domingo, 27 de febrero de 2011

Mujeres

Fotografía de Klaus Peter Nordmann

Triunfo Arciniegas
MUJERES


La urgencia me hizo marcar tres, cuatro, cinco veces, el número de Pilarica Trespalacios, pero no me contestó. No quería verme desde que me sorprendió con las manos en la masa en El Decamerón. Digamos que entonces era mi novia oficial, casi mi mujer, mi equilibrio sexual, el pan de cada día y todo eso. Ay, Pilarica y sus tres palacios. Decidí caerle de sorpresa a Beatriz, pero el sorprendido fui yo. Estaba borracha con dos señores. Abrió la puerta a medio vestir o, con más exactitud, a medio desnudar, descalza y despeinada. Me invitó a seguir. Pero no me pareció buena idea, sobre todo al ver a los señores: un periodista que reseñaba libros en revistas de vanidades y un vendedor de electrodomésticos. Donde comen dos, comen tres, pero todos quedan con hambre.
          En la calle tropecé con Marina Valdivieso. Apenas me saludó. Iba con su propia urgencia. Su propia lujuria. Me quedé viendo el delicioso movimiento de sus caderas hasta que dobló la esquina y me pregunté si aún se acordaría de las cosas que hicimos en la azotea mientras abajo velaban a doña Angustias Mendoza. De eso habían pasado casi tres años.
          Sorprendí a Simona Acuña en la entrada de la farmacia Don Berna y me dijo que tenía el niño enfermo, que otro día me invitaba. Por educación, respondí que esperaba su llamada.
          –Y te leo las cartas –añadió.
          Simona fue una de mis vírgenes. Hizo de todo conmigo menos perder el virgo. Luego se enredó con el cojo Ángel María y resultó preñada. Se iban a casar, pero al cojo le dieron tres balazos en el bar de Osiris y Simona casi se vuelve loca. Ya no era tan certera con las cartas.
          Las parejas se besaban con ansia en la penumbra de la Plaza del Obelisco. Unas en los escaños, otras entre los árboles. Algunas terminarían en las pensiones cercanas y otras ya hacían cama entre las flores. Reconocí a Margarita Escobar a pesar de los pocos bombillos que quedaban con vida. Me había jurado amor eterno y ahora agonizaba debajo del gordo Peralta. A esa hora, por lo visto, no quedaría libre un solo escaño en el Parque de los Enamorados.
         Tomé un taxi hasta el apartamento de Teresa Benavides. Me abrió llorosa y demacrada, víctima no del mal de amores sino de la gripa asiática.
         –Detente, animal –dijo, cruzando las manos delante de mí.
          Pregunté qué animal.
          –Un pulpo, por supuesto –dijo Tere.
          Por mutuo acuerdo, me despedí pronto.
          Vi a tiempo a Maribel García, sola y vestida de negro. Me escondí en una cafetería mientras pasaba. Fue bonita, dulce y graciosa en otra época. El flaco Valdivia la pintó desnuda y la envició a la marihuana. Antonio Soler le escribió poemas y le propuso matrimonio. Pasamos tres días perversos en una pensión de mala muerte en Bogotá, a escondidas del flaco Valdivia, y pensamos repetir. Pero se fue con un tipo a Caracas y volvió chiflada. No se supo qué le hicieron. Lo cierto es que Maribel andaba sola a cualquier hora, unas veces más ida que otras, pero siempre de negro, con la mirada fija en el piso y la cabeza casi pegada al hombro izquierdo, y cada vez más gorda. Una vez conversamos. “Hace siete años que no tengo novio”, dijo. Sus ojos conservaban el brillo de los años felices pero sus ropas olían a perro mojado. Confesó que le daba cabezazos a las paredes y se le caía el cabello a manotadas. Prometí llevarle una novela de Kundera a su casa pero nunca lo hice.
          Mientras vigilaba los pasos de Maribel, desde una de las mesas me observaba Elenita Montes, la que desordenó el hogar de los Meléndez: arruinó al padre y sedujo al hijo. La señora Meléndez se suicidó. Luego se supo de su cáncer de mama. “Preferible muerta que sin tetas”, dijo Vicky Pedregal, que me contó el chisme con lujo de detalles, algunos de su propia cosecha. El joven Meléndez se fue de policía mientras el viejo recorría las calles, bebiendo de cantina en cantina, tembloroso y mal vestido. Y ahí estaba Elenita como si nada, una culicagada, una cagarruta, con esas tetitas de perra y el culito de avispa, mirándome, mientras sorbía Coca-Cola con el pitillo, en compañía del gordo Aratoca, que derramaba la baba.
