martes, 25 de enero de 2011

Una muchacha de cabellos verdes


Triunfo Arciniegas
UNA MUCHACHA DE CABELLOS VERDES

Llamaba la atención y no parecía importarle. Como si hubiese nacido con esos cabellos verdes, cortos y lacios, de frágil paje, y no le importara la opinión ajena. No tenía la culpa: nosotros éramos distintos, los raros. Sólo después supe su nombre, Juliana Monterrey, y su procedencia, Santafé de Bogotá. Acababa de llegar donde los Ávila.
    -Árbol altivo –dijo el gordo Medina, el poeta, pero no entendí la frase sin consultar el diccionario.
    Era bellísima.
    Más alta que yo y sin duda mayor.
    -Se quedó mirándote –dijo el gordo Medina-. ¿La conoces?
    La volví a ver en el velorio de la tía Celina. Yo estaba repartiendo chocolate y galletas a todo el que llegaba cuando entró con los primos. Casi derramo las tazas en las piernas de don Augusto Montes, que en ese momento hablaba de la cría de cerdos con María Peralta. Volví a la cocina muerto de la pena y todavía estaría allí si mamá no me hubiese obligado a salir.

     La gente rezaba un rato en la sala, donde estaba la difunta, y se quedaba casi toda la noche en el patio, bajo el manto de las estrellas. No venían a despedir a la tía Celina sino a beber y conversar. Que Dios me perdone estos pensamientos. Mi tía no tuvo amigos. Nunca le conocimos un novio. La reunión parecía una pequeña y discreta fiesta. Algunos reían. Se dice que no hay mejor chiste que un chiste de velorio y es verdad. Presidente batía la cola.
     Les ofrecí chocolate a Juliana y sus acompañantes. Me quedé por ahí hasta que me llamó para devolverme la taza.
     -Eres José Antonio Cáceres.
     Dije que sí.
     Ella prefirió asegurarse:
     -¿El hermano de Michael?
     No dije nada.
     -Qué barbaridad, cómo se parecen.
     Nos parecíamos, pero Miguel era campeón de billar, más alto, atrevido y mujeriego.
     -Avísame cuando llegue.
    Fui a la cocina con unas urgentes ganas de llorar.
    Presidente me lamió la cara.
    -Querías mucho a la tía Celina –dijo mamá.
    -Era mi adoración –dije, y lloré con ganas.
    Mamá repartió aguardiente toda la noche. Ordenó que prepararan más chocolate. Hice de tripas corazón y repartí tazas hasta que me dolieron las piernas. Miguel llegó después de medianoche y nos dio una mano. Juliana ya se había marchado con los primos.
    -Esa muchacha te va a arrastrar por la calle de la amargura –dijo el gordo Medina.
    Volví a verla en el cementerio. La vi despedirse de Miguel con besito en la mejilla. No me reconoció.
    No la vi en tres días.
    Miguel no la mencionó una sola vez.
    La vi en bicicleta, desde el otro lado de la calle, y envidié el viento que jugueteaba con la hierba de sus cabellos. Presidente ladró y Juliana nos hizo adiós con la mano.
    Escribí más de quinientas veces su altivo nombre en un cuaderno: Juliana Monterrey. Imaginé que era el Secretario Mayor de su reino, su hombre de confianza, el consejero.
    Nos cruzamos en el parque. Apareció de pronto, de la nada, y me entregó una carta.
    -Para Michael –precisó.
    Quise volverla pedacitos. Luego me vi confesándole la verdad. “Eres un canalla”, imaginé que me decía. Le entregué la carta a Miguel y luego consulté en el diccionario el significado de canalla.
    -Ah, las mujeres –dijo Miguel-. A veces son tan locas.
    Le pregunté por Juliana dos o tres días después.
    -Me espera esta noche en el cementerio.
    -¿Vas a ir?
    -Qué remedio -dijo Miguel-. Es luna llena.
    Me recordó que debía tapar el sábado. Como el portero titular de Los Grillos se había lesionado la rodilla, no tenían otro remedio que acudir a mí. No era bueno para patear una pelota, debía conformarme con atajar los goles.
    En el estadio, prefería atrapar avispas al vuelo. Las atontaba de un golpe, les arrancaba el aguijón protegiéndome con un pañuelo y les ataba un hilo para hacerlas volar como cometas a mi alrededor.
    No lo hice muy bien el sábado: Los Pericos me marcaron tres goles. Juliana gritó como una loca: “Michael, Michael”. Perdimos, por supuesto. Juliana le arrojó besos a mi adorado hermano todo el tiempo. Marcador final: tres, dos. Miguel, de todos modos, salió victorioso: hizo los dos goles nuestros y Juliana se derritió en sus brazos. Lo miramos con furia asesina. Era el único de Los Grillos que festejaba y recibía semejante tanda de besos. Nos invitó a beber limonada. Preferí volver a casa.
    A Miguel sólo podía vencerlo en el campo de ajedrez, aunque inventaba miles de excusas para suspender la partida cuando se veía perdido. No creo que Juliana tuviese la paciencia de sentarse a vernos pensar. Además, el famoso Michael y yo sólo jugábamos en casa y no en un estadio, en medio de gritos y besos.
    Encontré a mamá alistando la maleta. Me pidió que la acompañara a Sacramento porque necesitaba vender la vieja casa de la tía Celina. Dejamos solo a Miguel por casi una interminable semana. No le pregunté por Juliana al regresar, pero encontré cabellos verdes en su almohada. Tuve ganas de comerme las hojas donde había escrito su nombre. Soñé que era un caballo con cuello de jirafa y me comía con ansia las hojas de los árboles. Lloré hasta dormido. La almohada amaneció mojada.
    -Ah, las mujeres –dijo Miguel-. A veces son tan aburridas.
    Esa noche lo vi con Cristina Iglesias, una vulgar pelinegra que se reía por todo. También vi a Juliana. Parecía feliz con otro amigo. “Tu hermano es una porquería”, dijo al pasar a mi lado. Dos días después me sorprendió con otra carta y los ojos llorosos de reina destronada. Inclinó la cabeza para sonarse, exponiendo las raíces oscuras de sus cabellos. No me importó. Quise decirle que sería su rey, su cómplice, su súbdito, lo que fuera, en la dicha y en la desdicha, en la enfermedad y la pobreza, con tal de disfrutar de su presencia, pero no me atreví. La amaba y el dolor de amarla era insoportable.
    Algo leyó en mis ojos porque dijo:
    -Eres mejor que él.
    Le llevé la carta a Miguel, pero se negó a recibirla.
    -¿Qué hago entonces?
    -Lo que tú quieras, hermanito. La dejas por ahí o la devuelves.
    Decidí devolverla.
    -Acaba de irse –me dijeron los Ávila.
    Corrí a la estación.
    Juliana abordaba el bus con su equipaje a la espalda, cuando la alcancé.
    Su rostro se encendió al verme.
    -¿Qué dijo?
    El rostro se apagó cuando le entregué la carta sin abrir.
    -Ven a verme -dijo.
    Abordó el bus sin precisar el lugar y la fecha.
    No era más que una frase de cortesía.
    Volví a casa, observando que el mundo era verde, ancho y ajeno: la hierba, las montañas, los terrenos baldíos, los ojos de la niña rubia que comía un helado frente al Teatro Andrómeda. Entré a casa, atravesado por una flecha verde, le pedí a mamá unas monedas y corrí hasta el teatro. La niña aún no terminaba su helado.
    -¿Eres José Antonio?



Bogotá, 2003