domingo, 10 de mayo de 2009

Triunfo Arciniegas / La mujer del comeclavos

Ilustración de Luis Royo
Triunfo Arciniegas
LA MUJER DEL COMECLAVOS


La mujer del comeclavos no se lamenta del oficio de su marido, al fin y al cabo de algo tienen que vivir, sino de su insistencia en penetrar cada noche sus heridas. Durante el amor, los clavos tragados asoman por toda la piel del hombre y se acomodan en los orificios antiguos y recientes del cuerpo de la mujer, que debe recibirlos entre gemidos, y entregárselos temprano, con un beso, cuando el hombre sale al trabajo.


Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro


 

sábado, 9 de mayo de 2009

Triunfo Arciniegas / Escritura


Escritura
Copacabana, Rio de Janeiro, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
ESCRITURA

Cada vez que escribo enfrento el misterio, el miedo, la incertidumbre. De poco han servido las historias anteriores. Conozco cierta técnica, cierto manejo de las frases, la mente conserva determinados principios, el cuerpo practica manías inviolables, la mirada se rinde a la disciplina de atrapar las imágenes, pero uno se encuentra desprotegido y nunca se sabe si la criatura poética será digna, si será poética o al menos criatura, si debe conservarse para un posible lector o debe eliminarse. La página en blanco cada vez es una nueva aventura y, como tal, absolutamente riesgosa, diferencia esencial con otros oficios. El artesano mantiene la rutina del oficio: elabora un canasto exactamente como el anterior, con la misma técnica, los mismos instrumentos e incluso en el mismo lapso de tiempo, y así elaborará todos los canastos del resto de su vida. El artista cada vez debe crear un nuevo objeto y repetirse va en detrimento de su arte.
     Escribo deprisa, en estado de hechizamiento, por lo general tan pronto llega la idea, que se sintetiza en una sola frase o en una sola imagen que se desencadena en palabras, y me valgo de frases elementales y torpes para despachar toda la materia, para desatar el delirio interior, toda el agua que fluye del pozo de la magia cuya ubicación exacta, como magia que se respete, debe ser ignorada.
     Es como una búsqueda entre la niebla: el texto va diciéndose a medida que se avanza. Como tantear en la oscuridad un cuerpo amado: no hay necesidad de abrir los ojos para saber de quién se trata.
     Tengo miedo. Pero no un miedo aterrador que paralice, que invite a huir, sino el miedo del hombre que atraviesa la cuerda floja, riesgo y sustento a la vez. El papel en blanco es el vacío. Confiesa el poeta Eliseo Diego con absoluta precisión: “Me da terror este papel en blanco\ tendido frente a mí como el vacío\ por el que iré bajando línea a línea\ descolgándome a pulso pozo adentro\ sin saber dónde voy ni cómo subo\ trepando atrás palabra tras palabra\ que apenas sé que son sino son sólo\ fragmentos de mí mismo mal atados...”
     Las palabras no sólo significan el equilibrio, ante el viento de la incertidumbre, sino la salvación. Nunca es fácil pero siempre es fascinante. El trabajo de la frase, la arquitectura de la sintaxis, viene después: asunto de toda la vida. Ahora sólo aspiro a llegar al final de un borrador sin desperdiciar el milagro de la historia. En esta primera versión apenas se consigue un esqueleto, tal vez repulsivo pero en todo caso fundamental para la firmeza de la carne, y uno sabe desde entonces si la historia se ha logrado. Al día siguiente, todavía caliente, digito esta versión en el computador e imprimo de inmediato. Entonces empiezan las lecturas. Tres para cada nueva impresión. Leo y voy corrigiendo, las márgenes se llenan, el texto se enriquece. Vuelvo a limpiar en la pantalla e imprimo de nuevo. A medida que el texto se acerca a su versión definitiva, las correcciones escasean. En ocasiones busco lectores y me regocijo con mi propia lectura, y de pronto encuentro algún paso en falso, algún pasadizo que debo recorrer, alguna puerta que debo cerrar. Aspiro a alcanzar el momento en que deseo que no se mueva una sola coma. Entonces la historia, para mí, ha terminado. Lo que sigue es asunto del lector.
