La edición que leo es reciente y trae dos regalos de excepción, uno es un texto del mismo Arciniegas datado en 2002 que refiere a la elaboración de este libro: “escribí de una sola sentada la primera versión en Meissen, un barrio del sur de Bogotá en 1988. Una noche me despertaron las mujeres de la casa porque se habían entrado los ladrones y como era el único hombre en ese momento, me correspondía enfrentar el peligro, me armé con una escoba y, seguido por las temblorosas mujeres, esculqué todos los rincones de los tres pisos. ‘Que no haya nadie, que no haya nadie’, me decía. Por fortuna no había nadie. Amanecimos conversando en la sala (...) cuando… mis amigas… se fueron a dormir, entones me senté a trabajar en una idea que me rondaba desde el año anterior, dichoso porque había salvado las doncellas de los peligros de la noche. Escribí durante más de treinta horas sin parar. Durante el día sólo hacía una pausa para bajar a comer, pero durante la noche ya no había necesidad. El rumor de la máquina inundaba la casa. ‘Anoche dormí tan tranquila sabiendo que usted estaba despierto’, me dijo una de las mujeres”. Cuenta que el personaje principal es un herrero, como su padre, y cuenta que en los catorce años que llevaba el libro escrito hizo veinticuatro versiones distintas de Las batallas de Rosalino.
La historia que cuenta está resumida en el capítulo 2: Rosalino “se hizo famoso por las tres grandes batallas y la naturaleza de los tres terribles contendores: el zancudo que horrorizaba a las pulgas, la bruja que perseguía al gato y el dragón de Chíchira que robaba muchachas. Los bandidos hacían y deshacían en su reino. Ya casi no quedaban pulgas en el vecindario; el zancudo, que se creía invencible. De la bruja, gorda y melindrosa, se decía que solo se alimentaba con caldo de gato negro. Ya casi no quedaban gatos en el vecindario. Y, en cuanto al dragón, no respetaba muchacha bonita, ojalá fuese negra y de pasito tun tun”.
Mi personaje favorito de Las batallas de Rosalino es Clodoveo Tatatá, el árbol, sí, un árbol, que está en la casa de Rosalino: “Clodoveo, el árbol que sombrea la casa de Rosalino, se estremece y suspira su cosecha de pájaros. Por la ventana espía la ceremonia matutina del maestro, que se endereza entonces para evitarse la joroba aunque hace como setenta años que nació. Pero ‘es mejor prevenir que lamentar’, Clodoveo, corazón de pájaro, se estira hacia allá, al otro lado de la casa, como anhelando otros aires. Temblor de hojas en la música del viento. Lamenta que no sea domingo, cuando Rosalino descabeza una siesta debajo de la conversación de los pájaros, y suspira: ‘el que a buen árbol se arrima, buen sombra lo cobija’. Clodoveo, repleto de pájaros y hojas multicolores, se siente nube, viento, pájaro, estremecido por un pensamiento todavía mejor: ‘el que con pájaros anda, al fin vuela’. Clodoveo entonces, tan tierno, parece flotar: se come los pájaros, la casa, los tréboles. Se come las nubes que pasan, el viento perfumado, los caminos, y es feliz hasta las mismas raíces. La tierra se endulza y la savia es pura miel. Se dicen cosas de Clodoveo Tatatá, el árbol que sombrea la casa de Rosalino, la más bonita de Monteadentro. Que de noche viaja a otros países con su cosecha de pájaros. Que se pone de camisa una nube gris y se pinta bigotes, habla lenguas extrañas y las hojas se alborotan como borrachas. Que a medianoche baila junto a la luna y al amanecer se queda quieto en su lugar de siempre, lleno de viento y música. Eso se dice de Clodoveo Tatatá”.
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