miércoles, 12 de agosto de 2026

Evelio Rosero / Lluvia de frailes en la selva

 

Evelio Rosero 

Lluvia de frailes en la selva


1

Primero llegaron en barco.

Eran mil cuatrocientos noventa y dos frailes que se desperdigaron como sombras por la tierra, esparcieron el bautismo a diestra y siniestra y clavaron en el corazón de cada aldea la cruz como una estaca mortal —según cuenta en su Historia de las misiones el monje sevillano Augusto de Jesús Recto Pacífico, y todavía añade—: Estos frailes eran la inteligencia, la soterrada cabeza de otros miles de barbudos trepados en sus equinos que asaban indios y los freían, los empalaban y desollaban, los reventaban y crucificaban en nombre de Dios.

 

Después llegaron en mula.

Después en tren.

Después los trajo el avión —como caídos del cielo.

 

Un 12 de octubre a las doce de la mañana arribó al aeropuerto un avión, y brotó de su puerta una horda de frailes hambrientos.

Eran frailes oscuros como sus hábitos y corrían ávidos en busca del restaurante. Y se sentaron a la mesa con impaciencia de niños, y masticaban las cabezas de pollo con todo y sus picos, lamían las rabadillas, trozaban patas y uñas, pulverizaban costillas, quebraban pescuezos y los chupaban ruidosos, sorbían los ojos que flotaban en el caldo y se mamaban los dedos y se frotaban los testículos y eructaban y pedorreaban y arremetían de nuevo hasta hartarse.

Usaban las mangas del hábito para limpiar sus bocazas de la sangre todavía caliente de las morcillas, de la negra manteca de cerdo que goteaba por sus papadas, al tiempo que transpiraban, cercados por la nube de mosquitos tropicales, y tragaban aire como si se tratara de otro invisible animal, como si se asfixiaran de delectación.

Los ojos y bocas espantaban; ningún aliento infernal se equiparaba al olor de sus axilas, al hedor de sus anos dilatándose. Sus pedos de azufre reventaban no solo desde el culo sino del agujero de las orejas y de las insondables gargantas que cantaban.

Y así, coreando himnos, levitantes, meditativos, se repartieron en grupos por el aeropuerto para conocer el mundo que por señal divina les correspondió. Muchos estaban destinados a la China, al Uruguay, a Honolulú, al Canadá, pero todos por siete días llegaban a este país del trópico a cumplir con una congregación de misioneros —inspiración del propio papa.

Incluso se decía que el mismo papa iba a asistir, o ya se encontraba en el país, en algún secreto lugar de la nunciatura apostólica, y que asistiría a las charlas escondido detrás de las paredes, o confundido entre el montón de purpu­rados, de incógnito, acaso disfrazado de monja, de simple lacayo, cocinero, escanciador de vino, tendedor de camas, quién sabe, quién puede saberlo.

 

Después del lujuriante almuerzo, mientras aguardaban a que los recogiera el autobús de la nunciatura, un grupo de frailes, el elegido para viajar en pocos días a la selva, se sentó a descansar a la sombra de unas escaleras.

Eran trece frailes variopintos que habían estado confinados en conventos de la Cantabria y Cataluña, de Francia y Alemania y Holanda. Encima de sus cabezas un como fulgor de Espíritu Santo alumbraba, porque en su mayoría eran calvos y la luz de la mañana fulgía en sus coronillas.

Estaban nimbados de luz celestial, sin saberlo.

Ninguno era mayor de cincuenta años, pero tampoco menor de cuarenta, excepto el juvenil fray Remolino Santángel, de veinte años.

Y a pesar de las horas que durmieron en el avión, sumidos como lápidas, roncando como si entonaran salmos, seguían con sueño, ¿o sería el pesado almuerzo explosionando sus vísceras? Sabían que debían hablar, porque la mejor arma contra el sueño era hablar, ya para hacer ruido o justificar su presencia en el mundo.

 

Uno se llamaba Mardoqueo Vanín, y era explícito en su cara: daba miedo.

Era un hombre alto pero parecía un enano si se encontraba sentado (como ahora, debajo de las escaleras), por su cabeza de tamaño descomunal; sus ojos como globos se elevaban hacia los peldaños por donde subía una mamá con sus dos niños, y no se sabía a quiénes contemplaba con más fruición, si a la mamá o a sus hijos que de pronto se asomaron a verlo y pegaron un alarido que sonó más que los aviones: habían visto la cabeza inmensa del enano que los vigilaba boquiabierto, la lengua roja apuntando a ellos como si los enredara por las gargantas y se los tragara.

La frente abombada como un orbe, las mejillas que colgaban como belfos de un animal inmensurable, las pupilas igual que piedrecillas de ónix, los huecos de la nariz como extraordinarias sepulturas, y un gesto de asombro infinito como si nunca en su vida hubiese visto dos niños mirándolo aterrados. Era el gesto admirado de un extraterrestre de visita que no puede con las ganas de reír, así era el gesto de fray Mardoqueo Vanín, de la orden de los jesuitas, y no era posible precisar si se trataba de la mirada de un enfermo de libido o de un Ángel de la Verdad, pero en todo caso la mujer y sus hijos desaparecieron como almas en pena, como huyó la Sagrada Familia del sátrapa Herodes.

Descollaba la cabeza de fray Mardoqueo entre las demás cabezas de monstruos sentados a su lado, doce en total, porque la cabeza de Mardoqueo era el universo: todo Mardoqueo Vanín era inenarrable: cuando se puso de pie por un instante para rascarse la joroba dio la sensación de tener no solo el tamaño de una jirafa sino sus mismos lánguidos movimientos, y cuando dijo algo, ¿o se lamentó de algo?, se descubrió que no tenía voz propia sino que imitaba la voz humana. Su boca parecía bostezar para siempre y no resultaba muy distinta del hocico de un perro: abierta era verdaderamente horripilante, peor que la peluda y resbalosa boca de la Muerte, tan semejante al sexo de mujer, pero con dientes. Maravillaba su robusta nuca, tallada en piedra, porque ostentaba en su cima seis o diez escamas de serpiente y fulgía rojiza como nimbada por un rayo luciferino. Más de un pasajero del aeropuerto, cuando miró por azar su frente, creyó constatar la presencia de dos dimi­nutos cuernos. Tenía seis dedos en cada pie, y pelos como cerdas de puerco alrededor de los tobillos, y por eso en el convento de Sevilla donde estudió y publicó una Fenomenología de la Inquisición lo apodaban Maldición de Dios en Dos Piernas.

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Autor: Evelio Rosero. Título: Lluvia de frailes en la selva. Editorial: Alfaguara.


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