     Vivo fascinado por el contacto de la mano y la hoja, por el río de la tinta, por los garabatos de mi letra que quieren fundirse en una línea recta, en una cuerda de secar la ropa. Mi letra es una cuerda que se retuerce al sol, una serpiente que se parte cada dos, tres o cuatro signos. Es un buen invento, una letra rápida que casi alcanza la velocidad de mi máquina de imaginar. Mi oficio no es pensar sino imaginar. No me considero un pensador, un filósofo, sino un imaginador, un bebedor de relámpagos. Soy un hombre que construye un mundo sobre el papel en blanco.
     Un hombre de palabras. Como, sueño, respiro palabras. El lenguaje es plastilina, chicle, barro, el material que sostiene mi mundo. Dice Barthes en El placer del texto: “Me intereso en el lenguaje porque me hiere o me seduce”. La seducción de una herida o la herida de la seducción. En todo caso, la seducción de la escritura vivida de una manera irremediable.
     En mí todo se vuelve lenguaje. La mirada se transforma en lenguaje, la experiencia se transforma en lenguaje. Lo que no es escritura es como si no existiera. Las cosas existen porque se nombran. Lo que no tiene nombre es lo que no existe. Escribo para nombrar el mundo. Y a su vez, contarlo.
     Creo que cada historia tiene su momento. Que una historia no se puede escribir antes de tiempo ni tampoco se puede dejar pasar. En el primer caso, la criatura madura biche, y, en el segundo, se pudre. Es como el amor: en el preciso instante.
     ¿Cómo es posible una nueva criatura? ¿De dónde viene? ¿Cómo se forma, cómo nace, cómo se reconoce? ¿Existe el mar de las historias?
     La mayoría de los escritores reniega de la inspiración, considerada como una invención romántica, pero todos practican diversos rituales a la hora de escribir. Algunos no pueden separarse de una antigua máquina, otros sólo pueden escribir a mano y otros nada más que en ambientes familiares. Algunos preparan el texto mentalmente antes del momento decisivo y otros se enfrentan a la página en blanco como un explorador que parte a una expedición, dispuesto a toda clase de aventuras. Unos prefieren la mañana y otros la noche. La escritura es una dama misteriosa, esquiva y avasalladora a la vez, y para atraparla los escritores tejen sus trampas según su experiencia, sabiduría y magia.
     Escribir es una pasión. Requiere tanta entrega, tanta dedicación, y absorbe de tal manera que Marguerite Duras habla con toda razón de "el mal de escribir". Precisa Duras en Escribir: “Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al contrario. La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez”. Por otra parte, según Barthes en El placer del texto, Bataille decía: “Escribo para no volverme loco”.
     “Quien conoce el placer de crear no conoce otro mayor”, dice León Tolstoi. Corroboro estas palabras cada vez que leo una buena entrevista de un escritor, un pintor, un director de cine. Confiesa Vargas Llosa al periodista Ricardo Setti: “Yo tengo un gran amor a la vida. Creo que mantengo una enorme curiosidad y apetitos múltiples. Creo que lo que más me gusta es la literatura. Es decir, mi trabajo de escritor, para mí, no solamente es mi obsesión, mi adición, es exactamente mi gran placer, es lo que me produce una gran exaltación, una gran excitación”. La literatura es una vocación excluyente y el escritor se entrega sin reservas al servicio de su vocación. Concluye Vargas Llosa en sus conversaciones con Ricardo Cano Gaviria: “Porque, para el escritor auténtico, escribir es su única manera de vivir, algo de lo cual no puede prescindir, del mismo modo que el alcohólico no puede prescindir del alcohol ni el drogradicto de las drogas”.
