sábado, 11 de septiembre de 2021

Jaime Jaramillo Escobar / Alheña y azúmbar


 

Jaime Jaramillo Escobar

ALHEÑA Y AZÚMBAR

La digestión de la pulpa del coco demora cuarenta días y cuarenta noches. Ni mucho, ni poco.

Al plátano artón de cáscara roja le falta un grado para ser veneno. Compadre, no coma coco.

Si se ha comido banano y se toma ron, muerte segura. Nadie comió. Ni yo tampoco.

La pepita de la pitahaya si la comes no la muerdas, si la muerdes no la tragues; si la tragas, allá tú.

La pepita de la granadilla si la tragas se te embucha. Para que no se te embuche, mejor que no comas mucha.

La pepita de la granada no es como la de la granadilla. La pepita de la guayaba no es como la de la granada. Y la pepita de la papaya no es como la de la guayaba. Es como la de la papayuela, pero más dulce.

Si es más dulce es más sabrosa, si es más sabrosa es más cara. Para que no sea más cara no compre papaya ni compre nada.

La pepita de la guanábana es como la de la chirimoya. Y ambas son como la de la calabaza. Cuando a uno le dan calabazas no le dan chirimoya ni le dan papaya.

Las pepitas de la guama se usan para hacer zarcillos, quiero decir que se utilizan como pendientes, o mejor dicho lo que quiero decir es que los chicos se las cuelgan de las orejas.

Trae el corozo una nuez, trae la nuez una almendra, pero la almendra de la nuez no es como la nuez del corozo. Si no se entiende, que no se entienda.

La ciruela se lava, pero no se pela; el madroño se pela, pero no se lava. Para saber si una fruta se lava o se pela hay que consultar el diccionario. El diccionario tiene la palabra. Pero si no la tiene, será que le falta una página.

La pulpa de la algarroba se ataruga y se atraganta. Si tomas agua se forma una pasta y se te pega en la garganta. Con la garganta atragantada tratas de ver si resuellas o si no resuellas nada. Si no resuellas, mortus est.

El hicaco es una fruta especial para diabéticos: no tiene azúcar, ni tiene harina, ni tiene hicaco ni nada.

El que come patilla oxidada, seguro estira la pata. Para no correr el riesgo es mejor comer sandía. La sandía es una fruta sandia.

El tamarindo es la fruta que más me gusta, porque es de negros y de tierra caliente.

Qué sería de los blancos cuando van a tierra caliente si los negros no les sirvieran refrescos de tamarindo.

Con el sabor áspero del tamarindo se forman bolas ácidas recubiertas de azúcar, que sirven para vender en las calles de Cartagena, y se hace el espejuelo de tamarindo, para lamer sobre hojas de plátano.

También se hacen sorbetes para el arzobispo, y además el árbol de tamarindo produce una sombra verde y fresca para construir un banquito y sentarse alrededor del tronco.

El tamarindo es un tronco de árbol copudo completamente lleno de tamarindos.

Sólo los negros lo pueden coger, porque no es fruta de blancos.

Si los blancos tuvieran tamarindo, entonces los negros serían blancos. Pero no puede ser.

Hay muchas frutas que son de negros. Dios les dio a los negros la tierra caliente y las frutas, porque Dios tiene predilección por los negros; eso es evidente.

A los blancos los puso en tierras frías, para que se resfríen, pero ellos inventaron la aspirina y las cobijas de lana.

El níspero y el mamey son frutas de negros. Y el zapote también. Pero lo que pasa es que a los blancos siempre les ha gustado comerse la comida de los negros. Y la música de los negros. Y los bailes de los negros. Y las negras de los negros.


Sigamos: mi negra se emperejila, se emperespeja, se aliña,

Con alhucema y albahaca, con cidrón y toronjil,

Con lavanda, con canela, con loción y con anís.

Mi negra tiene un meneo que no cabe por la calle,

Mueve el tacón y la punta del zapato y ese baile

Derrama tantas fragancias que no caben en el aire.

Mi negra es alta y esbelta, muy lucida y bien plantada,

Su cuello es tan largo que anda su cabeza por el aire.

El donaire de mi negra no cabe en ninguna parte.

Mi negra tiene ojos blancos, dientes blancos, calzones blancos,

Calzones en diminutivo, calzoncitos, prendas íntimas…

Yo no sé qué tienen de íntimas si las anda mostrando por todos lados.

Cuando mi negra se desnuda queda completamente desnuda,

No como las blancas que aunque se desnuden siempre tienen algo que las cubre, aunque sea un concepto.

