miércoles, 22 de julio de 2020

Poemas como heridas / Jorge Cadavid / Diario de un virus

Natural Hair (Art) | Arte de cabello natural, Arte afro, Arte ...

Jorge Cadavid
DIARIO DE UN VIRUS



Confinados por la peste
corto por primera vez
el cabello de mi mujer.

Un siseo de tijeres
y suena en el baño
la voz de la poesía:
el zig-zag de la zeta
la ve corta de la visión.

Recojo el cabello
la transparencia
la desmesura
de lo sobreviviente.


Jorge Cadavid
Diario di un virus / Diario de un virus
Raffaelli Editore, Rimini, 2020, p. 26


martes, 21 de julio de 2020

Triunfo Arciniegas / Diario / Senderos


Senderos
(Segunda mano)
Obra en proceso
Triunfo Arciniegas
15 de julio de 2020
Senderos

Ya tengo lavaplatos y televisor, pero sigo sin mujer. El sábado vino Lucho Soluctions y arregló el lavaplatos y las tomas que tenían veinte años sin uso. Se cambiaron los bombillos. Se quitó la espantosa lámpara que colgaba del techo de la sala y se puso un bombillo de... Ahora puedo pintar de noche.Voy a seguir trabajando con Lucho Soluctions. El próximo sábado hará una alacena y dos troneras inmensas para que la cocina no siga siendo una caverna. De hecho, antes de la pandemia, estuve trabajando en una. Instalaremos una nueva ducha, además.

René trajo un televisor de 70 pulgadas el domingo. Fue toda una odisea el pago, con metida de pata incluso. Primero tuve que registrar la cuenta en el celular. De paso, registré la cuenta de Liliana, la esposa de Jorge, el maestro que tenemos trabajando en la casa de Cuatrovientos. Le envié cien mil a Liliana y cuatro cientos a Gino. Las operaciones fueron exitosas. Entonces envié novecientos mil a Liliana, para completar el millón de adelanto por la mano de obra, y dos millones a Gino.

Luego me di cuenta que los dos millones se los había enviado a Liliana. Qué lío. Y peor aún, un lío para René. Llamó a Jorge y el mismo se encargó de retirar los dos millones y llevárselos a su casa a René. Un bonito gesto que recompensaré con una bolsa de pan pamplonés.

Pero aún sigue el lío. Desde el celular hice un nuevo envío de dos millones a Gino, pero el descuento no se registró en mi celular. Pensé que me había quedado grande la transacción. Sólo me di cuenta que había sigo exitosa al día siguiente, cuando René ya estaba en Alejandría con los dos millones en efectivo. Es decir, estuve a punto de pagar dos veces el televisor. Gino revisó su cuenta y, efecto, el dinero estaba allí, como el dinosaurio de Monterroso.

René volvió a su casa con el televisor y los dos millones en efectivo. Con eso compró la nueva batería y aseguramos el siguiente pago de un millón por la mano de obra de Cuatrovientos.

Pero el lío sigue. Había negociado con Gino un LG y resulta que René volvió a casa con un Samsung. Llamé a Gino y estuvimos discutiendo el asunto. Estoy seguro que en todo momento hable de un LG. Gino quedó en hacer el cambio, pero hasta el momento no ha contestado llamadas ni mensajes.  Ha perdido un cliente y me he quedado con el Samsung. Como cuando niño quería todos los tamales, mi propósito era el control mágico del LG.

Cata me regaló Prime video. Y no sólo a mí. También al Renecuajo. Estamos como marranos estrenando lazo.

El viaje de René a Pamplona ha sido una maravilla. Hemos conversado. Como la pandemia empeora, volvemos a suspender la obra en Cuatrovientos. René recibirá esta primera etapa y le cancelará el saldo al maestro Jorge. Hemos seguido arreglando los detallitos pendientes de la Bronco, la camioneta que llevaremos a Bucaramanga cuando autoricen los exámenes. Esta mañana viajó de nuevo a Cúcuta con la Bronco para sincronizar y revisar cierta dureza en la dirección. En el viaje pasado sacamos el SOAT y el técnico mecánico. Ya se arregló el exhosto de la Ford Explorer.

Sigo pintando que da miedo. Tengo casi cuarenta obras de 70 por 100. Ayer empecé Senderos, un lienzo gigantesco: once metros por cinco y medio. Tuve que colgarlo desde el tercer piso. Va descendiendo a la calle a medida que voy pintando. Anoche estuvo secándose al aire libre la primera capa.

Tal vez haga dos temas. Senderos por una cara y Peces dorados por la otra. Creo que nunca se ha hecho la pintura de doble faz. Yo la hago para las tapas de Trespiés.

Hice una pausa para lavar catorce camisas.



lunes, 20 de julio de 2020

Casa de citas / Juan Marsé / El Pijoaparte

Últimas tardes con Teresa – La mano que escribe con pluma (por ...

