miércoles, 27 de mayo de 2020

Casa de citas / Lily King / Los niños kirakira

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Lily King
LOS NIÑOS DE KIRAKIRA
    
    En Los niños de Kirakira describía a un público occidental el modo en que una tribu de Makira, una de las Islas Salomón, criaba a sus hijos. En el último capítulo comparaba brevemente la educación de los hijos entre los kirakira y los estadounidenses. El manuscrito no lo presentó a una editorial universitaria, sino a William Morrow, donde lo aceptaron de inmediato. El señor Morrow le sugirió que ampliara aquellas comparaciones en un par de capítulos al final. Ella lo hizo con mucho gusto, puesto que aquello era lo que más le interesaba, aunque incluía un elemento de opinión que nunca antes había tenido lugar en las publicaciones etnográficas. Tal como descubrió tras su publicación, los americanos nunca habían considerado la posibilidad de que hubiera otro modo de criar a los niños. Se quedaron estupefactos al saber que los niños kirakira remaban solos en botes a los tres años de edad, que aún mamaban a los cinco y sí, que desaparecían por el bosque o por la playa con algún amante de uno u otro sexo a los trece años de edad. Su investigación había resultado quizá demasiado gráfica para el lector general, y su teoría de que la adolescencia no tenía por qué estar tan llena de miserias y rebeldía como en Estados Unidos quedó eclipsada por el clamor generalizado. A Fen le gustaba que el libro hubiera producido tantos ingresos, pero él había planeado que fuera su nombre el que se hiciera famoso, no el de ella, pese a que hasta el momento no había escrito nada más que una corta monografía sobre sus dobu.


Lily King
Euforia, capítulo 10
Ediciones Malpaso, 2016

Casa de citas / Lily King / Cuando era pequeña

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Lily King
CUANDO ERA PEQUEÑA
    Cuando era pequeña, de noche en la cama, mientras las otras niñas soñaban con ponis o patines, ella soñaba con que una banda de zíngaros trepara por su ventana y se la llevara para enseñarle su idioma y sus costumbres. Se imaginaba a sí misma al cabo de unos meses, al volver a su casa, tras los abrazos y las lágrimas, hablándoles de ellos a su familia. Tendría anécdotas para días y días. La parte más agradable de la fantasía era siempre la vuelta a casa para relatar lo que había visto. En su mente albergaba siempre la convicción de que en algún lugar de la Tierra había un modo mejor de vivir, y que ella lo encontraría.


Lily King
Euforia, capítulo 10
Ediciones Malpaso, 2016

martes, 26 de mayo de 2020

Casa de citas / Woody Allen / Cenizas

Woody Allen
Foto de Jane Bown
Ilustración de T.A.

Woody Allen
CENIZAS
Pero, ¿y si la oportunidad de jugar a mis propias cartas no llega nunca? ¿Y si desaparezco antes de que pueda recoger las ganancias? Bueno, siendo una persona que jamás estuvo interesada en dejar un legado, ¿qué puedo decir? Tengo ochenta y cuatro años. A mi edad, estoy jugando con dinero de la banca. No creo en el más allá y no veo qué importancia pueda tener que la gente me recuerde como un cineasta o como un pedófilo o que no me recuerde en absoluto. Lo único que pido es que esparzan mis cenizas cerca de una farmacia.

 Woody Allen
A propósito de nada




Casa de citas / Woody Allen / He sido muy afortunado

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Woody Allen
Woody Allen
HE SIDO AFORTUNADO


He sido muy afortunado en que casi todos los que he idolatrado parecen disfrutar lo que hice: Groucho, Perelman, Ingmar (Bergman), Tennessee Williams, (Arthur) Miller, Kazan, Truffaut, Fellini, García Márquez, Wislawa Szymborska, por nombrar algunos. A menos que sea una especie de broma en la que todos están metidos.

 Woody Allen
A propósito de nada







Casa de citas / Woody Allen / Annie Hall

When Woody Allen's 'Annie Hall' premiered - The Washington Post
Woody Allen y Diane Keaton
Annie Hall