Mi negra no tiene conceptos, ella nació y se crió desnuda, y por lo tanto no se puede vestir completamente, porque mientras más se viste más desnuda queda.


Mi negra se aceita el codo, se pule el pelo, acicala,

Se emperimbomba, se tiñe, se sahúma, se apercala,

Se va de rumba y regresa cuando está la noche alta.

Yo no sufro por mi negra. ¡Cómo me alegra mirarla!

Mi negra camina en versos de cuatro o cinco tonadas,

Su habla es un canto largo, con las palabras cortadas.

Mi negra es dulce por fuera. Por dentro yo no sé nada.

Por dentro mi negra tiene alguna cosa guardada.


Agüita de manzanilla,

Tisana de ron y eneldo,

La raíz del limoncillo

Y un manojito de espliego.

El aire huele a linaza

Con astillas de canela.

Con alheña y con azúmbar

Viene pintada mi negra.

Pintada no es la palabra,

Viene más azul que negra,

Como esculpida en el aire

Durísimo de la piedra!




Jaime Jaramillo Escobar / Mamá negra
Jaime Jaramillo Escobar / En la luna
Jaime Jaramillo Escobar / Evangelio de Evangelina
Jaime Jaramillo Escobar / Coplas de la muerte


viernes, 10 de septiembre de 2021

Poemas como heridas / Jaime Jaramillo Escobar / Coplas de la muerte

 


Jaime Jaramillo Escobar

COPLAS DE LA MUERTE

La Muerte me coge el pie,

yo la cojo del cabello;

si se queda con mi pie,

me quedo con su cabeza.


La Muerte me coge un brazo,

yo la agarro con el otro;

cuando amanezca estaremos

dando vueltas en redondo.


Si la Muerte entra a mi alcoba,

me arrojo por la ventana;

y si sale y me persigue

corro al río y me echo al agua.


Si me encuentro con la Muerte

¡qué susto le voy a dar!

Le diré que en la otra esquina

me acaban de asesinar.


Para que nunca me encuentre

la muerte, aquí me le escondo.

Si les pregunta por mí,

digan que no me conocen.




Jaime Jaramillo Escobar / Mamá negra
Jaime Jaramillo Escobar / En la luna
Jaime Jaramillo Escobar / Evangelio de Evangelina
Jaime Jaramillo Escobar / Coplas de la muerte




