Diario DE CELIA PAUL
Diario, 1978
DIARIOS
Esta entrada del diario fue escrita el 15 de noviembre de 1978, justo después de mi decimonoveno cumpleaños, antes de que Lucian Freud me llevara a conocer a Frank Auerbach por primera vez.

Diario DE CELIA PAUL
Esta entrada del diario fue escrita el 15 de noviembre de 1978, justo después de mi decimonoveno cumpleaños, antes de que Lucian Freud me llevara a conocer a Frank Auerbach por primera vez.
Ha fallecido una amiga muy querida, Marcela Romero, pionera de la cuentería en México y maestra indiscutible. La vi contar en Ciudad de México una de mis historias, “Los casibandidos que casi roban el sol”, con gracia y sabiduría. También contaba, con Gerardo Méndez, “La escopeta de Petronio”, pero nunca tuve el privilegio de ver el espectáculo. Lo gracioso de esta versión es que Marcela hacía el papel de Petronio mientras Gerardo se desempeñaba como su novia. Imaginar en esta situación a Gerardo, más flaco que un palo de escoba y con esos bigotes de bandido, es para morirse de risa.
Marcela Romero era muy divertida, inteligente, talentosa y amable. Y la gente le guardaba, le guarda y le seguirá guardando un inmenso cariño y un profundo respeto.
Lamento su partida, por supuesto, pero también celebro el regocijo de haberla conocido.
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| Emma Stone |
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| Maggie O’Farrell |
«La cuestión es no bajar nunca la guardia. No creer nunca que se está salvo. No dar nunca por hecho que el corazón de tus hijos late, que tus hijos beben leche, que respiran, que andan y hablan, sonríen, discuten y juegan. No olvidar ni un momento que pueden desaparecer, que te los pueden robar en un abrir y cerrar de ojos, que se los pueden llevar como leves vilanos.»

Escena de 'Hamnet'. | Universal Pictures España
La película de Chloe Zhao, basada en la novela de Maggie O’Farrell, consigue tocar la fibra sensible del espectador
En la escena que abre Hamnet vemos a una mujer vestida de rojo, echada en un bosque en posición fetal, y junto an ella, entre las raíces de un árbol, un gran agujero completamente negro. En la escena final reaparece el bosque, ahora pintado en el telón de fondo de un escenario, en cuyo centro se abre una puerta negra. El actor, que en ese último plano ya se ha transformado simbólicamente en algo más que un mero actor, cruza ese umbral hacia the undiscovered country from whose bourn no traveler returns (el país desconocido de cuyos límites ningún viajero regresa).

