Delphine de Vigan
NADA SE OPONE A LA NOCHE
Mi madre estaba azul, de un azul pálido mezclado con ceniza, las manos extrañamente más oscuras que el rostro, cuando la encontré en su casa esa mañana de enero. Las manos como manchadas de tinta en los nudillos de las falanges.
Mi madre llevaba varios días muerta.
Ignoro cuántos segundos, quizá minutos, necesité para comprenderlo, a pesar de lo evidente de la situación (mi madre estaba echada en su cama y no respondía a ninguna señal), un tiempo muy largo, torpe y febril, hasta el grito que salió de mis pulmones, como tras varios minutos de apnea. Todavía hoy, más de dos años después, sigue siendo para mí un misterio, ¿mediante qué mecanismo pudo mi cerebro mantener tan alejada de él la percepción del cuerpo de mi madre, y sobre todo de su olor?, ¿cómo pudo tardar tanto tiempo en aceptar la información que yacía ante él? No es el único interrogante que me dejó su muerte.
Cuatro o cinco semanas más tarde, en un estado de atontamiento de una singular opacidad, recibía el Premio de los Libreros por una novela en la que uno de los personajes era una madre encerrada y retirada de todo que, tras años de silencio, recuperaba el uso de la palabra. A la mía le había dado el libro antes de su publicación, orgullosa sin duda de haber acabado otra novela, consciente sin embargo, aunque fuese mediante la ficción, de meter el dedo en la llaga.
No tengo ningún recuerdo del lugar en el que se celebró la entrega del premio, ni de la ceremonia en sí. Creo que el terror no me había abandonado; y sin embargo sonreía. Unos años antes, al padre de mis hijos, que me reprochaba estar
huyendo hacia delante (me recordaba esa irritante capacidad suya de hacer una buena actuación en cualquier circunstancia), le respondí pomposamente que estaba viviendo.
Sonreía también en la cena que se ofreció en mi honor, mi única preocupación era mantenerme en pie, y después sentada, no hundirme de golpe sobre mi plato, en un movimiento de zambullida similar al que me había proyectado, cuando tenía doce años, de cabeza a una piscina vacía. Recuerdo la dimensión física, incluso atlética, que revestía ese esfuerzo, aguantar, sí, aunque no engañara a nadie. Me parecía que era mejor contener la pena, amarrarla, sofocarla, hacerla callar hasta el momento en el que por fin me encontrara sola, que dejarme llevar por lo que no habría podido ser sino un largo alarido o, peor aún, un estertor que me hubiese dejado sin duda alguna tirada en el suelo. Durante los últimos meses los acontecimientos que me concernían se habían precipitado notablemente, y la vida, de nuevo, ponía el listón demasiado alto. Así pues, me parecía que, durante la caída, no podía hacer otra cosa que poner buena cara, o bien hacerle frente (aunque tuviera que disimular).
Y por eso sé desde hace mucho tiempo que es preferible mantenerse de pie que tumbado, y evitar mirar hacia abajo.
Durante los meses que siguieron escribí otro libro sobre el que estaba tomando notas desde hacía varios meses. Con la distancia, ignoro cómo lo conseguí, como no fuera que no tenía otra alternativa, una vez que mis hijos se habían marchado al colegio y yo me encontraba en el vacío, sin otra cosa que esta silla delante del ordenador encendido; quiero decir sin otro sitio donde sentarme, donde apoyarme. Tras once años trabajando en la misma empresa —y un largo pulso que me había dejado extenuada—, acababa de ser despedida, consciente de experimentar por ello cierto vértigo, cuando encontré a Lucile en su casa, tan azul y tan inmóvil, y entonces el vértigo se transformó en terror, y el terror en niebla. Escribí todos los días, y soy la única que sabe hasta qué punto ese libro que no tiene nada que ver con mi madre está marcado, sin embargo, por su muerte y por el estado de ánimo en el que me dejó. Y después salió el libro, sin mi madre para enviar a mi contestador los mensajes más cómicos con motivo de mis presentaciones televisadas.
Una tarde de ese mismo invierno, cuando volvíamos de una visita al dentista y caminábamos uno al lado del otro sobre la estrecha acera de la calle Folie Méricourt, mi hijo me preguntó, sin previo aviso y sin que nada en la anterior conversación hubiese podido predecir esa pregunta:
—La abuela… de alguna manera… ¿se suicidó?
