FIDEL CASTRO Y LOS DIPLOMÁTICOS
El 9 de agosto de 1976, dos jóvenes funcionarios de la embajada de Cuba en Argentina, Crescencio Galañena Hernández y Jesús Cejas Arias, caminaban por el barrio de Belgrano cuando fueron interceptados por un grupo de tareas de la dictadura militar argentina. La propaganda de Fidel Castro lanzó inmediatamente una campaña internacional denunciando el secuestro de "inocentes diplomáticos" víctimas del Plan Cóndor. Sin embargo, los archivos desclasificados décadas después contaron una historia muy distinta: Galañena y Cejas no eran simples burócratas; eran oficiales del G2 (Inteligencia Cubana).
Su misión en Argentina no tenía nada que ver con las relaciones exteriores. Ambos servían como enlaces logísticos y operativos para el PRT-ERP, una de las guerrillas más violentas de la región. Cuba utilizaba su valija diplomática para ingresar armas, dinero y equipos de comunicación para financiar secuestros extorsivos y atentados en suelo argentino. Los "diplomáticos" eran, en realidad, instructores y facilitadores de la guerra civil. Fidel Castro estaba utilizando la soberanía argentina como un tablero de ajedrez donde las piezas eran grupos terroristas subsidiarios de La Habana.
El destino de los agentes fue atroz. Tras ser llevados al centro clandestino de detención "Automotores Orletti", fueron torturados para extraerles información sobre las rutas de dinero y las identidades de otros espías cubanos en el continente. En 2012, sus restos fueron hallados dentro de barriles metálicos rellenos de cemento en un predio de la zona norte de Buenos Aires. La dictadura argentina cometió un crimen de lesa humanidad, pero Fidel Castro cometió un crimen de irresponsabilidad y desprecio por sus propios hombres al enviarlos a operar en la clandestinidad bajo una falsa protección oficial.
El caso de los "diplomáticos-secuestradores" reveló la verdadera cara de la política exterior de Castro: el uso de la inmunidad diplomática para exportar el terrorismo y la inestabilidad. Cuba no enviaba diplomáticos para construir puentes, sino agentes para dinamitarlos. Los barriles de cemento en Argentina son el monumento mudo a una era donde La Habana decidió que la soberanía de sus vecinos era un sacrificio aceptable en el altar de su expansión ideológica.


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