Bouin soltó el periódico, que tras desplegarse sobre sus rodillas fue deslizándose lentamente antes de aterrizar sobre el parquet encerado. De no ser por la estrecha ranura que de vez en cuando se dibujaba entre sus párpados, se habría dicho que acababa de dormirse.
¿Engañaba con ello a su mujer? Marguerite tricotaba sentada en su sillón bajo, junto a la chimenea. Nunca parecía que lo observara, pero él sabía desde hacia tiempo que nada se le escapaba, ni siquiera el temblor apenas perceptible de uno de sus músculos.
En la acera de enfrente, una cuchara bivalva con mandíbulas de acero se precipitaba desde lo alto de la grúa y golpeaba pesadamente el suelo, cerca de la hormigonera, provocando un ruido de chatarra. A cada golpe, la casa temblaba y la mujer se sobresaltaba y se llevaba la mano al pecho como si ese ruido, pese a haberse convertido en algo cotidiano, le llegase hasta lo más profundo de las entrañas.
Se observaban el uno al otro sin necesidad de mirarse. Hacía años que se escrutaban de manera solapada, e iban aportando a ese juego nuevas sutilezas.
Una sonrisa afloró en el rostro del hombre. El reloj de mármol negro con adornos de bronce señalaba las cinco menos cinco; parecía que contara los minutos y los segundos. En realidad, los contaba de forma mecánica, a la espera de que la aguja grande se pusiera en posición vertical. Entonces los ruidos causados por la hormigonera y por la grúa cesarían de repente. Los, obreros, que llevaban impermeables de hule y cuyos rostros y manos chorreaban el agua de la lluvia, se quedarían un momento inmóviles antes de encaminarse al barracón de tablones que se alzaba en una esquina del solar.
Corría el mes de noviembre. Desde las cuatro de la tarde los hombres trabajaban a la luz de los focos, que ahora ya no tardarían en apagarse. Cuando eso sucediera, se harían repentinamente la oscuridad y el silencio, y en el callejón no quedaría ya más luz que la de una solitaria farola.
Émile Bouin tenía las piernas entumecidas a causa del calor. Cuando entreabría los ojos, veía las llamas que desprendían los leños de la chimenea, amarillas las unas y azuladas en la base las otras. La chimenea era de mármol negro, como el reloj de pared y los candelabros de cuatro brazos que la flanqueaban.
Salvo las manos de Marguerite, en continuo movimiento, y el tenue entrechocar de las agujas de hacer punto, en la casa reinaba la misma tranquilidad y silencio que en una fotografía o en un cuadro.
Las cinco menos tres minutos. Menos dos. Los obreros empezaron a dirigirse, lenta y cansinamente, hacia el barracón para cambiarse, pero la grúa seguía funcionando, de modo que la cuchara bivalva se elevó por última vez con su carga de cemento hacia el encofrado que señalaba el primer piso de la construcción.
Menos un minuto. Las cinco. La manecilla del reloj se estremeció, vacilante, sobre la esfera descolorida, y se oyeron cinco toques espaciados, como si en esa casa todo fuera lento.
Marguerite suspiró y aguzó el oído para captar el súbito silencio del exterior, que se prolongaría hasta la mañana siguiente.
Émile Bouin estaba pensativo. Contemplaba las llamas a través de los párpados entornados, al tiempo que esbozaba una vaga sonrisa.
El leño que se hallaba arriba del todo ya no era más que un esqueleto ennegrecido del que ascendían hilillos de humo. Los otros dos aún estaban al rojo vivo, pero unos crujidos anunciaban que no tardarían en desplomarse.
Marguerite se preguntaba si Émile se levantaría, cogería más leños del cesto y los colocarla en la chimenea. Ambos estaban acostumbrados al calor del hogar, y disfrutaban de él hasta que sentían una picazón en la cara y se veían obligados a retirar un poco el sillón.
A Bouin se le ensanchó la sonrisa: no estaba sonriéndole a su mujer.
Tampoco era el fuego la causa, sino una idea que le rondaba por la cabeza.
No tenía prisa por llevarla a cabo. Tanto él como su mujer disponían de tiempo, todo el tiempo que faltaba hasta que uno de los dos muriese. ¿Cómo saber quién se iría primero? Sin duda, Marguerite también debía de pensar en ello. Desde hacía varios años, ambos pensaban varias veces al día en lo que se había convertido en su problema fundamental.
