La historia de Ernesto "Che" Guevara es, para el mundo, la de un romántico de boina y mirada infinita. Pero para el escritor Jacobo Machover y miles de cubanos, esa imagen es la "gigantesca mentira" del siglo XX. Detrás del póster que adorna habitaciones universitarias, se esconde la crónica de un hombre que amaba el estruendo del paredón tanto como su propio puro, y que convirtió la muerte en una doctrina política. Esta es la historia del Che que los manuales de izquierda prefieren no contar.
En 1959, la guerra contra Batista había terminado, pero para el Che Guevara, la sed de "justicia" apenas comenzaba. Como comandante de la fortaleza de La Cabaña, supervisó cerca de 200 ejecuciones a sangre fría.
No eran combates; eran fusilamientos de gente que no tuvo juicios dignos. Muchos duraban apenas media hora antes de recibir el tiro de gracia. El propio Che lo confesaría años después ante las Naciones Unidas: "Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario". Para sus víctimas, no era un humanista, sino un verdugo que disfrutaba sentarse en un muro, fumando, mientras veía caer a los condenados.
El Che no solo mataba; teorizaba sobre el asesinato. En su mensaje a la Tricontinental, definió al revolucionario como una "máquina de matar" movida por un odio intransigente.
La Patología: Ya en sus viajes de juventud (1951), escribía en su diario: "Degollaré a todos mis enemigos".
El Fanatismo: Machover argumenta que estar dispuesto a morir por una idea no es una virtud (también lo hacen los extremistas), pero estar dispuesto a matar sin piedad es una patología.
El Final Humano: Al ser capturado en Bolivia, el mito del "guerrero heroico" se resquebrajó por un instante cuando gritó: "No disparen. Soy el Che Guevara. Valgo más vivo que muerto". En ese momento, el miedo a la muerte lo hizo, por fin, humano.
Como presidente del Banco Nacional, el Che fue una "catástrofe absoluta". Bajo su mando, el peso cubano perdió su valor y la economía se hundió en la utopía de los "estímulos morales" (dar medallitas en lugar de salarios dignos).
Pero su legado más oscuro fue la creación del primer campo de trabajo forzado en la península de Guanahacabibes.
Este fue el embrión de las UMAP, donde el régimen castrista encerró a homosexuales, católicos y a cualquiera que no encajara en la moral del "hombre nuevo". El Che impuso un orden moral represivo contra la vida alegre, la música rock y los cabarets de la Cuba prerrevolucionaria, calificando de "antisocial" todo lo que no fuera disciplina militar.
Incluso sus compañeros más cercanos terminaron aterrados. Daniel Alarcón Ramírez, "Benigno", quien luchó junto a él en la Sierra y en Bolivia, confesó antes de morir que su antigua admiración por Guevara se transformó en un miedo paralizante. Recordaba la frialdad con la que el argentino administraba el terror, una sombra que ni 50 años de propaganda han podido borrar de la memoria de quienes conocieron la verdadera "cara oculta" del guerrillero.
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