Juan Marsé
EL PIJOAPARTE

Le conté el personaje, y él (Antonio Pérez, librero de Cuenca) me dijo: "Sí, es como El Pijoaparte", el apodo de un amigo suyo de Murcia. Y le puse Pijoaparte.
En todos los personajes, incluso en los femeninos, está siempre parte de uno mismo. Pero no he conocido a nadie a quien le haya pasado lo que le sucede a Pijoaparte. Es un charnego, su origen está en el sur; es medio delincuente, vive a salto de mata, roba un día una moto, la vende... Personalmente no he conocido a ninguno, pero tanto en el Monte Carmelo como en la zona del Guinardó sí vi chavales que podían haberlo sido. Esa zona recibió grandes olas migratorias desde la Guerra Civil, e incluso antes. Podía haber sido cualquiera de ellos El Pijoaparte.
 En la ensoñación. El Pijoaparte no sabe quién es su padre; sospecha que podía ser hijo del marqués de Salvatierra, que tenía una finca en Ronda... Todo eso viene de un viaje que hice a Ronda, precisamente con Antonio Pérez, para hacer un reportaje que luego no publicó la revista de Ruedo Ibérico... Ahí nació la figura de Pijoaparte, su propio origen. Y a partir de ahí, Pijoaparte se crea su propio mito. En la literatura tiene mucho que ver con muchas lecturas que yo tenía del siglo XIX: es el joven de provincias que llega a la ciudad e intenta abrirse espacio.


Casa de citas / Juan Marsé / Últimas tardes con Teresa


Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé | Divagaciones y Libros


Juan Marsé
ÚLTIMAS TARDES CON TERESA

Era consciente de que estaba manejando una novela que me afectaba mucho, de algún modo la había vivido. Surgió cuando estaba en París, en 1960. El primer latido ocurrió a raíz de unas conversaciones con unas chicas francesas a las que se suponía que yo daba clases de español. Nos reuníamos una vez a la semana, y una de ellas se llamaba Teresa, hija de un pianista. Una muchacha guapísima en una silla de ruedas. Me escuchaban, les contaba cosas de Barcelona, de mi barrio, y noté en ellas una atención especial. Ése fue el germen de la novela. Capté que despertaba en ellas cierta fascinación por el arrabal cuando les hablaba de mis juegos infantiles en el Monte Carmelo con los chavales de cabezas rapadas, hijos de los inmigrantes del sur. Los chicos iban libres por las calles. Me refería a los años cuarenta, la inmediata posguerra. Había una fascinación por el arrabal en esas señoritas de clases altas parisienses. Habían pasado tan sólo 20 años del final de la guerra cuando yo les hablaba, y estaba aún muy vivo el recuerdo de una España sojuzgada por la Guerra Civil.
Esa nostalgia del arrabal que yo veía en aquellas señoritas se combinó con el sentimiento que advertí en los exiliados con respecto a España. Conocía a los exiliados, a Jorge Semprún; hablaban de la inminencia de una huelga general, decían que la caída del franquismo estaba a la vuelta de la esquina, que los trabajadores estaban bullendo... Ahí no me podían engañar, porque desde los 13 años yo había trabajado en un gran taller, donde había 30 operarios, y yo sabía cuáles eran sus aspiraciones: comprarse un reloj, una gabardina, un coche. Aquel romanticismo de la izquierda que veía el cambio al doblar la calle no se correspondía con la realidad.
El tema de Últimas tardes con Teresa no es otro que el de la apariencia de la realidad. Teresa confundía a un pobre chaval -El Pijoaparte-, que era sólo un obrero de barrio, con un militante obrero politizado. Se idealizaban unas condiciones de vida, unas formas de ser, y eso le pasaba a Teresa. Era una especie de ajuste de cuentas mío, personal, con la realidad.




Juan Marsé / La derrota

Escritor español Juan Marsé murió a los 87 años | El Economista
Juan Marsé
Juan Marsé
LA DERROTA
Yo creo que, en primer lugar, la apariencia que yo doy, lo que puedan pensar, lo que puedan representar tiene que ver muy poco con la realidad. Solamente una vez en mi vida he dado un puñetazo, cuando tenía quince años y nunca lo he olvidado. Salía con una chica y me molestaba un tipo. Pero, soy consciente de que, a veces, al intentar definirme físicamente, no soy un tipo duro y no voy por la vida de tipo duro, pero entiendo esa apariencia, en cuanto a la masculinidad de mis personajes; no soy totalmente consciente salvo en un aspecto -tal vez la clave está ahí-: yo creo que la derrota define al hombre mucho más que el éxito. Lo creo firmemente. Por eso, en el terreno literario, me interesan más los derrotados que los vencedores. Creo que el derrotado ejerce un tipo de fascinación -a mí por lo menos- un tipo de misterio. De cómo es posible que siendo el derrotado siga siendo mi héroe, me ha pasado con la literatura, con las películas y me pasa en la vida real. Creo que la derrota define, explica al hombre mucho mejor que el éxito. Hemos venido a ser derrotados, finalmente, por la muerte, claro, pero no me quiero poner filosófico. Desde el punto de vista temático, me ha interesado mucho más la derrota que el triunfo. Por eso, porque me permite explicar mejor la condición humana y, tal vez entonces, no sé si eso provoca fascinación o atracción en una mujer. La imagen que has puesto de un hombre en la barra de un bar con un whisky derrotado me sigue gustando más que la de un vencedor en cualquier tipo de lid.
Juan Marsé
Personalidad literaria y humana del autor
Conversación con Arturo Pérez-Reverte, Joan Sagarra y Javier Coma.
Moderada por Beatriz de Moura