Woody Allen

ANNIE HALL

La primera escena que rodamos juntos, en el día uno de Dos extraños amantes (Annie Hall), fue la escena de la langosta. Diane Keaton, como siempre, estaba llena de brillo. Para aquel entonces Tony Roberts y yo nos habíamos hecho muy buenos amigos y los tres nos divertimos mucho haciendo la película. La terminé a tiempo con mucha confianza, lo cual sólo podía significar que estábamos en problemas. Terminamos el montaje rápidamente y cuando Marshall vio la película que había coescrito la encontró incoherente. El concepto central de que la historia fuera una suerte de “corriente de conciencia” no había funcionado y lo único que sí funcionaba era mi relación con Keaton. Armamos un nuevo montaje. Volví a filmar. Volvimos a editar. Volví a filmar. Teníamos media docena de finales diferentes y eventualmente elegimos el que puede verse en la película. Le pusimos de título “Anhedonia”, que es un síntoma psicológico en el cual uno no puede experimentar placer. A la gente de United Artists, que amaba la película, no le gustaba el título. Elegimos “Sweethearts”, aunque luego nos dimos cuenta de que no podíamos utilizarlo porque ya existía un film con ese título. Marshall sugirió, de manera sardónica, optar por “Doctor Shenanigans”. Me reí; United Artists entró en pánico, temiendo que fuera en serio. Jugamos con la posibilidad de “Alvy y Annie”, pero finalmente opté por Annie Hall, usando el nombre de nacimiento de Keaton. La película se estrenó y rápidamente se transformó en la favorita de todo el mundo. La gente estaba enamorada de ella. Como buen viejo cínico que soy, eso hizo que de inmediato comenzara a sospechar de su calidad. Fue nominada a varios premios Oscar. La noche de la ceremonia estaba tocando jazz en Nueva York. Recuerdo estar tocando “Jackass Blues”, una melodía que hizo famosa King Olivier. Usé ese gig como una excusa, pero no hubiera ido de todas maneras, aunque hubiera estado libre. No me gusta la idea de entregar premios a las cosas artísticas. No son creadas con el propósito de competir; están hechas para satisfacer una comezón artística y, en el mejor de los casos, entretener. No me interesan los pronunciamientos de un grupo respecto de cuál es la mejor película del año o el mejor libro o el jugador más valioso. (…) Esa noche de Oscars toqué el mejor blues que pude, me fui a casa a dormir y a la mañana siguiente, en la primera página del Times, leí que habíamos ganado cuatro premios, incluido el de Mejor Película. Mi reacción fue similar a cuando me enteré del asesinato de JFK. Pensé en ello por un minuto, terminé mi bol de Cheerios, fui hacia la máquina de escribir y me puse a trabajar.

Woody Allen
A propósito de nada



lunes, 25 de mayo de 2020

Casa de citas / Lily King / Bebés muertos

Margaret Mead en Samoa

Lily King
BEBÉS MUERTOS


    Soñaba con bebés muertos, lo escribió en su libro de tela de corteza. Con bebés en llamas. Con bebés atrapados en redes en los árboles. Con bebés cubiertos de hormigas. Se quedaba tendida en la cama y contaba el número de bebés muertos que había visto en los últimos dos años. El niño anapa había sido el primero, arrancado del vientre de su madre muerta con un cuchillo para que su espíritu no les persiguiera. La niña minalana, de apenas un año, por una picadura de viuda negra. En el caso de los bebés, los mumbanyo no solían hacer ninguna ceremonia funeraria: te los encontrabas medio enterrados o atrapados entre los juncos del río; cualquier bebé que supusiera una molestia o que se sospechara que era de otro hombre. Un hombre podía evitar el tabú que impedía el coito durante los seis meses posteriores al parto eliminando al niño. Llevaba cinco con los anapa, diecisiete con los mumbanyo y ahora el de Sali. Veintitrés bebés muertos. Veinticuatro si contaba el suyo, apenas un grumo oscuro envuelto en una hoja de plátano y enterrado bajo un árbol que no volvería a ver nunca más.

Lily King
Euforia, capítulo 10
Ediciones Malpaso, 2016

Casa de citas / Lily King / Diario


Margaret Mead en Samoa

Lily King
DIARIO


12 de febrero
Esta mañana, gran conmoción en el agua. Los barcos de las mujeres, que habían zarpado pacíficamente poco antes, han regresado a toda prisa, entre gritos y chapoteos y, cuando he llegado a la playa, he visto que todos esos gritos procedían de una mujer, Sali, que gemía con fuerza y chillaba con estridencia, y luego soltó un grito descarnado como el de un puma con una flecha clavada en el costado. Bajó de la canoa como pudo, llegó a la arena y se agachó para tener a su bebé. Unas cuantas ancianas extendieron unas telas de corteza por debajo. Todas empezaron a cantar para llamar al niño. Yo suponía que se impondrían los tabúes y no me dejarían quedarme, pero nadie me echó, ni a mí ni a nadie, ni siquiera a los pocos hombres que se habían reunido tras nosotras, bajo los árboles. Vi a Wanji entre ellos y lo envié a la casa en busca de agua hirviendo y toallas. Me coloqué junto a Malun.
    Ayudé en el parto. Vi la cabeza del bebé que salía y se retiraba, salía y se retiraba como una luna cambiando de fase a toda prisa, y de pronto asomó a través de los labios de un rojo intenso, mientras Sali soltaba un aullido de dolor. Luego se quedó tan callada que pensé que había muerto, pero al poco volvió a gritar y apareció un hombro, un bultito diminuto comparado con la enorme cabeza, y con la siguiente oleada de dolor tiré de aquel pequeño hombro y salió el otro, seguido de la barriga y las piernas, pequeñas y regordetas, y ahí estaba: un niño, como traído por la marea. Malun y su hermana se reían de mis lágrimas, pero yo estaba sobrecogida por la llegada de una nueva vida y recordaba las piernas gordas de mi hermana Katie y me invadió una esperanza egoísta y salvaje de que, ahora que mi cuerpo había visto la simplicidad del acto, pudiera afrontarlo algún día. Malun rompió el cordón con los dientes y fijó el resto con un junco. Aparecieron muchas manos que frotaban al bebé para arrancarle la capa blanca que lo cubría, y me pregunté si sería aquél el origen del mito del Rey de Australia de los mumbanyo, que dice que el primer hombre aparece saliendo de la piel blanca que lo envuelve. Por fin llegó Wanji con el agua hervida y las toallas, pero ya no las necesitábamos. Subimos por la playa y Kolun, el marido de Sali, se adelantó para coger a su hijo sin dudarlo. El bebé se acurrucó como un gatito en el hueco junto a su cuello. Unos cuantos hombres tenían sus flautas y tocaron una melodía informe. Sali se puso en pie sin ayuda y se puso a charlar con sus dos hermanas y su prima. Ojalá hubiera podido entender lo que decía, pero era demasiado rápido, demasiado íntimo.

