martes, 10 de enero de 2012

Triunfo Arciniegas / El mundo de Cristina

Andrew Wyeth
Christina´s World, 1948
Triunfo Arciniegas
EL MUNDO DE CRISTINA

 
Mamá me rompe las muñecas. A Lola Zanahoria la dejó sin pelo cuando supo que papá le daba besos a una cualquiera en el bar de Osiris, a Pili le quebró una pata porque no vio por donde iba y a Mónica Arequipe la dejó tuerta de un puntapié. Las pobres, así de remendadas, parecen los pacientes de un hospital en tiempos de guerra. Lola es tan flaca que le digo La Cometa, un puro viento, pero muy graciosa; Mónica Arequipe se puso como un globo de comerse el apellido, toda colorada; Pili se me escondía siempre y me asustaba de noche, después ya no tanto. Pero tengo la más bonita de todas, Tesoro, escondida en el brevo, y nadie lo sabe. Muñeca de mi dulce compañía, canto, no me desampares ni de noche ni de día, canto mucho, hasta que mamá pega el grito: "Cierra el pico, mocosa".  Mamá es peligrosa. Tesoro está bien escondida, en una caja de zapatos amarrada con cintas rojas. Debajo del brevo hay un tesoro. Peligrosísima. Mi muñeca se llama como el perro que nos mataron, y eso sí, nunca la dejaré ver de mamá. Quisiera que la viera Nora pero le molesta que juegue con las muñecas, que ya estoy grande, que lea, que haga cosas de fundamento, niña. Hay un tesoro porque un fantasma con sombrero viene a fumarse el tabaco junto al brevo, veo la brasa y voy corriendo a avisar y dicen que invento. Desde la otra noche que papá salió en calzoncillos con el machete en la mano no he vuelto a decir nada. Cuántos tesoros: el perro, mi muñeca, las monedas de oro debajo del brevo, el baúl de papá, Nora.  Papá le dice a Nora en la oreja: "Tesorito". La arrincona y le dice otras cosas. ¿Cuál será su tesoro?  Me da risa cuando pienso que Nora es una alcancía llena de monedas de oro. ¿Papá quiere sacarle las monedas?  Nora no juega conmigo, anda muy ocupada, hace vestidos, se cuida las piernas y todos los días se unta crema desde bien arriba hasta los pies y se perfuma las orejas. Sus pies lindos. Le dice barbaridades al espejo. Tiene muchos vestidos esa Nora pero duerme en almendra, le gusta andar así cuando no hay nadie en casa. Yo soy nadie. El fantasma también es nadie, sólo yo lo sigo viendo junto al brevo con su tabaco prendido. Vestidos y revistas, montones de revistas, viejas y nuevas, que Nora mira por las noches, untándose de saliva un dedo antes de pasar la página. "¿Verdad que me parezco a ésta?", dice. "Mis piernas son mejores."  No me presta ni siquiera una de sus revistas. Que se las vuelvo nada, que ni lo sueñe, que cuando sea grande, ya no sé si soy grande o no, papá dice que sí y mamá que no. Soy una tonta, como dice mamá, no entiendo nada, una idiota de remate. Una pobre niña, como dicen, una mensa. Ni siquiera tengo con quién jugar a las muñecas. Matías no sabe. El otro día le dibujó a Lola Zanahoria una araña entre las piernas y no hacía más que reírse. Ni siquiera sabe hablar. No relincha, no sabe. Yo sí, mamá dice que parezco un caballo sin amansar. Matías me mira y se ríe. Grita como Tarzán. Le cuento del fantasma y se asusta. Antes le ladraba a Tesoro y Tesoro estiraba la cadena y esos colmillos de Drácula. Una vez le mordió la pierna pero no cogió vergüenza. A mí nunca me mordió porque nunca lo toreaba. Quería mucho a Tesoro y me daba lástima verlo siempre amarrado junto al portón del solar. Lo soltamos Matías y yo, y no volvió. Por la noche papá trajo el cuerpo atropellado y lo enterramos detrás del brevo, donde Nora se abrió la blusa para que la viera por dentro el bobo Matías, que apenas se reía. Alumbré con la linterna mientras papá sacaba tierra, mientras echaba tierra, las manos de papá todo borracho untadas de tierra. Le invento a Matías cosas del fantasma para asustarlo más, le digo que con el tabaco se quema los pelos y que se saca los ojos y los pone a rodar como un par de dados. Nora se escarbaba como si tuviese los senos enterrados. Después le digo al bobo que son mentiras, ni siquiera he visto la cara del fantasma, le doy agua para que se le pase el susto. Persigue las mariposas como un trompo, hace como las palomas y se sacude como los perros mojados. El resto del tiempo es chofer de un camión invisible, da volante a lo loco y ronronea, frena para no atropellar a los perros y arranca pasito y con cuidado, siempre engaraja en reversa. O se cree cortanariz y me persigue la nariz. Ay, Matías Gutiérrez, tan grande. Se cree todo lo que le digo. Si le digo que el fantasma vuela se lo cree, si le digo que le crecen los colmillos se lo cree, si le digo que sus uñas son así para desgarrar a la gente se lo cree. Es bobo y tiene piojos. Apenas sirve para cargar las sobras de los marranos. Ni siquiera lo pongo a bajar brevas porque se aporrea. El otro día le propuse que si me bajaba una breva madura me subiría el vestido,  y casi se mata. Se quedó sin ver nada. Además, mamá no quiere que ande por ahí, le da una moneda y le dice que se vaya. Mamá dice que esos bobos son peligrosos. Matías se pone contento con la moneda, no se cambia por nadie, la bota al sol y la coge en el aire, vanidoso, se va riéndose, se ríe de todo. Es grande, camina chistoso, como machacando barro. "Con su caminadito de caballo viejo", dice mamá. Matías tiene una hermana que no es boba ni tiene piojos pero poco viene. O sí tiene pero poquitos, se peina mucho y se los saca y los destripa entre las uñas, sobre la falda. Una vieja patirrajada sube al monte y baja ganado, adivina, adivinador. Se baña y va a la escuela cada vez que se acuerda. Pero nunca viene, qué lástima. Se adorna con flores la cabeza y le dicen Margarita. Canta siempre la misma canción: "Margarita a la orilla del mar, Margarita tiene ganas de amar". Dicen que vaga de noche y los borrachos la aprovechan, beben con ella. Me quedo sola con Tesoro. También tengo una muñeca de barro y no importa que mamá la encuentre y la estrelle contra el piso como al caballito, no recogeré los trozos de barro seco, hay mucho barro para hacer muñecas, semillas para los ojos, palitos para dibujar el pelo, si alguien me ayudara. Papá trajo el caballito. A mamá no le gusta que papá me siente en sus rodillas.  ¿Eso se llama celos? Papá acaricia a Nora, yo lo he visto en el corredor.  ¿Tiene celos mamá?  Nora es bonita, bien bonita, como de revista. Por eso sería que mamá rompió el caballito de cristal, porque me gusta que papá me alce y me diga que soy bonita. Mamá no me dice cosas, no me quiere mucho. Cogió el caballito con ambas manos y lo elevó más allá de su cabeza y lo estrelló en el cemento del patio. Por la noche recogí los destrozos en una bolsa y los boté a la quebrada. Yo recuerdo: hacía frío, mucho, había llovido y me embarré los zapatos de correa. El cerdo gruñó en el corral. Seguí, arrojé a la quebrada sucia mi caballito, destrozado, desde la cerca de alambre. Pisé algo suave, un durazno que se pudría en el suelo. Después lavé los zapatos. Tesoro ya no estaba para lamerme toda la cara. Un montón de estrellas en el agua que temblaba. La noche no me asusta. Al otro día, acaballada en el palo de la escoba, me dio una cosa rara y salí corriendo, subí la calle de piedra que va al asilo de ancianos, corrí y corrí hasta que me encontraron. No me dijeron nada, no me prohibieron jugar con la escoba. Tuve fiebre y vómito, pero me cuidaron, papá me trajo un reloj de campanitas.
            Me asusta toda la máscara de papá. Se pone chistoso cuando está contento. La máscara es horrible: dientes afilados, labios gruesos, cejas espesas y ojos redondos como de sapo. Se me paran los pelos cuando la máscara se traga a papá y comienzo a gritar. "Voy a comerte, bombón, te voy a masticar pedacito a pedacito", dice el monstruo y me pongo a llorar. A Nora le divierte, se retuerce de risa, corre y grita, papá la persigue por toda la casa. Mamá se pone seria porque no le gustan estos juegos de niños. Una noche la música me despertó y los vi disfrazados a los tres. Por una rendija de la puerta vi a papá con la boca roja y los párpados morados, vi a Nora en medias negras y sin zapatos, con un vestidito que apenas le tapaba el trasero, una peluca rubia y una manzana mordida, vi a mamá vestida de negro, llena de collares. Nora y mamá bailaban, muy abrazadas, compartían la manzana, mientras papá las contemplaba desde la silla. Papá se levantó con dos copas, borracho, se acercó y las besó en la boca. Mamá siguió bailando con papá, se decían cosas que la música escondía. Nora, delante del espejo, terminó de comerse la manzana. Se embadurnaba de colorete y se alborotaba la peluca. La vi quitarse las medias y ponérselas de bufanda. No la vi más por unos segundos, oí sus gritos y entró acaballada en la escoba. Papá la alcanzó y se le pegó a la espalda. Luego mamá subió a la escoba. Rodaron por el piso, muertos de dicha, no los vi más. Volví a la cama y me dormí entre sus risas. Al otro día les dolía la cabeza y no se miraban. Esa máscara sí me da miedo.
