Mario Jursich
CASANOVA
Hace diez años, la revista Fucsia nos pidió a Juan David Correa, Marcel Ventura y a mí que recomendáramos a sus lectoras «un libro que abordara el sexo, hablara sobre la sexualidad o se adentrara en el complejísimo universo de las relaciones sentimentales». Si alguien quiere saber por qué elegí un libro de casi ¡4.000 páginas!, puede repasar estas líneas escritas hace una década.
CASANOVA
Desconcierta que La historia de mi vida de Gian Giacomo Casanova sólo se haya traducido completa al español en 2009, lo que, en términos bibliográficos, equivale prácticamente al día de ayer. Tuvieron que transcurrir más de dos siglos para poder leer el libro completo sin los cortes, las censuras ni las abusivas enmiendas estilísticas a las que fue sometido por sus propios editores.
Quizás por ello, muchos lectores se sorprendan al descubrir que Casanova no era un Don Juan en el sentido popular del término. Varios estudiosos han calculado el número de sus amantes y el resultado no es particularmente asombroso: 125 según algunos, 117 según otros. (El escritor francés Georges Simenon, para quien el coito era tan necesario como la ducha diaria, se acostó con unas 6.000 mujeres a lo largo de su vida. Eso sí da un buen punto de referencia a la hora de hacer comparaciones).
Aunque comúnmente usamos los términos «Don Juan» y «Casanova» como sinónimos, en realidad ambos personajes eran seductores casi antitéticos. Hecha la salvedad de que uno de ellos es un carácter ficticio, creado por Tirso de Molina hacia 1630 en su obra El burlador de Sevilla, y el otro un veneciano de carne y hueso que vivió entre 1725 y 1798, lo que revela el contraste de ambos libros es que mientras Don Juan, infectado por la religión católica, se comportaba como un machista psicópata con las mujeres, Casanova era, incluso en sus momentos más oscuros, un amante afectuoso y protector.
Por eso, cuando al Don Juan de Tirso le llega la hora de morir, solo deja tras de sí un ejército de féminas heridas. A Casanova, en cambio, las mujeres lo siguieron adorando hasta el final de sus días. Y no es un detalle menor que estas mujeres procedieran de todas las clases sociales, desde la altiva duquesa alemana que lo requería en sus aposentos después de una partida de naipes hasta la prostituta encontrada en la taberna más cutre de Amberes.
¿Cómo resumir la Historia de mi vida? En sus casi cuatro mil páginas, los lectores encuentran un extraordinario retrato de la vida amorosa y sexual en el siglo XVIII, acompañado de un portentoso manual sobre las pasiones humanas. Casanova habla de los condones, a los que llama «el capote inglés»; nos cautiva con la idea de que el mejor método anticonceptivo es introducir «una canica de oro de sesenta gramos en la vagina de la mujer amada»; nos arranca risas con sus ingeniosos aforismos —«la medicina es una ciencia en la que el charlatanismo es aún más efectivo que en la profesión de abogado»—; nos sorprende con su preferencia por hacer el amor durante el día («siempre he creído que la noche se ha hecho para dormir y el día para el placer, ya que la claridad permite que se empleen todos los sentidos a la vez, lo que duplica el goce»), nos convence con sus argumentos para rechazar las orgías y seducir a mujeres ebrias y, finalmente, nos ofrece alimento reflexivo con sus maliciosas normas de conducta: «Si el rostro de una mujer es capaz de enamorarme, siempre me inclino a perdonar las imperfecciones del resto, con la condición de poder contemplarlas».
Pero la verdadera razón por la cual recomendaría este libro a una mujer la expresó uno de sus comentaristas españoles, el doctor Gregorio Marañón. Según él, Casanova «se dejó amar cuanto quiso y amó cuanto le dejaron, que no fue poco, pero sobre todo no hizo de ninguna mujer una histérica». No es necesario alzar las cejas ante el adjetivo ni atribuirle connotaciones negativas. Acostumbrados al patrón moderno según el cual, tras una ruptura amorosa, sólo quedan rencor y resentimiento, conviene recordar que Casanova demostró que era posible terminar un idilio de otra manera. No sólo mantuvo correspondencia con la mayoría de sus amantes después de separarse de ellas, sino que, en los momentos difíciles, les brindó ayuda material o afectiva.
Sin duda, algunas de sus rupturas fueron traumáticas, pero, tras la necesaria etapa de duelo, prácticamente ninguna mujer sintió que Casanova la había burlado. Ese era, precisamente, el sentido en que Tirso de Molina empleaba la palabra en su obra: «Hombre libertino que presume de deshonrar a las mujeres, seduciéndolas y engañándolas». Quizás, al final, eso es lo que realmente importa: que el lance fuera leal y que el otro nunca jugara con las cartas marcadas.
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