miércoles, 16 de octubre de 2024

Triunfo Arciniegas / Diario / La substancia


Triunfo Arciniegas
LA SUBSTANCIA
16 de octubre de 2024

No la vean. Sé que no me harán caso.
El manejo de la cámara, los escenarios, el dominio del color, excelentes.
Así se hace una película.
Pero no la vean.
Demi Moore y Margaret Qualley, inmejorables.
Pero no la vean.
Le hizo falta historia, más sustancia, más fondo.
Margaret Qualley, que en la vida real no tiene el cuerpazo que enseña la película, será una de las grandes actrices de nuestro tiempo.
No la vean.
Si van a cenar, no la vean.
Si los espera una cita o van dulcemente acompañados, no la vean.
Pero ustedes son necios y no harán acaso.





Animales / Abejas

 


ABEJAS

La gente puede encontrar esta publicación sin sentido, pero TODAS nuestras abejas están en declive y durante el día necesitan beber.

1. Coloque una bañera o plato pequeño en su jardín.

2. Llénalo con agua.

3. Añade algunas piedras u objetos flotantes para proporcionar lugares de aterrizaje para las abejas.

4. Las abejas apreciarán la fuente de agua para la hidratación.


Elmer Muñoz

FACEBOOK

martes, 15 de octubre de 2024

Triunfo Arciniegas / La vegetariana

 


Triunfo Arciniegas

Primera lectura de La vegetariana

14 de octubre de 2024

Leí asombrado “La vegetariana”, de Han Kang. Una pieza de relojería. Breve, precisa, impecable. No sobra nada. Frases cuidadosas, párrafos perfectos, imágenes deslumbrantes. 

Los personajes viven entre el sueño y la vigilia. Para la escritora surcoreana Han Kang (Gwangju, 1970) lo uno es tan importante como lo otro. Y para Yeonghye, la protagonista, que duerme poco y apenas come, los sueños son un tormento y la realidad algo peor. Solo queda escapar del encierro por las puertas del suicidio, el hambre y la locura.

He pensado todo el tiempo en Kafka. “La vegetariana” no es otra cosa que el despiadado relato de una metamorfosis, aunque la protagonista no se transforma en un insecto. Se diría que aspira a convertirse en planta. Al final, Yeonghye asegura que sólo necesita agua y sol. Nada más. “Todos los árboles del mundo me parecen hermanos”, le dice a su hermana Kim en el sanatorio.

Según cuenta en una entrevista, muchos años antes de “La vegetariana”, Han Kang  escribió un cuento llamado “El fruto de mi mujer”, donde una mujer se convierte realmente en árbol:

A diferencia del cuento, en ‘La vegetariana’ no se produce ningún hecho sobrenatural, sino que es su imaginación lo que lleva a Yeonghye al extremo de creerse una planta. No utilizo la fantasía o lo sobrenatural en todas mis novelas. Sin embargo, lo hago cuando la verdad que se expresa en la obra me lo exige. A veces siento que no soy yo la que decido, sino que es la novela o el cuento que estoy escribiendo lo que me exige determinadas cosas.

Una novela deslumbrante, con una estructura controlada y eficaz. En la primera parte, “La vegetariana”, seguimos a la mujer desde el punto de vista del marido: ha decidido dejar de comer carne y su mundo entra en crisis. En la segunda parte, “La mancha mongólica”, la narración se traslada al cuñado, artista del video, que pinta y filma a su antojo a una Yeonghye solitaria y frágil. Y en la tercera parte, “Los árboles en llamas”, es la hermana de la protagonista y esposa del artista quien lleva el hilo de la narración. Tres partes perfectamente definidas, que encajan en un engranaje impecable. Aunque Yeonghye renunció a las relaciones íntimas en su matrimonio, una deliciosa sensualidad recorre las páginas de la primera parte y explota en la segunda, donde el marido pierde toda su importancia tanto en la narración como en la vida de Yeonghye. Otro hombre sale de escena en la tercera, el artista, el marido de la hermana de Yeonghye, Kim Inhye. Lo mismo sucede con los padres de ambas. Kim visita el sanatorio una vez al mes y luego todos los viernes para presenciar con total impotencia el deterioro de su hermana. Solo vemos a la protagonista a través de los ojos de los otros.

