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EL GATO
No podía negarse que había adelgazado, pero se decía que, cuando uno envejece, es preferible siempre adelgazar a engordar. Había leído en algún periódico que las compañías de seguros hacen pagar primas más altas a los gordos que a los flacos. Sin embargo, le costaba acostumbrarse al hombre en el cual se había convertido.Era alto, y tiempo atrás había sido ancho, corpulento y fuerte.
Cuando acudía a las obras, solía llevar unas botas enormes y una chaqueta de cuero negro que no se quitaba ni en verano ni en invierno. Comía y bebía cualquier cosa sin preocuparse por el estómago. Y durante cincuenta años ni siquiera se le había ocurrido pesarse.
Ahora se sentía escuálido. La ropa le venía anchísima y a veces sentía dolores, ya fuera en el pie o en la rodilla, en el pecho o en la nuca.
Tenía setenta y tres años pero, aparte de aquella pérdida de peso, se negaba a considerarse viejo.
¿Y Marguerite? ¿Acaso se consideraba ella una anciana? Cuando él se desnudaba, ella hacía como si se burlase de él, sin darse cuenta de que estaba mucho más ajada que su marido.
Aquél era otro de sus juegos, al que se entregarían cuando subieran a acostarse, sobre las diez. En el primer piso había tres habitaciones. Como es natural, la noche de bodas durmieron en el mismo dormitorio, que había sido el de los padres de Marguerite y que ésta ocupó con su primer marido.
Ella había conservado la vieja cama de nogal de sus padres, con el colchón de plumas y el edredón enorme. Bouin intentó acostumbrarse, pero renunció pocos días después, sobre todo porque su mujer se negaba a dejar la ventana abierta.
No llegó hasta el extremo de cambiar de habitación, pero él llevó su propia cama y la instaló junto a la de su mujer.
Un papel pintado con un estampado de flores pequeñas recubría la pared.
Al principio no colgaron de ella más que dos ampliaciones fotográficas colocadas en sendos marcos ovalados, la de Sébastien Doise, el padre de Marguerite, y la de su madre, que murió de tisis en plena juventud.
Más adelante, cuando dejaron de dirigirse la palabra, Marguerite colgó el retrato de Frédéric Charmois, su primer marido, junto al de su padre. Por lo que mostraba la fotografía, era un hombre delgado y distinguido, con aire de poeta, que lucía un fino bigotito y una perilla. Era primer violinista en la ópera y de día daba clases particulares a unos cuantos alumnos.
Menos de una semana después, Bouin respondió a la provocación colocando el retrato de su primera mujer en la cabecera de su cama.
Así pues, se desafiaban mutuamente, incluso en el momento de desnudarse. Tanto él como ella podían haberse retirado a otra habitación, pero no querían cambiar ninguno de los hábitos contraídos durante los primeros años.
Casi siempre era Bouin el primero en desnudarse, y lo hacia con el mayor pudor posible. Aun así, no podía evitar mostrar durante unos instantes su pecho desnudo, las costillas cada vez más marcadas, las piernas y los muslos velludos cuyos músculos se habían vuelto fláccidos.
Sabía que ella lo espiaba, encantada de ver cómo se deterioraba poco a poco. Pero, algo después, le tocaba a ella y entonces era él quien echaba miradas furtivas al pecho enjuto y plano, a las nalgas caldas y a los tobillos hinchados de su mujer.
«¡Menuda belleza estás hecha, hija mía!».
«¿Y tú? ¿No te has mirado al espejo?».
Sin embargo, seguían sin dirigirse la palabra, limitándose a medirse en silencio. Se turnaban para lavarse los dientes, pues el cuarto de baño era la única habitación de la casa donde nunca coincidirían. El ruidito del pestillo cada vez que uno de ellos se encerraba se había convertido en un sonido familiar.
Después de echarse pesadamente, Bouin apagaba la lamparita de noche de la cabecera de su cama. Su mujer se deslizaba entre las sábanas con más delicadeza. Él sabía que ella permanecía largo tiempo con los ojos abiertos antes de poder conciliar el sueño.
Él se dormía casi de inmediato. Otra porción de la jornada, la última, acababa de agotarse. Mañana sería otro día más o menos igual.
Dormir le sentaba bien. Lo que más le gustaba era tener sueños en los que carecía de edad, donde no era viejo. De vez en cuando veía paisajes como los que había visto antaño, paisajes llenos de vida, de colores vibrantes y olores deliciosos. En ocasiones incluso corría hasta perder el resuello en busca de un manantial cuyo murmullo llegaba hasta él.
Nunca soñaba con Marguerite y rara vez con su primera mujer, aunque cuando eso sucedía, siempre la veía como era poco antes de su boda.
¿Soñaba también Marguerite? ¿Con su primer marido? ¿Con su padre? ¿O soñaba con la época en que llevaba pamelas de paja de ala ancha y paseaba por la orilla del Marne protegida por una sombrilla?
¿Qué más le daba eso a él? Que ella soñase con su marido el músico y con su infancia si le venía en gana.
Georges Simenon
El gato
Tusquets, Barcelona, 2004, pp. 32-35

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