     Dice Barthes a propósito de “Flaubert y la frase” en El grado cero de la escritura: “Es evidente que el estilo compromete toda la existencia del escritor y por esta razón mejor valdría llamarlo desde ahora en adelante una escritura: escribir es vivir”.
     ¿Qué razones hacen que el oficio de vivir se confunda con la pasión de crear? ¿Cuáles son los secretos de esta pasión? ¿Por qué resulta tan devoradora?
     “Escribir es tan misterioso como cocinar”, dice Gabriel García Márquez. Buena respuesta. La escritura no se puede traducir en fórmulas, reglas o leyes, por fortuna; de ahí se deriva su inmensa fascinación, su seducción. El infinito mar de las historias mantiene sus secretos.
     Por otra parte, la explicación del misterio siempre será inferior al misterio. Nos fascinan los conejos que salen del sombrero del mago mientras nadie nos explique la magia.
     Como lectores, somos el público que ve al mago sacar conejos del sombrero, pero como creadores somos el mago. Sabemos algo que el lector ignora, desde luego, pero no todo. El conejo vendrá pero no sabemos de dónde. Vivimos con esta ilusión y lo apostamos todo.
     Los escritores confían en la disciplina, en ciertas rutinas salvadoras, reniegan de la inspiración pero no pueden negar ciertos elementos mágicos del proceso creativo: la labor del inconsciente que ata cabos y abre puertas, las historias que casi se escriben solas, la infinidad de lecturas de un texto, la imposición de personajes y temas, pues los temas escogen al escritor y no al contrario y los personajes se rebelan y hasta pretenden escribirse a sí mismos. El riesgo no sólo es parte de la aventura sino una de las delicias del oficio. Ningún escritor tiene todas las preguntas resueltas ni considera que domina la complejidad del oficio. Es más, aprendiz eterno, vive en una búsqueda permanente.
     La literatura me ha permitido vivir de una manera intensa y singular. Me ha hecho así. La escritura es mi consuelo, mi salvación, mi equilibrio. Estoy vivo porque escribo y escribo para estar vivo. Escribo para respirar. Escribo para espantar la muerte, que es lo mismo. Entretengo a la muerte, distraigo a la muerte y todos sus oscuros designios. La escritura es una cuerda floja, riesgosa, pero preferible al abismo. La escritura me permite vislumbrar el abismo pero me mantiene a salvo de lanzarme.
     No sólo estoy de cara al abismo sino frente al gozo, el regocijo, la intensidad de la vida misma. Sea cual sea el tema, desde el más terrible y doloroso hasta el más feliz, la escritura es un festejo de la vida.
     He organizado mi existencia alrededor de la escritura. Todo va o viene de este centro. Nada es posible fuera de este centro. Mi pasión y mi esclavitud. Dice Borges: “La vida exige una pasión”. Esta es la mía, para siempre.
     Defiendo con fervor las palabras de Cortázar: “Creo que la literatura sirve como una de las muchas posibilidades del hombre para realizarse como homo ludens, en último término como hombre feliz. La literatura es una de las posibilidades de la felicidad humana: hacerla y leerla”.
     Admiro la gente con el poder de fascinar a otros: magos, trapecistas, cantantes, actores, directores de cine, escritores, deportistas, seductores. Inventan un mundo y nos embeben. Nos elevan, nos enriquecen, nos permiten la vida. Hacer parte de este mundo de fascinación que es la literatura es un privilegio, una dicha, un honor. Somos parte de un territorio imaginario porque sabemos con certeza que la imaginación sostiene al mundo.




