lunes, 6 de julio de 2026

Alberto Salcedo Ramos / Brasil

La tristeza brasileña, una foto repetida en los últimos 24 años.

Alberto Salcedo Ramos
BRASIL

La eliminación del Brasil de 1982 fue triste: los espectadores nos quedamos, de golpe, sin la elegancia plástica de Sócrates, sin la exquisitez de Zico y sin la zurda maravillosa de Éder. Algunos enviados especiales habían dicho que esa selección era la más asombrosa máquina de crear belleza que se había visto en una cancha. Por eso su eliminación fue una sorpresa y dolió. Pero este Brasil de ahora era un barco que venía haciendo agua desde las eliminatorias: sin carácter, sin ideas y previsible.

Para colmo de males, en este Mundial perdió a Raphinha muy pronto.

El país de Pelé, Garrincha, Vavá, Rivelino, Tostao, Jairzinho, Romario, Ronaldinho, Ronaldo, Rivaldo y tantos otros magos inolvidables, el país de los cinco títulos mundiales, el país que produce jugadores geniales capaces de convertir la superficie de un pañuelo en un latifundio —la frase es del escritor Armando Nogueira— seguramente se reencontrará con su esencia, pero esta vez no fue


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