jueves, 9 de septiembre de 2021

Casa de citas / Liset Lantigua / Cuba


Liset Lantigua
CUBA

La última vez que fui a Cuba era enero de 2017. Mi papá Fernando había muerto aquí en octubre del 2016, dos meses después de haber llegado a Quito con toda su vida en un bolso de mano, tras 20 años de separación y cuando fue posible. Yo sabía que iba a ser un viaje duro. Iba a ver al hermano de papi, iba a hablar con él sobre su muerte. Llegué al pueblo en la tarde. Al día siguiente fui a visitar al tío Lolo que vivía -toda su vida de 82 años- en un pueblo cuya alegría estaba bajo tierra, y la prosperidad y las ilusiones (y sin agua o minas). Lolo perdió la vista a los 15 años. Yo lo quería mucho. Otras veces lo he dicho: Lolo se fue quedando ciego siendo cartero y aún sin ver repartía las cartas con un truco de los dedos y de la memoria. Hasta que ya no. Sabía que iba a ser un viaje duro. Iba a verlo al cabo de unos años, 5 o 7, no sé. Escuchó mi voz y me preguntó por él. Tan solo eso. "¿Y Fernando?" y rompió a llorar con una pureza y una orfandad sin consuelo. Y llena de dolor como iba, lloré con él allí. De octubre a enero había llorado imaginando ese viaje, no había razón para que allí, ante los sollozos de ese hombre lindísimo, ante su desgracia irremediable, no llorara por papi otra vez. Le fui contando lo que él ya sabía, lo que podía contarle, lo que tenía nombre aún en medio del horror. Lolo no paraba de repetir: "Si yo debí morir, no él". Papi había muerto a los 64 años, lleno de ganas, la muerte lo tuvo que aplastar. Quería recuperar el tiempo, los abrazos, llevarnos el café, ver a las niñas crecer lo poquito que les faltaba... Recuperar. Y Lolo tenía ganas de morir porque ya había muerto de oscuridad, de muerte de su madre, de casa triste, de calor, de un colchón malísimo, de falta de placer, de todo... De modo que la muerte, inintercambiable como es, lo hizo mal. Siempre lo hace mal. En la tarde de ese mismo día quise ir a la casa en la que crecí, a mi barrio. Pasé mi infancia en un reparto de casas iguales y patios grandes, lleno de gente que había ido a la guerra de Angola o a alguna otra. Creo que solo nuestra casa no tenía un 'combatiente'. Papi no fue a esa guerra pero tuvo que hacer algo peor: reclutar, y lo sabía. No hay mayor pesar ni mayor derrota que mandar a alguien de 20 años a sobrevivir, no se diga a morir. Papi fue un hombre triste casi siempre. Cuando estaba alegre, lo estaba mucho y era para amarnos y para volver a ponerse triste. La gente del barrio era buena, no recuerdo una sola persona de allí que no lo hubiera sido. Era gente de una bondad. En los peores momentos nos pasábamos de un patio a otro el mechero encendido porque la vida era un apagón. La única persona que no fue buena en los años esos no era de allí, y un día se fue para siempre. El barrio tenía una esperanza de asfalto en primer lugar, porque una calle de tierra es una cosa que siempre puede mejorar, llegar a tener sus aceras y sus farolas... En el año 1997, cuando me fui, la calle seguía igual, de modo que la ilusión se había ensanchado y además de aceritas y luces nocturnas había echado otras prosperidades donde tomar un helado y conversar, quién sabe... Esa tarde, al cabo de 20 años constaté que la calle de mi barrio se había borrado: la hierba se había ocupado de cualquier atisbo de ilusión, había llenado, con el concierto prolijo del abandono, cualquier dibujo: ni aceras, ni farolas, ni una cafetería, ni un jardín, ni un trillo. Pensé que los combatientes de mi barrio, todos, vivos y muertos, habían perdido la guerra, todas sus guerras: las perdidas y las doblemente perdidas. Y también sus hijos y sus nietos. Y yo. Y mis hermanas. Y papi. Y los amigos de aquellas noches de poesía sin luz, porque eso aún no importaba y aunque nos queríamos ir, dábamos gracias donde más dolía y teníamos palabras que abrazar, y dudas, antes de que la hierba las borrara.




miércoles, 8 de septiembre de 2021

Casa de citas / Juan Manuel Roca / Kafka en lengua necrosadas

 

Ilustración de Luis Scafati


Juan Manuel Roca
KAFKA EN LENGUA NECROSADA

Escuché en un programa radial palabrejas y expresiones exhibidas como credenciales de cultura, pronunciadas con esmero. La más repetida es la palabra para quien suponen autónomo y califican de "empoderado" o de "empoderada", lo que denota un “arribar a”, un “llegar a”. Señalan de manera tácita una suerte de anhelado escalamiento social. Esa lengua baldía se ha tomado casi todos los medios.

Intentaré traducir a esa lengua la primera parte de “La Metamorfosis”:

Cuando Gregorio Samsa "aperturó" sus ojos se vio "reinventado" en un ser con algo de insecto pero con algo de "entidad sentipensante". No se puso "resiliente", tampoco le agradó que una vil cucaracha se "empoderara" de su mente. Ni de su "espacio habitacional". Era como si se hubiera acostado siendo un agente viajero y hubiera amanecido siendo un "habitante de calle".

Se veía forzado a salir de su "zona de confort". Miren que "reasumirse" o "reinventarse" como bicho sin "experticia" no resulta fácil. Su caso no merecía "aperturar" un juicio o seguirle un prontuario a la realidad. Gregorio sintió esa mañana que estaba a punto de entrar en "situación vulnerable,", en "situación de calle". Y no miró con "empatía" su espejo.

"Desempoderado" de su armazón humana, de la dictadura de sí mismo y de una familia de dudoso "estrato", aceptó a regañadientes su "constructo", pero al rato falleció. Sus padres llamaron con diligencia a los "servicios exequiales". A pesar de que el dolor era genuino regresaron sin remedio a su "zona de confort" en un barriecito desabrido de Praga.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Poemas como heridas / Jaime Jaramillo Escobar / Evangelio de Evangelina

 

La viudad, 1921
Käty Kollwitz

Jaime Jaramillo Escobar

EVANGELIO DE EVANGELINA

Para quitar manchas lo mejor es la sangre de Cristo.

Dios mío, ayúdame a lavar esta olla que ya viene la patrona.

El otro día me dijo que me iba a dar carne envenenada, porque todos los sirvientes somos ratas.

Dios mío: por qué me hiciste a mí sirvienta y a ella señora, en vez de haber hecho lo contrario.