En la entrevista mencionada, que hace parte de la elegante edición de Rata, Han Kang es muy precisa al respecto: “Desde el principio quise que Yeonghye no tuviera voz y que fueran las personas que la rodean las que hablaran en su lugar. La única parte de la novela en que Yeonghye habla en primera persona es cuando relata sus pesadillas. En el resto de la novela es objeto de observación, existe como blanco de la incomprensión y el odio, de la lástima y la compasión, y de una extraña afinidad. Únicamente la imaginación del lector puede acercarse a ella y llegar a conocerla de un modo íntimo. La determinación de Yeonghye de rechazar la violencia y la condición humana es tan radical y atípica que pensé que esa era la única forma de relatar su historia”.

***

Los monólogos (las pesadillas) de la protagonista, brevísimos y certeros, estremecen hasta los huesos. En uno habla de la muerte del perro que la mordió cuando tenía nueve años. Así cierra la anécdota el quinto párrafo: “Aquella noche hubo un banquete en casa. Vinieron todos los hombres del mercado a los que papá conocía. Como todos decían que debía comer la carne del perro que me había mordido para que se me curara la herida, yo también comí un bocado. En realidad, me comí un cuenco entero del guiso mezclado con arroz. Me llenó la nariz el olor a perro que las semillas de perilla no lograban tapar. Recuerdo sus ojos reflejándose en la sopa, los ojos con los que me miraba cuando vomitaba sangre con espuma. No me importó. De verdad, no me importó en absoluto.”

Otro monólogo trata de los gritos, los gritos que desgarran la carne y sobre todo el alma:

No sé por qué llora esa mujer. No sé por qué me mira tan fijamente como si quisiera comerme la cara. No sé por qué acaricia con manos temblorosas la venda de mi muñeca.

Mi muñeca está bien. No me duele. Lo que me duele es el pecho. Tengo algo atascado en la boca del estómago. No sé qué es. Siempre está ahí. Ahora siento esa pesada masa a todas horas aunque no lleve el sujetador. Por más que respiro profundamente, no se me aligera el pecho.

Son gritos, alaridos apretujados, que se han atascado allí. Es por la carne. He comido demasiada carne. Todas esas vidas se han encallado en ese sitio. No me cabe la menor duda. La sangre y la carne fueron digeridas y diseminadas por todos los rincones del cuerpo y los residuos fueron excretados, pero las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar.

Por una vez, una sola vez, quisiera gritar con todas mis fuerzas. Quisiera salir corriendo por la oscura ventana. ¿Entonces podré desembarazarme de esa masa que me obstruye el pecho? ¿Será eso posible?

Nadie puede ayudarme.

Nadie puede salvarme.

Nadie puede hacerme respirar.

***

La trama convence, pero el lenguaje hechiza. La manera de contar, es decir, la sabia manera de tejer los hilos, los deslumbrantes remates de la primera y la segunda parte, la precisión y delicadeza de semejante arquitectura hacen memorable el texto. 

La novela, publicada con más pena que gloria en Corea en 2007, fue traducida en 2012 al español por Sunme Yoon para la editorial independiente argentina Bajo la luna, y en 2016, traducida al inglés por Deborah Smith, obtuvo el prestigioso Booker Internacional, imponiéndose a Elena Ferrante y Orhan Pamuk. Dos años después Han Kang fue finalista con “Blanco”. Y el reto es historia. Así que quienes dicen que se trata de una desconocida sólo hacen parte de la inmensa mayoría de ignorantes. 

Han Kang ha sido traducida a más de treinta idiomas y el Booker no era su único premio antes del Nobel. Alguien señaló que en cincuenta años nadie la recordaría. ¿Cómo demonios podemos saberlo? Ni siquiera estaremos vivos. Pero, sin duda, de la frase y su dueño nadie se acordará. 

Otro, más imbécil todavía, consideró que el Nobel es una broma. ¿A quién no le gustaría una broma de este calibre? El Nobel no garantiza la inmortalidad, por supuesto. Tampoco lo hace un millón de dólares. Nada garantiza la inmortalidad.

Pero, de todas maneras, es bueno precisar que este año la Academia no se equivocó.

