
TRATADO DEL OJO Y LA PAJA
La paja es propia, el ojo es ajeno.

Mi ginecólogo me sigue por Twitter, la verdad es que no sé qué más quiere ver.
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| Juan Marsé Ilustración de Triunfo Arciniegas |
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| Koko Kondo Nueva York, 2018 |
Tendría dos o tres años. Mi padre era un reverendo protestante y muchos huérfanos, niños de la calle, venían a la parroquia. Me trataban como su hermanita. A muchos no podía verles la cara, estaban desfigurados. Yo no tenía recuerdo de la bomba, sabía que había pasado algo terrible pero también que no debía preguntar. Un día, una de estas niñas me peinaba. Me volví a mirarla, quería ver cómo lo hacía. La chica tenía los dedos de las manos fundidos entre sí.
De unos tres metros de largo y cuatro toneladas de peso, la bomba que llevaba 50 kilos de uranio tardó 43 segundos en caer. Su explosión a unos 580 metros de altura sobre el centro de la ciudad causó una bola de fuego de 28 metros de diámetro y una temperatura de 30.000 grados centígrados. La fuerza del estallido derrumbó edificios, atrapó a miles de personas bajo los escombros, arrojó cuerpos en posiciones grotescas. El calor imprimió sombras permanentes en lo poco que quedó en pie, derritió ojos y pieles; comenzaron incendios. Muchos supervivientes hablarían después de ríos llenos de cadáveres flotando; de voces bajo las ruinas que suplicaban ayuda mientras se acercaban las llamas; de riadas de heridos con aspecto fantasmal, algunos con los ojos en las manos, otros con los brazos en alto para que la piel hecha jirones no tocara el suelo, caminando en silencio sin saber muy bien a dónde.
70.000 personas murieron inmediatamente, entre ellos 3.600 de los escolares que demolían viviendas. Otras 70.000 fallecerían antes de que terminara el año, de sus heridas o por la radiación. Hasta agosto de 2019 se contabilizaban 319.816 víctimas fallecidas a lo largo de los años como consecuencia de esa bomba y de la que la Fuerza Aérea de EE UU arrojaría tres días después, el 9 de agosto de 1945, en Nagasaki.
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| Hiroshima |
De los varios objetivos propuestos, hubo algunos en aquel grupo que querían tirar la bomba en la bahía de Tokio. Una explosión de tal envergadura frente al palacio imperial y las ventanas del Gobierno nipón les obligaría firmar la capitulación y las víctimas habrían sido casi testimoniales. Sin embargo, ganó el ala dura. Si querían impresionar a los generales japoneses y, de paso, al mundo entero, con el poder de EEUU en forma de bomba, había que tirarla en una ciudad para que la destrucción y la mortandad sirvieran de ejemplo. De forma algo macabra, Hiroshima y Nagasaki formaron parte de una lista de ciudades objetivo que no había que bombardear con armamento convencional o bombas incendiarias. Querían reservarlas intactas para la bomba atómica.
| Nélida Piñón |
Siempre he creído que la imaginación es todo. Se funden memoria e invención porque sin memoria no sabes tu nombre, de dónde provienes, para dónde vas. La memoria es una materia prima esencial para la invención y la invención no prescinde de la memoria y todos juntos forman una imaginación que lo es todo.
La imaginación es algo extraordinario porque nos estimula a vivir, a inventar, a describir. Pero lo que más me fascina de la imaginación es que la gente piensa que uno hereda una imaginación, como si fuera una cápsula que nos acompaña siempre y está a nuestro servicio. Pero yo creo que es una cápsula agotable si no das comida, vino y café a la imaginación. Hay que sentir devoción por ella y ponerla en un saco sin expurgar anda. Necesita de los escombros humanos”.
La imaginación se nutre de todo, porque el oficio de la imaginación no acepta límites, e incluso se atreve a establecer analogías imposibles. En este salón yo puedo establecer analogías impensables, entre Sócrates y Pelé. Todo es posible, desde que sepas maniobrar en el mundo del lenguaje y hacer una utilización poética del mundo. Además me gusta pensar que nacemos con una imaginación muy pequeña, porque la imaginación no para de pedir comida. Se nutre de todo lo que existe, no se resigna. Es ambiciosa. No se contenta solo con lo que pasa hoy ni con lo que ha pasado ayer. La imaginación es una verdadera maravilla.
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| Nélida Piñón |
| José Lezama Lima |
Los olvidados suelen ser mejores que los recordados, más interesantes. La lista de los olvidados disminuye por un lado y aumenta por el otro. En una época no existía en la memoria común José Lezama Lima, el autor cubano de Paradiso; después empezó a existir, y ahora lo hemos olvidado de nuevo. Caprichos de la memoria, se podría decir. O de la justicia literaria. Los escritores que luchan por ser conocidos y recordados, los que difunden por internet la menor de sus producciones, los que corren y sudan la gota gorda, me dan un poco de risa. Es decir, no me infunden verdadero respeto. Hay que aguantar, hay que tener paciencia. Hay que hacer como Fernando Pessoa, el poeta portugués, que declaraba que la fama era una cuestión plebeya (con este adjetivo preciso), y que cuando salía de su oficina para tomarse una copa de vino, le decía a su jefe que tenía una reunión importante con el señor Perales. El señor Perales era el mesonero del bar de la esquina. Si usted huye del mal gusto, como decía el joven Pablo Neruda, cae en el hilo. Si usted se toma en serio, cae en el más completo ridículo.
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| Juan Marsé |
Los relatos, siempre los he escrito por encargo. Esther Tusquets que quería publicar un libro de relatos eróticos de varios autores, uno mío, uno de Ana María Moix, otro de Molina Foix… yo le dije que no era mi género, pero me dijo que pensara en alguna 'novieta' que hubiera tenido y escribiera algo. Además, lo pagaba muy bien. Los únicos que presentamos el relato fuimos Ana María Moix y yo y Esther nos dijo que no podía hacer un libro con solo dos relatos.
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| París |
A París te ibas soñando no sólo en que podrías ver las películas que aquí no podías ver o comprarte los libros que aquí estaban prohibidos, sino en que podrías ligar más. Era irse de la España de Franco, que era la hostia. Hoy no es lo mismo, hoy se va el que no tiene trabajo. Entonces sí había trabajo en España. Parados no había. El cabrón de Franco les decía a los empresarios: “No vais a tener huelgas, os lo garantizo… pero no me vais a despedir a un solo trabajador”. Y así era.
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| Juan Marsé |
Un escritor no es nada sin imaginación, pero tampoco sin memoria, sea ésta personal o colectiva. No hay literatura sin memoria.
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| Juan Marsé |
Dice nuestro hombre (Andrés Vicente Gómez) no entender que uno "venda los derechos de sus obras y luego no le guste nada de lo que hacen y acabe mal con todos los directores". ¿De verdad no lo entiende? Pues se lo voy a aclarar de una vez, y de paso que tomen nota otros posibles interesados en el asunto, otros que incluso han ido más lejos al negarle al autor la libertad de opinar sobre la adaptación de su obra, y calificándole, si se atreve a hacerlo, de idiota público, ignorante y mala persona, o imbécil. Pues bien, la explicación no puede ser más sencilla: yo vendo los derechos, no mi silencio ni mi criterio. Y cualquier escritor que se respete dirá lo mismo.