            Mamá se pone el vestido verde y canta.
           Sale a la calle y algo malo le cuentan porque vuelve furiosa. Me rompe otra muñeca. Mamá es así. Le rompe los brazos y las piernas y se los remiendo con esparadrapo. A veces no encuentro la cabeza. A esta muñeca mía la llaman La Momia. O El Jinete sin Cabeza. La más sufrida. Dios la mandó a este mundo a sufrir, como dice mamá de sí misma. Le cuento a Tesoro todo. No me lame ni me habla pero entiende, nos entendemos. Tesoro tiene miedo de los ratones.  No soportaría que la remiende, vanidosa, no quiere que de pronto tenga que remendarla con esparadrapo. Le digo que papá puso las trampas. Todas las muñecas tienen miedo pero no dicen nada. Por eso sus ojos de espanto. Duérmete, mi niña, duérmete ya. Y cuando grande no te pintes. Yo no me pinto. Cosas de payaso. De Nora borracha.
            Mamá se mira en el espejo y dice que está gorda.
            Se estira la cara con ambas manos, se levanta los pechos, se masajea el cuello, se hace muecas.
            Nora dice que está loca.
            Se pinta los labios y besa el espejo. La he visto, esa Nora. Después borra los besos.
            Nora se pierde. Llega tarde. Acostada, con las piernas al aire, contempla el cielo raso y se muerde la boca.
            Papá también llega tarde y la cantaleta de mamá nos despierta a todos.
            “Sueño con ciudades que no existen”, dice. “Quiero llegar pero no sé a dónde. Un día de estos levanto vuelo.”
            Mamá llora de rabia en la cocina.
            Estrella una taza contra el lavaplatos.
            “Si es cierto, los mato a ambos.”
            Le pregunto a quiénes y me manda a jugar al patio.
            Doy vueltas en un caballo invisible hasta caer rendida.
            La otra noche soñé con el caballo de cristal. Me llevaba al cielo y también era de cristal, las piernas todas transparentes, y el corazón, y los huesos, daba risa. Tropezó con el pico de una montaña y nos volvimos pedazos.
            Sueño cosas raras. No tengo a quien contarle los sueños. Matías no es muy entendido y mamá dice que soy un bicho raro. Sueño que mamá se quita la sombra y la vuelve tiras con el cuchillo de cocina. Lava las tiras hasta volverlas blancas y se las come, las mastica con los ojos cerrados. Apenas Nora se descuida, mamá le arranca la sombra y se la pone. Luego papá se mete a la sombra, brinca feliz en la sombra de mamá.
            Mamá es mala cuando no me dice, como papá, que seré una muchacha. ¿O no?  Que para qué quiero ser una muchacha, me dice, si acaso para darle dolores de cabeza. Quédate como estás, princesa, que los príncipes se acabaron. Sólo quedan los borrachos. Maldice en la cocina, se corta un dedo al picar la cebolla, llora. Habla de los borrachos que llenarán de niños la barriga de Margarita. Mamá maldice a Margarita por eso, pero tiene a Nino, que le tira las tetas en la oscuridad y la muerde porque le están saliendo los dientes, un marranito mascando caña, gordito el marranito, y mamá se muere de rabia cuando la muerde. Otras veces la cama cruje y mamá gime como si la estuvieran hiriendo. Lo que tienen los hombres es una porquería, dice, y me golpea con rabia porque dejo caer el pocillo y la leche se derrama en el piso, y me escondo, y ella me busca, me encuentra, me hala los cabellos, me grita que me apure, engendro del demonio, hay que rezar el rosario. Nora tiene razón: mamá se pone loca por temporadas.
            Dicen que el mundo está lleno de globos.
            Mamá habla de cuchillos.
            Los vestidos de Nora también son una porquería, un escándalo, cada vez con menos tela. Así, con el culo al aire, como dice mamá, Nora se sueña retratada en las revistas. Mamá se burla. Pero también guarda revistas.
            Papá también, cierto. Revistas de mujeres en pelota. Les dibuja una corona de pelos ahí donde se unen las piernas y bocas grandes y rojas y largas pestañas, hasta que se vuelven monstruos. Mamá se escandaliza y las quema. Papá se divierte. Todo un payaso.
            Mamá es un caso, como dicen, una loca bien rara. Colecciona fantasmas en las botellas. "A Saturnino lo conocí en las ferias y fiestas de Málaga", dice y señala la botella verde. "Celedonio me atacó en un parque de Sacramento, me llenó de morados", y señala otra botella. "Felisberto es triste", y señala. Habla con alguien en las paredes, su propia sombra será, y pisotea un antiguo novio que la dejó plantada. "Nos tenemos que decir adiós -canta- porque quizá jamás en la vida te vuelva a encontrar." Y también: "Somos un sueño imposible que busca la noche".  Otras cosas.
            Me encierra cuando vienen a castrar. Pero los chillidos se escuchan. Me tapo las orejas. Después voy y hay sangre en la tierra. La tierra la chupa y el sol la seca y la vuelve cáscara. La rasco con la uña. Cae un durazno picoteado y podrido.
            Otras noches un carro atropella al caballo y estrellitas de vidrio y grito.
            "Esta muchacha sí da problemas, ya ni dormir deja."
            Mamá barre la casa y quiere que nadie ensucie el patio. Le duele la cabeza y que nadie hable. Siempre le duele algo, hasta lo que no tiene. Mamá es terrible. Todo el santo día escucha a Cuco Sánchez: "De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera". Terrible.
            Los pies descalzos sobre la alfombra de estrellas. Caigo y ruedo como una bola. Todos los dedos me duelen. Toda la piel. Toda la casa enarenada de vidrio. La casa y los cuerpos.
            Nora también dice que seré grande. Y tendré senos. Teticas. Detrás del brevo se las mostró al Matías, qué grandes, qué bonitas, qué naranjas, por Dios, cada una con un botoncito rosado que se le crece. Después le dijo que se las tocara. Tetotas, se reía Matías. La otra noche me agarró los dedos con fuerza y los llevó ahí abajo, entre esa mata de pelo, donde estaba mojada.  ¿Te orinaste?  No respondió, se mordía, sollozaba.
            A Nora le duele el estómago.
            A mamá le duelen las muelas, quién la aguanta. Nunca me ha mostrado nada. Quisiera verle los botoncitos, bañarme con ella, pero no me atrevo a proponérselo. Lástima que Nino no hablara para confesarlo. Llora y llora. O duerme. Cuando llora, mamá cierra la puerta y le pone la teta. Cuando duerme parece un angelito el marranito. A papá lo vi una vez. Dijo que le alcanzara el jabón y lo vi todo mojado, con pelos. No dijo nada. Papá me sienta en las piernas cuando está borracho y me unta de besos la nuca. Saca plata de la caja de metal que guarda en el baúl, su tesoro, y la cuenta untándose saliva en los dedos como si pasara páginas. La otra noche soñé que papá lindo era un ángel con alas de billetes entre nubes de cerveza y se ensalivaba los dedos. Va a jugarse la plata a los dados y a tirársela con los amigotes y vuelve por más, y dice cosas bonitas, le dice a Nino que hable, mocoso, que diga papá, todas esas cosas, y le toca el trasero a mamá y le mete la mano por debajo y ella dice que quieto, que mire la niña, papá contempla las piernas de Nora con los ojos vidriosos y Nora se muerde, y al otro día madrugamos a misa porque es domingo. Veo el ojo de Dios desde el triángulo. Dios me ve. Entonces, mientras Dios me ve desde el triángulo, rezo por todos. Ya no recuerdo nada, rezo sin rabia. No pienso que una noche tuve que echar a la quebrada mi caballito destrozado. Olvido el ojo y veo a papá. Me da risa ver a papá en el altar batiendo las alas, como un fantasma.