Han Kang, grandiosa.


lunes, 14 de octubre de 2024

Casa de citas / Han Kang / La vegetariana









Han Kang
LA VEGETARIANA

Yeong-hye y su marido son personas normales. Él es un oficinista con ambiciones moderadas y modales suaves; ella es una esposa poco inspirada pero obediente. La aceptable línea plana de su matrimonio se interrumpe cuando Yeong-hye, en busca de una existencia más "vegetal", decide hacerse vegetariana, impulsada por grotescas pesadillas recurrentes. En Corea del Sur, donde el vegetarianismo es casi inaudito y las costumbres sociales se obedecen estrictamente, la decisión de Yeong-hye es un acto de subversión impactante. Su rebelión pasiva se manifiesta en formas cada vez más extrañas y aterradoras, llevando a su insulso marido a actos de sadismo sexual autojustificados. Sus crueldades la llevan a intentar suicidarse y a ser hospitalizada. Sin saberlo, ella cautiva al marido de su hermana, un artista de vídeo. Se convierte en el foco de sus obras de arte cada vez más eróticas y desquiciadas, mientras se hunde cada vez más en sus fantasías de abandonar su prisión carnal y convertirse -imposible y extáticamente- en un árbol. Inquietante y hermosa, “La vegetariana” es una novela sobre la Corea del Sur actual, pero también sobre la vergüenza, el deseo y nuestros intentos de comprender a los demás, vacilantes intentos de un cuerpo encarcelado a otro. 
The Guardian.

