Silvio Rodríguez ya no necesita escribir metáforas. El hombre que pasó media vida buscando un unicornio azul terminó encontrando algo mucho más útil para estos tiempos: su lugar como ridículo reciclado del oficialismo.
Porque sí, Silvio ya no es solo trovador. Es casi un “nuevo símbolo nacional”, pero no por su música, sino por la capacidad de aparecer justo donde el discurso lo necesita. Si hay que cantar, canta; si hay que opinar, opina; y si hay que posar con épica prestada, también. Todo dentro del libreto.
Pedir un arma “para defender a Cuba” desde la comodidad de su posición y luego recibirla —aunque sea en versión simbólica— encaja perfecto con ese rol de artista alineado, siempre listo para legitimar la narrativa oficial, aunque la realidad del país vaya por otro lado.
El unicornio no apareció, pero el ridículo sí.

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