viernes, 6 de enero de 2012

Triunfo Arciniegas / Conversación con Juliana


Triunfo Arciniegas
Alcaparral, 2009
Triunfo Arciniegas
CONVERSACIÓN CON JULIANA
Por Juliana Mejía



Hablemos de libros. ¿Cuál es su recuerdo más antiguo?


Estábamos en el jardín de la abuela Candelaria, en Málaga, con la tía Teodora. De pronto la abuela extendio su brazo y me entregó un pequeño libro de tapas duras, un libro de oraciones, con el nombre de mi tía Clementina en tinta azul en la primera página, y un año: 1904. "Tome, mijo, para cuando aprenda a leer", dijo la abuela.

¿1904?

Es un año sagrado. En 1904 nacieron Pablo Neruda y Domingo Cáceres, mi abuelo.

¿El esposo de su abuela Candelaria?

No. Domingo Cáceres fue el esposo de Emperatriz Ojeda. El esposo de mi abuela Candelaria fue Triunfo Arciniegas. Nunca lo conocí pero heredé su nombre completo. Un bello regalo para el oficio, pero una calamidad en la vida cotidiana. Por el simple nombre todos días, hasta mis tíos borrachos decían que debía sacar la cara por la familia. Debí llamarme José de la Trinidad o algo así. O como alguien quiso, Alejandro. Mamá no lo permitió porque por esa época había un bandido con ese nombre. Un bandido más no hubiera importado. En fin, ahí están mis dos apellidos: Arciniegas y Cáceres. Yo, malagueño y santandereano, soy hijo de María Herminia Cáceres, de Concepción, e Isaías Arciniegas., de Molagavita

¿Cómo fue su experiencia en la infancia con respecto a la literatura, la lectura y la escritura?