***
CITAS
"Mi muñeca está bien. No me duele. Lo que me duele es el pecho. Tengo algo atascado en la boca del estómago. No sé qué es. Siempre está ahí. Ahora siento esa pesada masa a todas horas aunque no lleve el sujetador. Por más que respiro profundamente, no se me aligera el pecho.
Son gritos, alaridos apretujados, que se han atascado allí. Es por la carne. He comido demasiada carne. Todas esas vidas se han encallado en ese sitio. No me cabe la menor duda. La sangre y la carne fueron digeridas y diseminadas por todos los rincones del cuerpo y los residuos fueron excretados, pero las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar.
Por una vez, una sola vez, quisiera gritar con todas mis fuerzas. Quisiera salir corriendo por la oscura ventana. ¿Entonces podré desembarazarme de esa masa que me obstruye el pecho? ¿Será eso posible?
Nadie puede ayudarme.
Nadie puede salvarme.
Nadie puede hacerme respirar."
***
"Tu propio cuerpo es lo único a lo que le puedes hacer daño. Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieres. Pero ni eso te dejan hacer".
***
"Si no comes carne, te devorará el resto del mundo".
***
"Después de reírse un buen rato, pensaba que la vida era muy extraña. La gente comía, bebía, iba al baño, se bañaba y seguía viviendo después de pasar por cualquier hecho, incluso el más terrible. A veces hasta se reía a carcajadas".
***
"Tomó consciencia de todo esa tarde de primavera en el andén del metro, cuando le parecía que la muerte estaba solo a meses de distancia, cuando creía que la roja sangre que fluía continuamente de su cuerpo era una prueba de ello. Supo que ella estaba muerta desde hacía mucho tiempo. Que su dura vida no era más que teatro y pura fantasmagoría. La cara de la muerte, que se había acercado para ponerse a su lado, le era familiar, como si fuera alguien de su propia sangre que hubiera perdido hacía tiempo y volvía a encontrar".
***
"¿Por qué será? Todo me parece desconocido, como si viera las cosas desde atrás. Como si estuviera encerrada detrás de una puerta sin picaporte. No es eso, será que estuve allí desde el principio y me di cuenta de ello repentinamente. Está todo oscuro. Todo está negro y machacado".
***
“Todos los árboles del mundo me parecen mis hermanos".
***
De pronto, tuvo la sensación de que nunca había vivido y se sintió sorprendida. Era cierto. No había vivido realmente. Desde que tenía uso de razón, no había hecho otra cosa que aguantar.
***
Además, ella se olvidaba con frecuencia de que su cuerpo (como el de todos nosotros) era una casa de arena.
De que había estado y estaba desmoronándose.
De que se escurría incansable entre los dedos.
***
El tiempo, que es un torrente ecuánime, se llevó en sus aguas su vida firmemente asentada alrededor de la paciencia.
***
La voz de Yeonghye, el bosque donde cae una lluvia negra y su propio rostro cubierto por la sangre que se derrama de sus ojos, despedazan la larga noche como la porcelana que estalla en mil pedazos.
***
Solo confío en mis pechos. Me gustan mis pechos, pues con ellos no puedo matar a nadie. ¿Acaso las manos, los pies y los dientes, e incluso la lengua y la mirada, no son armas con las que se puede matar y herir a cualquiera? Pero los pechos no. Mientras posea estos pechos redondis, estoy segura. Todavía estoy a salvo. ¿Pero por qué se me edtán adelgazando de este modo? Ya no son redondos. ¿Por qué será? ¿Por qué me estoy quedando tan flaca? ¿Qué es lo que cortaré con mi cuerpo que me estoy poniendo tan afilada?
*********************************************
Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial. Para ser franco, ni siquiera me atrajo cuando la vi por primera vez. No era ni muy alta ni muy baja, llevaba una melena ni larga ni corta, tenía la piel seca y amarillenta, sus ojos eran pequeños, los pómulos algo prominentes, y vestía ropas sin color como si tuviera miedo de verse demasiado personal. Calzada con unos zapatos negros muy sencillos, se acercó a la mesa en la que yo estaba sentado con pasos que no eran ni rápidos ni lentos, ni enérgicos ni débiles.
Si me casé con ella fue porque, así como no parecía tener ningún atractivo especial, tampoco parecía tener ningún defecto en particular. Su manera de ser, sobria y sin ninguna traza de frescura, ingenio o elegancia, me hacía sentir a mis anchas. No hacía falta que me mostrara culto para atraer su atención ni tenía que andarme con prisas para llegar a tiempo a nuestras citas. Tampoco había razón para que me sintiera menos cuando me comparaba a solas con los modelos que aparecían en los catálogos de moda masculina. Ni mi barriga, que había comenzado a abultar a partir de los veintitantos, ni mis delgados brazos y piernas, que no ganaban músculo a pesar de los esfuerzos que hacía —ni siquiera mi pequeño pene, que era la causa de un secreto complejo de inferioridad—, me preocupaban lo más mínimo cuando estaba con ella.
Nunca he pretendido más de lo que creo merecer. Cuando era pequeño me las di de bravucón en las calles poniéndome al frente de una banda de chiquillos que eran menores que yo. Cuando me hice mayor, solicité ingresar en la universidad que me concedía la beca más jugosa y luego me di por satisfecho entrando en una pequeña compañía que, además de apreciar mi escasa capacidad, me entregaba todos los meses un sueldo modesto. Así pues, fue natural que eligiera casarme con ella, que tenía el aspecto de ser la mujer más corriente del mundo. De hecho, jamás he podido sentirme cómodo con las mujeres bonitas, inteligentes, sensuales o provenientes de familias adineradas.
Tal como lo había esperado, mi mujer se ajustó sin problemas al rol de esposa común y corriente que yo deseaba. Todas las mañanas se levantaba a las seis y me preparaba como desayuno arroz, sopa y un trozo de pescado. También continuaba haciendo los trabajos temporales que desempeñaba de soltera, lo que constituía una aportación —si bien modesta— a la economía familiar. Era profesora asistente en una academia de computación gráfica, donde había estudiado, un año y en casa trabajaba por encargo transcribiendo los textos a los globos de diálogo de las historietas.
Era más bien callada. Rara vez me pedía algo y no se quejaba por muy tarde que yo volviera del trabajo. Tampoco me insistía en que saliéramos los domingos o festivos que estábamos juntos en casa. Mientras yo me pasaba toda la tarde haraganeando frente al televisor con el mando en la mano, ella solía quedarse metida en su habitación. Seguramente trabajaba o leía algún libro —su única afición era la lectura, pero la mayoría de los libros que escogía parecían tan aburridos que ni daban ganas de abrirlos—. Cuando se acercaba la hora de cenar, salía del cuarto y se ponía a cocinar en silencio. Para ser sincero, no era nada divertido vivir con alguien así, pero yo estaba agradecido por ello, pues no soportaba a las mujeres que hacían sonar varias veces al día los móviles de sus maridos —como las esposas de mis compañeros de trabajo y amigos—, o a las que los regañaban frecuentemente y terminaban provocando ruidosas peleas matrimoniales.
Si había algo que la hacía diferente al resto de las mujeres era que no le gustaba usar sujetador. Durante nuestro corto e insulso noviazgo le puse un día por casualidad la mano sobre la espalda y me excité ligeramente al comprobar que no llevaba el sujetador debajo del jersey. La observé durante un rato por si acaso me estaba enviando algún tipo de señal intencionada, pero llegué a la conclusión de que no era así. Si no era eso, ¿qué era? ¿Pereza? ¿Acaso negligencia? No podía entenderlo. El que no llevara sujetador no se correspondía con su escaso pecho. Si al menos hubiera usado un sostén con relleno, no me habría hecho quedar tan mal cuando la presenté a mis amigos.
En casa prescindía por completo del sujetador. Durante el verano se lo ponía, muy a su pesar, si tenía que salir, para que no se le notaran los pezones, pero en menos de un minuto se lo desabrochaba. Si tenía puesto algo fino y de color claro o un poco ajustado, se le marcaba claramente el sostén suelto, pero a ella no parecía preocuparle en absoluto. Cuando la critiqué por eso, prefirió ponerse un chaleco encima antes que el sostén, a pesar de que era un día de calor abrasador. Se justificó diciendo que el sujetador la fastidiaba, que no podía soportar que le oprimiera el pecho. Como yo nunca los he usado, no tengo la menor idea de lo asfixiante que es llevar uno, pero según lo que podía apreciar, era evidente que a las demás mujeres no les molestaba tanto como la mía, así que su susceptibilidad al respecto me desconcertaba.
Excepto eso, todo transcurría con normalidad. Aquel año cumplíamos cinco de casados, pero como nunca habíamos estado locamente enamorados, no había motivos para sentir que la relación se hubiera desgastado. Habíamos aplazado el tener hijos hasta que compráramos una casa y como eso lo habíamos hecho por fin en otoño, yo había comenzado a pensar que ya era tiempo de oír que me llamaran «papá». Hasta que la descubrí una madrugada del pasado mes de febrero en la cocina, vestida únicamente con un camisón, nunca imaginé que nuestra vida diaria fuera a cambiar en lo más mínimo.