16 de febrero
El bebé de Sali ha muerto. No mamaba.

17 de febrero
Fen está insufrible. Ha abofeteado a Wanji por coger unas cuantas gomas elásticas sin pedirlas y ahora el chico está llorando desconsoladamente, Fen gritando y el niño de Sali sigue muerto.

Lily King
Euforia, capítulo 9
Ediciones Malpaso, 2016

Lily King / Helen

Ruth Benedict (Helen), amante de Margaret Mead (Nell Stone)

Lily King

HELEN


Sueños pesados sobre Helen en Marsella. Hace ya más de tres años, pero aún sigo atascada en aquel momento, yendo y viniendo entre los dos hoteles, intentando dividirme en dos. H. con su sombrero azul en el muelle, sus labios temblorosos: «He dejado a Stanley», las primeras palabras que me dijo, y luego Fen que no nos dio el tiempo que me había prometido, situándose justo detrás de mí para no dejar dudas, ni espacio para una explicación. Unos días asquerosos. Asquerosos. Y sin embargo regreso a ellos como una adicta al opio.
    Pretendo demasiado. Siempre he pretendido demasiado.
    Y mientras tanto soy consciente de una desesperanza mayor, como si Helen y yo fuéramos el vehículo para la desesperanza de todas las mujeres y también de muchos hombres. ¿Quiénes somos y adónde vamos? ¿Por qué estamos tan limitados, pese a todos nuestros «progresos», para la comprensión, la compasión y la capacidad de darnos una libertad real unos a otros? ¿Por qué, con todo lo que hablamos del individuo, nos sigue cegando tanto la necesidad de adaptarnos a la mayoría? Charlotte me escribió contándome que se están extendiendo los rumores sobre Howard y Paul, y que Howard podría perder su puesto en Yale. Y su sobrino, que estaba doctorándose en Wisconsin, ha sido declarado demente y enviado a un sanatorio estatal al descubrirse que era un cabecilla del Partido Comunista local. Creo que, por encima de todo lo demás, lo que busco con mi trabajo, en estos lugares tan remotos, es la libertad, encontrar un grupo de personas que les den a los demás el espacio necesario para ser lo que quieran ser. Y quizá nunca lo encuentre todo en una cultura, pero puede que encuentre fragmentos en diversas culturas, tal vez pueda ponerlos juntos como un mosaico y revelarlo al mundo. Pero el mundo está sordo. El mundo —en realidad quiero decir Occidente— no tiene ningún interés en cambiar o en mejorar, y cuando me vengo abajo me da la impresión de que mi papel consiste simplemente en documentar estas culturas extrañas lo antes posible, antes de que la minería y la agricultura occidentales las aniquilen. Y entonces temo que la conciencia de su inminente ruina altere mis observaciones, que lo impregne todo de una triste nostalgia.
    Ese estado de ánimo es glacial, y arrastra todo a su paso: mi matrimonio, mi trabajo, el destino del mundo, Helen, el dolor por un niño, incluso a Bankson, un hombre al que traté cuatro días y que probablemente no vuelva a ver. Todas esas fuerzas tiran de mí y se anulan unas a otras como en una ecuación algebraica que soy incapaz de resolver.

