lunes, 19 de agosto de 2019

Casa de citas / Graham Greene / El sabor de la esperanza

Julianne Moore / Sarah Miles
El fin de la aventura

Graham Greene
Biografía
EL SABOR DE LA ESPERANZA*

Cuando, después de la visita a Mr. Savage, volví a casa y la propietaria me dijo que Mrs. Miles había telefoneado, sentí la tranquilidad que solía sentir al oír abrirse la puerta de abajo y en seguida su paso en la escalera. Tuve la esperanza insensata de que, al verme el otro día, mi presencia hubiera suscitado en ella, no un sentimiento de amor, naturalmente, pero sí un recuerdo que, de un modo u otro, pudiera serme favorable. En aquella época me pareció que si conseguía volver a tenerla una vez siquiera —por fugaz e insatisfactoriamente que fuera— me sentiría de nuevo en paz, conseguiría eliminarla de mi sistema, y sería yo el que la dejara y no ella a mí.
Era una sensación curiosa, al cabo de dieciséis meses de silencio, marcar en el teléfono su número: Macaulay 7753, y más curioso aún que tuviera que buscarlo en mi cuaderno de direcciones, por no recordar exactamente la última cifra. Mientras oía la señal de llamada, me pregunta si Henry habría vuelto ya del Ministerio y qué le diría si era él quien contestaba. Entonces comprendí que ya no había por qué preocuparse de que se supiera la verdad. Las mentiras me habían abandonado, y me sentí tan malo como si ellas hubieran sido mis únicos amigos.
—¿Está Mrs. Miles? —pregunté.
La voz de una criada bien estilada repitió el número en mi oído.
—¿Mrs. Miles?
—¿No es Macaulay 7753?
—Sí.
—Desearía hablar con Mrs. Miles.
—Mrs. Miles no vive aquí —y colgó.
Nunca se me había ocurrido que las cosas pequeñas pudieran cambiar con el tiempo. Busqué Miles en la Guía, pero aun figuraba en ella el antiguo número; verdad es que la Guía era del año pasado. Iba ya a llamar a Informaciones cuando sonó el teléfono. Era Sarah. Con cierta vacilación preguntó: "¿Eres tú?" Nunca me había llamado de otro modo; ahora, sin los términos de afecto de otros tiempos, se sentía sin duda un poco desconcertada.
—Bendrix al aparato —contesté.
—Soy Sarah. ¿Te dieron mi recado?
—Ahora mismo iba a llamarte; tuve que acabar un artículo urgente. A propósito, no tengo tu número de ahora. Supongo que estará en la Guía, ¿no?
 —No; todavía no figura. Ahora es Macaulay 5204. Quería pedirte algo.
—Tú dirás.
—Nada muy importante, no temas. Me gustaría almorzar contigo uno de estos días.
—Encantado. ¿Cuándo?
—¿Te vendría bien mañana?
—Precisamente mañana no. El artículo no está aún terminado...
—¿El miércoles, entonces?
—¿Te daría lo mismo el jueves?
—Sí —y me pareció sentir cierta decepción en el monosílabo; a tal punto nos engaña nuestra vanidad.
—En este caso, si te parece, en el Café Royal a la una.
—Gracias: muy amable. —Y la voz sonaba como si lo sintiera realmente—. Hasta el jueves.
—Hasta el jueves.
Permanecí unos instantes con el teléfono en la mano, contemplando al odio como se contempla a un hombre estúpido y feo al que no se desearía conocer. En seguida disqué su número —aún no había debido tener tiempo de alejarse mucho del teléfono y dije precipitadamente:
—¿Sarah? Está bien mañana. Había olvidado una cosa. En el mismo lugar y a la misma hora.
Y todavía sentado, con los dedos sobre el aparato en silencio, y algo al fin que esperar, pensé, recuerdo: así sabe la esperanza.

*Libro Primero, Capítulo IV


Graham Green
El fin de la aventura
Sur, Buenos Aires, 1979, pp. 28-29

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