Él también suspiró, y con la mano derecha, que antes reposaba en el antebrazo del sillón, buscó a tientas el bolsillo de su chaqueta de estar por casa, del que sacó un cuadernillo que desempeñaba un papel importante en la vida familiar. Las estrechas páginas tenían líneas punteadas que permitían desprender limpiamente trozos de papel de unos tres centímetros.
El cuaderno era de tapas rojas y llevaba un lápiz estrecho sujeto por un caracolillo de cuero.
¿Se había sobresaltado Marguerite? ¿Se estaba preguntando cuál sería el mensaje en esta ocasión?
Aunque ya se había acostumbrado a aquello, nunca lograba adivinar qué palabras garabatearla él. Bouin se quedó inmóvil adrede, con el lápiz en la mano, como si estuviese ensimismado.
No tenía nada que decirle; sólo pretendía turbarla, tenerla en vilo en el preciso momento en que el cese del estruendo de las obras le procuraba cierto alivio.
A Bouin se le ocurrieron varias ideas, pero las fue rechazando una tras otra. El ritmo de las agujas de tricotar había variado; Bouin había conseguido inquietarla, o por lo menos despertar su curiosidad.
Prolongó ese placer durante otros cinco minutos. Se oyeron los pasos de uno de los obreros que se encaminaba hacia el extremo del callejón.
Al final escribió con letras de molde: EL GATO.
De nuevo se quedó inmóvil unos instantes antes de volver a meterse en el bolsillo el cuadernillo del que había arrancado una tira de papel.
Luego dobló la hoja en pequeños trozos, como hacen los niños con el papel que lanzan con una goma. Pero él no necesitaba ninguna goma, pues había desarrollado una habilidad asombrosa y casi maquiavélica para aquel juego.
Colocaba el papel entre el pulgar y el dedo corazón. El pulgar se replegaba, doblado hacia atrás, y al extenderse de repente el mensaje salía disparado hasta el regazo de Marguerite. Nunca erraba el tiro, por así decirlo, y cada vez se regocijaba en su interior.
Sabía que Marguerite no chistaría, que fingiría no haber visto nada y seguirla tricotando, moviendo los labios como si rezase mientras contaba los puntos en silencio. A veces esperaba a que él saliera de la habitación o a que le diera la espalda cuando ponía nuevos leños en el hogar. En otras ocasiones, después de algunos minutos de indiferencia aparente, deslizaba la mano derecha sobre el delantal y se apoderaba del mensaje.
Aunque sus actos eran siempre más o menos los mismos, ambos solían introducir algunas variantes. Aquel día, por ejemplo, Marguerite aguardó a que todos los ruidos del solar en obras cesaran y a que el silencio invadiera el callejón en cuyo extremo vivían.
Como si ya la hubiese acabado, Marguerite dejó la labor sobre un taburete y, entornando los ojos también ella, pareció a punto de amodorrarse a su vez al calor de los leños.
Mucho tiempo después, hizo como si acabara de descubrir el papel doblado que tenía en el delantal y a continuación lo tomó entre sus dedos surcados por finas arrugas. Todavía podría haber parecido que fuera a tirarlo al fuego, que vacilara. Pero él sabía que aquello formaba parte de la comedia de todos los días y ya no se dejaba engatusar.
Hay niños que durante un periodo más o menos largo retoman todos los días y a horas fijas el mismo juego, sin perder su convicción aparente.
Representan un papel. A diferencia de esos niños, Émile Bouin tenía setenta y tres años y Marguerite setenta y uno. Otra diferencia residía en el hecho de que su juego duraba desde hacia cuatro años y que no parecían cansarse en absoluto de él.
En medio de la atmósfera húmeda y silenciosa del salón, la mujer desplegó por fin el papel y sin ponerse las gafas leyó las dos palabras garabateadas por su marido: «El gato».
Ella no rechistó y su rostro permaneció imperturbable. Había habido notitas más largas, más inesperadas, más dramáticas. Algunas planteaban un verdadero enigma. Ésta era la más trivial y la que se repetía más a menudo cuando a Émile Bouin no se le ocurría otra maldad.
Después de tirar el papel a la chimenea, donde se elevó una pequeña llama que murió de inmediato, Marguerite se quedó inmóvil, con las manos sobre el regazo, de modo que en el salón ya no hubo más signos de vida que los emitidos por el hogar.
Cuando el reloj se estremeció y sonó una sola vez, como si se tratara de una señal convenida, Marguerite, una mujer baja y menuda, se levantó.