Mi niñez terminó precisamente cuando papá decidió que nos fuéramos a vivir a Pamplona. Dejé en Málaga al primer gran amor de mi vida, mi abuela Emperatriz. Qué arrogancia, ¿verdad? Soy Triunfo, nieto de Emperatriz. Ni ella ni yo decidimos nuestros nombres. Ella vivía de lavar ropa ajena, y yo apenas soy un pobre bebedor de relámpagos. Mantuve con mi abuela una relación afectuosa, poética y comercial. Durante la semana memorizaba coplas. Se las declamaba el domingo y ella me enviaba a entregar un traje recién lavado y planchado y con el peso que recibía del dueño entraba a cine. Poesía con poesía se paga. Pero entonces mi papá, con ese corazón de gitano, decidió una vez más que nos íbamos de Málaga. Ya habíamos vivido en Sogamoso, Belencito y Ragonvalia. Me fui a Pamplona por un sendero de lágrimas y comencé a escribirle a mi abuela largas cartas, con ilustraciones, y sin respuesta, por supuesto. Una tía se encargaba de la lectura. Cuando se me agotaba el tema, inventaba. De ahí vengo, de las cartas a mi abuela. Pamplona era entonces más frío que ahora y el viento nos mordía las orejas. Para colmo, llegamos a vivir en la parte alta, detrás del cementerio. Una vez vi enterrar a un pobre sin cajón, en la tierra cruda. Como había llovido, al caer en el hueco, el cuerpo salpicó a los presentes. En esa atmósfera desolada, ante las montañas peladas y sin un solo amigo, me refugié en la lectura de los libros y pronto empecé a escribirlos. 

¿Qué leía de niño, Triunfo?

Leí, en la Biblioteca Municipal, El Tesoro de la Juventud, una enciclopedia que nunca he vuelto a ver, y los libros que la bibliotecaria seleccionaba para mí. Había un mueble en un rincón, con vidrio y chapa, que la bibliotecaria abría con una pequeña llave de oro que colgaba de su cuello, para los usuarios especiales, ciertos caballeros que provocaban mi envidia. Años después, en una visita a Málaga, me acerqué al famoso mueble y vi un libro que me interesaba. Se lo solicité a la biblioteca, la misma viejecita de todos los años, y sólo cuando me senté a leerlo me di cuenta que estaba cumpliendo uno de los sueños de mi vida. 

¿Cuál fue el primer libro que lo cautivó?

Robinson Crusoe, de Daniel Dafoe. La primera novela que leí en mi vida. Durante años temí despertar en una isla desierta. Me hubiera gustado leer en ese entonces Drácula, La isla del tesoro y Los tres mosqueteros, los tres títulos que siempre recomiendo a los muchachos. Inmensas novelas, aquí y en cualquier parte. 

¿Fueron sus padres o hubo algún profesor o profesora que lo estimulara a leer y escribir literatura?

Soy hijo de herrero, y en casa de herrero escritor de palo. No hay antecedentes literarios en mi familia. Mis abuelos fueron analfabetas, mis padres no terminaron la educación primaria. Mamá leía, papá no. Mi madre incluso vendió algunos demis primeros libros. Fui el primero de la familia en llegar a la universidad. En Pamplona y luego en Bogotá. Contra viento y marea. Tengo una Maestría en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. 

En la Escuela Normal tuve dos profesores muy distintos, contradictorios y complementarios, que me marcaron para siempre: Elio Buitrago y Gabriel Suárez. Elio era milimétrico, ordenado, pedagógico hasta la saciedad. Y Gabriel, desordenado, caótico, maravilloso. Siempre llevaba un libro en el bolsillo de la chaqueta. De pronto, como por arte de magia, lo abría y nos leía un párrafo. Una vez leyó: “Hoy ha muerto mamá…” Alguna vez, frente al tablero y con la tiza en el aire, se volteó hacia nosotros para preguntar si Ernest se escribía con o sin h. Se refería, por supuesto, a Ernest Hemingway. Ese día, en ese instante, comenzó una de las pasiones de mi vida. Con el profe Gabriel supe de otros grandes autores que todavía me acompañan: Kafka, Moravia, Neruda, Camus, Flaubert. El profe Gabriel elaboró el pedido para la biblioteca de la Escuela Normal y de ese banquete bebí durante años. Los libros venían de Argentina y eran publicados por Losada y Sudamericana. En los mercados de pulgas y en las librerías de viejo los sigo buscando como perro hambriento. 

¿En qué etapa de su vida eligió ser escritor?

En la adolescencia, cuando cursaba séptimo grado en la Escuela Normal. Necesitaba un testigo de semejante acontecimiento y elegí al profesor de español, por supuesto. Bajando unas escaleras le dije que había decidido dedicarme a la literatura y dijo: “Ah, bueno”. Y cada uno siguió su camino. 

¿Cuál es su perspectiva acerca de un taller literario?

Valen la pena. Acortan distancias. Se llega más rápido a los libros fundamentales. Sin duda los talleres hacen lectores, pero no siempre escritores.

¿Cuál es su opinión respecto a la aplicación de un taller literario, como una estrategia para animar al niño a la lectura y a la escritura?

Un taller debe hacerse sin notas ni tareas. El profesor tiene la perversa idea de volver trabajo todo cuanto toca. Un taller es un territorio de dicha y no de imposiciones. No es una materia más, una carga más, sino una oportunidad para la fiesta y la magia.

Mencionó antes tres o cuatro libros para los muchachos. ¿Qué le recomomendaría a un niño de 7 años? Enumere cinco maravillas, por favor.

Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak. Ricardo, de Helme Heine. Monty, de James Stevenson. Cuentos de Andersen. Cuentos de los hermanos Grimm. Ahí están los cinco. Si se trata de un lector duro, le aconsejaría que pruebe con Las brujas, de Roald Dahl, que es como el Picasso de los escritores para niños.

Juliana Mejía / Triunfo Arciniegas
Pamplona/Bogotá, 11 de septiembre de 2008



lunes, 2 de enero de 2012

Triunfo Arciniegas / Bogotá de ladrones

Arte callejero
Calle 26, Bogotà, 2011
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
BOGOTÁ DE LADRONES