          Me hice el bobo y salí a la calle.
         Como andaba cerca, pasé por donde Ruby, también llamada La Semáforo, porque después de medianoche nadie la respetaba, y me sorprendió encontrarla tan cambiada. Había engordado, se había dejado crecer el cabello y se vestía como una señora con tres hijos y un marido borracho. Lo peor de todo lo supe de inmediato: estudiaba la Biblia en la sala con dos amigas mayores, algo canosas, bigotudas, con trajes monacales. Me pregunté si esas dos habían sido tan locas como Ruby.
          –Ganarás el pan con el sudor de la frente –dije.
          –¿El señor conoce la palabra de Dios? –dijo uno de los esperpentos.
          –La hermana Ruby nos habla mucho de usted –dijo la otra.
          –¿Qué les dice?
          –Que usted es un caso perdido –dijo una de las dos.
          –Soy la oveja negra de la familia –declaré con humildad.
          –Arrepiéntase –dijo una–. El tiempo se le acaba.
          –Ay, hermano, los años se escapan como agua entre los dedos –dijo la otra.
          –Estamos en el final de los tiempos, hermano.
         Un descuido y la familia crece que da miedo. De un momento a otro ya tenía tres hermanas. Me picaba la lengua. Quería preguntarle a Ruby si se dejaría el bigote, si la próxima vez la visitaba con veladora y camándula, si le traía de Bogotá un Sagrado Corazón. Alguien me contó que las monjas engordan a propósito para mantenerse a salvo de los deseos de los hombres.
          –¿Café? –dijo Ruby–. ¿De qué te ríes?
          Rechacé el café, gracias, y pies en polvorosa.
          –No sólo de pan vive el hombre –dije.
          El trote me puso sediento.
          Entré al bar de Osiris y pedí una cerveza. Pensé en volver a casa y hojear el diario, repasar las cartas de las más enamoradas, esculcar los cajones de las fotos, pero entonces vi unas medias de malla, unos muslos que querían escapar de las medias, unos tacones asesinos, unos senos generosos, una boca en flor. Tal vez tuviese suerte con la carne fresca.
         Le pregunté cualquier cosa:
         –¿Perdieron los Diablos Rojos?
        –De fútbol no sé nada, caballero –dijo la mujer, parpadeando como una vaca enamorada. Y de béisbol, menos–. Pregúntele a mi marido, que ahí viene.
         Un negro de tres metros de alto por dos de ancho venía del baño, acomodándose la bragueta. Decidí que él tampoco sabía de fútbol, abandoné la cerveza y salí a la calle.
         Alguien me tocó el hombro.
         Pasé saliva antes de voltear a mirar.
        Pero era Víctor Mario Hernández, más conocido como El Chinche. Quería saber cuándo le devolvería la novela de Capote. Pasado el susto, me dio rabia verlo, tan chiquito, tan imbécil, con los dedos de la mano izquierda retorcidos como raíces. El traje a rayas, la corbata de pepitas y el bigote le daban la apariencia de un niño disfrazado de adulto. El mechón blanco se le veía ridículo. Parecía que se lo pintara todas las mañanas, como las damas que se inventan lunares. ¿Me pediría apoyo económico para otro de sus fantásticos proyectos? Desperdiciaba el tiempo escribiéndole al presidente de la república, a García Márquez, a Shakira. Juraba que el Papa le había resuelto una duda teológica.
         –Pronto –dije.
         –Pero qué pálido.
         –El paludismo –dije.
         –Cuídate, hermano.
          ¿Otro? Tuve ganas de decirle: “¿También tú, Bruto?”. Pero entonces me acordé que la mujer le pegaba y, sin más palabras, huí como alma que lleva el diablo.
          Llamé a Vicky Pedregal desde un teléfono público y me respondió que pasara de inmediato. Al fin, suspiré, el dios de los últimos tiempos me salvaría la noche. Por arte de magia un taxi apareció de inmediato. Pero su dueño, un viejo asmático, había perdido toda clase de afán. De la mejor manera, le pedí que se diera prisa. Respondió que los viernes había mucho borracho y me contó el chiste del albañil que una noche llegó a su casa vestido de policía. Sonreí por cortesía. El chiste no era malo sino muy traqueado. La brisa del río se colaba por entre los árboles hasta la ventanilla. Me sentí plácido y hasta feliz. Un cigarrillo me hubiera caído de maravilla.