Lily King
Euforia, capítulo 9
Ediciones Malpaso, 2016



domingo, 24 de mayo de 2020

Casa de citas / Lily King / Cartas y amores

Peacock Feather Heart Art Print – River Luna

Lily King
CARTAS Y AMORES

Acabo de repasar el correo. Cartas exuberantes y deliciosas de Mary G. y Charlotte. Cartas superficiales de Edward, Claudia y Peter. Boas me ha hecho reír al decirme que ahora los misioneros acuden en tropel a las Islas Salomón a convertir las almas descarriadas de los nativos. Me siento aturdida. La investigación sobre el bebé de Lindbergh y la criada que ingiere abrillantador para la plata, Hoover desalojando a los militares que se manifiestan, Gandhi de nuevo con su huelga de hambre. Y luego todo el asunto del libro. Si estuviera casada con un banquero, ¿podría disfrutar más de este éxito? ¿Podría enseñarle la carta del director de la Asociación Antropológica Nacional o la invitación de Berkeley? Estoy tan acostumbrada a que Fen le quite importancia a mi éxito que se me está pegando, hasta el punto de que, en cuanto me concedo unos minutos de placer privado, enseguida me reprimo yo misma. Pero entonces me sorprende, saca una carta de sir James Frazer y dice: «Felicidades, Nellie. Ésta tenemos que enmarcarla».
    Cincuenta y tres cartas de lectores. Fen leyó alguna de ellas impostando la voz: «Querida señora Stone, me parece una gran ironía que pretenda “liberar” a nuestros niños con sus descripciones gráficas de conductas cuya simple lectura los condenará al fuego eterno del infierno». La expresión de Fen al pronunciar «fuego eterno» me hacía llorar de la risa. Me ha recordado a la señora Merne, en el barco, la que chasqueaba la lengua ante nuestra conducta durante toda la travesía del océano Índico, hasta que por fin bajó en Adén. Nos va bien cuando relacionamos cualquier cosa con el barco. ¿Será así siempre con los hombres, será ese primer estallido amoroso, o el sexo, lo que nos une? ¿Habrá que volver siempre a esas primeras semanas, cuando sólo con su forma de caminar por la habitación te daban ganas de quitarte toda la ropa? Qué diferente era con Helen. El deseo nacía de otra cosa, al menos para mí. ¿De un lugar más profundo? No lo sé. Lo que sí sé es que puedo pasarme despierta toda la noche, y que me siento como si alguien me estuviera abriendo el vientre en dos del horrible dolor que padezco por haberla perdido. Y estoy furiosa por que me hicieran escoger, por que tanto Fen como Helen necesitaran que escogiera, que me convirtiera en objeto de su propiedad exclusiva, cuando yo no quería una propiedad exclusiva. Me encantó aquel poema de Amy Lowell la primera vez que lo leí, cuando decía que su amante era al principio como el vino tinto y luego se convertía en pan. Pero eso a mí no me ha ocurrido. Mis amores para mí siguen siendo vino, y sin embargo yo enseguida me convierto en pan para ellos. Fue injusto, que tuviera que decidirme por uno o por la otra en Marsella. Quizá tomara la opción convencional, lo más fácil para mi trabajo, mi reputación y, por supuesto, para tener un niño. Un niño que no llega. Falsa alarma este mes.

Lily King
Euforia, capítulo 9
Ediciones Malpaso, 2016

Casa de citas / Lily King / Conchas




Lily King
CONCHAS     
Hoy por fin he entendido una de sus bromas. Estaba observando cómo tejían las mosquiteras en la segunda casa de las mujeres. Me he sentado junto a una mujer llamada Tadi y le he preguntado qué haría con las conchas que había ganado, y ella me ha contestado que su marido las usaría para comprarse otra esposa. «No puedo tejer este saco de mosquitera lo suficientemente rápido», me dijo. Todas nos caímos al suelo de la risa.  
Lily King
Euforia, capítulo 9
Ediciones Malpaso, 2016

Casa de citas / Lily King / Profesor de lengua




Lily King
PROFESOR DE LENGUA 
   

    He encontrado un profesor de lengua: Karu. Sabe algo de pidgin porque pasó la infancia cerca del puesto de patrulla de Ambunti. Gracias a él mi vocabulario ha superado las mil palabras y me pongo a prueba cada mañana y cada noche, aunque en el fondo desearía pasar más tiempo sin saber el idioma. Sin él, hay mucho más espacio para la observación prudente en ambos sentidos. Hoy mi nueva amiga Malun me ha llevado a una casa de mujeres donde estaban tejiendo y reparando redes de pesca y nos hemos sentado con su hija Sali, que está embarazada, la tía paterna de Sali y las cuatro hijas adultas de la tía. Estoy aprendiendo el ritmo entrecortado de su habla, el sonido de su risa, su modo de inclinar la cabeza. Percibo las relaciones, las afinidades y antipatías entre las presentes de un modo que no sería posible si supiera el idioma. Hasta que no dispones del lenguaje no te das cuenta de cuánto interfiere con la comunicación, de cómo se mete por medio, como un sentido dominante. Cuando no entiendes las palabras tienes que prestar mucha más atención a todo lo demás. Cuando llega la comprensión, se pierden muchas otras cosas. Confías en las palabras, y las palabras no siempre son lo más fiable.
    