sábado, 12 de octubre de 2024

Irene Vallejo / Sobre “La clase de griego”

 



Han Kang

LA CLASE DE GRIEGO

Por Irene Vallejo

Para quienes afirman que el griego clásico no importa, quisiera aportar como prueba de lo contrario esta novela de Han Kang, la nueva premio Nobel de literatura, titulada “La clase de griego”. 

 Ocurre en una academia privada en Seúl que ofrece lecciones de griego clásico. La protagonista, una mujer joven y doliente porque ha perdido la custodia de su hijo de ocho años, busca esta lengua como bálsamo para escapar al maleficio del silencio. «Si estaba estudiando griego antiguo era porque quería recuperar el habla por su propia voluntad».




viernes, 11 de octubre de 2024

Casa de citas / Hanif Kureishi / Mi primer recuerdo de lectura

 


Hanif Kureishi

MI PRIMER RECUERDO DE LECTURA

Recuerdo que me tumbé en la cama de mis padres y leí un libro hasta el final por primera vez. Ya fuera Biggles, Bunter o algo de Enid Blyton, estaba enganchado. Empecé a ir a la biblioteca todos los días, y desde entonces apenas he podido pasar una hora sin pasar los ojos por alguna que otra frase. Leer se ha convertido en un hábito, pero nunca ha dejado de ser un placer.


My earliest reading memory

By Hanuf Kureishi


I can remember lying on my parents’ bed and reading a book all the way through for the first time. Whether it was Biggles, Bunter or something by Enid Blyton, I was hooked. I began going to the library every day, and have barely been able to go an hour since without passing my eyes over some sentence or another. Reading has become a habit, but it has never stopped being a pleasure.


Hanif Kureishi: ‘Racism makes people mad – it’s necessary to deal with this in fiction’










jueves, 10 de octubre de 2024

Casa de citas / Han Kang / La vegetariana

 



Han Kang

LA VEGETARIANA


(Yeong-hye y su marido son personas normales. Él es un oficinista con ambiciones moderadas y modales suaves; ella es una esposa poco inspirada pero obediente. La aceptable línea plana de su matrimonio se interrumpe cuando Yeong-hye, en busca de una existencia más "vegetal", decide hacerse vegetariana, impulsada por grotescas pesadillas recurrentes. En Corea del Sur, donde el vegetarianismo es casi inaudito y las costumbres sociales se obedecen estrictamente, la decisión de Yeong-hye es un acto de subversión impactante. Su rebelión pasiva se manifiesta en formas cada vez más extrañas y aterradoras, llevando a su insulso marido a actos de sadismo sexual autojustificados. Sus crueldades la llevan a intentar suicidarse y a ser hospitalizada. Sin saberlo, ella cautiva al marido de su hermana, un artista de vídeo. Se convierte en el foco de sus obras de arte cada vez más eróticas y desquiciadas, mientras se hunde cada vez más en sus fantasías de abandonar su prisión carnal y convertirse -imposible y extáticamente- en un árbol. Inquietante y hermosa, “La vegetariana” es una novela sobre la Corea del Sur actual, pero también sobre la vergüenza, el deseo y nuestros intentos de comprender a los demás, vacilantes intentos de un cuerpo encarcelado a otro. 