domingo, 19 de julio de 2020

Casa de citas / Héctor Abad Gómez / No hay peor virus

Socialdemencia - "No hay peor virus que la estupidez humana ...


Héctor Abad Gómez
NO HAY PEOR VIRUS

La simple y a la vez dificilísima pregunta que hoy debemos plantearnos es la siguiente: ¿por qué en este momento, aquí en Medellín y en tantos otros lugares de la tierra, los seres vivos más patógenos para los seres humanos no son ni los virus, ni los microbios, ni los parásitos, sino los mismos seres humanos? 

Héctor Abad Gómez. Fundamentos éticos de la salud pública, 1987.


viernes, 17 de julio de 2020

Casa de citas / Stephen Emmott / Diez mil millones

Diez mil millones - Emmott, Stephen - 978-84-339-6356-7 ...




Stephen Emmott
DIEZ MIL MILLONES

Hace 10.000 años éramos solo un millón. En 1800, hace poco más de 200 años, éramos ya mil millones. Hace 50 años, hacia 1960, éramos tres mil millones. En la actualidad, superamos los siete mil millones. En 2050, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos vivirán en un planeta habitado por nueve mil millones de personas como mínimo. Antes de que acabe el presente siglo, seremos por lo menos diez mil millones. Posiblemente más.


Stephen Emmott
Diez mil millones




jueves, 16 de julio de 2020

Lecciones de semántica / La Edad Media

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Lecciones de semántica
LA EDAD MEDIA

En la Edad Media, no había cepillos de dientes, perfumes, desodorantes ni mucho menos papel higiénico. Los excrementos humanos eran lanzados por las ventanas del palacio.

En un día de fiesta, la cocina del palacio pudo preparar un banquete para 1500 personas, sin la más mínima higiene.

En las películas actuales vemos a las personas de esa época sacudirse o abanicarse... La explicación no está en el calor, sino en el mal olor que emitían debajo de las faldas (que fueron hechas a propósito para contener el olor de las partes íntimas, ya que no había higiene). Tampoco era costumbre ducharse debido al frío y la casi inexistencia de agua corriente.

Solo los nobles tenían lacayos para abanicarlos, para disipar el mal olor que exhalaban el cuerpo y la boca, además de ahuyentar a los insectos.

Los que han estado en Versalles han admirado los enormes y hermosos jardines que, en ese momento, no solo se contemplaban, sino que se usaban como retrete en las famosas baladas promovidas por la monarquía, porque no había baños.

En la Edad Media, la mayoría de las bodas se realizaban en junio, el comienzo del verano. La razón es simple: el primer baño del año se tomaba en mayo; así que en junio, el olor de la gente todavía era tolerable. Sin embargo, como algunos olores ya comenzaban a molestar, las novias llevaban ramos de flores cerca de sus cuerpos para cubrir el hedor. De ahí la explicación del origen del ramo de novia.

Los baños se tomaban en una sola bañera enorme llena de agua caliente. El jefe de la familia tenía el privilegio del primer baño en agua limpia. Luego, sin cambiar el agua, llegaban los demás en la casa, en orden de edad, mujeres, también por edad y, finalmente, niños. Los bebés eran los últimos en bañarse. Cuando llegaba su turno, el agua en la bañera estaba tan sucia que era posible matar a un bebé adentro.

Los techos de las casas no tenían cielo y las vigas de madera que los sostenían eran el mejor lugar para que los animales -perros, gatos, ratas y escarabajos- se mantuvieran calientes. Cuando llovía, las filtraciones obligaban a los animales a saltar al suelo.

Los que tenían dinero tenían platos de lata. Ciertos tipos de alimentos oxidaban el material, causando que muchas personas muerieran por envenenamiento.

Recordemos que los hábitos higiénicos de la época eran terribles. Los tomates, siendo ácidos, se consideraron venenosos durante mucho tiempo, las tazas de lata se usaban para beber cerveza o whisky; esta combinación, a veces, dejaba al individuo "en el piso" (en una especie de narcolepsia inducida por la mezcla de bebida alcohólica con óxido de estaño). Alguien que pasara por la calle pensaría que estaba muerto, así que recogían el cuerpo y se preparaba para el funeral. Luego se colocaba el cuerpo sobre la mesa de la cocina durante unos días y la familia se quedaba mirando, comiendo, bebiendo y esperando a ver si el muerto se despertaba o no. De ahí la que a los muertos se les vela (velatorio o velorio), que es la vigilia al lado del ataúd.

