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| Apocalypse Now |
‘Apocalypse Now’: el libro que merecía una obra como la de Coppola
Conocí a Francis Ford Coppola hace 11 años gracias a mi gran amigo Pachi Arroyo, fallecido en 2024 de forma absolutamente injusta y absurda. Pachi, cultísimo abogado con buenos contactos en la Fundación Princesa de Asturias, me dejó colarme en un encuentro muy cercano con cineastas y allí disfruté de aquel coloso que había rodado la trilogía de El padrino. Me limité a escuchar y a observar sus calcetines de diferentes colores. A Coppola, una mezcla de artista europeo e industrial típicamente americano, le gusta ser homenajeado, pero también comunicar sus ideas, proyectos. Y preguntar a los jóvenes. Nunca ha parado y con Megalópolis se volvió a arruinar porque, aunque ha sabido ganarlo y moverlo como pocos, jamás ha respetado el dinero. También estuvo a punto de arruinarse con Apocalypse Now, que financió hipotecando hasta su casa, pero aquella arriesgadísima apuesta resultó ganadora.
Lo primero que hoy llama la atención de Apocalypse Now es que es imperecedera porque sigue siendo actual. El filme se basa en El corazón de las tinieblas, fabulosa novela corta de Joseph Conrad inspirada en las atrocidades coloniales en el Congo y que todavía se siguen perpetrando. Ya no mueren niños esclavos por el marfil, ahora lo hace por el coltán. En pleno 2026, los móviles que usamos para hacer scroll hasta desfallecer se fabrican gracias a mano de obra esclava.
El primero en querer adaptar El corazón de las tinieblas al cine fue Orson Welles, cineasta con más de una ligazón con Coppola. No solo los dos son voluminosos, provienen del teatro y les encanta el vino, la magia y los habanos, además Ciudadano Kane y Apocalypse Now tienen mucho que ver. La famosísima ópera prima de Welles trata sobre un viejo poderoso que acaba recluido en una obscena mansión con un zoo privado lleno de bestias salvajes y Apocalypse Now trata sobre otro viejo poderoso recluido en un hediondo templo rodeado de cadáveres y malaria. Además, las dos películas son famosas por las últimas palabras de un moribundo: en Ciudadano Kane “Rosebud” y en Apocalypse Now “El horror”. Y en primerísimo plano de su rostro.
El primero en querer adaptar El corazón de las tinieblas al cine fue Orson Welles, cineasta con más de una ligazón con Coppola
El proyecto de Welles, del que hablo ampliamente en mi libro, es fascinante. Tras la celebérrima emisión radiofónica de La guerra de los mundos, que hizo pensar a los americanos que estaban siendo invadidos por extraterrestres, Welles fue seducido por la RKO, cuyo presidente, George J. Schaefer, se encargó de producir el proyecto El corazón de las tinieblas, la que sería la ópera prima de Welles. Pero a Schaefer se le congeló la sangre al ver los números del presupuesto inicial, que ascendían a más del doble del montante al que se había comprometido Welles, que finalmente renunció a adaptar a Conrad para centrarse en la no menos celebérrima Ciudadano Kane.
Muchos años más tarde, el futuro guionista y director John Milius asistía a clases de cine en la USC (Universidad del Sur de California) y uno de sus profesores recordó que ni Orson Welles logró llevar a la pantalla El corazón de las tinieblas. Eso se le quedó grabado a Milius y, vehemente como solo él es, le dijo a su amigo Francis: “El mismísimo Welles no pudo, ¡pero nosotros lo lograremos!”. Coppola, gran capo en su empresa American Zoetrope, le contestó con una pregunta: “¿Cuánto dinero necesitas para vivir durante un año?”. Milius contestó: “Pues… 15.000 dólares”. Coppola zanjo el tema ofreciéndole 15.000 dólares para escribir su película sobre Vietnam. Y si la levantaba, ganaría 10.000 más.
Lógicamente aceptó (lo hubiera escrito gratis, pero había que llenar la nevera y pagar el alquiler) y pasó meses escribiendo y surfeando (la gran pasión de Milius junto a las armas de fuego). Aunque en 1969 barajó como título El soldado psicodélico, para el título final Milius se inspiró en una obra de la compañía teatral Living Theatre titulada Paradise Now y en la que los actores, desnudos, hablaban libremente de la guerra, el racismo, la religión, la homosexualidad, el feminismo... Años más tarde, Milius habló de otra fuente del origen del título: una chapa que lucían los hippies. Era el símbolo de la paz con las palabras Nirvana Now. Pensó en mover ese símbolo de la paz, convertirlo en un avión B-52 y hablar del apocalipsis ahora.
Aunque en 1969 barajó como título El soldado psicodélico, para el título final John Milius se inspiró en una obra teatral titulada Paradise Now
En un primer momento, y aunque hoy nos parezca una locura, Apocalypse Now la iba a rodar George Lucas, socio de Coppola en American Zoetrope. Lucas pretendía rodar una película de bajo presupuesto (en 16mm) en pleno Vietnam, pero abandonó tan disparatada idea para centrarse en un guion sobre una galaxia muy lejana, un filme (Star Wars) que cambió las reglas del juego en Hollywood y estrenó mientras Coppola, que acabó tomando las riendas del filme, rodaba y se desesperaba en Filipinas, lugar elegido para el rodaje de Apocalypse Now.