The Guardian.


CITAS


"Mi muñeca está bien. No me duele. Lo que me duele es el pecho. Tengo algo atascado en la boca del estómago. No sé qué es. Siempre está ahí. Ahora siento esa pesada masa a todas horas aunque no lleve el sujetador. Por más que respiro profundamente, no se me aligera el pecho.

Son gritos, alaridos apretujados, que se han atascado allí. Es por la carne. He comido demasiada carne. Todas esas vidas se han encallado en ese sitio. No me cabe la menor duda. La sangre y la carne fueron digeridas y diseminadas por todos los rincones del cuerpo y los residuos fueron excretados, pero las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar.

Por una vez, una sola vez, quisiera gritar con todas mis fuerzas. Quisiera salir corriendo por la oscura ventana. ¿Entonces podré desembarazarme de esa masa que me obstruye el pecho? ¿Será eso posible? 

Nadie puede ayudarme. 

Nadie puede salvarme. 

Nadie puede hacerme respirar."  


***


"Tu propio cuerpo es lo único a lo que le puedes hacer daño. Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieres. Pero ni eso te dejan hacer".


***


"Si no comes carne, te devorará el resto del mundo".


***


"Después de reírse un buen rato, pensaba que la vida era muy extraña. La gente comía, bebía, iba al baño, se bañaba y seguía viviendo después de pasar por cualquier hecho, incluso el más terrible. A veces hasta se reía a carcajadas". 


***


"Tomó consciencia de todo esa tarde de primavera en el andén del metro, cuando le parecía que la muerte estaba solo a meses de distancia, cuando creía que la roja sangre que fluía continuamente de su cuerpo era una prueba de ello. Supo que ella estaba muerta desde hacía mucho tiempo. Que su dura vida no era más que teatro y pura fantasmagoría. La cara de la muerte, que se había acercado para ponerse a su lado, le era familiar, como si fuera alguien de su propia sangre que hubiera perdido hacía tiempo y volvía a encontrar". 


***


"¿Por qué será? Todo me parece desconocido, como si viera las cosas desde atrás. Como si estuviera encerrada detrás de una puerta sin picaporte. No es eso, será que estuve allí desde el principio y me di cuenta de ello repentinamente. Está todo oscuro. Todo está negro y machacado".


***


“Todos los árboles del mundo me parecen mis hermanos". 


***


De pronto, tuvo la sensación de que nunca había vivido y se sintió sorprendida. Era cierto. No había vivido realmente. Desde que tenía uso de razón, no había hecho otra cosa que aguantar.


***


Además, ella se olvidaba con frecuencia de que su cuerpo (como el de todos nosotros) era una casa de arena.

De que había estado y estaba desmoronándose.

De que se escurría incansable entre los dedos.


***


El tiempo, que es un torrente ecuánime, se llevó en sus aguas su vida firmemente asentada alrededor de la paciencia.


***


La voz de Yeonghye, el bosque donde cae una lluvia negra y su propio rostro cubierto por la sangre que se derrama de sus ojos, despedazan la larga noche como la porcelana que estalla en mil pedazos.


***


Solo confío en mis pechos. Me gustan mis pechos, pues con ellos no puedo matar a nadie.  ¿Acaso las manos, los pies y los dientes, e incluso la lengua y la mirada, no son armas con las que se puede matar y herir a cualquiera? Pero los pechos no. Mientras posea estos pechos redondis, estoy segura. Todavía estoy a salvo. ¿Pero por qué se me edtán adelgazando de este modo? Ya no son redondos. ¿Por qué será? ¿Por qué me estoy quedando tan flaca? ¿Qué es lo que cortaré con mi cuerpo que me estoy poniendo tan afilada? 