En Inglaterra no siempre había lugar para enterrar a todos los muertos. Luego se abrían los ataúdes, se extraían los huesos, se colocaban en osarios y la tumba se usaba para otro cadáver. A veces, al abrir los ataúdes, se notaba que había rasguños en las tapas en el interior, lo que indicaba que el hombre muerto, de hecho, había sido enterrado vivo.

Así, al cerrar el ataúd, surgió la idea de atar una tira de la muñeca del difunto, pasarla por un agujero hecho en el ataúd y atarla a una campana. Después del entierro, alguien quedaba de servicio junto a la tumba durante unos días. Si el individuo se despertaba, el movimiento de su brazo haría sonar la campana. Y sería "salvado por la campana", que es popular expresión utilizada por nosotros hasta hoy.


miércoles, 15 de julio de 2020

Casa de citas / Ingmar Bergman / El virgo de Anna


Young Lovers
Mike Hughes

Ingmar Bergman
EL VIRGO DE ANNA

Anna Lindberg y yo éramos de la misma edad. Estábamos en noveno curso, lo que significaba el último paso antes del bachillerato. El colegio era mixto y se llamaba Palmgrenska; estaba en la esquina de Skeppargatan y Kommendörsgatan. Los trescientos cincuenta alumnos nos repartíamos en locales agradables, aunque un poco estrechos, que pertenecían a una casa particular. Se consideraba que los profesores practicaban una pedagogía más moderna y más avanzada que la utilizada en los institutos. Esto no podía ser verdad porque la mayoría de ellos enseñaban también en el instituto de Ostermalm, que estaba a unos cinco minutos andando de Palmgrenska.
    Era la misma mierda de profesores y la misma mierda de estudios memorísticos en los dos sitios. La diferencia consistía más bien en que los derechos de matrícula eran bastante más elevados en Palmgrenska. Y además era un colegio mixto. En nuestro curso había veintiún chicos y ocho chicas. Anna era una de ellas. Los alumnos se sentaban de dos en dos en viejos pupitres. El profesor ocupaba la cátedra que estaba sobre una tarima en uno de los rincones. Ante nosotros se extendía la pizarra. A través de las tres ventanas se veía la lluvia, siempre la lluvia. En la clase reinaba la penumbra. Seis globos de luz eléctrica medían indolentemente sus fuerzas con la precaria luz solar. El olor a zapatos húmedos, ropa interior sucia, sudor y orina, se había quedado impregnado para siempre en las paredes y los muebles. La escuela era un establecimiento, un depósito, basado en un contubernio entre las autoridades y las familias. El manifiesto hedor del hastío se hacía a veces penetrante y, en alguna ocasión, asfixiante. La clase era un espejo en miniatura de la sociedad de poco antes de la guerra: pereza, indiferencia, oportunismo, adulación, prepotencia y alguna que otra gota confusa de rebeldía, idealismo y curiosidad. Pero a los anarquistas los mantenían a raya la sociedad, la escuela y el hogar Los castigos eran ejemplares y, con frecuencia, decisivos pata el futuro del delincuente. Los métodos de enseñanza consistían por lo general en castigos, premios e implantación de mala conciencia. Muchos de los profesores eran nacionalsocialistas, unos por estulticia o por resentimiento ante un ascenso frustrado en la carrera profesional, y otros por idealismo y admiración ante la vieja Alemania, «un pueblo de poetas y pensadores».
    En medio de esta gris resignación que reinaba en los pupitres y en las cátedras, había, como es natural, excepciones, seres inteligentes e indómitos que abrían puertas y dejaban entrar aire y luz. No eran muchos. Nuestro director era un hombre servil y ávido de poder, destacado arribista en la federación de sectas protestantes. Le gustaba predicar en la oración de la mañana proclamando lamentaciones pegajosas y sentimentales acerca de lo mucho que iba a sufrir Jesucristo si visitase Palmgrenska Samskola ese día, o bien sermones sobre política, tráfico o el avance epidémico de la cultura del jazz, con aterradoras visiones del infierno que nos esperaba.
    Lecciones no aprendidas, engaños, trampas, adulación, rabia reprimida y pedos ruidosos y apestosos constituían el desconsolador programa diario. Las chicas se agrupaban en una conspiración de cuchicheos y risitas ahogadas. Los chicos gritaban con sus voces llenas de gallos, en pleno cambio, se pegaban, daban patadas al balón, preparaban alguna chuleta o una lección pendiente.