No lo pensaste a tiempo, lo comprendo; debes estar arrepentido. Te perdono.

Yo no hubiera sido capaz de amenazarla a ella con darle veneno; se lo hubiera dado sin anunciarle nada.

Tu doctrina "Amaos los unos a los otros", nunca se podrá poner en práctica por ser contraria a la naturaleza humana.

En mi tempestuoso vaso de agua se levantan nuevas preguntas. Espero de tus respuestas la consolación para mí, ya que has consolado bastante a la señora. Y Tú eres el Consolador.

Mi señora tiene un consolador, pero no me lo deja ver.

Si quieres consolarme, oh Señor, prepárales un lugar en el Infierno a los señores. Si no haces eso, no me sentiré consolada.

Soy de la clase de los sirvientes, pero me dirijo a Ti porque Tú dijiste “Ayúdate que yo te ayudaré”,

Y quiero ayudarte a ser justo, ¡Oh Señor!

Yo soy Evangelina, tu sierva. Desde pequeña me llevaron a trabajar en casas de señores. He fregado los pisos, limpiado los baños, lavado y planchado la ropa, verificado los calzoncillos del señor. De todo doy testimonio en esta casa. Arrojaron los leños de tu cruz al infernillo de la chimenea.

Mi primo trabaja en un taller. Trabajaba, porque lo echaron por no pagarle las prestaciones sociales.

Mi tía trabajaba en un hotel, pero se murió en el Seguro Social, porque la operaron de la vesícula en vez de hacerle la apendicectomía.

A mi papá lo mataron en un café, por haberlo confundido con otro.

A mi único hermano se lo llevaron para el cuartel, y él mismo se fusiló.

De modo que he venido a quedar sola en tus manos, Señor, pero no sé si estoy segura. Dicen que Dios se burla de los hombres. Oh Dios, ¿por qué te burlas?

Aquél que dijo “No matarás”, perdió su santo tiempo en vano, pues Él fue el primero que pereció por causa de sus palabras.

Si uno quiere saber para dónde va, no debe olvidar de dónde viene. Yo vengo de una casita pobre y humilde, pero si me lo permites, oh Señor, podría ayudar a hacer el aseo en el Cielo. También podría dar de comer el maíz a las estrellas.

Sé que Herodes hizo ahogar miles de niños metiéndoles la cabeza en bolsas de plástico, pero Tú te salvaste porque lo uno y lo otro así estaban programados.

Yo voy viviendo y olvidando, porque si no olvidara me volvería resentida y podría ahogar niños en la alberca. Claro que Herodes no lo hizo por sí mismo, sino que lo mandó hacer. Los señores dicen: no hagas por ti mismo lo que puedan hacer los demás.

He leído libros, Señor, a escondidas, y por eso sé que hay lo que se llama Estética, que consiste en decir las cosas como les gusta a los patrones. Y todo lo que provenga de los pobres es antiestético, por ejemplo el hambre y la poesía revolucionaria.

Yo podría ser graduada en Ética y en Estética, Señor, pero los patrones dicen que la Dietética es más importante.

La señora está estudiando Dietética y yo he rebajado cinco kilos. Gracias a Ti que a la señora no le ha dado por estudiar osteología.

Yo sé muchas cosas, Señor, pero no me está permitido decirlas.

En mi vigésimo primer cumpleaños, siendo alcalde mayor de Bogotá Augusto Ramírez Ocampo, he aquí que se abrieron las escuelas nocturnas y una gran luz iluminó mi esperanza. Pero después vinieron el racionamiento y las huelgas, y la vida se puso tan cara que tuvimos que economizar.

En aquellos tiempos, te acuerdas, Señor, a los esclavos se les llamaba esclavos y sus dueños tenían la obligación de responder por ellos, incluso la obligación de responder por sus almas ante Ti.

Pero ahora a los esclavos se les llama "libres", y de ese modo se agregó a su trabajo la responsabilidad de sí mismos. O mejor dicho, Señor, para que me entiendas, estratagema fue de los señores para librarse de sus esclavos, mas conservando su trabajo y aumentando el rendimiento.

Ahora todos somos señores, Señor, y así se dice: tal señor descansó en el Señor, y por ese aviso sabemos que se trata de algún predestinado, acerca del cual los periódicos no tienen ninguna duda.

Entre los mercaderes del Templo había sacerdotes, ciertamente, y los ha habido siempre. Y ellos han vendido hasta palcos en tu Gloria.

