![]() |
| Laura Restrepo |
Diego A. Santos
Para los incapaces de convivir con la diferencia o la cancelación como dogma
Laura Restrepo decidió cancelar su participación en el Hay Festival de Cartagena porque en la programación del evento figura María Corina Machado. Está en su derecho. Nadie está obligado a compartir escenarios ni micrófonos con quien no quiere. Pero las decisiones individuales también comunican ideas, y esta comunica una profundamente preocupante: que para ciertos sectores de la izquierda radical, la pluralidad es aceptable solo cuando no incomoda.
La decisión de Restrepo no es un gesto aislado ni anecdótico. Es coherente con una corriente ideológica que dice defender la democracia, pero que en la práctica solo la tolera cuando se ajusta a su marco moral y político. En la democracia de personajes radicales como Restrepo no cabe la diferencia, sino que es en un club de afinidades. Y eso es exactamente lo que promueve la cultura de la cancelación: excluir, silenciar y deslegitimar al que piensa distinto.
María Corina no es una figura marginal ni una provocación caprichosa. Es una dirigente opositora que ha enfrentado a una dictadura real, con costos personales enormes, y que representa a millones de venezolanos que quieren elecciones libres y libertades básicas. Cancelarse por su presencia no es una postura ética elevada; es una negación del debate, una huida del contraste y, en el fondo, una forma de desprecio por la libertad de expresión.
Lo verdaderamente inquietante es el precedente que se normaliza. Hoy se cancela un festival. Mañana se cancela una cátedra. Pasado mañana, una editorial. Así operan los movimientos que creen tener superioridad moral: no refutan ideas, las borran. No debaten, excluyen. No convencen, intimidan.
Quienes creemos en la democracia liberal —con todas sus imperfecciones— creemos también que las ideas se combaten con argumentos, no con vetos. Que la pluralidad no es una amenaza, sino una condición básica de la vida democrática. Y que escuchar a quien incomoda no equivale a validarlo, sino a respetar el derecho a existir en el espacio público.
A quienes defendemos esa visión jamás se nos ocurriría pedir que se retiren los libros de Laura Restrepo de las librerías, por más que defienda los muertos de la dictadura de Mauro; tampoco que se dejen de leer sus novelas o que se boicoteen los eventos donde ella participa. Eso sería caer exactamente en la lógica que criticamos: la de la cancelación como arma política.
Por eso resulta tan triste este episodio. No por María Corina, que no necesita la aprobación de Restrepo para legitimar su lucha, sino por lo que este gesto revela del estado intelectual de cierta izquierda intolerante y fundamentalista: incapaz de convivir con la diferencia, adicta a la exclusión y cada vez más distante de los valores democráticos que dice defender.
La cancelación no es resistencia. Es rendición. Y cuando se convierte en dogma, termina siendo el epitafio de una carrera y de una causa que alguna vez se reclamó plural y libre. Triste punto y final para la carrera de una escritora intolerante y radical.

No hay comentarios:
Publicar un comentario