    Yo estaba sentado en el centro de la clase aproximada mente. Anna estaba delante de mí, un poco a un lado, junto a la ventana. Yo la encontraba fea, como todos. Era una chica alta y gorda con hombros redondos, andaba mal, tenía unas tetas grandes, caderas poderosas y un trasero que se balanceaba al andar. El pelo era de color rubio ratón, corlo y peinado con raya al lado. Tenía los ojos asimétricos, uno marrón y otro azul, pómulos altos, labios gruesos y salientes, las mejillas infantilmente redondas y un hoyuelo en la bien formada barbilla. Desde la ceja derecha hasta el nacimiento del pelo tenía una cicatriz que se le ponía roja cuando lloraba o se enfadaba. Las manos eran cuadradas con los dedos romos y gruesos, las piernas largas y bien torneadas, los pies pequeños con el puente alto y le faltaba uno de los meñiques. Olía a muchacha y a jabón de bebé. Llevaba faldas marrones que le sentaban mal y blusas de seda cruda de color rosa o azul claro. Era una chica lista, rápida en las réplicas y buena. Las malas lenguas decían que su padre se había escapado con una señora de vida alegre. Se decía también que la madre de Anna vivía con un viajante de comercio pelirrojo que maltrataba a la madre y a la hija y que ésta iba al colegio con matrícula reducida.
    Anna y yo éramos dos solitarios, yo por raro y ella por fea. Nuestros compañeros no se metían con nosotros, no era cuestión de malos tratos.
    Un domingo nos encontramos Anna y yo en la sesión de tarde del cine Karla. Por lo visto a ella también le gustaba el cine y como yo iba con frecuencia. Anna, a diferencia de mí, disponía de bastante dinero para sus gastos y yo me dejaba invitar. Al cabo del tiempo Anna me dejó que la acompañase a su casa. El piso era grande pero viejo, y estaba situado en la esquina de Nybrogatan y Valhallavägen, en la primera planta.
    El cuarto de Anna era alargado y oscuro, los muebles eran una singular mescolanza, la alfombra estaba deshilachada y había una chimenea. Junto a la ventana, una mesa de escritorio blanca que Anna había heredado de su abuela. La cama era convertible, la colcha y los cojines tenían un dibujo oriental. La madre de Anna me recibió con cortesía pero sin cordialidad. En lo físico se parecía a su hija, pero tenía la boca amarga, el cutis amarillento y el pelo gris y ralo, cardado y peinado hacia atrás. El viajante de comercio pelirrojo no se vio por ninguna parte.
    Anna y yo empezamos a hacer juntos los deberes, la llevé a la rectoría, la presenté y, para mi sorpresa, fue aceptada con naturalidad. Probablemente la encontraron tan fea que no la creyeron un peligro para mi virtud. Se fue integrando gustosamente en la familia, los domingos cenaba con nosotros el habitual asado de ternera con pepino; mi hermano la observaba con miradas desdeñosas e irónicas, ella contestaba con presteza y valentía cuando le hacían preguntas y participaba en las representaciones de títeres.
    La redonda bondad de Anna reducía la tensión de mis relaciones con el resto de la familia.
    Lo que en cambio no sabía nadie era que la madre de Anna casi nunca estaba en casa por las tardes y que, sin apenas notarlo, los deberes escolares se fueron convirtiendo en confusos pero obstinados ejercicios en la chirriante cama.
    Estábamos solos, famélicos, llenos de curiosidad y éramos totalmente ignorantes. El virgo de Anna se resistía y la cama, que más parecía una hamaca, no facilitaba la operación. No nos atrevíamos a desnudarnos sino que hacíamos nuestras prácticas completamente vestidos, a excepción de las bragas de lana de Anna. Éramos descuidados y cautelosos, la mayoría de las veces yo eyaculaba en algún lugar entre su dura faja y su blando vientre. Anna, que era valiente y astuta, propuso que nos acostáramos en el suelo delante de la chimenea. Lo había visto en una película. Hicimos fuego con unos periódicos y unas astillas y nos despojamos de las prendas que nos estorbaban, Anna gritaba y se reía, yo me hundí en ella de un modo misterioso, Anna volvió a gritar, le hacía daño, pero me mantuvo apretado. Traté de liberarme como era mi deber, ella cruzó las piernas en torno a mi espalda, yo entré aún más adentro, Anna empezó a llorar, las lágrimas y los mocos le resbalaban por la cara, nos besamos con los labios apretados: «Me he quedado embarazada», musitó ella, «sentí que me quedaba embarazada». Reía y lloraba a la vez. Yo caí presa de un helado espanto, traté de hacerle recobrar el juicio, tenía que ir a lavarse inmediatamente y lavar también la alfombra. Estábamos los dos manchados de sangre, que había caído también en la alfombra.
    En ese instante se abrió la puerta del vestíbulo y la madre de Anna apareció en la habitación. Anna, sentada en el suelo, trataba de ponerse las bragas y meterse las voluminosas tetas dentro de la camisa. Yo me estiraba el jersey para ocultar unas manchas oscuras en torno a la bragueta.
    La señora Lindberg me dio una bofetada, me agarró de una oreja y me hizo dar dos vueltas por la habitación; después se detuvo, me dio otro bofetón y dijo con una sonrisa amenazadora que me cuidase muy mucho de hacerle un niño a su hija. Por lo demás podíamos hacer lo que nos viniera en gana con tal de que no le salpicase a ella. Dicho esto, me volvió la espalda y salió dando un portazo.