Los dioses me salvaron. Estoy bien pero estuve a punto de que me acuchillaran en la carrera décima. Salí del hotel casi a las nueve de la mañana, con la cámara fotográfica y algunos libros en el morral, y bajé por la calle veintitrés. Apenas llegué a la esquina vi que el bus de la veintiséis se acercaba al semáforo y le hice la señal. Pero entonces, según me dijeron luego, el tipo ya me había echado el ojo. “Ya lo tenía estudiado”, me dijo una pasajera. No demoré más de cinco segundos en subir al autobús, casi de un brinco, y alguien se me pegó demasiado y subió casi conmigo. Sentí un aire raro y miré hacia un lado. Si no hubiese llevado el morral adelante, como un bebé, el tipo me lo hala y me tumba al piso, o corta las correas y sale corriendo. Como no pudo hacerlo, pasó la registradora después de mí. Lo vi con detenimiento. Vi su cara siniestra, sus rasgos duros. Alto, flaco y maloliente. Cosa curiosa: me dio un libro,  un folleto de auto superación. Lo sostuve con el tubo de la silla delantera, sin hojearlo, mientras el tipo pedía una moneda y hablaba de la fe y otras virtudes cristianas. El típico discurso de un cura en boca de un malandro. Nadie le dio nada. Entonces se enfureció y golpeó la registradora. Lanzó un par de amenazas y el conductor detuvo el autobús. El tipo me rapó el libro y lo destrozó, abandonó los pedazos en el piso y se bajó. Respiré aliviado, todos respiramos aliviados. 
No es la primera vez. En esta misma calle me robaron una noche de abril de 1994. En ese entonces el editor mexicano Daniel Goldin y el escritor Francisco Hinojosa estaban de visita en Colombia. Llevé a Pancho a ver las obras de Botero. En la noche lo acompañé al hotel para que no le pasara nada y cuando regresaba a tomar el autobús me atracaron tres o cuatro muchachitos en la décima con veintidós. Les conté la historia a Daniel y Pancho y con el tiempo se volvió un chiste. Creo que en ese año, aunque residía en Pamplona, me robaron tres veces en Bogotá.
En otro año ya lejano, cuando tenía novia en Medellín, viajé de Pamplona a Bogotá y me robaron en la ruta del terminal de trasportes a Meissen, el barrio donde me brindaban alojamiento gratis. Esa vez fue muy curioso. Yo iba de pie, con una maleta grande en el piso y un maletín colgado del hombro, y preocupado por la cámara. Sentí que la halaban y la sostuve con fuerza. En una parada, vi que tipo se bajaba y se llevaba mi dinero. Mientras me preocupaba por la cámara, había descuidado los bolsillos. No podía abandonar mi equipaje en el autobús para perseguirlo. Llegué al restaurante, en Meissen, y le vendí a la señora Alcira la licuadora que pensaba regalarle. Con ese dinero y unos pesos que me ofreció el padre Marino Troncoso, continué días después mi viaje a Medellín, y allí conseguí dinero para regresar a Pamplona. Pasé otra vez por Bogotá porque no había una ruta más cercana. Alguna vez intenté el viaje por tren, de Medellín a Barrancabermeja, y fue peor.
En otro año, creo que en 1984, gané un premio de novela en Pereira y me fui por tierra a reclamarlo, desde Pamplona. De regreso, en el parque de Las Nieves, en pleno centro de Bogotá y en pleno día, mientras trataba de hacer una llamada, cinco negros muy jóvenes me tumbaron al piso, me pusieron una navaja en la garganta y me esculcaron todos los bolsillos. Total, se robaron el premio, y de nuevo me quedé a mitad de camino.
Me dicen que en Bogotá hay diez mil vagos. ¿Quién los habrá contado? ¿Cómo se habrán dejado contar? Siempre están moviéndose. Caminan y caminan buscando comida, duermen en las mañanas tendidos en una acera o en un parque. Viven debajo de los puentes o debajo de la ciudad, como fantasmas. Nos rodean, nos acosan y les tenemos un pavor espantoso. Cualquiera es capaz no sólo de robarnos sino de herirnos sin  que le importe un pepino. Una vez que hacía cola para entrar a la Cinemateca Distrital, uno de esos tipos nos mostró un cuchillo y dijo: “Hace rato que este mataganado no prueba sangre”. Uno tiene que pagar un peaje, un permiso de circulación por la ciudad, o enfrentarlos. Es más fácil arrojarles una moneda. Es más inteligente perder una moneda que andar por el centro de Bogotá con las tripas fuera.
Ladrones de Bogotá, ladrones pobres y miserables, porque hay otros, ladrones ricos y, en otro sentido, igualmente miserables. Viajan en camionetas blindadas, a veces con otras dos o tres camionetas, dos o cuatro motocicletas con sus respectivos conductores y acompañantes armados. Viajan a toda velocidad, desde el centro a sus lujosas mansiones. Son los dueños del país y dilapidan su patrimonio. En apariencia elegidos por el voto del pueblo, han hecho una campaña millonaria, con aportes de quienes luego sacarán tajada. En este país el aspirante a un cargo público importante (una alcaldía, por ejemplo) sabe cuánto va a ganar en su ejercicio mucho antes de posesionarse, y no me estoy refiriendo al salario establecido, por supuesto. Alguna vez leí que estos políticos se gastaron sesenta millones de pesos en papel higiénico y me dio un pesar al imaginarlos con esa diarrea tan espantosa. Esos mismos necesitaron cien millones para limpiar la fachada del congreso. Tal vez lo habían untado con su propia mierda y ahí sí ni con cien millones puede quitarse tanta porquería. Otra vez sentí pesar.
Los raponeros me inspiran rabia porque tengo derecho a mi cámara, a mi morral, a mis pesos, porque me he ganado la vida honradamente, pero por los otros ladrones siento pesar porque se van a morir y no se van a llevar nada. Y porque los están encarcelando porque se han dejado caer, porque les han descubierto algunos de sus pecados, y en la cárcel los pobres no podrán disfrutar de los millones que nos han robado a todos los colombianos.

 
Bogotá, 5 de mayo de 2008




domingo, 1 de enero de 2012

Feliz 2012 / Postales de Año Nuevo




El pie de la gorda
Mujer con espejo, 1976
Escultura de Fernando Botero
Medellín, 2011
Fotografía de Triunfo Arciniegas

martes, 27 de diciembre de 2011

Esteban Carlos Mejía / Elkin Restrepo y Triunfo Arciniegas

 Elkin Restrepo y Triunfo Arciniegas

Un poeta que narra

y un cuentista que poetiza

 
Por Esteban Carlos Mejía
Rabo de Paja
El Espectador, martes 27 de diciembre de 2011

¿In vino veritas, in aqua sanitas? Alzo la copa, brindo con mi amiga Isabel Barragán y le canto la tabla: “Eres una mujer bellísima, muy sexy además, pero tu vanidad es mortal pa'l pecho”.