Lily King
Euforia, capítulo 7
Ediciones Malpaso, 2016

Casa de citas / Lily King / Con tu hombre en la jungla





Lily King
CON TU HOMBRE EN LA JUNGLA


   Esta tarde Fen ha traído a casa tres chicos: uno como camarero, uno como cazador y otro como cocinero. Los ha escogido entre los que ayudaban a construir la casa, pero el cazador me parece demasiado endeble como para que nos pueda traer algo que no sea un pato o una musaraña, y el camarero, Wanji, se ha atado un trapo a la cabeza, ha salido corriendo para enseñárselo a sus amigos y no ha vuelto. Pero el cocinero ha visto los ñames y el pescado y se ha puesto manos a la obra sin decir una palabra. Se llama Bani y es serio y callado, por lo que creo que no encaja muy bien aquí, entre estos hombres tan parlanchines. Si fuera un poco mayor sería un buen informador, pero no creo que tenga más de catorce años. Fen y yo no hemos tenido nuestra habitual disputa por los informadores. Hoy, a la hora del almuerzo, le he dicho que podía ser el primero en elegir. Él ha dicho que daba igual a quién eligiera porque al final querría justo a la persona que hubiera elegido yo. Así que le he dicho que podía escoger, que luego elegiría yo y luego podía escoger de nuevo. Nos hemos reído. Le he dicho que mi próximo libro se titulará Cómo manejar a tu hombre en la jungla.