sábado, 1 de marzo de 2008

Triunfo Arciniegas / Secretos


Triunfo Arciniegas
SECRETOS

Esconde los secretos en un cofre de plata debajo de la almohada. Su boca desconoce la infidencia, el reclamo y la súplica. Toda su vida reposa en el cofre como una rata asustada. Ella, que nunca saboreó el aroma de los hombres dormidos ni la algarabía de los bares ni la desnuda luna de las brujas del bosque, duerme con un ojo abierto como todo dueño de un tesoro. Sueña que abren el cofre y riegan en la plaza con descaro sus pobres secretos: deseos, humillaciones, pequeñas venganzas. Nada sucede, sin embargo. Cada mañana la mujer despierta para comprobar que el cofre sigue intacto. Sólo después de su muerte, alguien lo abre y encuentra nada más que un puñado de polvo.



viernes, 29 de febrero de 2008

Triunfo Arciniegas / Alas a mitad de precio


Triunfo Arciniegas
ALAS A MITAD DE PRECIO

Wings, Two for One

De verdad termino el día cansado. No es para menos. Los negocios van de mal en peor. De capa caída, como dicen. La gente no dispone de dinero como antes ni tanta fe. En estos tiempos de escándalo a la gente no le interesan las alas. Ni a mitad de precio.
     A mi abuelo, de quien heredamos el oficio, le fue de maravilla, según cuentan. Tenía tres casas y un caballo. Eran otros tiempos. Usaba bigotes grandes, frondosos, mazamorreros, y botas de general de la guerra, como atestiguan las amarillentas fotografías del baúl. No alcancé a conocerlo. Con mi padre, aunque se dedicó a la bebida, el negocio todavía floreció. Se bebió las tres casas y el caballo. Mamá nos abandonó. Nos dejó solos. En el baúl, que sólo abrí después de la muerte de papá, no encontré ninguna foto suya. Era bonita y muy alegre. Le gustaban los músicos. Las malas lenguas dicen que un cantante de boleros le robó el corazón y la arrastró por la calle de la amargura.
     Ahora la gente se burla del negocio. ¿Quién quiere volar con unas pinches alas si hay aviones a la mano? Cómodos, tibios, eficaces aviones. ¿Quién puede contradecirles? Algunos me compran alas para sus disfraces decembrinos o para el día de brujas. Sólo dos fechas en todo el año. ¿Y el resto? Como si uno no comiera en otros meses.
     He recorrido a pie el hilo de unos diez kilómetros de ciudad. No abordo el bus porque los pasajeros se incomodan, que tal que de pronto les chuce los ojos, y el taxi sale caro. Ahora sólo salgo de casa con un par de alas. Si consigo venderlas, salvo el día, no aspiro a más. Hoy no he podido.
     Estuve a punto. Casi al mediodía, en La Castellana, que es un barrio de ricos, vi un niño en la ventana de una casa blanca. Me atrajo su aire de desamparo. Empecé a hacerle preguntas. Al principio ni siquiera me miraba. Luego lo hice reír. Tenía cara de querer jugar con un bonito par de alas. A menudo sostengo conversaciones tediosas, hay muchos desocupados en la ciudad que quieren matar el tiempo con un tipo que se empeña en vender alas, pero el niño tenía su genio. Tenía su ángel. Sólo le faltaban las alas. Me confesó su anhelo de brincar de un árbol a otro como las ardillas para escapar del monstruo que se traga la noche a dentelladas. Estábamos muy entretenidos cuando vino su madre y lo regañó por conversar con extraños. Ni siquiera alcancé a proponerle el negocio de las alas. Me gusta conversar con los clientes. Quiero que se sientan felices con su compra. Al fin y al cabo, alas no se compran todos los días. Digo que estuve a punto pero quién sabe. Con mujeres así pocas veces se puede. O piden una rebaja descarada o dan por hecho que a sus hijos no les interesan las alas.
     Para descansar de la hinchazón de los pies, entro a El Limonar y pido un café negro. Estiro la mano por debajo de la mesa, aflojo los cordones con disimulo y experimento la soportable levedad del ser. El dueño me sirve el café sin palabras. Debe estar cansado de clientes que sólo piden café. En la mesa del fondo un viejo cabecea frente a un pocillo vacío. El dueño no manifiesta ninguna curiosidad por las alas. Es gordo. Tanto que en sus pantalones caben sin duda tres vendedores de alas. Olvidé mi libro de poemas. Hubiera podido corregir un verso a esta hora tan deliciosa. Tal vez. Todavía me espera trabajo en casa. Tengo un cuarto que da al patio en el barrio más antiguo de la ciudad, refugio de poetas y maromeros, locos que venden collares y