Qué palabra tan chocante, la gloria. Hoy en día ni los astronautas tienen gloria. Simplemente tienen trabajo. No creo que Tú puedas disfrutar de Gloria, puesto que es de tu esencia el ser indiferente.

Sólo el hombre es apasionado, pero lo que más apasiona a los hombres no existe: la justicia, la libertad, el amor.

Sé que hablo, Señor. Mi ama me dice "Salomona". Otras veces me dice "Acémila", para que no le entienda, pero le entiendo y le contesto con mi sonrisa de burra. Y ella cree que le agradezco el cumplido.

Siento mucho que no haya Cielo, Señor, porque algunas personas mereceríamos ir allá. Pero siento mucho más que no haya Infierno, porque tenía esta lista para darte.

El cielo apuesta sus estrellas en el sombrero de la noche: el cielo una metáfora; Tú, Señor, metáfora. Yo metáfora de carne y hueso. Dolida metáfora. ¿Dónde pongo esta estrella que me está quemando los dedos?

Soy Evangelina. Ya te dije. Cuido los niños, preparo la comida, saco al perro, riego el jardín, contesto al teléfono. Desgraciadamente soy feliz.

El jardín, como todos comprenden, es muy delicado porque en él habitan las mariposas y los tulipanes.

El Señor en su televisor está viendo las escenas de la guerra con una copa de brandy, pero yo en el televisor de la cocina tengo sintonizado un encuentro deportivo. No me gusta la guerra. Podrían caer bombas en el jardín.

Esto nos lleva a hablar de la paz. En la paz el afán del trabajo, las revoluciones artísticas, las discusiones interminables acerca de La Función Social de los Pobres en la Economía de Postguerra. El problema de los pobres y los ricos ha sido siempre un gran problema. Y tan fácil que se podría solucionar: bastaría con que no hubiese pobres ni ricos.

Por respuestas así es que mi ama me llama "Salomona", pero como yo no pude estudiar, tuve que dedicarme a la ciencia infusa.

Y ésta la conclusión: el arte puede esperar. Los pobres no pueden esperar.

He dicho.



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Jaime Jaramillo Escobar / Coplas de la muerte





sábado, 4 de septiembre de 2021

Poemas como heridas / Jaime Jaramillo Escobar / En la luna

 

Jaime Jaramillo Escobar

EN LA LUNA

Suelen decirme –a manera de crítica– que vivo en la Luna.

¿Les he dicho yo –a manera de crítica– que viven en Tierra?

Cada uno tiene que vivir en algún astro, a no ser que él mismo sea un asteroide.

Si ustedes viven en la Tierra y yo vivo en la Luna, quiere decir que somos vecinos.

Vecinos míos: vuestra Tierra se ve amenazadora allá en lo alto. ¿Qué nueva guerra estáis tramando?

Prestadme una ramita de culantro para adornar mi sopa. Comeré a vuestro nombre pero a mi buen provecho.


“FELICITACIONES FELIZ CUMPLEAÑOS STOP RECUERDA CUÁNTO TE GUSTABA EL CULANTRO CUANDO ESTABAS EN CASA STOP ENRIQUE Y YO TE ECHAMOS MUCHO DE MENOS STOP BENDÍGOTE AMALIA”


Aquí en la Luna se vive supremamente bien. Os veo rodar a mi alrededor en esa bola de tierra que va dando tumbos por el universo sin sentido y sin seso.

Y yo estoy aquí confortablemente iluminado meciéndome en el espacio sideral como en una hamaca de oro,

Vuestra pobre Tierra trastabillando en el infinito y pidiendo limosna entre los astros.


El Señor Jehová viene a hacerme la visita en la Luna nueva,

Y se queda toda la tarde aspirando el incienso que le ofrezco en un potecito,

Porque desde que se jubiló quedó eternamente enviciado con el humo del incienso.

Las conversaciones del Señor Jehová exceden todo límite de hermosura,

Y luego se despide majestuosa y cortésmente, porque tiene la piel tan delicada que no puede dormir sobre el esponjoso polvillo de la Luna.

El Señor Jehová me trajo un pastel de chocolate que quién sabe de dónde lo tomaría.

Debió haber sido de la Casa Blanca, porque estaba adornado con el signo U$A.

¡El Señor Jehová hace unas cosas!


Aquí en mi Luna me paso los días cantando,

Los felices días del Universo en el coro de las estrellas.

El Señor Jehová no me cobra el arrendamiento ni me manda la factura de la luz.

Me dice que está muy disgustado con los que venden el agua, el aire y la luz en esa Tierra desgraciada –y la señala repetidamente con el dedo.

