lunes, 20 de abril de 2020

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Alberto Manguel
DIARIOS DE LA PANDEMIA


En esta epidemia recurrimos a los médicos. Decimos: es una enfermedad, el médico cura, vamos a ver cómo me cura usted. Y cuando el médico nos contesta: no solo no puedo curarlo, sino que no puedo decirle ni siquiera con seguridad si tiene el coronavirus o no, porque los test pueden decirle que probablemente lo tenga o probablemente lo ha tenido, pero no pueden confirmar su diagnóstico, entonces culpamos a los médicos. Decimos: ¿por qué no son tan eficaces como queremos que sean? Lo mismo ocurre con los escritores.

Si pedimos a un escritor que tenga un diario de este momento, probablemente el diario será anodino o, quizás, milagrosamente, una obra maestra. Esto no lo podemos saber hasta mucho después. En el momento de la peste bubónica en Europa había mucha gente que escribía, que tomaba notas en las clases letradas, y de eso nos queda nada. Queda esa ficción que escribió Daniel Defoe diez años después de la peste [Diario del año de la peste], que sí es una obra maestra, en el sentido de que es un fake news muy bien construido, que da la impresión de la cotidianeidad. Defoe no quiere hacer literatura, es un periodista, aunque no haya estado en esa situación, contando como ese personaje. Pero aún así yo creo que, por un lado, vamos a ver después de que esto pase, si sobrevivimos, los que sobrevivimos, qué se produjo en la literatura y quizás haya, como digo, alguna obra maestra. Pero al mismo tiempo podemos ir a nuestras bibliotecas y buscar en ella textos que ya son obras maestras, y textos no necesariamente referidos a una plaga o una epidemia.

Yo tengo en mis estantes el libro de Defoe. Tengo Los prometidos, de [Alessandro] Manzoni, con esos capítulos extraordinarios sobre la peste en Milán. Tengo el Decamerón, por supuesto. Tengo Muerte en Venecia, de Thomas Mann. Tengo La peste de Camus, claro. Y Ensayo sobre la ceguera, de Saramago. Esos son los obvios. Menos obvio y para mí muy útil es releer Robinson Crusoe ahora. Está aislado, tiene que construirse una sociedad, un mundo con lo que tiene y, hasta la llegada de Viernes, tiene que reconsiderar todo lo que tuvo y lo que ya no tiene. Tiene que construir, de alguna manera, hacer con lo que tiene, y de esa manera prepararse para sobrevivir lo que está ocurriendo. Puedo darle muchos ejemplos.

Ahora, por ejemplo, estoy leyendo una novela del escritor griego-sueco Theodor Kallifatides que se llama La guerra de Troya. Y durante la invasión nazi de Grecia, la ocupación de Grecia, una maestra se lleva los niños y se refugian. Y entonces es como una clausura cuando está esa epidemia política alrededor, y les cuenta la guerra de Troya, les cuenta la Ilíada. Y a través de esa epopeya, los niños no solamente se distraen de lo que está ocurriendo, sino que empiezan a entender lo que está ocurriendo, porque toda guerra es la guerra de Troya.

Nosotros tenemos la ilusión de que lo que nos ocurre siempre ocurre por primera vez. Tenemos esa fantasía de la originalidad, que no hemos tenido siempre. Para los escritores de la Edad de Oro ser original no tenía ningún sentido. Usted contaba historias que todo el mundo conocía. La cuestión era cómo las contaba, cómo las construía. Pero nosotros, desde mediados del siglo XX y en parte gracias a la tecnología electrónica, tenemos la ilusión de vivir en un presente constante donde no existe el pasado y el futuro no es más que un presente prometido. Entonces nos sorprende que ocurran cosas. A veces inesperadas, a veces catastróficas, pero ya han ocurrido miles de veces, solo que nosotros, como no tenemos una relación con el pasado, nos parece que ocurren por primera vez.

Alberto Manguel / “Necesitamos pensar para saber que estamos sobreviviendo”



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