Yo no amaba a Anna puesto que el amor no existía donde yo vivía y respiraba. Seguramente había estado rodeado de mucho amor en mi niñez, pero había olvidado a qué sabía. No sentía amor por nadie ni por nada y menos aún por mí mismo. Los sentimientos de Anna estaban quizá menos deteriorados. Tenía alguien a quien abrazar y besar, alguien con quien jugar, un muñeco difícil, caprichoso y malo que hablaba sin parar, divertido en ocasiones y en ocasiones simplemente tonto o tan infantil que había que preguntarse si de verdad tenía catorce años. Alguien que, a veces, no quería ir por la calle con ella pretextando que ella era demasiado gorda y él demasiado delgado y que hacían el ridículo yendo juntos.
    En alguna ocasión, cuando la presión de la rectoría se hacía insoportable, llegué a pegarle; ella me pegaba a su vez, éramos igual de fuertes, pero yo estaba más enfadado y por eso nuestras riñas terminaban frecuentemente con ella llorando y yo marchándome.
    Siempre hacíamos las paces; una vez ella salió con un ojo morado, otra con el labio partido. Le divertía enseñar sus heridas en el colegio. Cuando alguien le preguntaba quién le había pegado, contestaba que se lo había hecho su amante. Todos se echaban a reír puesto que nadie podía creer que el escuchimizado y tartamudo hijo del pastor fuera capaz de semejantes explosiones de virilidad y temperamento. Un domingo, antes de la misa solemne, Anna telefoneó gritando que Palle estaba matando a su madre. Corrí en su ayuda. Anna abrió la puerta del vestíbulo. En ese preciso instante recibí un fulminante puñetazo en la boca que me tumbó de espaldas contra la repisa de los chanclos. El pelirrojo viajante de comercio, en camisón y calcetines rodaba por el suelo pegándose con la madre y la hija. Vociferaba que las iba a matar, que se iban a terminar de una vez las malditas supercherías, que estaba hasta los cojones de mantener a una puta y a su hija. Había agarrado por el cuello a la madre, cuyo rostro estaba congestionado y con la boca abierta. Anna y yo tratamos de sujetarle las manos, y por fin Anna se precipitó a la cocina en busca de un cuchillo gritando que le iba a matar. Él soltó la presa inmediatamente, me dio otro puñetazo en la cara, yo se lo devolví, pero no acerté. A continuación se vistió en silencio, se colocó el sombrero hongo ladeado, se puso el abrigo, tiró al suelo la llave de la casa y desapareció. La madre de Anna nos preparó café y bocadillos, un vecino llamó a la puerta para preguntar qué había pasado. Anna me llevó a su cuarto y examinó mis heridas. Me había desportillado uno de los dientes incisivos (en el momento en que escribo estas líneas todavía puedo notar la mella con la lengua).
    Para mí todo esto era interesante, pero irreal. Las cosas que pasaban a mi alrededor me parecían trozos de películas deshilvanados, en parte incomprensibles o simplemente fastidiosos. Descubrí con sorpresa que, si bien
mis sentidos registraban la realidad exterior, los impulsos no llegaban nunca a mis sentimientos. Mis sentimientos habitaban en un lugar cerrado y me servía de ellos cuando quería, pero jamás impremeditadamente. Mi realidad estaba tan profundamente escindida que había perdido conciencia de sí misma.
    Me he detenido en la trifulca del destartalado piso de la calle de Nybrogatan porque me acuerdo de todos y cada uno de los instantes, de los movimientos, de los gritos y las réplicas, de la luz que reflejaban las ventanas de la casa de enfrente. Me acuerdo del olor a comida y a mugre, del olor a fijador que despedía el rojizo y grasiento cabello del hombre.
    Me acuerdo de todo y de cada cosa por separado. Pero no hay ningún tipo de sentimiento unido a las impresiones sensoriales. Me pregunto si tenía miedo o si estaba furioso o avergonzado, si me sentía curioso o solamente histérico. No lo sé.

Ahora, con la solución en la mano, sé que habían de pasar más de cuarenta años antes de que mis sentimientos se liberasen del hermético recinto en el que vivieron encerrados. Yo vivía del recuerdo de los sentimientos, sabía reproducirlos bastante bien, pero la expresión espontánea jamás era espontánea, había siempre una fracción de segundo entre mi vivencia intuitiva y su expresión en sentimientos.
    Hoy, que me hago la ilusión de que estoy casi curado, me pregunto si hay o llegará a haber instrumentos capaces de medir y definir una neurosis que, de manera tan eficaz y acabada, representaba una ilusoria normalidad.
    Cuando cumplí quince años, Anna fue invitada a la celebración en el chalet amarillo de la isla de Smådalarö. La pusieron a dormir con mi hermana en una de las habitaciones del piso de arriba. Al amanecer fui a despertarla, nos escabullimos hasta la bahía y remamos en dirección al golfo de Jungfrufjärden, dejando atrás Rödudd y Stendörren. Remamos derecho hasta el golfo, en plena inmovilidad, en medio del resplandor del sol y del indolente oleaje que dejaba el Saltsjön, el vapor que, silencioso, hacía su recorrido matinal de la isla de Utö a la de Dalarö. Llegamos a casa a tiempo para el desayuno y las felicitaciones. Teníamos los hombros y la espalda quemados por el sol, los labios resecos y con sabor a sal, los ojos medio ciegos de toda aquella luz. Después de haber estado juntos más de medio año, habíamos visto por primera vez nuestra desnudez.



