![]() |
Delphine de Vigan
BASADA EN HECHOS REALES
III, 7
A la mañana siguiente, pese a un grandísimo cansancio, un cansancio inhabitual, me senté ante mi mesa para grabar el recuerdo que conservaba de nuestra conversación de la víspera.
Encontré este archivo en mi ordenador, es el último que pude pasar.
ARCHIVO AUDIO DEL 12 DE NOVIEMBRE.
L. ha vuelto a la historia del vecino. Volvió a ello sin que le preguntase nada, como si me debiera esa precisión, como si yo mereciera esa información suplementaria.
Aquello sucedió en la segunda casa, la casa donde vivió después del incendio.
El vecino era el padre del niño del que L. cuidaba en ocasiones después de la escuela. Era amable con ella, su mirada era dulce. Cuando acudía a buscar a su hijo, hablaba unos minutos con ella, en ausencia de su padre. L. se reía con él.
Un día, llamó a media tarde mientras L. estaba sola en casa.
Sin decir una palabra, se pegó a su espalda, de pie, junto a la pared. A continuación deslizó la mano dentro de su pantalón, bajo el elástico de su braga. Después sus dedos —primero uno y luego varios— penetraron en ella y le hicieron daño.
Cuando el vecino sacó la mano, estaba cubierta de sangre.
L. nunca contó nada.
Tengo que recordar los pormenores de este relato, su brutalidad.
Cuando terminé de grabar, me sentí vacía. Un cansancio similar al que experimentaba antes , en la época en que podía pasarme horas escribiendo sin levantar la cabeza y salía tambaleándome, con los músculos paralizados. Sin embargo, no llevaba más que unos veinte minutos en el despacho y me había limitado a formular unos cuantos elementos en voz alta.
El cielo lucía claro, me senté fuera, en el pequeño banco de piedra. Necesitaba luz. Necesitaba sentir el sol en la cara, que ese calor templase poco a poco mi piel. Me quedé allí unos minutos, esperando que el sol disipase el escalofrío interior que me hacía temblar.
Poco después, comimos las dos en la cocina, como de costumbre. Luego me sentí tan débil que fui a tumbarme en mi habitación. Leí y dormité.
Para cenar, L. había preparado una sopa de pescado. Nunca me ha gustado, pero no quise disgustarla porque la había oído trajinar en la cocina y sabía que había pasado en ella parte de la tarde.
Durante la cena, L. se mostró habladora y alegre. Me habló de Ziggy, su amiga imaginaria. Creo que contó otras cosas que he olvidado.
No guardo ningún recuerdo del momento en que volví a mi habitación. Ni del momento en que me acosté. Cuando me desperté, en plena noche, tenía las sábanas empapadas y se me pegaban al cuerpo. Solo llevaba puestas unas bragas, sentía latir mis venas bajo la piel, tenía el pelo mojado y me pareció helado. De pronto, me incliné y vomité.
Quería levantarme para enjuagarme la boca y lavarme la cara, pero era incapaz de aguantarme de pie. Volví a echarme. Pensé en la sopa de pescado y vomité otra vez.
Al parecer L. me había oído. Entró en la habitación y se acercó a mí. Me ayudó a salir de la cama, me sostuvo hasta el cuarto de baño y me sentó en un taburete, mientras ponía el tapón de la bañera y dejaba correr el agua. Mi cuerpo se estremecía sacudido de espasmos, me temblaban todos los miembros. Cuando estuvo llena la bañera, L. me ayudó a incorporarme. La vi examinar con su mirada penetrante mis hombros, mis pechos y mis piernas. Me cogió bajo los brazos para que entrara en el agua y me sostuvo el pie roto a fin de que permaneciese sobre el borde. Envolvió la férula con una toalla para protegerla. Tras cerciorarse de que me mantenía estable, fue a buscar un vaso de agua fresca a la cocina y me lo tendió con dos comprimidos. Me dijo que estaba ardiendo y que había que bajar la fiebre. Me tomé los comprimidos y permanecí en el agua mientras ella se afanaba en cambiarme las sábanas y volvía cada dos minutos para comprobar que todo iba bien.
Sentí que me vencía de nuevo el sueño. Un sueño pesado, irreprimible. Creo que me dormí en la bañera. Cuando abrí los ojos, el agua estaba fría y L. me miraba, sentada en el taburete. Sin decir palabra, fue a buscar una toalla de baño. Me ayudó a salir del agua y volver a la cama. Creo que me puso ella el pijama. Estaba helada.
Por la mañana, sonó mi teléfono. Reconocí el timbre de François. Busqué el móvil junto a la cama pero no lo encontré. L. entró en mi habitación, cogió el móvil, que estaba encima de la mesa, fuera de mi alcance. La oí repetir «diga, diga» varias veces y luego salió al jardín.
Más tarde, me dijo que había hablado con François y le había dicho que yo estaba enferma, que presumiblemente era una intoxicación alimentaria. Él se había alarmado pero ella lo tranquilizó. Le prometió darle noticias mientras yo no pudiera hacerlo personalmente.