Anthony Hopkins no encontraba un libro por ningún lado en Londres. Entonces se sentó en un banco del metro.
A principios de los años 70, a Hopkins le acababan de dar un papel en una película llamada La chica de Petrovka, adaptada de una novela del periodista y escritor George Feifer.
Como cualquier actor serio, quería leer el libro original. Pasó todo un día recorriendo librerías por la famosa Charing Cross Road de Londres.
Nada. El libro no aparecía por ninguna parte.
Frustrado y agotado, Hopkins entró en la estación de metro de Leicester Square para volver a casa.
Y entonces vio algo en un banco.
Alguien se había dejado un libro.
Lo recogió. Le dio la vuelta.
La chica de Petrovka.
El mismo libro que llevaba todo el día buscando, abandonado en un banco del metro.
Hopkins no se lo podía creer. Se lo llevó a casa, lo leyó y notó algo raro. Los márgenes estaban llenos de notas manuscritas en tinta roja. Anotaciones. Alguien había marcado el libro entero con cuidado.
No le dio mucha importancia. Usó esas notas para entender mejor a su personaje, se preparó para el papel y guardó aquella coincidencia como una de esas rarezas de la vida.
Dos años después, Hopkins viajó a Viena, donde se estaba rodando la película.
Un día, en el set, le presentaron a un visitante.
George Feifer. El autor del libro.
Hablaron de la película, de los personajes, de la historia. Y entonces Feifer dijo algo que dejó a Hopkins helado.
“No tengo ya ni un ejemplar de mi propio libro”, comentó Feifer. “Presté mi copia personal a un amigo hace años. Tenía todas mis notas en los márgenes. La perdió en el metro de Londres. No la he vuelto a ver”.
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| Anthony Hopkins |
A Hopkins se le erizó la piel.
“Yo encontré una copia”, dijo despacio. “En un banco del metro. Está llena de notas manuscritas”.
Feifer lo miró sin creerlo.
Hopkins recuperó el libro y se lo entregó al autor.
Feifer se quedó pálido.
Era su ejemplar. Su letra. Sus anotaciones. El libro personal que había perdido años atrás… y que había acabado en un banco del metro justo cuando Anthony Hopkins, el actor que más lo necesitaba, se sentó allí.
En una ciudad inmensa. Entre miles de calles. Entre cientos de estaciones.
El libro correcto. El banco correcto. El momento correcto.
George Feifer recuperó su libro perdido. Y Anthony Hopkins se llevó una historia que contaría toda la vida.
Carl Jung lo llamó sincronicidad: la idea de que ciertas coincidencias con sentido no son puro azar, sino parte de un patrón más profundo.
Hopkins siempre se ha sentido fascinado por esa idea. Y hay veces en que lo único que queda es dejarse sorprender.
Quizá fue suerte. Quizá fue destino. Quizá el universo guiñando un ojo en silencio.
O quizá, solo quizá, algunos libros están hechos para encontrar a sus lectores.
Y algunas historias están hechas para contarse.
A los cinco o seis años le pregunté a mi madre si había visto morir a alguien. Contestó que sí, que una vez de vista y otra de oídas. Yo le pregunté cómo se podía oír morir a alguien, y me explicó que se trataba de una niña que se había ahogado delante de Prout’s Neck, en los años veinte. Al parecer nadó demasiado lejos y, no pudiendo volver, pidió ayuda a gritos. Varios hombres intentaron rescatarla, pero la corriente tenía una resaca muy fuerte y no consiguieron llegar. Al final tuvieron que quedarse todos en la playa, turistas y gente del pueblo (entre ellos la adolescente que sería mi madre), esperando una lancha de rescate que ni siquiera llegó, y oyendo gritar a la niña hasta que se quedó sin fuerzas y se hundió. Según dijo mi madre, el cadáver apareció en Nueva Hampshire. Le pregunté la edad de la niña, y me dijo que catorce años. Después me leyó un tebeo y me acostó. Otro día me contó la muerte que había visto: un marinero que se tiró a la calle desde el tejado del hotel Graymore de Portland (Maine),
—Reventó —dijo mi madre como si fuera lo más normal del mundo, y tras una pausa añadió—: Lo salpicó todo de un líquido verde. Todavía me acuerdo.
Yo también, mamá.
Ese libro era muy personal. Todo lo que cuenta, hasta el momento en que el niño muere en la carretera, es verdad. Nos mudamos a esa casa junto a la carretera. Era Orrington en lugar de Ludlow, pero pasaban camiones grandes, y el anciano del otro lado de la calle dijo: «Solo quieres verlos por la carretera». Salimos al campo. Volamos cometas. Fuimos a ver el cementerio de mascotas. Encontré al gato de mi hija, Smucky, muerto en la carretera, atropellado. Lo enterramos en el cementerio de mascotas, y oí a Naomi en el garaje la noche después de enterrarlo. Oí todos esos ruidos de chasquidos: estaba saltando sobre el material de embalaje. Lloraba y decía: «¡Devuélvanme a mi gato! ¡Que Dios tenga su propio gato!». Lo incluí directamente en el libro. Y Owen sí que se lanzó a la carga por la carretera. Era un chiquitín, de unos dos años. ¡Le grito: «¡No hagan eso!» Y claro, corre más rápido y se ríe, porque eso es lo que hacen a esa edad. Corrí tras él, le di una placa y lo tiré al arcén, y un camión pasó zumbando junto a él. Todo eso quedó grabado en el libro.
Y entonces te dices a ti mismo: Tienes que ir un poco más allá. Si vas a asumir este proceso de duelo, lo que sucede cuando pierdes a un hijo, deberías atravesarlo hasta el final. Y lo hice. Estoy orgulloso de eso porque lo seguí hasta el final, pero fue tan espantoso al final, y tan horrible. Quiero decir, no hay esperanza para nadie al final de ese libro. Normalmente le doy mis borradores a mi esposa Tabby para que los lea, pero no se lo di. Cuando terminé, lo puse en el escritorio y lo dejé allí. Trabajé en Christine , que me gustó mucho más, y que se publicó antes de Cementerio de animales.
Stephen King
On ‘Pet Sematary’
That book was pretty personal. Everything in it—up to the point where the little boy is killed in the road—everything is true. We moved into that house by the road. It was Orrington instead of Ludlow, but the big trucks did go by, and the old guy across the street did say, You just want to watch ’em around the road. We did go out in the field. We flew kites. We did go up and look at the pet cemetery. I did find my daughter’s cat, Smucky, dead in the road, run over. We buried him up in the pet cemetery, and I did hear Naomi out in the garage the night after we buried him. I heard all these popping noises—she was jumping up and down on packing material. She was crying and saying, Give me my cat back! Let God have his own cat! I just dumped that right into the book. And Owen really did go charging for the road. He was this little guy, probably two years old. I’m yelling, Don’t do that! And of course he runs faster and laughs, because that’s what they do at that age. I ran after him and gave him a flying tackle and pulled him down on the shoulder of the road, and a truck just thundered by him. So all of that went into the book.
And then you say to yourself, You have to go a little bit further. If you’re going to take on this grieving process—what happens when you lose a kid—you ought to go all the way through it. And I did. I’m proud of that because I followed it all the way through, but it was so gruesome by the end of it, and so awful. I mean, there’s no hope for anybody at the end of that book. Usually I give my drafts to my wife Tabby to read, but I didn’t give it to her. When I finished I put it in the desk and just left it there. I worked on Christine, which I liked a lot better, and which was published before Pet Sematary.
The Art of Fiction
The Paris Review
CILLIAN MURPHY
En el punto más alto de su carrera, tras el éxito de Oppenheimer dirigida por Christopher Nolan, Cillian Murphy decidió alejarse de Hollywood y mudarse con su familia a Irlanda. El actor explicó que la decisión estuvo motivada por la crianza de sus hijos y el deseo de darles una infancia lejos del foco mediático.
Patán, grosero, blasfemo, payaso, así llamó a Petro un ofendido cura en una iglesia, y con razón, porque el presidente intergaláctico con ínfulas de teólogo se metió en una zona vedada, la fe. Uno tiene la libertad de creer o no, pero también la obligación de respetar las creencias ajenas.
Sabemos que considerar mujeriego a Cristo es una más de las burradas de Petro, quien el mismo día afirmó con desfachatez que se vive mejor en La Habana que en Miami y que en la cama es inolvidable. Patético. Quienes siguieron el discurso o vieron algunas partes, recordarán su paradito en una sola pierna y con la punta del otro pie tocando el piso, como si fuese un actor o un modelo cuando no es más que un payaso ridículo.
Una burrada que le duele a la gente. Petro se acostumbró a ofender. Pelea con medio mundo y cosecha enemigos sin compasión. Su necesidad de hacerse notar es tan terrible y su ego del tamaño de una catedral. En fin, qué más se puede esperar una persona miserable y absolutamente infeliz.