Ingmar Bergman
La linterna mágica
Tusquets, Barcelona, 1978, pp. 124-130



martes, 14 de julio de 2020

Triunfo Arciniegas / Diario / Portacuchillos


Carolina Cruz y su luminosa idea del portacuchillos

Triunfo Arciniegas
PORTACUCHILLOS
14 de julio de 2020


Preguntan en las redes que si se accidentara un vehículo repleto de libros también lo saquearían. Gasolina, pescado y cerveza no tienen perdón, pero los libros son pesados, frágiles, ocupan espacio y hacen estorbo. La humedad los vuelve nada. Además, pierden precio tan pronto salen de la librería. Mi respuesta es que no, que no es rentable, que no es negocio saquear un camión repleto de libros.

Pero de pronto, señoras y señores, me acordé de la luminosa idea de la presentadora de televisión Carolina Cruz. ¿Cuántos portacuchillos se pondrían hacer con un "camionado" de libros? Cualquier presentadora de televisión se orina de la dicha imaginando tal espectáculo, por Dios. Con diez libros se hace un bonito portacuchillos para vender en diez mil o cinco mil pesos. Se venderían como arroz. Venda barato y los clientes caen como moscas. Solo hay que esperar que pase el vehículo repleto de libros. Sólo hay que arrojarle piedras al parabrisas para que el conductor pierda el control. O atravesar obstáculos en un punto estratégico de la vía.

Lo demás es pan comido.



lunes, 13 de julio de 2020

Triunfo Arciniegas / Diario / Ladrones y lágrimas



https://www.youtube.com/watch?v=qHMNdcM3dMI

Triunfo Arciniegas
LADRONES Y LÁGRIMAS
12 de julio de 2020


"La comunidad toma el pescado", diría la periodista Vicky Dávila, siguiendo el libreto de lo políticamente correcto. El arte de decir lo que conviene y no lo que se precisa.

Pero no es la comunidad ni es una toma porque se trata de vándalos robando pescado. Dos toneladas de pescado, más el daño al vehículo, que fue destrozado para sacar el botín. Ahora no es suficiente con la desgracia de accidentarse en una vía. Ahora lo terrible es la jauría sedienta. 

¿Desde cuándo el contenido de un vehículo accidentado en la vía pasa a ser propiedad pública? ¿Desde cuando la pobreza es licencia para robar? 

Un carrotanque de gasolina y un carro de cerveza también fueron saqueados en esta misma semana. Según se sabe, los vándalos les lanzan piedras a los conductores para que pierdan el control del vehículo y de noche atraviesan obstáculos en la vida. Así que no sólo es robo sino intento de homicidio. Imagino que impondrán orden cuando muera el primer conductor. O cuando "la comunidad" se cruce con un conductor armado dispuesto a defender su propiedad.

¿Hablan en serio? ¿Les rendirán honores a los vándalos, lucirán la bandera a media asta? Eso leí que van a hacer. Qué cosa tan ridícula. Imagine por un momento que entran a su casa y se llevan lo que usted consiguió con el sudor de su frente. Imagine que ponen en peligro su vida, porque en un robo todo puede pasar: surge la chispa y el incendio de la desgracia se propaga en segundos. ¿Al otro día iza la bandera en su honor? 

Pobre o rico, ladrón es ladrón. Vivimos en el país más corrupto del mundo, con fortunas mal habidas, con una clase política asquerosa y con gente que sigue creyendo en estos malandros, pero nada de eso es licencia para robar. Los saqueos seguirán y los muertos también. Seguirán arrojando piedras los vehículos y atravesando obstáculos en la vía hasta que un día algunos de estos conductores se armen y enfrenten a los vándalos. Si no se le pone remedio, todo va a empeorar. 