Esteban Carlos MejíaSe antoja de natilla y buñuelos. “¿Vanidad?”, pregunta no sin desfallecimiento. Le cojo la mano y le leo la palma, arte aprendido hace años de mi tía Genia. Leo sus intrincadas líneas y veo lo que en otras escasea: hermosura, bienestar, longevidad, hasta un matrimonio feliz. “Parecés en un cuento de Elkin Restrepo”, dice y se pone a hablarme de La orfandad de Telémaco (Sílaba, Medellín, 2011), el más reciente libro de relatos del poeta antioqueño.
          “Son veintiocho fábulas realistas que rozan lo misterioso, lo anacrónico, lo incomprensible”, me explica. Una ciudadela en ruinas, repleta de extrañas pirámides. Una muchacha que lee a Paul Celan y, desengañada del hombre que ama, muere en soledad y miseria. Una urna funeraria en el solar de una casona en venta. Parejas desiguales en edad y sentimientos que se encuentran y desencuentran sin esperanza. Una adivina que trastoca las convicciones del narrador. “Creer es crear”, opino. Isabel sonríe. “Son historias elegantes, con finales abruptos e insospechados, de franca y deliciosa displicencia”, dice. “Al igual que los versos de Casemiro Rosa, el poeta brasileño de uno de los cuentos, la prosa de Elkin Restrepo es sencilla y llena de resonancias, como una charla entre viejos camaradas, con ‘significados inesperados, de tinte simbólico o sobrenatural’. Da gusto leerlo. Es un poeta que sabe narrar”.
             “¿Y eso se puede?”, digo. “Al revés también”, responde. “¿Narradores que poetizan?”. Dejo la natilla: los ojazos verdes de Isabel centellean en la tarde encapotada. Le pido un ejemplo. “La literatura de Triunfo Arciniegas hace honor a su nombre”, dice, mientras con la punta de los deditos palpa los buñuelos. “Por ejemplo, en Noticias de la niebla (Ediciones Pluma de Mompox, Cartagena de Indias, 2011), su escritura vence y convence sin ambigüedades. Es inquietante, sugestiva, espléndido arquetipo de la punta del iceberg de Papá Hemingway: lo que leemos es apenas la punta de un colosal iceberg que navega en las aguas de nuestra imaginación”. La oigo embelesado. “Son textos breves, entre poesía y prosa”, dice. “Equívocos, soberbios, inteligentes, trabajados con precisión y pulcritud estética”. Abre el bolso, saca el libro y me ofrece tres joyas. “Bolero según Gregorio Samsa / Ya sé que sólo soy un insecto en tu vida”. “Corrientes alternas / En coitos circuitos me electroputas”. “Fetichista / Adoraba hasta los pies de página”. “Son como trinos de Twitter”, digo. “Confunda pero no ofenda”, replica. Me lee Pasión azteca: “Al rodar por el lomo de piedra, aterrado e incrédulo, contemplo mi corazón en las manos del sacerdote”. Y agrega, triunfal: “Con Triunfo Arciniegas las palabras hablan por sí mismas”. De improviso me dan ganas de palparle el monte de Venus... el de la mano, mal pensados.




