A Marguerite y a él les había costado lo suyo llegar a tutearse. Él tenía sesenta y cinco años cuando se había casado en segundas nupcias, ella sesenta y tres. Se mostraban torpes el uno frente al otro, más intimidados que unos jóvenes enamorados.
Pero ¿estaban enamorados de verdad.
***
Así pues, se desafiaban mutuamente, incluso en el momento de desnudarse. Tanto él como ella podían haberse retirado a otra habitación, pero no querían cambiar ninguno de los hábitos contraídos durante los primeros años.
Casi siempre era Bouin el primero en desnudarse, y lo hacia con el mayor pudor posible. Aun así, no podía evitar mostrar durante unos instantes su pecho desnudo, las costillas cada vez más marcadas, las piernas y los muslos velludos cuyos músculos se habían vuelto fláccidos.
Sabía que ella lo espiaba, encantada de ver cómo se deterioraba poco a poco. Pero, algo después, le tocaba a ella y entonces era él quien echaba miradas furtivas al pecho enjuto y plano, a las nalgas caldas y a los tobillos hinchados de su mujer.
«¡Menuda belleza estás hecha, hija mía!».
«¿Y tú? ¿No te has mirado al espejo?».
Casi siempre era Bouin el primero en desnudarse, y lo hacia con el mayor pudor posible. Aun así, no podía evitar mostrar durante unos instantes su pecho desnudo, las costillas cada vez más marcadas, las piernas y los muslos velludos cuyos músculos se habían vuelto fláccidos.
Sabía que ella lo espiaba, encantada de ver cómo se deterioraba poco a poco. Pero, algo después, le tocaba a ella y entonces era él quien echaba miradas furtivas al pecho enjuto y plano, a las nalgas caldas y a los tobillos hinchados de su mujer.
«¡Menuda belleza estás hecha, hija mía!».
«¿Y tú? ¿No te has mirado al espejo?».
***
Cuando iban al cine, cada uno se pagaba su entrada.
-Es más justo…
Cuando comía lo espiaba, adoptando una expresión de asco cada vez que él, por ejemplo, usaba una cerilla como mondadientes. Con frases en apariencia banales, con miradas insistentes, no perdía ocasión de subrayar sus modales vulgares.
Todo en él la hería. No sólo el gato que cada noche dormía contra sus piernas.
-Mi primer marido tenía la piel del cuerpo lisa como la de una mujer…-había dicho un día que él daba vueltas por la habitación con el torso desnudo.
Ello equivalía a decir que los pelos negros e hirsutos de que él estaba cubierto le repugnaban.
***
Varias veces, en aquel período, él estuvo a punto de hablarle, de decirle cualquier cosa, palabras de consuelo. Sabía que era tarde, que no podían volver atrás.
Algunas mañanas, después de una noche en blanco, volvía a mostrarse agresiva. Un día, ansioso por asistir al avance de las obras de enfrente, que ahora seguía ya con interés, no se había duchado. Y más tarde, encontró un mensaje encima del piano:
HARÍAS BIEN EN LAVARTE.
HUELES MAL
Ninguno de los dos era capaz de deponer las armas. Aquello se había convertido en su vida. Mandarse notitas envenenadas era para ellos natural y necesario como para otros intercambiarse besos y gentilezas”
Georges Simenon
El gato
Tusquets, Barcelona, 2004

No hay comentarios:
Publicar un comentario