Espero que quienes se sientan con ganas de defender a estos ladrones al menos recuerden las lágrimas del conductor.


domingo, 12 de julio de 2020

Triunfo Arciniegas / Filósofo de semáforo / Los secretos del oficio


LOS SECRETOS DEL OFICIO
O las maneras de vivir

La gente que se esmera por dominar los secretos de su oficio me inspira respeto y admiración. Su propia existencia, a menudo solitaria y con frecuencia excéntrica, es más interesante, de hecho. Además, se trata de la más bella manera de contribuir a hacer un mundo mejor. La vida es dedicación y esfuerzo. Se hace camino al andar, como diría Serrat, y el mismo camino significa sentido. Me apenan aquellos que esperan que los otros o el Estado les remedie la situación. Lo que no hay dentro nunca se encontrará fuera. Me apenan tanto los que depositan su fe en los pinches políticos, de izquierda o derecha, la misma porquería. Me apenan sobre manera los imbéciles que se tiran una amistad o están  dispuestos a hacerse matar por un político que ni siquiera sabe que existen. Los mismos que repiten lo que les dicen y creen que piensan por sí mismos. Son fáciles de reconocer: atacan en manada. Como se dicen entre ellos las mismas cosas, sin permitirse disentir, creen que tienen razón. Como ovejas, requieren del perro que les señale el sendero.


sábado, 11 de julio de 2020

Casa de citas / Ingmar Bergman / Harriet Andersson

Harriet Andersson

Ingmar Bergman
HARRIET ANDERSSON


Yo debía realizar inmediatamente dos películas, una detrás de otra: Tres mujeres con guión original mío y Un verano con Mónica, adaptación de una novela de Per Anders Fogelström. Para el papel de Mónica se eligió a una actriz joven que hacía revista con medias de malla y elocuentes escotes en el Teatro Scala. Tenía alguna experiencia cinematográfica y era novia formal de un actor. A finales de julio fuimos a filmar exteriores al archipiélago de Estocolmo.
    Un verano con Mónica estaba planteada como una película de presupuesto reducido, y por tanto se iba a rodar con limitados recursos y un mínimo de personal. Vivíamos en la isla de Ornó, en un albergue llamado Klockargården, y cada mañana nos llevaban en barcos de pesca a un grupo de islas exóticas que estaban en el extremo del archipiélago, a unas horas de navegación. 

Harriet Andersson
  Pronto me vi envuelto por una eufórica despreocupación. Los problemas profesionales, económicos y matrimoniales desaparecieron en el horizonte. Vivíamos una vida al aire libre relativamente cómoda, trabajábamos de día, de noche, de madrugada, hiciera el tiempo que hiciera. Las noches eran cortas, el sueño apacible. Después de tres semanas de trabajo enviamos nuestro producto al laboratorio para su revelado. Un defecto en una máquina hizo una raya en miles de metros de película y tuvimos que volver a rodar casi todo. Derramamos, para salvar las apariencias, unas lágrimas de cocodrilo, pero nos alegramos en secreto de la prolongación de nuestra libertad.
    El trabajo cinematográfico es una actividad fuertemente erótica. La proximidad a los actores no tiene reservas, la entrega mutua es total. La intimidad, el afecto, la dependencia, la ternura, la confianza, la fe ante el mágico ojo de la cámara, nos dan una seguridad cálida, posiblemente ilusoria. Tensión, relajamiento, respiración común, momentos de triunfo, momentos de fracaso. La atmósfera está irresistiblemente cargada de sexualidad. Tardé muchos años en aprender finalmente que un día la cámara se para, los focos se apagan.


Harriet Andersson



    Harriet Andersson y yo hemos trabajado juntos durante años; ella es una persona singularmente fuerte, pero vulnerable, con un rasgo de genialidad en su talento. Su relación con la cámara es directa y sensual. Además tiene una técnica soberana y pasa vertiginosamente de la emoción más intensa a una sobria contemplación. Tiene un humor mordaz, pero no cínico. Una persona adorable y una de mis amigas más queridas.


Ingmar Bergman
La linterna mágica
Tusquets, Barcelona, 1978, pp. 181-183




viernes, 10 de julio de 2020

Triunfo Arciniegas / Filósofo de semáforo / Tres preguntas

ArtStation - Writers Write, Amin Faramarzian



Triunfo Arciniegas
TRES PREGUNTAS
Tres preguntas que les hacen a menudo a los escritores: ¿Cuándo me regala un libro? ¿Cuándo va al colegio a charlar con mis alumnos? ¿Cuándo me graba un video para...? (y terminen la pregunta como quieran). Perdonen la obviedad: los escritores están ocupados escribiendo. Además, los escritores comen, se enferman, gastan ropa. A ningún médico le preguntan: ¿Cuándo me regale una fórmula? Y los médicos viven mucho mejor que los escritores. En realidad, tratan a los escritores como serenateros: los ponen a cantar, los emborrachan y los mandan para su casa. Y los serenateros comen, se enfermen, gastan ropa. Parezco borracho pero así es la cosa.

jueves, 9 de julio de 2020

Triunfo Arciniegas / Filósofo de semáforo / Sobre las ideas y la iluminación

Diez ideas para fomentar la creatividad de nuestros alumnos (y de ...


Triunfo Arciniegas
SOBRE LAS IDEAS Y LA ILUMINACIÓN
Hay gente que tiene una idea y pone a los demás a trabajar. Se siente bendita e iluminada esta gente. Las ideas llueven, revolotean en el aire y basta con estirar la mano para atraparlas. Lo jodido es concretarlas.