A partir de aquel momento, perdí toda noción del tiempo. L. me traía té o leche tibia, a veces caldo. Me sostenía la cabeza para beber. Dejé de vomitar pero se me quedó un gusto metálico en la boca. Entre visita y visita de L. me dormía. Momentos desapacibles contra los que no podía luchar. Me hundía en aquel sueño denso, compacto, casi doloroso. Cuando me despertaba, comprobaba si era de día o de noche, tan pronto sudaba como temblaba, y L. estaba allí casi siempre, inmóvil y pendiente. Me levantaba para ir al baño, al otro lado del pasillo, me pegaba a la pared para avanzar. Ignoraba cuánto tiempo llevaba en ese estado. Una noche, no tuve fuerzas para ponerme en pie. L. se encargó de cambiar las sábanas mojadas.
Pedí a L. que avisara a Louise y a Paul, para que no se preocupasen por no saber nada de mí. Me dijo que ya lo había hecho.
El tiempo se tornó indescifrable.
Aún hoy, ignoro cuánto tiempo duró aquello: ¿dos, cuatro, seis días?
Una noche, me desperté y busqué mi teléfono. Miré por todas partes a mi alrededor, no estaba.
En aquel momento comprendí que se lo había quedado L. y que había tenido tiempo de sobra para escuchar mis archivos. Los había copiado en el ordenador, pero no los había borrado del teléfono.
Me invadió una oleada de terror.
Por supuesto que L. lo sabía.
Por supuesto que lo había entendido.
Pero era demasiado tarde. Demasiado tarde para todo.
No tenía ya fuerzas para explicarle el libro que yo quería escribir, no tenía fuerzas para convencerla ni para disculparme.
Una noche, en un estado de semiinconsciencia, oí el timbre de la puerta de entrada. Alguien había conseguido cruzar el portal y acercarse a la casa. El timbre sonó varias veces, oí los pasos de L. en el pasillo, delante mismo de mi puerta, permaneció allí unos minutos y no abrió.
Tal vez François había avisado a algún amigo o algún vecino. Alguien había empezado a preocuparse. Alguien había ido a ver. Sin duda había mirado por la ventana. Había podido ver señales de nuestra presencia.
A no ser que L. hubiera cerrado los postigos.
Aquella noche, no logré tomarme el caldo que me había traído L. Las náuseas eran tan fuertes que no podía tragar. Al ver que insistía, me eché a llorar, le supliqué, no podía, tenía que creerme, no era mala voluntad. L. se ablandó.
Durante la noche, me sentí menos anquilosada. Cuando me levanté para ir al baño, aproveché para beber. Salía un hilillo de agua del grifo, pegué la boca al caño durante varios minutos.
Me desperté al alba y me levanté antes de que apareciera L. Me aguantaban un poco más las piernas. Me entrené a caminar junto a la cama. A pasitos. Podía apoyar la férula sin que me doliese. Cuando oí acercarse a L., me acosté. La cabeza me daba vueltas. Entró en la habitación con una bandeja. Me la puso delante y permaneció sentada en la cama. Solo me bebí unos sorbos de chocolate caliente pretextando que me daba náuseas. Dije que me dolía la barriga. Percibí un velo de contrariedad en los ojos de L. Le dije que dejara la taza a mi lado, prometí tomarlo en cuanto pudiera.
Al poco, oí hablar a L. por teléfono, aproveché para vaciar el chocolate en el retrete. Conseguí mantenerme despierta una parte de la mañana.
Entonces tuve la certeza de que L. me estaba envenenando.
Durante todo el día, me negué a ingerir nada de lo que me trajo. Fingí estar demasiado débil para incorporarme y dormir toda la tarde. Con los ojos cerrados, buscaba mentalmente una salida. Recordé que François guardaba otro juego de llaves en un cajón de la cocina, entre las cuales encontraría la del portal. Claro que antes había que llegar hasta allí. Pero ¿cómo escaparme sin que me viera? Sin que me alcanzara.
L. se presentó por la noche con otra bandeja. Había preparado un puré de calabaza. Me incorporó para apoyarme en las almohadas. Con un tono entre dulce y amenazador me pidió que hiciera un esfuerzo. Cogió el plato sopero con una mano y con la otra intentó darme de comer.
Con un gesto hábil, preciso, me llevaba la cuchara a la boca como lo haría con una criatura. Entonces observé que volvía a utilizar la mano derecha. Se había acabado la comedia.
No éramos ya dos seres parecidos, de múltiples afinidades, de historias concordantes, no éramos ya dos amigas cuyos gestos respondían a un mismo impulso, se confundían. No. Éramos dos personas diferentes, y una se hallaba a merced de la otra.
Como si me leyera el pensamiento, murmuró:
—He hecho todo lo que he podido para ayudarte. Tú lo has estropeado todo.
Me tomé una o dos cucharadas del puré y dije que no podía más. Dejé de abrir la boca. L. echó una mirada circular en derredor, como si buscase un utensilio que le permitiera separarme los dientes. Estoy segura de que le cruzó por la mente la idea de hundirme la cuchara en la boca. Soltó un suspiro de rabia, cogió el plato y se marchó. Pensé que iba a volver con un postre, o una infusión, pero no volví a verla en toda la tarde.
L. no iba a tolerar mis negativas. Si seguía haciéndolo, buscaría otro modo de debilitarme. Al pensarlo, me recorrió un escalofrío de espanto.
No podía esperar más.
Tenía que lograr salir de la casa.
Tenía que alcanzar el portal.
Una vez en la carretera, pararía al primer coche que pasase.

No hay comentarios:
Publicar un comentario