Lily King
Euforia, capítulo 7
Ediciones Malpaso, 2016

Casa de citas / Lily King / Conversando con Nell Stone



Lily King
CONVERSANDO CON NELL STONE

    Ya estábamos a cuatro horas de Nengai, y el sol se estaba poniendo a toda prisa, como se pone cerca del ecuador. Ni siquiera habíamos bajado aún de la barca. Conocía una tribu más, los wokup, y ahí acababa mi familiaridad con el río en aquella dirección. Los wokup tenían playa, casas altas y arte de calidad.
    Cuando llegamos, dirigí la barca directamente hacia el centro de la playa, decidido a no parar ante cualquier objeción que pudieran idear. Aunque tenía la atención puesta en la orilla, más allá de Nell, noté que imitaba el gesto de contrariedad de mi rostro. Pero me parecía que se había mostrado muy quisquillosa con las otras tribus, y no le encontraba la gracia.
    No vino nadie a recibirnos al oír el motor. Entonces oí una llamada, no un tambor, y observamos algún movimiento rápido, oímos el gemido de un niño, y luego nada.
    Yo había tenido contacto con algunos wokup. No eran ajenos a los blancos; a estas alturas, ya ningún habitante del río lo era. En la mayoría de las tribus corrían historias de algún nativo metido en la cárcel o camelado por los reclutadores de mano de obra («cazadores de mirlos», como se los llamaba entonces) para las minas. Subí la canoa a la orilla y nos sentamos en ella, esperando, para no causar más agitación. Se oyó una segunda llamada y un minuto más tarde vinieron tres hombres a recibirnos. No les veía la espalda, pero las escaras de los brazos, en forma de mechones de cabello o rayos del sol, eran más largas que las de los kiona, que imitaban la piel del cocodrilo. Salvo por unos cuantos brazaletes, iban desnudos. Se posicionaron en la arena. Aunque nunca lo hubieran visto de primera mano, sabían que los blancos tenían poderes —hojas de acero, rifles, pistolas, dinamita— que ellos no poseían. Sabían que ese poder podía activarse de pronto, sin previo aviso. «Pero no tenemos miedo», decían con su postura: las piernas abiertas, la espalda arqueada y la mirada dura.
    El del centro me reconoció de haber comerciado en Timbunke y me habló con frases sueltas en kiona. Por lo que pude entender, el poblado esperaba un ataque de una tribu del pantano. Éstas, débiles y empobrecidas, ocupaban un lugar bajo en la jerarquía del Sepik, pero eran impredecibles. Les expliqué que mis amigos estaban interesados en vivir con ellos y comprender su modo de vida, que tenían muchos regalos para darles, pero él me hizo callar con un gesto de la mano antes de que pudiera acabar. Era un mal momento, dijo una y otra vez. Por el ataque que esperaban, y por algo más que no conseguí entender. Mal momento. Si queríamos podíamos pasar la noche (no podía garantizar que el camino de vuelta a oscuras fuera seguro si sus enemigos ya estaban de camino), pero por la mañana tendríamos que irnos.
    —No sé hasta qué punto es cierto todo eso —les dije a Nell y a Fen después de traducir todo lo que había dicho el jefe—. Quizá esté esperando algún incentivo.
    —Dile que podemos proporcionarles sal para diez años y cerillas para toda la tribu —dijo Fen.
    —No podemos mentir.
    —Aún tenemos un montón de cosas en Port Moresby.
    Pedir confirmación a Nell habría sido un insulto para él, pero me parecía imposible que después de un año y medio todavía tuvieran tanto que ofrecer.
    —Vamos bien provistos —dijo ella.
    Me dispuse a comunicárselo al jefe, pero él levantó la mano antes de que pudiera acabar, ofendido. Me explicó que no les faltaba de nada y que no necesitaban nada nuestro, pero que por nuestra seguridad y por la seguridad de su pueblo nos dejaría pasar la noche.
    Seguimos a los tres wokup hasta el centro del pueblo. Mandaron a un niño a que subiera por una escalera a una casa y al cabo de unos minutos bajaron una madre y cinco niños. Sin mirarnos, se dirigieron a una casa tres puertas más allá. Una vez dentro los niños lloriquearon un poco. Los adultos les hicieron callar, malhumorados.
    El jefe nos indicó que subiéramos. Primero subió Fen con nuestra bolsa, y luego bajó a ayudarme con el motor. Era una casa pequeña. Sospeché que debía de ser de la segunda o tercera esposa del jefe, cuya casa, al lado, era mucho más grande. Lo vimos subir por su escalera y desaparecer.
    Dentro, la oscuridad era prácticamente total. Todas las aberturas estaban cubiertas con tela de corteza teñida de negro. El poblado estaba en silencio. Casi podíamos oír el sudor saliéndonos por los poros.
    —Caray. También podrían habernos ofrecido algo de comer —se lamentó Fen.
    Nell le hizo callar.
    Rebuscó en el petate. Pensaba que iba a sacar alguna lata guardada, pero sacó un revólver. Sentí que la sangre se me agitaba en las venas, presionándolas.
    —Guarda eso, Fen —dijo Nell—. No lo necesitaremos.
    —Parece que van en serio. ¿Has visto todas esas lanzas?
    Nell no respondió.
    —Las lanzas apoyadas en la casa al otro lado de la del jefe. ¿No las habéis visto? —insistió, bastante excitado—. Afiladas, quizá envenenadas.
    —Fen, déjalo —respondió ella, muy seria.
    Él volvió a meter la pistola en la bolsa.
    —No se andan con tonterías.
    Se acercó a la entrada rápidamente, agachando la cabeza, y miró hacia los lados por una grieta en la tela de corteza.
    —Creo que deberíamos hacer turnos para dormir, Bankson.
    En cualquier caso tampoco íbamos a dormir mucho. En la casa no entraba la brisa y había un montón de bichos. Comimos de nuestras provisiones, jugamos unas manos de bridge a la luz de una vela y luego nos repartimos las camas. Los wokup dormían en hamacas cubiertas, no en sacos como los kiona o en esteras como los baining. Yo cogí la de la esquina más alejada. Daba la impresión de que me iba a faltar medio metro de hamaca, así que le dije a Fen que haría la primera guardia. Él me señaló el lugar donde estaba la pistola, pero yo la dejé en el petate.
    Levanté un poco la tela de corteza y me senté en el umbral, apoyándome en un travesaño. Sobre el río se extendía una niebla rasgada en algunos puntos. A mis espaldas, Nell y Fen intentaban acomodarse en sus hamacas.
    —Es como dormir metido en una bolsita de té —oí que decía él.
    Nell se rio y dijo algo que no oí pero que a él le hizo reír. Era la primera vez que me sentía a solas con ellos y aquello me cayó como un mazazo. Estaban allí, pero eran el uno del otro, volverían a irse y me dejarían solo otra vez.
    En el exterior los sonidos de la jungla sonaban cada vez más fuerte. Los animales croaban, reptaban, chillaban, gemían, gruñían, chapoteaban. Murmuraban, repiqueteaban, zumbaban. Daba la impresión de que todas las criaturas se habían puesto en movimiento. En mis peores noches en Nengai me las había imaginado acercándose lentamente, acechándome.