La película tuvo muy mala fortuna desde el principio. A pesar de que la estantería de premios de Coppola era única en la industria (Oscar al Mejor guion por Pattony por El padrino, con la que también ganó el Globo de Oro al Mejor director y al Mejor guion, Oscar al Mejor director y Mejor película por El padrino II y la Palma de Oro de Cannes ganada por La conversación) ningún estudio se interesó por su película de Vietnam. Entonces Hollywood prefería la versión oficial, basura tipo Bonas verdes, de y con John Wayne. Indignado por el desprecio, Coppola acabó logrando un contrato de distribución con United Artists, pero lo firmó con una condición innegociable: la película debía tener, al menos, una estrella muy conocida en su reparto.
A pesar de que la estantería de premios de Coppola era única en la industria, ningún estudio se interesó por su película
Así, se dispuso a buscar a sus estrellas para el capitán Willard y el coronel Kurtz. El teléfono echaba humo y la lista de los posibles acabó siendo de vértigo: Tommy Lee Jones, Keith Carradine, Nick Nolte, Jeff Bridges, Steve McQueen, James Caan, Jack Nicholson, Robert Redford, Yves Montand, Lee Marvin, Warren Oates, Sterling Hayden, Burt Reynolds, Clint Eastwood y Al Pacino, cuyo rechazo fue el que más dolió al Coppola. Al fin y al cabo, lo había convertido en una estrella. Lleno de furia, una tarde Coppola arrojó sus Oscar por la ventana. De cinco, cuatro se rompieron. Sus hijos, Roman, Gian-Carlo y la pequeña Sofia, intentaron, sin éxito, recomponer los trozos.
Otro duro rechazo fue el del Ejército norteamericano, que se negó a colaborar con la película, también preferían apoyar a películas tipo Bonas verdes. El guion fue enviado al entonces secretario de Defensa, el infame Donald Rumsfeld, que hizo todo lo posible por boicotear el proyecto de Coppola, que, desesperado, no tuvo otro remedio que negociar con el dictador Ferdinand Marcos, que disponía de una flota de helicópteros. Estadounidenses, claro.
Pero los males del pobre Coppola solo acababan de empezar. Poco antes de comenzar a rodar, el productor y director Roger Corman, mentor de Coppola, le advirtió: “No vayas. Vais a llegar justo con la estación de las lluvias, de mayo a noviembre. Nadie rueda en esa época del año allí”. Coppola le respondió: “Será una película lluviosa”.
Tras despedir al protagonista elegido, Harvey Keitel, nada más iniciar el rodaje (Coppola no se creía al actor como Willard) y contratar de urgencia a Martin Sheen, el 18 de mayo de 1976 un tifón arrasó Filipinas, mató a 200 personas, destrozó parte de los carísimos decorados y paralizó todo el rodaje. El coste de los daños fue de 1,3 millones de dólares, que acabó pagando, aunque inicialmente se negó, una aseguradora.
Pero en Filipinas el verdadero tifón era Coppola, borracho de éxito y de dinero, incontrolable, verborreico, caprichoso, adicto a la marihuana e infiel. Tenía como amante oficial a la guionista Melissa Mathison y veía más que posible el divorcio con su mujer Eleanor. Y a todo esto, llegó Brando para hacer de Kurtz. Y llegó gordo, sin leer la novela de Conrad, despreciando el final del guion de Milius y odiando a Dennis Hopper. Aun así, Brando improvisó buena parte del monólogo de Kurtz y logró un trabajo magistral.
El colmo del desastre llegó con el ataque al corazón de Martin Sheen, que casi acaba con la película, pero del que se recuperó. Y para acabar Apocalypse Now, Coppola improvisó de manera maestra. Para que trabajasen como extras había contratado a miembros de la tribu de los ifugao, que hasta hacía poco habían sido cazadores de cabezas y realizaban un ritual en el que sacrificaban a un búfalo de agua o caribú. Eleanor lo vio y le pidió a su marido que lo viera. Accedió desganado, pero al verlo quedó conmovido. Y encontró el final de su película.
Tras pagarles por un caribú, al que sacrificaron, el ritual más importante de la tribu coincidió con el último día de rodaje. Pero su equipo de producción le aconsejó adelantar el sacrificio por si había que rodar otra toma matando a otro animal. Coppola se negó. “No puedo. Sacrificar al caribú es sagrado, tiene que ser lo último que ruede. Y aunque corra el riesgo de que se ponga el sol y todo se arruine, no quiero matar a dos animales por una película”. La apuesta era a todo o nada y cuando se puso el sol Coppola había terminado a tiempo.
Todo esto y muchísimo más lo descubrirán en mi libro (Apocalypse Now, Ediciones del Cuco), que ha contado con la colaboración de Walter Murch, montador del sonido de Apocalypse Now y ganador de tres Oscar. Walter, un tipo amabilísimo, cuenta cómo montó el sonido de la magistral escena de los helicópteros. También logré la colaboración de Chas Gerretsen, fotoperiodista neerlandés que cubrió la Guerra de Vietnam y que fue contratado por Coppola para realizar las fotos del rodaje, un trabajo formidable.
Hace poco un amigo me dijo que su hijo le había preguntado por los Doors y por Coppola tras ver Apocalypse Now en RTVE Play. A diferencia de otras películas que son solo una moda pasajera, esta inmensa obra de Coppola sigue viva. Y su mensaje vigente porque la irracionalidad humana sigue ahí, sigue la barbarie, siguen los genocidios. En el Congo, en Gaza. El horror, el horror.
Coppola sufrió rodando su película y pensó que no sería capaz de acabarla, pero consiguió estrenar un filme en estado de gracia que acabó ganando la Palma de Oro en Cannes. Logró, como dijo Miguel Marías, exdirector de la Filmoteca Española y director general del ICAA que también ha colaborado con el libro, un monumento cinematográfico que no ha tenido prolongación ni descendencia. Porque una locura como Apocalypse Now no se volverá a rodar jamás.




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