GALLETAS DE TIERRA
En los barrios más pobres de Haití hay familias que les dan a sus hijos galletas hechas de tierra. Las llaman bonbon tè.
Se preparan con arcilla amarilla, sal y manteca vegetal. Se amasan, se les da forma de disco y se secan al sol sobre telas extendidas en el suelo. El resultado son unas obleas quebradizas que se venden por unos pocos centavos en los mercados.
La práctica tiene un origen más antiguo que el hambre actual. Durante generaciones, algunas mujeres embarazadas comieron esa arcilla como suplemento mineral, una costumbre que existe también en otras partes del mundo. Lo que cambió fue el motivo. Hoy, para muchas familias, ya no es una tradición: es lo único que hay cuando no hay nada.
Y conviene decir con claridad lo que son. No alimentan. No aportan absolutamente nada al cuerpo. Lo único que hacen es llenar el estómago y engañarlo durante un rato para que deje de doler. Los médicos llevan años advirtiendo del riesgo real: esa arcilla suele estar contaminada, puede transmitir parásitos y toxinas, y además dificulta que el organismo aproveche los pocos nutrientes que llegan cuando sí aparece comida de verdad. Los niños son los que peor lo pasan.
Lo más duro de entender no es la galleta en sí. Es lo que significa llegar a ese punto: que una madre sepa perfectamente que eso no alimenta, que sepa que puede hacerle daño a su hijo, y aun así se la dé, porque la alternativa es verlo llorar de hambre toda la noche.
Lo que para millones de personas es una rutina automática (abrir la nevera, servir un plato, dejar la mitad) para esas familias es un lujo inalcanzable.
No hace falta sentir culpa por tener comida. Pero sí vale la pena no olvidar que tenerla no es lo normal en todas partes.
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