RELOJES, COCHES Y CHICAS
Kromer ha llegado muy tarde al bar de Timo, a las dos y media, cuando Frank llevaba más de una hora esperándolo. Kromer ha bebido, se ve enseguida por su piel demasiado tersa, sus ojos más brillantes y la brutalidad de sus gestos. Ha estado a punto de tirar la silla al sentarse. Su cigarro huele bien. Es un cigarro todavía mejor que los que fuma normalmente, y eso que siempre escoge lo mejor que hay.
—Acabo de cenar con el general que está al mando de la ciudad —anuncia a media voz.
Después de lo cual, se calla, para dar tiempo a que Frank aprecie el alcance de sus palabras.
—Te he traído la navaja.
—Gracias.
La coge sin mirarla y se la mete en el bolsillo. Está demasiado preocupado por sí mismo para pensar mucho en Frank, pero sin embargo, recordando lo que se dijeron la víspera, pregunta por educación:
—¿La has usado?
Cuando por la noche Frank volvió al bar de Timo, después de matar al suboficial, lo hizo para mostrarle a Kromer el revólver que acababa de agenciarse. Se lo ha mostrado a Sissy. Hay mucha gente a quien se lo mostraría y a pesar de todo, sin saber muy bien por qué, ahora responde:
—No he tenido ocasión.
—Tal vez sea mejor así… Dime… ¿Por casualidad no sabes dónde podría encontrar relojes?
Hablando de cualquier cosa, Kromer siempre parece estar tratando asuntos importantes y misteriosos. Y lo mismo hace al hablar de sus relaciones, de las personas con las que cena o con las que se toma unas copas. Raras veces dice nombres. Susurra:
—Alguien de muy arriba… De muy, muy arriba, comprendes…
—¿Qué tipo de relojes? —pregunta Frank.
—Relojes antiguos, a ser posible. Necesitaría montones. Cantidades ingentes de relojes. ¿No lo entiendes, verdad?
Frank también bebe mucho. Todo el mundo bebe. Primero, por la sencilla razón de que se pasan la mitad del tiempo en bares como el de Timo. Y además porque las bebidas de calidad son escasas, difíciles de encontrar y carísimas.
Contrariamente a la mayoría de la gente, a Frank no le brilla la piel, no habla alto, no gesticula. Al contrario, su tez es más pálida, más mate, sus rasgos afilados, sus labios tan delgados que ya sólo son una raya trazada como de un plumazo en su rostro. Sus ojos se vuelven pequeñísimos, con una llama dura y fría como si odiara a todo el género humano.
Y quizá sea eso lo que le pasa.
No le gusta Kromer. A Kromer tampoco le gusta él. Kromer, que con facilidad adopta aires de cordialidad y bonhomía, no siente simpatía por nadie, pero cultiva a la gente que lo admira; siempre tiene montones de cosas en los bolsillos: cigarros extraordinarios, encendedores, corbatas, pañuelos de seda que te tiende como quien no quiere la cosa, cuando menos te lo esperas.
—¡Toma esto!
Frank se fiaría más de Timo que de él. Además, se ha dado cuenta de que Timo tampoco se fía mucho de Kromer.
Trafica, eso está claro. Hay tráficos que la gente conoce, de los que Kromer habla en detalle cuando te necesita para algo, y entonces te da una parte bastante sustanciosa de los beneficios. Frecuenta mucho a los ocupantes. También eso es lucrativo.
¿Hasta dónde llega exactamente? ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar, si se diera el caso y si su interés estuviera en juego?
Decididamente, Frank no le hablará del revólver. Prefiere ocuparse de los relojes, pues esa palabra le ha despertado ciertos recuerdos.