*********************************************


Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial. Para ser franco, ni siquiera me atrajo cuando la vi por primera vez. No era ni muy alta ni muy baja, llevaba una melena ni larga ni corta, tenía la piel seca y amarillenta, sus ojos eran pequeños, los pómulos algo prominentes, y vestía ropas sin color como si tuviera miedo de verse demasiado personal. Calzada con unos zapatos negros muy sencillos, se acercó a la mesa en la que yo estaba sentado con pasos que no eran ni rápidos ni lentos, ni enérgicos ni débiles.

Si me casé con ella fue porque, así como no parecía tener ningún atractivo especial, tampoco parecía tener ningún defecto en particular. Su manera de ser, sobria y sin ninguna traza de frescura, ingenio o elegancia, me hacía sentir a mis anchas. No hacía falta que me mostrara culto para atraer su atención ni tenía que andarme con prisas para llegar a tiempo a nuestras citas. Tampoco había razón para que me sintiera menos cuando me comparaba a solas con los modelos que aparecían en los catálogos de moda masculina. Ni mi barriga, que había comenzado a abultar a partir de los veintitantos, ni mis delgados brazos y piernas, que no ganaban músculo a pesar de los esfuerzos que hacía —ni siquiera mi pequeño pene, que era la causa de un secreto complejo de inferioridad—, me preocupaban lo más mínimo cuando estaba con ella.

Nunca he pretendido más de lo que creo merecer. Cuando era pequeño me las di de bravucón en las calles poniéndome al frente de una banda de chiquillos que eran menores que yo. Cuando me hice mayor, solicité ingresar en la universidad que me concedía la beca más jugosa y luego me di por satisfecho entrando en una pequeña compañía que, además de apreciar mi escasa capacidad, me entregaba todos los meses un sueldo modesto. Así pues, fue natural que eligiera casarme con ella, que tenía el aspecto de ser la mujer más corriente del mundo. De hecho, jamás he podido sentirme cómodo con las mujeres bonitas, inteligentes, sensuales o provenientes de familias adineradas.

Tal como lo había esperado, mi mujer se ajustó sin problemas al rol de esposa común y corriente que yo deseaba. Todas las mañanas se levantaba a las seis y me preparaba como desayuno arroz, sopa y un trozo de pescado. También continuaba haciendo los trabajos temporales que desempeñaba de soltera, lo que constituía una aportación —si bien modesta— a la economía familiar. Era profesora asistente en una academia de computación gráfica, donde había estudiado, un año y en casa trabajaba por encargo transcribiendo los textos a los globos de diálogo de las historietas.

Era más bien callada. Rara vez me pedía algo y no se quejaba por muy tarde que yo volviera del trabajo. Tampoco me insistía en que saliéramos los domingos o festivos que estábamos juntos en casa. Mientras yo me pasaba toda la tarde haraganeando frente al televisor con el mando en la mano, ella solía quedarse metida en su habitación. Seguramente trabajaba o leía algún libro —su única afición era la lectura, pero la mayoría de los libros que escogía parecían tan aburridos que ni daban ganas de abrirlos—. Cuando se acercaba la hora de cenar, salía del cuarto y se ponía a cocinar en silencio. Para ser sincero, no era nada divertido vivir con alguien así, pero yo estaba agradecido por ello, pues no soportaba a las mujeres que hacían sonar varias veces al día los móviles de sus maridos —como las esposas de mis compañeros de trabajo y amigos—, o a las que los regañaban frecuentemente y terminaban provocando ruidosas peleas matrimoniales.

Si había algo que la hacía diferente al resto de las mujeres era que no le gustaba usar sujetador. Durante nuestro corto e insulso noviazgo le puse un día por casualidad la mano sobre la espalda y me excité ligeramente al comprobar que no llevaba el sujetador debajo del jersey. La observé durante un rato por si acaso me estaba enviando algún tipo de señal intencionada, pero llegué a la conclusión de que no era así. Si no era eso, ¿qué era? ¿Pereza? ¿Acaso negligencia? No podía entenderlo. El que no llevara sujetador no se correspondía con su escaso pecho. Si al menos hubiera usado un sostén con relleno, no me habría hecho quedar tan mal cuando la presenté a mis amigos.