Si yo no me hubiera venido a vivir en la Luna ya me habría muerto en vuestra Tierra inhóspita y cicatera,

A la que el Señor Jehová le tiene tanta lástima como a un hijo deforme.

Yo no le pregunto nada al Señor Jehová porque Él se maravillaría de que le preguntase algo.

El Señor Jehová, amablemente, me anuncia su visita con tres días de anticipación,

Y yo salgo a recibirlo radiante y alborozado.

Cuando lo veo venir, parecido a Walt Whitman, le lanzo gritos jubilosos para que sepa que lo espero con gusto,

Y cuando llega y me abraza me siento tan contento como un cohete que estalla.


Le he quitado a la Luna las banderillas que le clavaron rusos y norteamericanos,

Y le he puesto un poco de tintura de yodo en las heridas, para que cicatrice.

La Luna es un torito virgen que muge por el cielo; el hocico le huele a leche de nube.

Yo no voy a permitir que los gringos y los rusos me lo toreen.


La Tierra lleva a la Luna de la mano a dar un paseo por el Universo, la Luna que es su hija pequeñita.

La Tierra le da de mamar a la Luna, el seno cubierto con sus chales de nubes.


Como dicen que la Luna anda desnuda, yo le pido a mi mujer que se enlune, que se alune, que se deslune, que me enlunice.


Lo que más falta me hace en la Luna son las noches de Luna,

Cuando la Luna perfuma las noches de la Tierra.

La Tierra que adivina el porvenir en la bola de la Luna.

La Tierra que se mira en el espejo de la Luna.

La Luna recubierta con espato de Islandia.


Vecinos míos: el hijo de la Tierra en la Luna se marea,

La Luna se tambalea, se bambolea, se menea.

Yo no puedo sentirme como en mi casa en esta Luna.

Si no mandáis por mí, me arrojaré de cabeza.




viernes, 3 de septiembre de 2021

Poemas como heridas / Jaime Jaramillo Escobar / Mamá negra



Jaime Jaramillo Escobar

MAMÁ NEGRA

Cuando mamá negra hablaba del Chocó

le brillaba la cadena de oro en el pescuezo,

su largo pescuezo para beber agua en las totumas,

para husmear el cielo,

para chuparles la leche a los cocos.

Su pescuezo largo para dar gritos de colores con las guacamayas,

para hablar alto entre las vecinas,

para ahogar la pena,

y para besar a su negro, que era alto hasta el techo.

Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los bailes,

para reír en las bodas.

Y para lucir la sombrilla y para lucir el habla.


Mamá negra tenía collares de gargantilla en los baúles,

prendas blancas colgadas detrás del biombo de bambú,

pendientes que se bamboleaban en sus orejas,

y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire.

Su negro le traía mucho lujo del puerto cada vez que venían los barcos,

y la casa estaba llena de tintineantes cortinas de conchas y de abalorios,

y de caracoles para tener las puertas y para tener las ventanas.

Mamá negra consultaba el curandero a propósito del tabardillo,

les prendía velas a los santos porque le gustaba la candela,

tenía una abuela africana de la que nunca nos hablaba,

y tenía una cosa envuelta en un pañuelo,

un muñequito de madera con el que nunca nos dejaba jugar.


Mamá negra se subía la falda hasta más arriba de la rodilla para pisar el agua,

tenía una cola de sirena dividida en dos pies,

y tenía también un secreto en el corazón,

porque se ponía a bailar cuando oía el tambor del mapalé.

Mamá negra se movía como el mar entre una botella,

de ella no se puede hablar sin conservar el ritmo,

y el taita le miraba los senos como si se los hubiera encontrado en la playa.

Senos como dos caracoles que le rompían la blusa,

como si el sol saliera de ellos,

unos senos más hermosos que las olas del mar.

Mamá negra tenía una falda estrecha para cruzar las piernas,

tenía un canto triste, como alarido de la tierra,

no le picaba el aguardiente en el gaznate,

y, si quería, se podía beber el cielo a pico de estrella.


Mamá negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por fuera.

Mi taita dijo que cuando muriera

iba a hacer una canoa con ella.