Llevaba un vestido de color rosa pálido, del mismo tono rosado que sus mejillas, y un delantal de cuadros azul pastel. En sus cabellos blancos aún se distinguían algunos reflejos rubios.
Con los años se le habían afilado los rasgos. Para quienes no la conocían, expresaban dulzura, melancolía y resignación.
«¡Esa mujer siempre ha valido mucho!».
Émile Bouin no saludaba este comentario con una risita burlona. Ni el uno ni la otra necesitaban ya de manifestaciones tan ostentosas de sus estados de ánimo. Les bastaba un temblor, un leve movimiento de las comisuras de los labios, un destello fugaz en las pupilas.
Ella miraba a su alrededor como si dudara acerca de lo que iba a hacer.
Pero él ya lo había adivinado, de la misma manera que en el juego de las damas se intuye qué ficha se dispone a mover el contrincante.
Bouin no se había equivocado: Marguerite estaba dirigiéndose hacia la jaula, una jaula grande de pie, blanca y azul con hilillos dorados.
En su interior había un loro de abigarrado plumaje. Y aunque permanecía inmóvil con la mirada fija, uno tardaba un rato en darse cuenta de que los ojos eran de vidrio y que el loro, posado en su vara, estaba disecado.
Pese a todo, Marguerite lo miraba con ternura, como si aún estuviera vivo, alargaba la mano y deslizaba un dedo a través de los barrotes.
Movía los labios como unos instantes antes, cuando contaba los puntos de la labor. Hablaba con el pájaro y casi parecía que fuera a darle de comer.
Él había escrito: El gato. Y ella le contestaba sin palabras: «El loro».
Aquélla era la respuesta invariable cuando él la acusaba de haber envenenado al gato, a su gato, al que Bouin adoraba antes incluso de conocerla a ella.
Siempre que se sentaba frente al fuego, abotargado por las bocanadas de calor que le llegaban de los leños, se sentía tentado de alargar un poco la mano para acariciar al animal de suave pelaje estriado de negro que en el pasado iba a enroscarse sobre su regazo en cuanto él se sentaba. «Un vulgar gato callejero», repetía ella. Era la época en que todavía se hablaban, casi siempre para acabar enzarzados en una discusión.
Aunque no era un gato con pedigrí, tampoco se trataba de un gato callejero. Su cuerpo esbelto y flexible se desperezaba a lo largo de las paredes y los muebles como si fuera un tigre. La cabeza era más pequeña y triangular que la de los gatos domésticos, y miraba fijamente, de manera misteriosa.
Émile Bouin estaba convencido de que se trataba de un gato salvaje que se había aventurado por Paris. Lo encontró cuando aún era un cachorro, al fondo de un solar en construcción en la época en que aún trabajaba para el Departamento de Obras Públicas de París. Era viudo, vivía solo y el gato se convirtió en su compañero. En aquel tiempo aún había casas del otro lado del callejón, donde ahora estaban construyendo un gran edificio de pisos de alquiler.
Cuando cruzó la calle para casarse con Marguerite, el gato lo siguió.
El gato que Bouin había encontrado una mañana en el rincón más oscuro de la bodega. El mismo que murió envenenado al tomarse la comida que le preparó Marguerite.
El animal nunca llegó a acostumbrarse a Marguerite; durante los cuatro años que vivió en la casa de ella, sólo aceptaba la comida que le ponía Bouin.
Dos o tres veces al día, cuando ola el simple chasquido de la lengua que hacía las veces de señal, el gato seguía a su dueño a lo largo del callejón, como un perro amaestrado.
Hasta el día en que entraron en una casa nueva donde reinaban olores desconocidos, Bouin era la única persona que había acariciado al gato.
—Es un poco salvaje, pero ya se acostumbrará a ti…
Aun así, el gato no llegó a acostumbrarse. Desconfiaba y nunca se acercaba a Marguerite ni a la jaula del loro, un gran guacamayo de brillantes colores que no hablaba, pero que emitía unos chillidos espeluznantes cuando se enfurecía.
—Tu gato…
—Tu loro…
Marguerite era dulce, casi melindrosa. No costaba mucho imaginarla joven y esbelta, vestida ya entonces con tonos pastel, tocada con un ancho sombrero de paja y paseando poéticamente, sombrilla en mano, por la orilla de un río. De hecho, en el comedor había una fotografía que la mostraba de esta guisa.
Seguía igual de delgada; sólo las piernas se le habían hinchado un poco, pero le sonreía a la vida de la misma forma meliflua como lo había hecho tiempo atrás ante el fotógrafo.