En casa prescindía por completo del sujetador. Durante el verano se lo ponía, muy a su pesar, si tenía que salir, para que no se le notaran los pezones, pero en menos de un minuto se lo desabrochaba. Si tenía puesto algo fino y de color claro o un poco ajustado, se le marcaba claramente el sostén suelto, pero a ella no parecía preocuparle en absoluto. Cuando la critiqué por eso, prefirió ponerse un chaleco encima antes que el sostén, a pesar de que era un día de calor abrasador. Se justificó diciendo que el sujetador la fastidiaba, que no podía soportar que le oprimiera el pecho. Como yo nunca los he usado, no tengo la menor idea de lo asfixiante que es llevar uno, pero según lo que podía apreciar, era evidente que a las demás mujeres no les molestaba tanto como la mía, así que su susceptibilidad al respecto me desconcertaba.

Excepto eso, todo transcurría con normalidad. Aquel año cumplíamos cinco de casados, pero como nunca habíamos estado locamente enamorados, no había motivos para sentir que la relación se hubiera desgastado. Habíamos aplazado el tener hijos hasta que compráramos una casa y como eso lo habíamos hecho por fin en otoño, yo había comenzado a pensar que ya era tiempo de oír que me llamaran «papá». Hasta que la descubrí una madrugada del pasado mes de febrero en la cocina, vestida únicamente con un camisón, nunca imaginé que nuestra vida diaria fuera a cambiar en lo más mínimo.



miércoles, 9 de octubre de 2024

Triunfo Arciniegas / Diario / Nobel de Literatura 2024

 

Haruki Murakami

Triunfó Arciniegas

NOBEL DE LITERATURA 

9 de octubre de 2024

En cuanto al Nobel de Literatura uno piensa con el deseo. Quiere que gane alguno de sus escritores favoritos. Uno de los pocos que conoce. La vida no alcanza para leer a tantos buenos escritores regados por el mundo.

La Academia examina a sus finalistas desde hace medio año y no tienen nada que ver con las casas de apuestas. De ahí que siempre hay sorpresas.

Haruki Murakami se está convirtiendo en el eterno candidato. Ya es hora de que la Academia se decida a premiarlo. Sus méritos son más que suficientes. 

En vez del polémico Michel Houellebecq, me gustaría que se quedara con el premio otro francés cuya obra me parece más sólida e importante, Emmanuel Carrère.

Otro de mis favoritos pero seguramente fuera de la ilustre lista sueca es Stephen King. 

El húngaro László Krasznahorkai sería una bonita sorpresa. Su difícil obra y la lista de premios, que incluye el Man Booker Internacional y el Formentor, seguramente complacen a la Academia.

Otro peso pesado, el irlandés John Banville. La Academia le debe a Irlanda más de un Nobel.

Aunque, siguiendo la corrección política de estos tiempos, el Nobel de este año será para una mujer, y en mis afectos dos canadienses ocupan el primer lugar: Anne Carson y Margaret Atwood. La prolífica norteamericana Joyce Carol Oates se ha convertido en otra eterna candidata. La rusa Liudmila Ulítskaya es otra escritora importante pero la situación de su país juega en su contra.

Las casas de apuestas favorecen dos nombres, la china Can Xue y el australiano Gerald Murnane. Poco o nada sabemos de sus obras. No sucede lo mismo con el rumano Mircea Cartarescu. La lista de las apuestas incluye al estadounidense Thomas Pynchon, pero no creo que la Academia se atreva a premiar a un fantasma, sobre todo después del trago amargo llamado Bob Dylan. Aunque no pertenece a mis afectos, seguramente el atentado habrá puesto en consideración de la Academia otro nombre que sube y baja en las apuestas, Salman Rushdie. Hace apenas un año las listas incluían a dos mujeres que ya no están con nosotros, Marisé Condé y Edna O’Brien. La irlandesa seguirá por siempre en mis afectos. Otras dos mujeres se mencionan con frecuencia: Jamaica Kincaid y Elena Poniatowska.

(Tengo en el baúl de los secretos unos cuantos nombres para los años venideros: Javier Cercas, Tomás González, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Siri Hustvedt, Jhumpa Lahiri, Zadie Smith, Sofi Oksanen y, para cerrar con la gloriosa Irlanda, Sally Rooney. Sigo pensando con el deseo.)

El Nobel es una lotería. En todo caso, sea uno de estos nombres o no, ojalá la Academia no se equivoque y nos ponga a leer una obra que valga la pena. Amanecerá y veremos el afortunado conejo guardado en el sombrero.










martes, 8 de octubre de 2024

Booker 2024 / Finalistas