jueves, 22 de diciembre de 2011

Triunfo Arciniegas / Miel


Triunfo Arciniegas
MIEL

Antonia se restregaba los dedos hasta enrojecerlos. Dedos tan pulcros como la cocina, todo era pulcro en la cocina, como exigía la señora, que tal que de pronto metas un dedo en mi plato de sopa, muchachita asquerosa. Los limones desaparecían de la despensa al menor descuido y luego aparecían en la basura estas cáscaras que la muchacha restregaba en los dedos y las axilas. Se restregaba casi con rabia para arrancarse el olor a sirvienta. Heliodoro Ramírez detestaba el olor de la cebolla, propio de las criadas, y se chiflaba por las uñas pintadas y los perfumes caros. Heliodoro Ramírez, pobre deschavetado, con delicados gustos de señora. No le cabía en su cabeza de muchacha loca por qué la señora mandaba comprar tres docenas de limones por semana. Devolvió a la basura las cáscaras dos veces usadas y colgó el delantal en la puntilla. Se sentía fatigada y nerviosa, vería a Heliodoro Ramírez al otro día por la tarde, se obligaría a dormir profundamente para amanecer fresca y reposada, como el agua del Pozo de la Virgen. Antonia, bella durmiente, se descalzó y avanzó en puntillas por el corredor. La señora detestaba los ruidos más leves, sobre todo cuando dormía: una rata extraviada en el jardín, un escarabajo escalando un tronco rugoso, las cucarachas en la cocina. "Tengo sueño de ángel", predicaba. Antonia no podía imaginar el vuelo de un ángel tan pesado. Si la remolcaran las nubes, tal vez. La señora había olvidado cerrar la puerta del dormitorio. Antonia se acercaría despacio y cerraría con dedos de seda. Entonces, en el momento que empuñaba la perilla, la vio, desnuda y con las piernas abiertas, en su cama de emperatriz, exprimiendo el limón sobre el abundante musgo del sexo. El dolor le destrozaba el rostro mientras gemía como un perro detrás de una puerta cerrada. Qué tetas más grandes. La muchacha se retiró sin cerrar.
         -Antonia.
         Volvió sobre sus pasos. La señora seguía desnuda, desfallecida bajo los senos enormes, mordiéndose los dedos.
         -No vuelvas a hacerlo. No me espíes, carajo.
         -No, señora.
         -No me gustaría matarte.
         -No, señora.
         -Sirve para algo. Cierra la puerta.
         -Sí, señora.
         -Sirvienta de mierda, criada del carajo, queca asquerosa, manteca...
         Antonia se desnudó de prisa y se metió bajo las cobijas. Sólo podía dormir desnuda, desde niña, como se lo había enseñado la tía Ada. El corazón le brincaba como aquella vez que sorprendió al primo orinando. Estaba borracho y no la vio. Se quedó quieta, petrificada detrás del árbol, hasta que el primo sacudió el miembro y lo guardó. Lo vio subirse el cierre y volver a la cocina. Era la primera vez. Evitó al primo en todo lugar y momento. No volvió a mirarlo a la cara, consciente de que su olor la perturbaría y una sola palabra suya provocaría la perdición, hasta que el primo encontró mujer y se fue a vivir con ella a una ciudad distante. Antonia no se cruzó con ningún hombre sin imaginarse el miembro, el pájaro dormido y dispuesto a picotear el fruto de sus muslos. Calculaba las dimensiones por una medida de su invención: las manos y los pies. Manos y pies grandes correspondían a una cosa grande. Sólo años después supo de su textura, de sus venas, de su dureza, por ciertas lecciones de Heliodoro Ramírez. Su olor y su sabor. Ay, Heliodoro, vas a matarme. Mañana, tal vez mañana me conozcas por dentro. Se levantó a atender a los pequeños. No los había alimentado en todo el día, cómo era posible. Tanto trabajo, tanta jodedera. Se arrastró bajo la cama y alcanzó la caja de cartón. Eran tan obedientes, tan silenciosos. "Tengo bichos en la cabeza, Antonia", había dicho la señora.  Por pereza, porque lo consideró natural, Antonia no se vistió para traer la miel y las migajas de pan de los pequeños. De regreso, en el corredor la sorprendió la voz:
         -Antonia.
         -Diga, señora.
         -Deja de andar desnuda por la casa, maldita sea.
         -Sí, señora.
         -Me gustaría matarte.
         -No, señora.
         -Me gustaría matarte, perra.
         -Sí, señora.
         La mujer elevó la voz hasta el desgarramiento:
         -Te destrozaré las teticas de perra.
         -Sí, señora.
         -Te arrancaré los pelitos, te violaré, te mataré a escobazos.
         -Sí, señora.
         -Maldita sea, hija de puta, no vuelvas a despertarme.
         -Sí, señora.
         -¿Qué dices, Antonia?
         -Buenas noches, señora.
         Corrió a ocultarse y se limpió las lágrimas con el antebrazo. Se puso un camisón, derramó un chorro de miel en la tacita de los pequeños y desmigajó el pan. Depositó la tacita en el fondo de la caja y los animalitos no demoraron en voltearla. Eran tan traviesos y golosos, tan silenciosos y obedientes, como niños buenos sin parque ni domingos, y enloquecían con sus caricias. Antonia esperó que terminaran. Tapó la caja y se acostó.
         Me conozcas, me abras, me esculques. Te engrudes de mi miel y te sacies. Te revuelques como un desesperado entre mis piernas, Heliodoro, te derrames y descanses de tus tormentos, y luego otra vez, y otra vez.
         Madrugó a recoger más pequeños en la humedad del jardín y los guardó en la caja. Diseminó el insecticida y recolectó los cadáveres de las cucarachas. Barrió y trapeó la casa, preparó el desayuno mientras la señora se lavaba. La vio recorrer la casa como la reina que revisa los jardines del palacio, con su bata roja y las pantuflas de peluche, la toalla a manera de corona. Cuando le llevó el desayuno a la habitación, la señora estaba arreglándose las uñas, parodiando la posición de loto. El resto de la mañana se dedicaría a perfumarse el cuerpo obeso y acicalarse los rojizos cabellos. Que se tomara la tarde libre, toda la tarde, así dijo la señora, que se fuera al carajo. Que vuelvas bien noche, putita barata, ¿me oíste?  Con el cuerpo dichoso la muchacha salió al mercado y soportó los piropos del carnicero. Un niño bailaba el trompo en la esquina, se sonrieron. Lavó dos blusas y el vestido negro de la señora,  se lavó toda y se peinó tres veces en media hora. No almorzó. Bajo un árbol en flor, con el cuerpo dichoso y liviano, con vestido nuevo, esperó el bus. El chofer le miró las piernas. Encontró un puesto libre junto a la ventana y se entretuvo con los rostros y los vestidos. A las dos y veinticinco esperaba en un escaño del parque Pepe Romero. Se contempló las uñas, los dedos, las líneas de la mano, se mordió la punta de los cabellos, contó hasta treinta hormigas. Una pareja de estudiantes se besaba, el muchacho la acosaba contra el árbol mientras ella se protegía con los cuadernos. Pasó una mujer de negro con un ramo de flores. La vio cruzar la avenida y entrar al cementerio. Heliodoro Ramírez apareció agitado, las botas empolvadas, mirando a todas partes, la gorra en el bolsillo, que se había volado, que mejor otro día, compartieron un helado y se marchó entre disculpas y promesas. Todavía no eran las tres de la tarde y, para cumplir con la señora, Antonia debía regresar por lo menos a las diez. Entró a la iglesia de la Virgen de los Remedios, encendió una veladora y depositó una moneda en la alcancía. Se acercó al confesionario como un animal acorralado. Le dolía el estómago.
         -Lo deseo, padre, y él también me desea.
         No oía, sólo quería contar.
         Gritar.
         -Nunca lo he hecho, padre. Sólo dejo que me toque los senos. Quiere morderme, quiere todo. A veces lo toco, padre, lo chupo. La señora también lo desea, se le nota en los ojos, le tiembla el cuerpo cuando lo invita a tomar café. Resopla, padre. Si se acuesta con él, la mato, padre, antes que ella me mate.
         Antonia regresó al parque. La brisa tibia, los papeles sucios, los viejos dormidos. "Deja ese hombre, hija mía, deja esa casa." Es decir, deja el mundo, muchacha, lo que tienes. Pero no. No tenía otro mundo, no tenía nada. Recorrió una y otra vez las mismas calles en un profundo estado de desasosiego, hasta que un policía se consideró invitado. Como perros, huelen las sirvientas, pensó con rabia. Volvió a la iglesia. Penetró por una puerta casi secreta, atravesó un patio desierto y se arrodilló junto al agua bendita del Pozo de la Virgen. De niña, la tía Ada la enviaba desde el pueblo por una botella de agua bendita. La tía Ada bebía una copa cada noche para alejar las tentaciones. Más arriba, en su cueva de piedra, la Virgen de los Remedios extendía sus brazos de mármol. Alguna vez había vertido lágrimas de sangre. Antonia contó todos sus deseos y todas sus urgencias. La tía Ada sucumbía a las tentaciones y luego prometía que no volvería a tocarla. Antonia lloró un rato, se lavó la cara, el cuello, los pechos, y abandonó el lugar. Entró a un cine pero no siguió la trama, se cambió de puesto porque un hombre se sentó a su lado y le arrimó la rodilla. Con las imágenes de los cuerpos desnudos que se hacían el amor volvió el desasosiego. Abandonó el teatro. Decidió regresar a pie para quemar tiempo. Ni siquiera se fijó en mi vestido nuevo, en el botón suelto, ni me cogió la mano. Qué vaina, Heliodoro, justo cuando estaba por abrirte las piernas. Le apretaban los zapatos, si la gente no se escandalizara viéndola descalza. Si los andenes no estuvieran tan sucios, con tanto destrozo de botella, tanta caca de perro. Se preguntó por qué tendría tanto pelo la señora, por qué esas tetas que cargaba a todas partes. La vio tendida y atormentada, las piernas y los brazos abiertos, el sueño de un carnicero. En su propio cuerpo ya era tiempo de que  abundara el musgo, Antonia no quería verse siempre como una niña. El vampiro me visita desde hace tres años. Soliviantada, decidida, entró a una farmacia donde no la conocían: la señora solía enviarla a otras por alcohol, toallas y cosméticos. Hormigas en el cuerpo, sudor entre los dedos. Volvería a casa de inmediato. No se burlarían. "Insomnio", explicó al calvo que exigía datos con la misma voz del sacerdote y la solapada curiosidad, y, con el frasco en la mano sudorosa, esperó en el jardín hasta la noche, cuando Heliodoro Ramírez salió abotonándose. Soltó la gorra a mitad de camino y, al agacharse, se le deslizaron los billetes del bolsillo de la camisa. Maldijo, se alisó el uniforme con las manos y desapareció con su cara de espanto. Una gata escarbaba en el jardín para ocultar los excrementos. Observándola, Antonia hundió las manos en la tierra, se mordió la boca, restregó la cara contra las manos untadas. Corrió a lavarse, contó tres cáscaras de limón en la basura mientras se secaba con el delantal. La señora llamó desde la cama. 
         -¿Qué son esas carreras de loca?
         -Perdone, señora.
         -Sólo quiero café.
         -Como guste, señora.
         La voz se alteró en alaridos:
         -No te atrevas a robarme el esmalte.
         -No, señora.
         -No te untes mi colorete.
         -No, señora.
         -No te mires ni te peines en los espejos, ¿me entendiste, animal?
         -No, señora.
         -Si tomas mis aretes te partiré la escoba en las costillas. O mejor, te la meteré por donde tú sabes. Supongo que te gustará.
         -Sí, señora.
         La voz se apaciguó:
         -Sólo quiero café.
         -Como guste, señora.
         -Puta.
         -Sí, señora.
         -Volviste temprano. No levantaste nada esta tarde. No hueles a hombre. Por eso volviste temprano.
         -Sí, señora.
         -Puta, puta, puta.
         -Sí, señora.
         -Sólo quiero café.
         -Sí, señora.
         -Te pago bien.
     Siempre pagaba bien la señora. Antonia hubiera querido decírselo. Gritárselo en la cara. La señora pagaba muy bien todos los servicios. Esperó en su cuarto, acomodando la ropa, mientras el agua hervía. Los pequeños estarían hambrientos y molestos. "Queridos", dijo Antonia. Terminó de preparar el café y añadió las gotas. Hormigas en el cuerpo, sudor entre los dedos: batió el café con la cucharita de plata. La mujer bebió en la cama con los ojos cerrados. "Sabroso", dijo. "Muy sabroso", dijo.  "Envenéname, puta", dijo. Se recogió como una niña gorda y malcriada.  "No te olvides, no andes por ahí esta noche", dijo y se durmió con el pocillo en la mano. Antonia sintió que era un gato mientras la contemplaba, entre el temor y la fascinación, se acarició los dedos, se mordió la boca. Semen debería ser el olor que exhalaba el cuerpo en reposo. El pecho subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba. El pocillo cayó de entre los dedos y se abrió como una fruta podrida. No despertaría en mucho tiempo. Unos dedos temblorosos desenrollaron la cuerda. "Puta", dijo Antonia con regocijo, y el mundo comenzó a girar con una velocidad vertiginosa. Ató las manos y ató las manos atadas a la cabecera de la cama. Apartó las cobijas y descubrió que la señora le había ahorrado el trabajo de desvestirla. Ballena blanca varada en la playa de la sábana. Ató los tobillos y ató los tobillos atados a una pata de la cama. La amordazó. De la cocina trajo la botella de miel y embadurnó el cuerpo de la ballena. Después fue a su cuarto por los pequeños, los besó uno por uno antes de liberarlos. Hambrientos, se encaramaron en el inmenso cuerpo. Encontró las tijeras en el cajón de la mesita de noche y rápidamente, con violencia y desorden, recortó los cabellos rojizos y el musgo del sexo, estrelló los frascos de esmalte contra los espejos, apagó la lámpara y cerró la puerta. Todas las luces apagadas, la casa limpia y silenciosa. Se chupó un dedo ensangrentado y escupió. Un gato atravesó la calle. Después de asegurar la última puerta, Antonia arrojó la llave al jardín y dejó la casa, con la caja de cartón de la ropa casi a rastras. Hacía frío y la brisa le desordenaba el pelo sobre la cara, escupió baba y sangre contra el andén. Compraría una vendita en la farmacia si aún estaba abierto.