Jaime Jaramillo Escobar / Mamá negra
Jaime Jaramillo Escobar / En la luna
Jaime Jaramillo Escobar / Evangelio de Evangelina
Jaime Jaramillo Escobar / Coplas de la muerte



jueves, 2 de septiembre de 2021

José Ángel Leyva / Juan Manuel Roca, expresidente


Juan Manuel Roca
Fotografía de Triunfo Arciniegas
José Ángel Leyva
JUAN MANUEL ROCA, EXPRESIDENTE

Hoy inicia formalmente la campaña de Juan Manuel Roca para Ex presidente de Colombia. Por haber vivido en México parte de su adolescencia le correspondería también contender por la ex presidencia de este país, pero dado que López Obrador ha retirado los fueros y los privilegios a los expresidentes, consideramos que es prudente limitar esta campaña a la querida república de Colombia.

Juan Manuel merece ocupar la silla expresidencial de su país y recibir los beneficios que corresponden a su alta poesía de Roca. Su equipo de campaña propone contruir la casa expresidencial en el Municipio de Sopor y retirar la sospecha de que algo huele a rancio en Cundinamarca. Como ex presidente elevaría a rango constitucional el porro, que además de ser una música democrática e integradora del vallenato y la cumbia, no sólo se escucha y se olfatea, también se fuma.

Uno de sus lemas de campaña sería retirar el culto a la personalidad, y para ello su equipo de campaña nos propoponemos repartir gratuitamente en cada casa el Rocabulario, que es un compendio de pensamientos y palabras rescilientes y empáticas de nuestro candidato. Originario de Medellín propone acabar con los regionalismos, para lo cual todos los colombianos contarían con paisaporte y todos lo provicianos puedan ser cachacos o rolos si así lo desean.

Desde la expresidencia promovería festivales de poetas parceros y otras expresiones culturales que permitan el flujo turístico de amigos que hagan lo propio en correspondencia. Su expresidencia será vitalicia y sólo podrán ocuparla los ciudadanos que demuestren su capacidad manipulable. La compañía de títeres La Libélula Dorada sería el ministerio del Interior, encargado de mover los hilos y la cuna.

Este es el primer manifiesto. Solicitamos adhesiones de los colombianos y de los hermanos de otros países que consideren justa esta demanda por la paz y el ocio del poeta.

Esta vaina es la verraquera. Que viva el Roca and Roll. Viralicemos el clamor nacional para tapar bocas insanas.

Atentamente, Elversito Fuentes.


sábado, 21 de agosto de 2021

Casa de citas / Haruki Murakami /Como una paloma herida

Haruki Murakami



Haruki Murakami
COMO UNA PALOMA HERIDA

Sobre todo, no he perdido esa sensación divertida y agradable que experimenté al escribir mi primera novela. Me levanto temprano todos los días, preparo un café en la cocina, lo sirvo en una taza grande, me siento a la mesa y enciendo el ordenador (a veces siento añoranza de los cuadernos y de la gruesa pluma Mont Blanc que usé durante muchos años). Después me pregunto a mí mismo: "Y bien, qué voy a escribir?" Es un momento de felicidad. La verdad es que nunca he sufrido por el hecho de escribir. Tampoco he pasado por ningún tipo de crisis creativa. Me parece que si escribir no resulta divertido, no tiene sentido hacerlo. Soy incapaz de asumir esa idea de escribir a golpe de sufrimiento. Para mí, escribir una novela es un proceso que debe surgir de manera natural.

No me considero un genio. Tampoco me atribuyo un talento especial, aunque no niego tener algo, pues me gano la vida con esto desde hace treinta años. Quizá por naturaleza mi vocación y mi tendencia sea la individualidad, pero no creo que eso constituya ventaja alguna. Esos juicios es mejor dejarlos a manos de otra persona (en el caso de que existan personas capaces de hacerlos).

Lo que más he tenido en consideración a lo largo de todos estos años (y aún hoy lo sigo haciendo) es el honesto reconocimiento de que si escribo es gracias a algún tipo de fuerza que me ha sido otorgada. Atrapé esa oportunidad por puro azar y la fortuna me convirtió en novelista. Aunque sea hablar desde la perspectiva de los resultados, algo o alguien me brindó esa facultad. Sólo puedo agradecer con toda honestidad lo que me ha ocurrido hasta ahora. Me enorgullece sentirme aún capaz de cuidar de esa facultad que me fue otorgada (como si cuidase de una paloma herida), de seguir escribiendo novelas. Lo que suceda a partir de ahora simplemente sucederá.