         Encontré a Vicky en plena parranda. Tan flaca que parecía de alambre. De alambre dulce, por supuesto, apto para deliciosas contorsiones. No cabía una aguja en su casa y no conocía a nadie. Muchachitos que se retorcían como epilépticos entre el humo y la penumbra. Niñas con el ombligo al aire. La misma Vicky, que se había teñido el cabello de todos los colores, todavía se vestía como una adolescente, y pocos amigos suyos pasábamos de los treinta.
         –¿Conoces a toda esa gente? –grité, por encima del estruendo.
          –Ni a la mitad –dijo Vicky, muerta de risa.
          Le pregunté por su hija Juanita.
          –Hace como tres meses que no la veo –dijo–. Me quitó otro novio.
          –Le conseguí las memorias de Marcello Mastroianni.
          –Te va a dar vuelta y media. ¿Qué hay de Rexona?
          –¿Cuál Rexona?
          –“Rexona no te abandona.” No te hagas, Rexona Olivos. Todo se sabe.
          –Ah, Roxana, Roxanita –suspiré–. ¿Y el pecoso?
          –¿Adolfito? Se fue a estudiar diseño en Barcelona.
          –¿Lo vas a esperar?
          –Nadie espera a nadie, niño. De todos modos, ya se lo levantó una italiana de veintidós años, una condesa o algo así. Y dime qué puede hacer una plebeya del norte de Boyacá ante tal competencia.
          Encontré un rincón para beberme una cerveza y luego, buscando el baño, no sólo para aliviar la vejiga sino para escapar del monótono estruendo, en uno de los cuartos sorprendí a una niña dándole placer con boca y manos a dos adolescentes.
          Vicky había decorado el baño con falos de madera.
          –¿Eres o no eres? –le dije al hombre del espejo.
         Abandoné la fiesta casi de inmediato, sin despedirme. Entré a una tienda y revisé mi libreta de teléfonos. Llamé a Roxana Olivos, por supuesto.
         –Tengo marido otra vez, querido –dijo.
         Le pregunté quién.
         –El mismo, querido, el mismo.
         Nerviosa, no sé si lloraba o reía. Suplicó que no dejara de llamarla, nunca se sabe. Seguí revisando la libreta. Una había muerto, dos habían viajado al exterior y otra se había dedicado a perseguir mujeres con envidiable éxito. Marqué el número de Berenice Dosquebradas y nadie contestó. Volví a marcar y nada.
        –¿Qué haces? –gritó un amigo desde su camioneta, cuando salía de la tienda.
         –Nada, voy a casa.
         Me acordé de una frase ajena: “Uno siempre regresa al hogar cuando no es capaz de conquistar el mundo”. ¿Dónde la había leído? “Te acerco, don Juan”, dijo el amigo, cuyo nombre no conseguí recordar. Juan tampoco era mi nombre y la burla me pareció perfecta. Me había levantado con el pie izquierdo y el nombre equivocado. El amigo quiso saber qué hacía por esos rumbos y frenó para esquivar un perro. Me ofreció un cigarrillo. Trataba de dejarlo, pero acepté.
        –Vengo de la fiesta de Vicky Pedregal.
        –Vicky, qué loca. ¿Supiste que se empelotó una noche sobre una de las mesas de El Decamerón?
         –No es la primera.
         –Pero qué tetas.
         Cierto, qué tetas, me había olvidado de las grandes virtudes de Vicky.
         –¿Tú estabas?
         –Me tocó llevarla a su casa –dijo el amigo.
         –Y te fue bien, por supuesto.
         –La ética me impide revelar los detalles, don Juan. ¿Una cerveza?
         Dije que otro día, con mucho gusto. La mala suerte me mordía los talones. Mejor me quedaría quietecito en la cama mientras pasaba el vendaval de la desgracia. Aparte de eso, me dolían los pies.
        El teléfono repicaba como loco cuando llegué a casa. Terco, pensé que al fin encontraría la solución a mis urgencias, pero era Pilarica, mi novia oficial, el palacio de la dicha, mi pan de azúcar, llena de rabia.
       –Acuéstate, descansa, recupera fuerzas, cariño, ya no estás para esos trotes –dijo, y tomó aire–. Sinvergüenza, descarado, malparido, ya sé que te la pasas con una y otra.






Bogotá, 2006
Mujeres muertas de amor

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