pérez, de treinta y siete años, natural de Lejanías y modista de profesión. Buscaba a Bernardino Alarrota desde hacía tres años y medio y lo encontró bajo el perfume de los duraznos. La verdad es que el crimen alcanzó para tres días de periódico porque hubo varias versiones, muy distintas una de otra y hasta contradictorias. Que eran marido y mujer, que amantes, que primos carnales, en fin no se supo. Que estafa, que violación, que esto y lo otro.
Así es, señoras.
Lo cierto es que el hombre del tabaco se tendió en la hamaca, hastiado, cansado de huir, y allí, bajo el perfume de los duraznos, señoras, encontró el reposo.
Lo vi con estos ojos que se han de tragar la tierra.
            Yo estaba cambiando las sábanas de los cuartos del segundo piso cuando la mujer entró como una tromba. No se detuvo en la recepción. Eché a correr sin saber por qué, como engarzada por un presentimiento. Desde el balcón la vi dirigirse al patio. Grité cuando la mujer alzaba el arma y vi que el hombre se cubría la cara con las manos, como si los dedos desplegados pretendieran apartar una luz demasiado fuerte. Vi los fogonazos y mucho después escuché los truenos. Fue como si el tiempo se hubiese detenido. Me tapé la boca para no gritar más.
            El hombre se sacudió como una gallina recién degollada y descansó de su amargura. Los disparos atrajeron a todo el mundo, que se amontonó en el patio, en un círculo perfecto alrededor de la escena. No recuerdo cuándo ni cómo descendí las escaleras y me junté con todos. La mujer seguía de pie, impávida, muda, con los brazos descolgados como ramas tasajeadas. El revólver había caído de su mano y descansaba sobre el polvo. Ni nos mirábamos ni decíamos nada. El hombre había dejado de revolcarse. Ya no le dolían los tiros y no había nada que hacer. Alguien condujo a la mujer hasta una silla, donde permaneció muda, con las manos entre las piernas, como una niña, empequeñeciendo todavía más en su propio pavor, hasta que media hora después se la llevó la policía. Dijo algo, una sola frase:
            ─Lo que le hizo a mi niña.
            Alguien me arrancó una de las sábanas y tuvo la misericordia de cubrir el cuerpo. La mano que goteaba empapó de sangre la botella en el piso.
            Carmencita lloraba como una descosida.
            Menos mal que la mujer no vino de noche. A Carmencita le hubiera tocado su parte. Lo que es tener la cuca tan caliente.
            ─Las chiquitas son un peligro ─dijo uno de los policía, uno de los más mensos, pero nadie se rió.
            Mientras hacían lo que llaman el levantamiento del cadáver, la patrona me ordenó que limpiara el cuarto. Recogí las ropas y demás pertenencias del finado: la máquina de afeitar, el cepillo de dientes y un cuaderno cuya letra no entendí. En la maleta sólo había fotos de mujeres desnudas, desde maduritas hasta niñas, una cámara fotográfica y recortes de periódico.
            Se llevaron el cuerpo pero nadie se atrevió a descolgar la hamaca, donde la sangre se había vuelto oscura. Permaneció entre los naranjos hasta que la patrona me ordenó la tarea de quemarla. La policía decomisó las pertenencias del finado.
            Me llamaron a la inspección y declaré lo que había visto, pero no mis pensamientos. No me contaron nada, señoras, y con las ganas que tenía de saber el cuento. De regreso al hotel me encontré de sopetón con María Encarna y la arrinconé para sacarle el guardado. La gente me miraba como bicho raro.
            ─O me cuentas o me cuentas.
            ─A ese Bernardino Alarrota lo vi pidiendo limosna el año pasado en Pamplona.
            ─¿Y qué hay con eso? ─alegué─. Peor es robar.
            ─Con un cajón.
            ─Cómo así, con un cajón, escupe el cuento, mujer.
            ─Con un ataúd de niño.
            ─¿Con niño muerto adentro?
            ─Vacío. Me lo contó un muchacho, Abelito Montes, que lo vio por dentro. No había niño muerto. No había nada. Ay, negra, qué pena hablar mal de un difunto, pero así levantaba el billete de los vicios el malparido. Lo hizo por un tiempo, hasta que todo el mundo se enteró de la patraña. A los perros los están matando a tiros.
            ─¿Y cómo estás tan segura?
            ─Ay, Juliana ─dijo María Encarna, haciéndome sentir como la más bruta de las negras─. ¿Quién más tiene esos ojos de vaca muerta?
            ─¿Qué sabes de una niña?
            ─De niñas, nada, pero no me extraña.
             ─¿Qué más sabes? Porque sabes más.
             ─Nos vemos otro día ─dijo María Encarna.
            Y se fue corriendo.
            La gente todavía me miraba. María Encarna volteó la esquina. Se me hacía tarde. Apuré el paso. En la puerta del hotel me alcanzó María Encarna.
            ─Abelito está en el manicomio de Sacramento desde el año pasado ─dijo─. No habla, no reconoce a nadie, pobre negro. Ese hombre se lo llevó para Venezuela y lo torturó durante semanas en una finca de Táriba. Lo violó hasta el cansancio y lo quemó con cigarrillos de pies a cabeza.
            Y otra vez se fue corriendo.
            ─Ojalá no nos caiga la sal con este muerto ─dijo la patrona.
            Lo que quiere decir es que ojalá la clientela no se espante. Que los hombres no piensen que cualquier mujer puede entrar y descoserlos a tiros. Si la patrona cierra el hotel, tendré que volver a Monteadentro con mis hijos, y es lo que menos quiero en el mundo, vivir con mi mamá, volver con el rabo entre las piernas.
           
Acapulco, 2001




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