críticos de arte que alaban la belleza y se mueren de hambre. Y ladrones. Hay una mano de ladrones que da miedo. Cuando se me hace tarde nos cruzamos. “Con ese man no se metan”, dice alguno, y me dejan sano. “Vende alas.” Como quien dice, estoy más jodido que los mismos ladrones. Oficios duros. O será que de pronto necesitan un par de alas para subir al cielo. ¿De qué otra manera alcanzarán el cielo? Tengo una ventana que da al patio donde un árbol presta abrigo a los pájaros. Una ventana para airear el alma. Quien trepe al árbol puede contemplar el cementerio. Uno se acostumbra pronto a la vecindad de los muertos que, entre otras cosas, no causan molestia alguna. No roban. Debo cepillar las alas cuando llegue a casa, desempolvarlas. La gente toca pero no compra. Manosea. A veces debo lavarlas, con sumo cuidado, con dedos de señorita. No quiero que parezcan de segunda mano porque el negocio deja de ser rentable. Sueño con mazacotes de alas, con mujeres untadas de miel que se revuelcan en lechos de plumas, con alas manchadas de sangre. Estiro la mano debajo de la mesa y rasco con gusto.
     Cuando concreto una venta entro a cine. No me importa la película. Las disfruto por igual aunque las haya visto diez veces. Lo que importa es que en la tibia oscuridad del teatro puedo quitarme los zapatos. El otro día conocí a mi novia en el Teatro Almirante Padilla. Carmencita Garay, natural de San Juan de Río Seco, de piernas delgadas, bastante bonita y aficionada al chicle. Pensó que por ella iba tanto a ver Lo que el viento se llevó. Las mujeres son así de ilusas. Supongo que su marca era mundial: había visto la película treinta y siete veces en diez años. El asunto de nuestros amores no demoró mucho. Se enamoró de un librero. El otro día los vi comiendo helado en el Parque de los Cerezos. Toda embarazada, vestida de azul y rosa, me hizo un adiós con la mano. Vi que el librero le preguntaba quién era ese tipo. Vi que ella soltaba la risa y se le salía de la boca un pedacito de helado. Ay, Carmencita Garay, la que el viento se llevó. Mi enamorada, qué palabra tan dulce.
     A veces me acuerdo de ella. Pienso que si le hubiera mostrado mi libro de poemas tal vez se hubiera casado conmigo. Tengo un retrato suyo en la billetera. Me lo dio cuando le propuse matrimonio. No me respondió. Sólo sopló para apartarse un mechón de la frente. Al despedirse, ya con un pie en el bus, me dio el retrato. Después conoció al librero y se casaron a toda prisa.
      No tengo afán pero me preocupa el asunto del matrimonio. Si no me caso, no tendré hijos. Y si no tengo hijos, no sabré a quién heredarle el baúl y el oficio de vender alas. No es un baúl con muchos tesoros: solamente fotos, una cámara antigua, trompos, un revólver que ya no funciona, un anillo de mujer. Matrimonio y mortaja del cielo bajan, dicen, y es cierto porque si no me cae del cielo no entiendo cómo voy a enamorar otra mujer. Soy un hombre cansado. Nadie va a casarse con un largo cansancio. Estoy hecho de padecimientos. Se me ha ido la vida vendiendo alas y escribiendo un libro. Ya no pregono con la voz de otros años.
     Todavía estoy pensando en Carmencita Garay cuando ocurre el milagro. Una muchacha bañada en lágrimas entra a El Limonar, se sienta en la mesa contigua y se deja mirar. El dueño se acerca a recibir el pedido. Tal vez la mujer se decida por un postre y un delicioso capuchino. Me gustaría verle un bigote de espuma. Pero no creo que con esas lágrimas se decida por algo tan alegre.
     -Un vaso de agua, por favor.
     Me lo temía. El dueño hace un gesto de desilusión, de fastidio. Así para qué abrir un negocio. Agua y café, los clientes no piden más. Al dueño no le interesan las lágrimas.
     La mujer bebe el agua despacio. Se le sale por los ojos a toda prisa. Me le acerco hipnotizado, contemplo el lunar de su cuello y le ofrezco las alas.
     -Vuele -le digo.
     Ella se levanta, se acomoda las alas y sale volando. En la puerta vuelve a mirarme y como que me envía un beso con la punta de los dedos. El dueño corre tras ella. Me levanto. La mujer olvidó pagar el vaso de agua. Cuento una y otra vez las monedas: apenas me queda para cancelar el café. Voy hasta la puerta. La muchacha se ha perdido en el cielo de las siete de la noche.
    -Lo único que me faltaba –dice el dueño-. Que se me vuelen los clientes.