miércoles, 21 de diciembre de 2011

Casa de citas / John Grisham / El secreto

John Grisham
JOHN GRISHAM
EL SECRETO

Lo más importante es conseguir un buen suspense. Crear un héroe que simpatice con el lector, aunque sea imperfecto, y ponerlo en peligro, quizá frente a una gran conspiración, y llegar a un desenlace satisfactorio.




martes, 20 de diciembre de 2011

Casa de citas / Bohumil Hrabal / Algo que todavía desconozco



Bohumil Hrabal
ALGO QUE TODAVÍA DESCONOZCO
Así, extranjero y ajeno, cada anochecer me dirijo a mi casa, en silencio voy por las calles inmerso en una profunda meditación, paso de largo tranvías y coches y peatones, perdido en una nube de libros que acabo de encontrar en mi trabajo y que me llevo a casa en la cartera, así, soñando, cruzo en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente, camino apestando a cerveza y a suciedad, pero sonrío porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mí mismo, algo que todavía desconozco.  


Bohumil Hrabal
Título original: Prílis hluoná samota
Una soledad demasiado ruidosa
Buenos Aires, Ediciones Destino, 1990.
Páginas 16, 17.



lunes, 19 de diciembre de 2011

Casa de citas / Bohumil Hrabal / Lomo de libro


Bohumil Hrabal
LOMO DE LIBRO
Pero, al igual que en las aguas sucias y turbias de un río en el desagüe de una fábrica, resplandece de vez en cuando un pez magnífico, en el río de papel viejo también brilla a veces el lomo de un libro precioso; deslumbrado, miro un rato hacia otra parte antes de cogerlo, lo seco en el delantal, lo abro y huelo el texto, y sólo después fijo los ojos en la primera frase y la leo como si fuera una predicción homérica; entonces guardo el libro entre otros bellos hallazgos en una caja tapizada de estampas que alguien volcó en mi sótano por equivocación junto con varios libros de oraciones.



Bohumil Hrabal
Título original: Prílis hluoná samota
Una soledad demasiado ruidosa
Buenos Aires, Ediciones Destino, 1990.
Páginas 13, 14.



domingo, 18 de diciembre de 2011

Casa de citas / Bohumil Hrabal / Visiones


Bohumil Hrabal
VISIONES

… Mis abuelos y bisabuelos, a quien también les gustaba empinar el codo, a veces tenían visiones, se les aparecían seres salidos de los cuentos de hadas: mi abuelo vagabundo tropezaba con ninfas de agua, su padre, en el patio de la cervecería de Litovel, veía duendes y genios y hadas; en cambio yo, que soy culto a pesar de mí mismo, echado en la cama debajo del baldaquín de dos toneladas, veo Schelling y Hegel nacidos el mismo día y el mismo año; un día, vino cabalgando hasta mi cama Erasmo de Rotterdman en persona para preguntarme cómo se llegaba al mar.  

Bohumil Hrabal
Título original: Prílis hluoná samota
Una soledad demasiado ruidosa
Buenos Aires, Ediciones Destino, 1990.
Páginas 58, 59.