viernes, 24 de julio de 2026

Benjamín Prado / Ángel González


Ángel González, en primer término, en el Café Gijón, Madrid, en agosto de 1980. Foto de Chema Conesa

Benjamín Prado
ÁNGEL GONZÁLEZ

Echo muchísimo de menos cuando estoy en Rota a Ángel González, nuestro poeta querido. Nos lo llevábamos a la playa y decía: “En bañador estamos ridículos todos, salvo los que tienen quince años”. Y tenía razón (risas)… Llegábamos allí y todas mis vecinas, que llevan cuidándome veinticinco años, también cuidaban de él. Eran lectoras suyas, le llevaban libros para que se los firmase, estaban pendientes de él... Y allí estaba Ángel, sentado en una hamaca, con un langostino de Sanlúcar en una mano y una manzanilla en rama en la otra, diciendo: “Esto no es una playa, esto es el Palace”.

Era el mejor. El más silencioso y, al mismo tiempo, el más divertido. Un poeta absolutamente descomunal. Nunca he conocido a una persona más humilde ni que escuchara con todo el cuerpo, como escuchaba él. Tenía una mezcla de magia y de melancolía permanente. Una melancolía irónica, si es que eso existe. Eso era Ángel. Muchas veces se quedaba unos días en casa de Luis [García Montero] y Almudena [Grandes] y, cuando empezaba a pensar que podía molestar, yo le decía: “Ángel, si crees que molestas, te vienes conmigo”. Y se venía a mi casa otra temporada. Siempre digo que el verbo más bonito del diccionario es cuidar. Nosotros nos hemos cuidado mucho unos a otros. Eso también ha significado sufrir muchas pérdidas y echar de menos a mucha gente, pero así es la vida.

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