jueves, 21 de julio de 2016

Casa de citas / Nataly Londoño / Triunfo Arciniegas


De izquierda a derecha: Elmer Mendoza, Esteban Carlos Mejía,
Marco Tulio Aguilera Garramuño, Triunfo Arciniegas (camisa verde) y Octavio Escobar.
Medellín, 2014

Nátaly Londoño
TRIUNFO ARCINIEGAS


La primera vez lo vi de lejos, en la Fiesta del Libro, rodeado de estudiantes de universidad. La segunda lo sorprendí sentado en el piso de una estación cualquiera del metro, a un lado de los torniquetes: inmutable, observador, silencioso, solitario, paralelo. La tercera me lo encontré en Versalles (el restaurante que visitaban Borges, Sabato y Marta Traba, el sitio donde Manuel Mejía Vallejo escribió Aire de tango, y el punto de encuentro de los nadaístas, “esos jóvenes irreverentes que en los años sesenta sacudieron la tranquilidad de Medellín”), comiendo empanada argentina y tomando jugo de mandarina. Nos saludamos aquel día y más tarde nos fuimos a caminar sin rumbo, y durante ese caminar descubrí que Triunfo muy pocas veces habla sobre su obra; que sus amigos son unos cuantos; que en su alma vive un niño; que nunca sale sin cámara fotográfica y que si te descuidás, guarda en su memoria SD mil retratos tuyos. Esas primeras imágenes que tengo de él son las que concibo siempre que intento recordarlo: un tipo que prefiere escuchar a hablar, y que cuando habla es para liberar las historias que tiene amarradas en el corazón.

Nátaly Londoño / Caperucita Roja evanescente, luminosa


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