—Es justamente el tipo del que te acabo de hablar, el general. ¿Sabes a qué se dedicaba hace sólo diez años? Trabajaba como obrero en una fábrica de lámparas. Tiene cuarenta años y es general. Nos bebimos entre los dos cuatro botellas de champán. Enseguida me habló de sus relojes. Los colecciona. Le vuelven loco. Dice que tiene varios cientos. «En una ciudad como la de ustedes —me dijo— donde vivían tantos burgueses, altos funcionarios y rentistas, debe de haber cantidad de relojes antiguos. Ya sabe a qué me refiero: relojes de oro o de plata con una o varias tapas. Algunos dan la hora. Los hay con personajes que se mueven…».
Mientras Kromer habla, Frank ve los relojes del viejo Vilmos, ve al viejo Vilmos, en la habitación siempre medio a oscuras, únicamente hay unas rayas de sol entre los listones de las persianas, dando cuerda a los relojes uno a uno, acercándoselos al oído, haciéndolos sonar, accionando minúsculos autómatas.
—Sacaríamos lo que quisiéramos —suspira Kromer—. Dada su situación, comprendes… Es su manía. Daría lo que fuera. Ha leído en algún sitio que el rey de Egipto posee la mejor colección de relojes del mundo y daría lo que fuera para que su país declarase la guerra a Egipto.
—¿Al cincuenta por ciento? —pregunta fríamente Frank.
—¿Sabes dónde encontrar relojes?
—¿Al cincuenta por ciento?
—¿Alguna vez he intentado engañarte?
—No. Sólo que necesitaría un coche.
—Eso es más difícil. Podría pedirle uno al general, pero no sé si es buena idea.
—No… Un coche civil. Durante dos o tres horas.
Kromer no insiste para obtener detalles. En el fondo, es mucho más prudente de lo que quiere aparentar. Ya que Frank le propone proporcionarle los relojes, prefiere no saber de dónde vienen, ni cómo pretende obtenerlos.
Sin embargo, está intrigado. Lo que le intriga más que nada es el propio Frank, su manera de tomar una decisión, con calma.
—¿Por qué no coges cualquiera de los coches aparcados junto a la acera?
Es lo más sencillo, naturalmente, y por la noche, para los treinta kilómetros que tiene que hacer en total, el riesgo es pequeño. Pero Frank no quiere confesar que no sabe conducir.
—Encuéntrame un coche, con alguien de confianza, y yo prácticamente te garantizo que tendrás los relojes.
—¿Qué has hecho hoy?
—He ido al cine.
—¿Con una chica?
—Lo de siempre.
—¿Te la has tirado?
Kromer es vicioso. Corre detrás de las chicas, sobre todo de las chicas pobres, porque es más fácil, y las escoge muy jóvenes. Le encanta hablar de ello, con las aletas de la nariz dilatadas, los labios gruesos, empleando las palabras más crudas, buscando los detalles más íntimos.
—¿La conozco?
—No.
—¿Me la presentarás?
—Quizá. Es virgen.
Kromer se agita en la silla y moja la punta de su cigarro.
—¿Te importa?
—No.
—Entonces pásamela.
—Ya veré.
—¿Es joven?
—Tiene dieciséis años. Vive con su padre. Acuérdate del coche.
—Te daré la respuesta mañana. Ven al bar de Léonard a eso de las cinco.
Es otro bar que frecuentan en la parte alta de la ciudad, pero Léonard, a causa de la situación del bar, se ve obligado a cerrar a las diez de la noche.
—Cuéntame lo que habéis hecho en el cine… ¡Timo! Trae una botella, anda. Cuenta…
—Lo de siempre… La media, la liga, luego…
—¿Y ella qué ha dicho?
—Nada.
Va a volver a casa. Es probable que su madre se haya quedado con Minna. No le gusta mucho dejarlas salir los primeros días porque algunas ya no vuelven.
Irá a su cama y, al fin y al cabo, será exactamente lo mismo que si fuese Sissy. En la oscuridad, no notará la diferencia.
Georges Simenon
LA NIEVE ESTABA SUCIA
Barcelona, Tusquets, 1994, pp. 58-63

No hay comentarios:
Publicar un comentario