El gato y el loro, tan recelosos el uno como el otro, se limitaban a observarse de lejos con cierto respeto. Cuando el gato empezaba a ronronear sobre el regazo de su amo, el loro se quedaba inmóvil contemplándolo con sus grandes ojos redondos, como si ese sonido regular y monótono lo sumiera en la perplejidad.
¿Había advertido el gato el poder que ejercía sobre el guacamayo? ¿Acaso no lo espiaba con los ojos entornados y henchido de una dulce satisfacción?
Él no estaba enjaulado. Compartía el delicioso calor con su amo, quien lo protegía.
Al final, el loro, harto de darle vueltas a un problema sin solución, se ponía nervioso y montaba en cólera. Las plumas se estremecían, el cuello se le tensaba, como si no estuviera entre barrotes y fuera a abalanzarse sobre su enemigo, y sus agudos chillidos retumbaban por toda la casa.
—Será mejor que nos dejes un momento —decía entonces Marguerite, refiriéndose a ella y a su animal. Y el gato, que sabía que iban a cogerlo y llevarlo al frío comedor donde Bouin se sentaría en un sillón distinto, se estremecía.
Mientras abría la jaula, Marguerite hablaba con una voz dulcísima, como si estuviera dirigiéndose a un amante o a un hijo. No necesitaba tender la mano.
Después de abrir la jaula, Marguerite volvía a sentarse en su sitio. El guacamayo examinaba la puerta cerrada del salón y aguzaba los oídos para cerciorarse de que no corría peligro alguno y de que los dos extraños, el hombre y su animal, ya no estaban allí para amenazarlo o burlarse de él.
Entonces se abalanzaba de un gran salto sobre el respaldo de una silla, pues no volaba. En dos o tres saltos, llegaba hasta su ama y se posaba sobre su hombro.
Ella no dejaba de hacer punto. El movimiento de las brillantes agujas lo tenía subyugado. Cuando se cansaba, frotaba el enorme pico contra la mejilla de la mujer y luego contra la piel más suave de detrás de la oreja.
—Tu gato.
—Tu loro.
Así transcurría el tiempo: Émile permanecía en el comedor y Marguerite en el salón hasta que las manecillas del reloj de mármol señalaban la hora de hacer la cena.
Por aquel entonces, todavía era ella quien cocinaba para los dos mientras que él se encargaba de preparar la comida de su gato. Una semana que Émile contrajo la gripe y tuvo que guardar cama durante tres días, Marguerite aprovechó para comprar asadura en la carnicería, trocearla, cocerla y mezclarla con arroz y verduras.
—¿Ha comido?
—Primero, no… —dijo ella, vacilante.
—¿Y luego?
—Luego, si…
Habría jurado que ella estaba mintiendo. Al día siguiente tenía treinta y nueve de fiebre y ella le contestó lo mismo. Al tercer día, mientras ella compraba en el mercado de la Rue Saint-Jacques, bajó en bata y descubrió la comida del gato del día anterior intacta debajo del fregadero.
El gato, que había ido tras él, le dirigió una mirada de reproche. Émile volvió a mezclar de nuevo los alimentos y tendió el plato al animal, que tardó en decidirse a comer.
A su regreso, Marguerite encontró el plato vacío. Y el gato ya no estaba en la planta baja, sino en la habitación del primer piso, echado junto a las piernas de su amo.
Allí era donde dormía todas las noches.
—Eso no puede ser sano —había protestado al principio.
—Lleva varios años durmiendo conmigo y jamás me había puesto enfermo.
—No me deja dormir con sus ronquidos.
—No ronca: ronronea. Ya te acostumbrarás, como me he acostumbrado yo.
Marguerite estaba en lo cierto: aquel gato no ronroneaba exactamente como los demás; se trataba más bien de un ronquido tan sonoro como el de un hombre que hubiera bebido demasiado.
Ahora ella se hallaba de pie junto a la jaula y, mientras contemplaba al loro disecado, movía los labios como si le susurrara ternezas.
Émile, que estaba de espaldas a su mujer, no necesitaba verla. Conocía esa farsa de Marguerite como también conocía otras. Sonreía vagamente sin apartar la mirada de los leños que se ennegrecían. Al final, se levantó para coger dos más y colocarlos en el hogar, procurando con ayuda de un atizador que se mantuvieran en equilibrio.
Georges Simenon
El gato
Tusquets, Barcelona, 2004, pp. 9-21

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