Sólo las manos de Demi Moore delatan sus 63 años. Al parecer, no las trabajó el cirujano. Me espanta esta mujer, ahora tan esquelética y empeñada en conservar la esquiva juventud, con las senos como dos pelotas adheridas a las costillas y su boca como una reciente herida del cuchillo. He leído montones de alabanzas, pero nadie menciona al cirujano ni la cantidad de dinero que se requiere para mantener “la belleza”, esa monstruosidad de nuestro tiempo.
Ya se cumplieron más de cien años de una de las profesiones más rentables de estos tiempos de vanidad, la cirugía plástica, un ejercicio que arrancó con los horrores de la Primera Guerra Mundial. En un principio se trató de remendar un rostro destrozado por las balas, y luego de perpetuar una belleza herida por los años.
En la alfombra roja, con sus productos, deberían desfilar los artesanos, los millonarios cirujanos. Pero ni siquiera los mencionan. Ningún periodista se atreve a preguntar a quién le pertenece esa nariz ni quién moldeó esos pómulos o quién extrajo los kilos de grasa.
En diez o veinte años, si la vida se lo permite, con las futuras cirugías, Demi Moore mantendrá la apariencia, pero se moverá como vieja. Tendrá el caminado de todos los octogenarios. Hasta el momento no se puede hacer nada para mejorar el esqueleto.
Hasta el momento. Toda cambia ahora con una velocidad vertiginosa.
No hay duda que el hombre alcanzará la eternidad, pero sólo la disfrutarán quienes tengan el dinero necesario.

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