Haruki Murakami
De qué hablo cuando hablo de escribir
Tusquets Editores, Barcelona, 2017, pp. 56-57



viernes, 20 de agosto de 2021

Casa de citas / Haruki Murakami / Sobre la magia

 



Haruki Murakami
SOBRE LA MAGIA

En la película E.T. el extraterrestre, de Steven Spielberg, E.T. fabrica en un momento dado un aparato de radio para comunicarse con los suyos utilizando objetos que encuentra en el trastero de la casa. Vi la película hace muchos años y no recuerdo con exactitud los detalles, pero sí que se valía de las cosas de uso cotidiano que se pueden encontrar en una casa cualquiera, como un paraguas, una lámpara, platos, tocadiscos... A pesar de lo improvisado de los materiales, fabrica una máquina capaz de enviar una señal a su planeta situado a miles de años luz de la tierra. Cuando vi la escena sentado en la sala de cine, sentí una profunda admiración. En mi opinión, las grandes novelas están construidas en cierto sentido de esa manera. No es tan importante la calidad de los materiales en sí. Por encima de cualquier otra consideración, deben provocar una especie de magia. Si solo disponemos de materiales sencillos, cotidianos, de palabras no demasiado complicadas, pero todo ello encierra un halo mágico, podemos construir con nuestras propias manos máquinas complejas y sorprendentes.

Como mínimo necesitamos un almacén propio. Por mucha magia que encierre algo, no se puede crear desde la nada.

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Cuando empecé a escribir mi primera novela, no tenía la más mínima idea sobre qué hablar. No contaba con la experiencia de la guerra como la generación de mis padres, ni tampoco con la del hambre y el caos de la posguerra. Tampoco con una experiencia significativa en movimientos revolucionarios (sí en algo parecido, pero no era asunto del que quisiera hablar), ni tampoco había sufrido malos tratos o conflictos graves. Me crié en una tranquila zona residencial en el seno de una familia pequeño burguesa de asalariados y nunca padecí graves insatisfacciones, carencias o cosas así. Aunque no puedo decir que fuera especialmente feliz, tampoco puedo afirmar lo contrario (lo cual significa, supongo, que era relativamente feliz). Disfruté de una niñez sin sobresaltos. Mis notas en el colegio no eran ni las mejores ni las peores, y por mucho que me esfuerce en analizar los detalles concretos de aquella época, no puedo decir honestamente que encierre nada especial sobre lo que merezca la pena escribir. Tengo el impulso de expresarme y escribir, en efecto, pero sobre cuestiones con contenido. Quizá por eso nunca antes de los veintinueve años imaginé que me iba a dedicar a este oficio. No tenía materiales ni tampoco el talento suficiente para levantar algo desde la nada. Para mí la novela solo era una cuestión relacionada con la lectura, y a pesar de leer mucho, nunca pensé que terminaría por ser yo quien las escribiera.

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No nos queda más remedio que apañárnoslas con lo que tenemos a la mano, y quién sea capaz de hacerlo habrá ganado una inmensa oportunidad: descubrir el hecho concreto y maravilloso de que somos capaces de usar la magia. Alguien capaz de escribir una novela es alguien capaz de comunicarse con los habitantes de otros planetas.

Haruki Murakami
De qué hablo cuando hablo de escribir
Tusquets Editores, Barcelona, 2017, pp. 121-123


jueves, 19 de agosto de 2021

Casa de citas / Haruki Murakami / Tokio blues

 



Haruki Murakami
EL COMIENZO DE TOKIO BLUES


El comienzo de Tokio blues, otra de mis novelas, lo escribí sentado a la mesa de varias cafeterías, en el asiento de un ferry, en la sala de espera de un aeropuerto, a la sombra de un árbol, en un parque y en habitaciones de hoteles baratos de distintos lugares de Grecia. Como no podía llevar siempre conmigo esas hojas de papel específicas para escribir en japonés, donde caben cuatrocientos caracteres, escribía en un cuaderno barato que había comprado en una papelería de Roma y apretaba la letra cuánto podía para aprovechar el espacio con mi bolígrafo marca Bic. Me resultó muy difícil: el ruido a mi alrededor me desconcentraba, la mesa donde trabajaba estaba coja, en una ocasión se me cayó el café encima del cuaderno sin querer, y en otra, mientras corregía a medianoche, en la habitación de al lado, separada solo por un tabique muy fino, escuchaba el alboroto y los jadeos de una pareja. Visto ahora puede parecer incluso un episodio gracioso, pero en aquel momento me sentía hundido. No encontraba un lugar fijo dónde instalarme y me moví mucho por Europa hasta terminar de escribir la novela. Aún conservo aquel cuaderno grueso con manchas de café, y de otras cosas que no sé identificar.
Haruki Murakami
De qué hablo cuando hablo de escribir
Tusquets Editores, Barcelona, 2017, p. 164