Todavía hoy, cuando pienso en esa pregunta me conmociono, no por su sentido sino por su forma, ese
de alguna manera en boca de un niño de nueve años, una consideración hacia mí, una forma de tantear el terreno, de avanzar de puntillas. Pero era quizá una auténtica duda para él: teniendo en cuenta las circunstancias, ¿la muerte de Lucile debía ser considerada un suicidio?
El día que encontré a mi madre en su casa no pude ir a buscar a mis hijos. Se quedaron en casa de su padre. Al día siguiente les anuncié la muerte de su abuela, creo que dije algo así como: «La abuela ha muerto», y en respuesta a las preguntas que me hacían: «Ha elegido quedarse dormida» (a pesar de que he leído a Françoise Dolto). Semanas más tarde, mi hijo me llamaba al orden: al pan hay que llamarlo pan. La abuela se había suicidado, sí, se había quitado de en medio, había bajado el telón, se había retirado, rendido, había dicho
stop, basta, terminado y tenía buenas razones para llegar a eso.
Ya no recuerdo cuándo surgió la idea de escribir
sobre mi madre, en torno a ella, o a partir de
ella, sé cuánto rechacé esa idea, la mantuve a distancia, el mayor tiempo posible, esgrimiendo la lista de los innombrables autores que habían escrito sobre la suya, desde los más antiguos hasta los más recientes, para demostrarme de qué manera ese terreno había sido pisoteado y el tema degradado, alejé de mí las frases que me venían a primera hora de la mañana o a la vuelta de un recuerdo, tantos principios de novela en todas sus posibles formas de los que no quería oír ni la primera palabra, establecí la lista de obstáculos que no dejarían de presentarse ante mí y de los riesgos imposibles de determinar que correría metiéndome en un lío como ése.
Mi madre constituía un campo demasiado vasto, demasiado sombrío, demasiado desesperado: en resumen, demasiado arriesgado.
Dejé que mi hermana recuperase las cartas, los papeles y los textos escritos por Lucile, para llenar con todo un baúl que pronto bajaría al trastero.
Yo no tenía ni sitio, ni fuerzas.
Después aprendí a pensar en Lucile sin perder el aliento: su forma de caminar, la parte superior del cuerpo inclinada hacia delante, su bolso en bandolera y pegado a la cintura, su forma de sostener el cigarrillo, aplastado entre sus dedos, de introducirse con la cabeza gacha en el vagón del metro, el temblor de sus manos, la precisión de su vocabulario, su risa breve, que parecía sorprenderla incluso a ella misma, las variaciones de su voz por la influencia de una emoción cuando a veces su rostro no mostraba ninguna señal.
Pensé que no debía olvidar su humor frío, fantasmal, y su singular predisposición a la fantasía.
Pensé que Lucile se había enamorado sucesivamente de Marcello Mastroianni (ella precisaba: «póngame media docena»), de Joshka Schidlow (un crítico teatral de la revista Télérama al que nunca había visto pero cuya pluma e inteligencia alababa), de un hombre de negocios llamado Édouard, cuya identidad nunca llegamos a conocer, de Graham, un auténtico vagabundo del distrito 14, antiguo violinista y que murió asesinado. No me refiero a los hombres que han compartido su vida
de verdad. Me creí que mi madre había compartido un cocido de gallina con Claude Monet e Immanuel Kant, durante la misma velada en un suburbio lejano del que había vuelto en tren de cercanías, y que se había visto privada de talonario de cheques durante años por haber distribuido su dinero en la calle. Me creí que mi madre había controlado el sistema informático de su empresa, así como el conjunto de la red de metro, y bailado sobre las mesas de los cafés.
Ya no sé en qué momento capitulé, quizá el día que comprendí cómo la escritura, mi escritura, estaba ligada a ella, a sus ficciones, a esos momentos de delirio en los que la vida se había vuelto tan pesada para ella que había necesitado escapar, en los que su dolor sólo había podido expresarse mediante la fábula.
Entonces pedí a sus hermanos que me hablasen de ella, que me contaran. Los grabé, a ellos y a otros que habían conocido a Lucile y a la familia feliz y devastada que era la nuestra. Almacené horas de palabras digitalizadas en mi ordenador, horas cargadas de recuerdos, de silencios, de lágrimas y suspiros, de risas y confidencias.
Pedí a mi hermana que volviese a sacar de su trastero las cartas, los escritos, los dibujos, busqué, rebusqué, rasqué, desenterré, exhumé. Pasé horas leyendo y releyendo, viendo películas, fotos, volví a hacer las mismas preguntas, y otras nuevas.
Y después, como decenas de autores antes que yo, intenté escribir sobre mi madre.

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