Me he dado cuenta que con los escritores mantengo una regla. Si no tengo nada bueno que decir, prefiero callar. Con los políticos me sucede lo contrario. Si hay algo malo por decir, no me aguanto. Creo que se debe vivir contra el poder.
Tengo consideración con las obras de los escritores porque conozco la disciplina y el sacrificio que requieren. Si el resultado no es tan bueno, lo dejo pasar. Hay una enorme cantidad de escritores que no me interesan pero no me gusta pregonarlo. Ya se encargará el tiempo de acomodar las cosas. Se creen más de lo que son, y va a menudo son muy poca cosa. Pero, como si fueran políticos, mantienen la maquinaria aceitada: revistas, periódicos, amigos claves. No son malas personas del todo. Extrovertidos, palabreros, resultan graciosos y abrazan a todo el mundo y hasta pueden convertirse en el alma de la fiesta. Ganan premios no siempre en franca lid y consiguen para sus libros una atención inmerecida. A veces la fiesta les dura toda la vida. Creen que se merecen todo. Se lo dicen frente al espejo y algunas de sus amistades también se lo creen. El público, confundido por tanta publicidad, cree que son los mejores. Acaparan premios y viajes a festivales y congresos, nombramientos y becas, tejen más telas que una araña. Publican, venden, mueren. Y entonces les cae el olvido. Tienen la suerte de no enterarse. Hasta tal punto son afortunados. Otros caen en el olvido antes de morir.
Los escritores no afectan nuestras vidas. Sus buenos o malos libros no nos perjudican. Podemos vivir sin su lectura.
Pero no sucede lo mismo con los políticos. Sus decisiones influyen en nuestra vida, y el dinero que se roban nos pertenece a todos. Algunos caen. Unos pocos. Y me alegra que pasen un tiempo en la cárcel. La mayoría llega al poder, se enriquece y se va. Y nunca pasa nada. Son la desgracia de nuestro tiempo. Y de todos los tiempos, en realidad.

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