    Intenté pensar en el futuro inmediato, el día siguiente, y no en el enorme período de tiempo que se extendía peligrosamente tras aquello. Tendría que llevarlos al lago Tam. Otras tres horas río arriba, a siete horas de donde estaba yo. Mis visitas, si los visitaba, tendrían que ser planificadas, y sin duda menos frecuentes. Tendría que quedarme a pasar la noche, alterar su rutina. Me avergonzaba sentirme tan necesitado de estar con dos personas que eran prácticamente extraños, y allí sentado, en la oscuridad, intenté concentrarme en el trabajo, aunque daba la impresión de que aquélla era precisamente la vía más rápida de recuperar mis pensamientos suicidas. No obstante, horas antes había tenido otra conversación con Nell sobre el Wai, y mientras hablábamos se me ocurrió que quizá aquella ceremonia me serviría para contar la historia de los kiona. Tenía cientos de páginas de notas, pero no por ello estaba más cerca de entenderla bien. La ceremonia del Wai se ejecutaba ya con menos frecuencia, no como reconocimiento de un asesinato sino en honor del logro de algún joven: su primera captura pescando, su primer jabalí cazado con lanza, la construcción de su primera canoa... Sin embargo, en los últimos dos años me habían pasado por alto muchas primeras ocasiones, y aunque siempre me prometían que podría asistir a otro Wai muy pronto, no parecía que llegara nunca el momento.
    Cerré los ojos y recordé la ceremonia tal como la había presenciado. Había sido durante mi primer mes allí y yo estaba sentado con las mujeres (en las reuniones multitudinarias solían ponerme con las mujeres, los niños y los enfermos mentales). A mi izquierda estaba Tupani—Kwo, una de las mujeres más ancianas del poblado. Conseguí hacerle unas cuantas preguntas, pero muchas de las respuestas no las entendí. Fue algo caótico. El padre y los tíos del chico homenajeado salieron primero, con camisas sucias hechas jirones y unas cuerdas alrededor del vientre, como las que llevaban las embarazadas. Avanzaron renqueando, como si estuvieran enfermos o moribundos. A continuación aparecieron las mujeres, con tocados de hombre y collares hechos de ornamentos homicidas y grandes calabazas a modo de pene atadas sobre el pubis. Llevaban los estuches de cal de los hombres y metían y sacaban los aplicadores de cal, unos palos con muescas hechos de hueso tallado, para hacer ruido y para mostrar las borlas que colgaban del extremo, cada una en representación de un asesinato anterior. Las mujeres caminaban tiesas y orgullosas, seguramente disfrutando de su papel. El chico y algunos de sus amigos se les acercaron corriendo con grandes bastones en las manos y las mujeres dejaron en el suelo los estuches de cal, cogieron los palos y golpearon a los hombres hasta que éstos salieron corriendo.
    Me arrastré silenciosamente hacia el interior de la casa y cogí mi cuaderno de notas y mi vela de citronela. Fen y Nell eran dos ovillos oscuros colgados en sus hamacas. Volví a mi sitio en la entrada y escribí sobre mi última conversación con Tupani—Kwo. Me sorprendieron mis propias energías. Las ideas me venían rápidas y las atrapaba al vuelo; sólo me detuve una vez para afilar mi lápiz con un cortaplumas. Pensé en la euforia de Nell y casi me reí. Aquella pequeña avalancha de palabras era lo más cerca que había estado de algún tipo de entusiasmo en mi trabajo de campo.
    A mis espaldas oí el crujido de las rígidas fibras de una hamaca. Nell se acercó y se sentó a mi lado, apoyando los pies desnudos en el último peldaño de la escalera. Sí, conservaba los diez dedos de los pies.
    —No puedo dormir si alguien está trabajando —dijo.
    —Ya está —dije yo cerrando el cuaderno.
    —No, por favor, sigue. También es relajante.
    —Esperaba encontrar más palabras. Pero no creo que me vengan.
    Se rio.
    —¿Qué es lo que te divierte tanto?
    —Sigues recordándome cosas —dijo ella.
    —Cuéntame.
    —Es una historia que mi padre suele contar. Yo no recuerdo que ocurriera. Dice que cuando yo tenía tres o cuatro años me dio una gran pataleta y me encerré en el armario de mi madre. Le rompí los vestidos y la emprendí a patadas con sus zapatos, haciendo un ruido terrible. Luego se hizo un largo silencio. «Nellie —dijo mi madre—. ¿Estás bien?» Y según parece yo dije: «He escupido en tus vestidos, he escupido en tus sombreros y estoy esperando a que me venga más saliva para seguir escupiendo».
    Me reí. Me la imaginaba con la cara redonda, congestionada, y una mata de cabello rebelde.
    —Prometo que es la última anécdota de infancia de Nell Stone con la que te aburro.
    —¿Aún diviertes tanto a tus padres?
    Era algo que yo no me imaginaba haciendo nunca más.
    —En absoluto —dijo ella riéndose.
    —¿Por qué no?
    —Escribí un libro sobre la vida sexual de los niños nativos.
    —Eso es más indecoroso aún que escupir en los sombreros de alguien, ¿no?
    —Bastante más indecoroso —dijo ella imitando mi acento.
    Se puso las gafas de Martin que llevaba en la mano.
    —El libro provocó unas reacciones desproporcionadas. Menos mal que hui del país.
    —Lo siento; no lo he leído.
    —Tienes una buena excusa.
    —Debería haber pedido que me lo enviaran.
    —En Inglaterra no ha levantado pasiones —dijo—. Ahora duerme un poco. Me quedo yo de guardia. Oh, mira la luna.
    Era un gajo finísimo, y el resto de la luna, a oscuras, lo envolvía en una suave aura de luz.
    —«Anoche vi la luna nueva, con la luna vieja en brazos» —dijo ella con un marcado acento escocés.
    —«Y mucho me temo, mi querido señor...» —proseguí.
    —«Que desventura traiga acaso.»
    —«Apenas una legua mar adentro» —dije exagerando mi propio acento.
    —«Una legua, que no más.»
    —«A negro viró el cielo y sonoro bramó el viento...»
    —«Y furioso tronó el mar» —dijimos los dos al unísono.
    No aparté la vista de la luna, pero notaba la sonrisa en su voz. Los americanos a veces te sorprenden con las cosas que saben. No tengo muy claro qué dijimos después, si pasó mucho rato o poco antes de que se oyera un chasquido y un golpetazo a nuestras espaldas. Nos pusimos en pie de un brinco. Fen estaba en el suelo, envuelto en su hamaca. Acerqué la vela y Nell se agachó a ver. Fen tenía los ojos cerrados. Ella le abrazó y le preguntó si estaba bien.
    —Este tramo siempre es jodido —dijo él; y luego—: ¡Dale con el zapato, estúpido!
    Se dio media vuelta.
    —Creo que está intentando abrir una botella de cerveza.
    Nos reímos a gusto y lo dejamos en paz. Yo me hice un catre en la esquina bajo mi hamaca con la ropa que tenía. No pensaba llegar a dormir, pero sí lo hice, bastante profundamente, y cuando me desperté ya habían empaquetado y me estaban esperando.