Triunfo Arciniegas / Señales


Fotografía de Triunfo Arciniegas
Chíchira, 2008

Triunfo Arciniegas
SEÑALES

La niebla extiende sus lentos límites. Los hilos atan los párpados sin escándalo. Soy pez ciego. Las palabras se extravían como cuerpos en la oscuridad. No hay señales.
     Navego y tropiezo.
     Corro y lamo, bestia enamorada. Aúllo a las ventanas cerradas. Orino junto al poste coronado de polillas. Cabeceo contra las esquinas y en las esquinas cabellos mutilados. A veces sangre. Sólo cuerpos dormidos en las garitas y el sol amarrado como un perro.
     Pájaro de patas apedreadas, boca sin dientes ni palabras. Pájaro torpe que no entiende los mensajes del viento. Pájaro que picotea sus propias plumas. El viento que se retrasa, se engarza, enamorado, en las ventanas. Sonámbulos, entre cuchillos, rondan. Alguien desnuda una navaja. Luego silencio.
     Sitiado, acorralado, atrapado. Cercenado. Colmillos en todas las salidas, fauces abiertas como pérfidos muslos que desembocan en la oscuridad. Una mujer se arrastra amordazada hasta el hilo de luz de una rendija. La puerta se abre y se cierra al designio del viento en la casa abandonada. El humo se riega como aceite. La lluvia deslíe las cartas inconclusas, la tinta se derrama. Estéril tinta que no encuentra útero, que no escribe su página de luz en la carne. Sangre y semen detenidos. La lengua enredada en la saliva. Han cosido los labios, los párpados, las vaginas, sin escándalo, Señor. Se han ido todos. Todos. Escasamente todos.
     Pájaro o pez.
     Pájaro desnudo que se revuelca en la porquería de sus plumas arrancadas.
     Pez que jadea en el barro de las últimas lluvias.
     Anzuelos en el aire.
     En verdad no hay señales.


Pequeño mío

Frank Marc
Gato sobre almohadón amarillo

PEQUEÑO MÍO

Al afeitarse esa mañana descubrió que tenía cara de gato: se erizó. La espantosa imagen lo persiguió durante el día, en cada pausa del trabajo: los ojos claros de dilatadas pupilas, los bigotes enhiestos, las orejas puntiagudas, y su grito, su propio grito, que le descubrió un par de pequeños y finos colmillos. En la noche, sobre el cuerpo jadeante de la mujer, maulló: tuvo sueños horribles con ratas y perros y otras bestias. Al despertar se deslizó entre las sábanas, lamió los tobillos blancos y dulces y luego, perezoso, mientras los dedos de sangrientas uñas le recorrían el lomo, bebió la leche que la mujer le trajo en el platito.

Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

Pequeños cuerpos

Carlos Lerín

PEQUEÑOS CUERPOS

Los niños entraron a la casa y destrozaron las jaulas. La mujer encontró los cuerpos muertos y enloqueció. Los pájaros no regresaron.

Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla


Hoja de vida


Triunfo Arciniegas

Escritor colombiano, nacido en Málaga. Magíster en Literatura (Pontificia Universidad Javeriana) y Especialista en Traducción (Universidad de Pamplona). Antes maestro de herrería, zapatero, portero de discoteca, expendedor de una estación de gasolina, librero de fin de semana, maestro de escuela y profesor universitario, ahora se dedica a la escritura, la fotografía, la pintura y otras delicias. Ha publicado El jardín del unicornio y otros lugares para hombres solos (2002), Noticias de la niebla (2003), Mujeres muertas de amor (2008), Cuerpo de amor herido (2010) y Mujeres (2011). Su obra para niños incluye los siguientes títulos: La silla que perdió un pata y otras historias (1988), El león que escribía cartas de amor (1989), La media perdida (1989), La lagartija y el sol (1989), Las batallas de Rosalino (1989), Los casibandidos que casi roban el sol (1991), Caperucita roja y otras historias perversas (1991), La muchacha de Transilvania y otras historias de amor (1993), La pluma más bonita (1994), Serafín es un diablo (1998), El Superburro y otros héroes (1999), El vampiro y otras visitas (2000), La sirena de agua dulce (2001), Los besos de María (2001), Pecas (2002), Mamá no es una gallina (2002), La gota de agua (2003), La verdadera historia del gato con botas (2003), Tres tristes tigres (2004), Carmela toda la vida (2004), La caja de las lágrimas (2004), Roberto está loco (2005), Los olvidos de Alejandra (2005), El árbol triste (2005), La hija del vampiro (2006) Yo, Claudia (2006) Señoras y señores (2007), Bocaflor (2008), María Pepitas (2008), El papá de los tres cerditos (2009), El último viaje de Lupita López (2011), Las barbas del árbol (2011). Como dramaturgo, ha publicado: La vaca de Octavio (1997), La araña sube al monte (1997), El pirata de la pata de palo (1997), Lucy es pecosa (1997), Mambrú se fue a la guerra (1998), Después de la lluvia (1998), Torcuato es un león viejo (2000), Amores eternos (2003), La ventana y la bruja (2003), El amor y otras materias (2004), La casa de chocolate (2009).

Obtuvo el VII Premio Enka de Literatura Infantil en 1989, el Premio Comfamiliar del Atlántico en 1991, el Premio Nacional de Literatura de Colcultura en 1993, el Premio Nacional de Dramaturgia para la Niñez en 1998, el Premio de Literatura Infantil Parker en 2003 y el Premio Nacional de Cuento Jorge Gaitán Durán 2007.

Su obra hace parte de las antologías Colombia à chœr ouvert (París, 1991), Und träumten vom Leben: Erzählungen aus Kolumbien  (Zürich, 2001),  Hören wie die Hennen Krähen (Zürich, 2003), Cuentos de esto y de aquello (San José, Costa Rica, 1993), Antología de los mejores relatos infantiles (Bogotá, Presidencia de la República, 1977), Cuentos breves latinoamericanos (Buenos Aires, Coedición Latinoamericana, 1998), Poesía de América Latina para niños (Sâo Paulo, Coedición Latinoamericana, 2000), Cuentos sin cuenta/Relatos de Escritores de la Generación del 50 (Cali, Universidad del Valle, 2003), Cuentos breves de América y España (Buenos Aires, 2004), Historias para girar (México, SM, 2004), Historias para habitar (México, SM, 2004), Cuentos y relatos de la literatura colombiana (Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 2005), Antología del microrrelato hispánico (España, Menoscuarto, 2005) y Transmutaciones: Literatura actual colombiana (España, Editorial Regional de Extremadura, 2009).