sábado, 5 de marzo de 2022

Triunfo Arciniegas / Diario / Después de la fiesta


Triunfo Arciniegas
DESPUÉS DE LA FIESTA
4 de marzo de 2022

Los comentarios han sido tan diversos que hasta se contradicen, desde los exagerados que consideran que se trata del evento del año o de la década (no son mis apreciaciones) hasta los que juran que no existió tal fiesta.

Ni tan cerca que queme el santo ni tan lejos que no lo alumbre. La gente se desordenó porque para eso son las fiestas, pero nadie se cortó una oreja ni se arrojó por la ventana. Ningún vecino llamó a la policía.

Han pasado cuatro días y me siento en la necesidad de aclarar algunos detalles. No quiero que después inventen cosas. Porque hay gente sin oficio que se la pasa inventando cosas, y hasta publica libros. Pasó de todo, pero no fue tan grave.

Unos se quedaron dormidos, otros se vistieron y se fueron. Pocos resistieron los tres días. No hay fiesta que dure tanto ni cuerpo que lo resista.

Todo hay que decirlo. Unos apenas se asomaron y se fueron de inmediato porque no encontraron donde dejar la silla de ruedas o las muletas. Fallamos en la logística pero es bueno agregar que aparecieron demasiados inútiles o, como dicen ahora, "personas con discapacidades". Por Dios, con discapacidades andamos todos. Si alguien se cree completo, que tire la primera piedra. 

En fin, los ciegos que vieron la oportunidad de parrandear, ni cortos ni perezosos, cayeron. No hubo que rogarle a nadie. Los sordos escucharon el llamado del Señor, los tullidos se pusieron eléctricos y los mensos se despertaron y todos terminaron como por obra y gracia de los dioses en el Valle del Espíritu Santo o como si Buñuel y Fellini, al mismo tiempo, hubieran citado a un casting en mi casa. No había cama para tanta gente. No muchos querían dormir, por suerte. Daba angustia y risa.  La casa fue lo que siempre ha sido: una casa de locos. En la cocina nadie se atrevió a levantar una olla por miedo a que le saltara un novelista o un aprendiz de poeta. Detrás de una silla, podría asechar un crítico literario con una navaja. En cualquier momento entrarían por la ventana brujas o bailarinas.

Unos vinieron con ganas de quedarse. Tal vez se les acabó el mercado y soñaban con mejorar el fin de mes. Otros llegaron con las obras completas de Balzac en el morral y alguno con el Ulises de Joyce a ver si alguien tenía la caridad de explicarle algunos pasajes.

Otros colgaron a la mujer del perchero de la entrada y desaparecieron. Otras abandonaron el marido a su propia suerte y fueron muy felices en otras fiestas. Ni los unos ni las otras han venido a reclamar nada.

Algunos se confundieron de lugar y ahora alegan perjuicios que no les ocasionaron en mi casa o, por el contrario, expresan agradecimientos que no merezco. Unos todavía hablan de la suerte que tuvieron en la piscina. Nunca habían visto tantas mujeres desnudas. No tengo piscina.

Otros, por supuesto, se enredaron con la fecha.

Al final parece que cada uno estuvo en otra fiesta. Se preguntan unos a otros si se acuerdan de tal cosa y no, se acuerdan de otra. "No puede ser", dicen todos. "No era yo." Uno con quien discutí sobre un cuento de Felisberto Hernández dice que nunca vino. "Me vieron entrando al Hotel Estrella con mi mujer", alega en su defensa.

No me atrevo a nombrar a los que vinieron y lo reconocen de frente porque tal vez se me olvide alguno y porque, sencillamente, no los conozco a todos. A uno que se emborrachó pronto le pregunté de dónde nos conocíamos. "De ningún lado" dijo. "Iba pasando y me pareció que la cosa estaba buena." Preguntó qué estábamos celebrando.

No cayó mucho regalo ni era el propósito. Los pocos regalitos que llegaron desaparecieron como por arte de magia. El licor y las drogas duraron menos que los caramelos en las piñatas. Fuimos un animal sediento que arrasaba con todo a su paso. Carmen Peralta llegó con una gallina y al rato vi plumas en más de un sombrero. A la gallina se la comieron de madrugada, según contaron. Lo mismo pasó con Juanita de Agua de Dios, que llegó con penas de amor y le duraron poco. De las señoras con bolsas de pastillas y bordados en proceso, ni idea. Era imposible mantenerme al tanto de todo. Supongo que algunas se desordenaron.

Vieron peces en el aire, intoxicados por el neurobión o por alguna hierba. No vi ninguno, pero tampoco tengo ganas de discutir. Pink Floyd fue la banda sonora del humo de los delirios y los peces de unos para otros fueron cerdos. 

Se habló del prójimo, como siempre. Les fue muy mal a los ausentes. En general, la pasamos bien y casi no se hablo de males. Era como si no nos doliera nada. Y una vez ebrios, nos sentimos inmortales. Alguno me envidió la mala salud y dijo que esperaba morirse del mismo mal.

Tumbamos al Gobierno, arreglamos el país y sentimos que la vida no era tan mala. Nos abrazamos y repasamos esas viejas canciones.

Llamé a unas cuantas bandidas y les dije cuánta falta me hacían. 

Vi el amanecer desde la azotea y se me cayó una lágrima.


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