Lily King / Euforia 6

Lily King
Euforia
Ediciones Malpaso, 2016

sábado, 23 de mayo de 2020

Casa de citas / Woody Allen / Misántropo

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Woody Allen

Woody Allen
MISÁNTROPO
¿Y cómo me he tomado yo todo esto? ¿Y por qué cuando me han atacado casi nunca he respondido ni me he mostrado demasiado alterado? Bueno, considerando que el universo es un caos maligno carente de sentido, ¿qué más da una pequeña acusación falsa en el orden general de las cosas? En segundo lugar, ser misántropo tiene su lado bueno: la gente nunca te desilusiona.

Woody Allen
A propósito de nada

Casa de citas / Woody Allen / Soon-Yi



Woody Allen y Soon Yi, su actual esposa.
Woody Allen y Soon-Yi

Woody Allen
SOON-YI

Mia llevó a Soon-Yi a su habitación de hotel, la sumergió en una bañera y la dejó allí sola. Nunca antes había estado en una bañera, no hablaba inglés y no sabía lo que estaba pasando. Mia era estricta e impaciente, con un temperamento feroz. Con el tiempo trató de enseñarle inglés a Soon-Yi, lo cual no era sencillo para una huérfana de 7 años. Mia despertaba a Soon-Yi en medio de la noche para gritarle por no aprender lo suficientemente rápido. La niña tenía problemas con el inglés, y Mia se enojaba y se frustraba. Más tarde castigó la incapacidad de Soon-Yi para aprender a deletrear más rápido sosteniéndola boca abajo, alzándola en vilo y amenazando con meterla en un manicomio si no aprendía pronto. En ese momento, Mia y su esposo André Previn no se llevaban bien, y tenían peleas cuyos gritos despertaban a Soon-Yi y la aterrorizaban.



Soon-Yi no sólo era un diamante en bruto, sino una piedra preciosa impecable y perfectamente cincelada. Y Mia no era ninguna supermamá, ni siquiera una buena madre, puesto que jamás se había tomado la molestia de conocer realmente a su hija adoptiva (…) era la única de todos esos niños que había tenido la temeridad de desafiar su cruel autoridad (…).



Cuando Soon-Yi se marchó conmigo no era una huérfana ingrata que estuviese traicionando a una benefactora amable y cariñosa que la había convertido de mendiga en millonaria (…) Soon-Yi y yo no teníamos ningún interés en saber nada el uno del otro. A mí me parecía una chica callada y aburrida y ella pensaba que yo era un pelele dominado por su madre. Lo único que me faltaba era una argolla en la nariz.



En pleno rodaje de la película Maridos y mujeres, Soon-Yi y yo empezamos a tener una aventura. Una aventura que comenzó cuando ella volvió otra vez a la universidad, que fue apasionada desde el primer día y que ha tenido como resultado muchos años felices y una familia maravillosa. ¿Quién lo habría dicho? Yo solo sabía que ella no era esa mujercita insignificante que su madre había desechado y dado por perdida. Qué equivocada estaba Mia. 
Lo que teníamos delante era una mujer brillante, con clase, fabulosa, extremadamente inteligente, poseedora de un enorme potencial latente y que podría madurar de manera soberbia solo con que alguna persona demostrara un poco de interés en ella y le ofreciera un poco de apoyo, y lo que era más importante, un poco de amor. Pasamos algunas tarde paseando y hablando, disfrutando de nuestra compañía y, por supuesto, yendo a la cama.

Woody Allen
A propósito de nada