martes, 31 de mayo de 2011

El ombligo del mundo


Brincando en la mitad del mundo
Ciudad Mitad del Mundo
20 de mayo de 2011
Triunfo Arciniegas
EL OMBLIGO DEL MUNDO

No se precisa atravesar un río 0 lanzarse al abismo para pasar de un hemisferio a otro. Basta un paso. Se requiere menos de un segundo para que cualquiera se deslice del hemisferio norte al hemisferio sur en el ombligo del mundo, es decir, Ciudad Mitad del Mundo, San Antonio de Pichincha, a unos veinte minutos de Quito, la capital del país de la eterna primavera y los cuatro mundos: Galápagos, la Costa, los Andes y la Amazonia, cuatro reinos distintos en un solo paraíso verdadero.
Es un sitio extraño, cargado de energía, y los incas lo sabían muy bien. Por eso lo hicieron parte de su imperio. Dibujaron esta línea imaginaria mucho antes de la llegada de los europeos. En 1736, el francés Charles-Marie de la Condamine organizó un viaje científico a estas tierras para medir la cintura del globo que habitamos. Entonces se consideró la empresa más grande jamás intentada. Doscientos años después se construye el monumento que ahora cautiva a los turistas.
Ciudad Mitad del Mundo, de hecho, figura en el cuaderno de todos los turistas del mundo. En la ruta principal de este maravilloso parque se erige el monumento, coronado  por la esfera del mundo, y en su interior, piso tras piso, el Museo Etnográfico: sorprendentes objetos de la vida cotidiana, vestidos y fotografías de los diversos pueblos que habitan o habitaron esta zona privilegiada del mundo. En la ruta principal se levantan las trece estatuas de los sabios de la Misión Geodésica Francesa.
También se encuentran en este ombligo, aparte de los museos, restaurantes y tiendas, y para el que olvidó la cámara siempre hay un fotógrafo a la mano que puede tomarle una instantánea por unos cuantos dólares. La entrada a Middle of theWorld City vale dos dólares, al Museo Etnográfico tres, y al Planetarium uno con cincuenta.  De las nueve a las 18 horas. La comida no es cara y la magia que se respira es gratis.

Ciudad Mitad de Mundo
20 de mayo de 2011



Norte / Sur
Ciudad Mitad del Mundo
Fotografìa de Triunfo Arciniegas

Casa Rosada
Ciudad Mitad del Mundo
Ecuador, 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas
Cositas de la mitad del mundo
Ciudad Mitad del Mundo
Ecuador, 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas
Alga Marina Elizagaray
De cómo atar un zapato en la mitad del mundo
Ciudad Mitad del Mundo, Ecuador, 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas
Belleza ecuatoriana
Ciudad Mitad del Mundo
20 de mayo de 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas
Hospitalidad ecuatoriana
Ciudad Mitad del Mundo
20 de mayo de 2011

 
Alicia y el viento
Ciudad Mitadl del Mundo
20 de mayo de 2011
Foto de Triunfo Arciniegas

Sofia Beszczynska
Ciudad Mitad del Mundo
20 de mayo de 2011
Foto de Triunfo Arciniegas


Alicia en la mitad del mundo
Ecuador, 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas

Sabios de la Misiòn Geodésica Francesa
Ciudad Mitad de Mundo, Ecuador, 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas

Triunfo y los sabios
Ciudad Mitad del Mundo
Ecuador, 2011

Mónica Brozon en casa
Ciudad Mitad de Mundo
Ecuador, 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas


Enrique Pérez `Díaz
Ciudad Mitad del Mundo
Ecuador, 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas

Mónica Brozon
Ciudad Mitad del Mundo
Ecuador, 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas

`Mónica Brozon y Laura Antillano
Ciudad Mitad del Mundo
20 de mayo de 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas

Ciudad Mitad del Mundo
Ecuador, 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas

Alicia Barberis
Ciudad Mitad del Mundo
20 de mayo de 2011
Fotografìa de Triunfo Arciniegas

Triunfo en la mitad del mundo
Ciudad Mitad del Mundo
Ecuador, 2011

jueves, 26 de mayo de 2011

Vengo desde la niebla / Claves de la escritura

Atardecer
Quito, Ecuador, 16 de mayo de 2011
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
VENGO DESDE LA NIEBLA
Claves de la escritura

Vengo de la niebla. Vengo de las montañas de Pamplona, del Valle del Espíritu Santo, del País del Sagrado Corazón. Como a todos, me han marcado la geografía y los años, no sólo el paso del tiempo sino la época. Somos lo que el tiempo ha hecho de nosotros: las experiencias íntimas y los acontecimientos históricos. Vengo de una pequeña ciudad del nororiente de Colombia, muy cerca de Venezuela, vengo del siglo pasado y trato de aprender del vértigo del presente.
Nací en Málaga, al otro lado del páramo, y allí dejé la infancia, dejé a la abuela y dejé los pájaros. Entré a la niebla de Pamplona como un adolescente asustado, solo y triste, sin amores, y encontré los libros, en una biblioteca pública que aún existe. El viento y la niebla, detrás del cementerio, donde mi padre nos llevó a vivir cuando por última vez salimos de Málaga, hicieron de mí lo que soy. Éramos pobres. Éramos tan pobres, tan desgraciados, que nos entreteníamos viendo entierros desde esa colina donde papá encontró una casa de alquiler. Llegaban muertos de toda clase, muertos ricos y muertos pobres, muertos en cajones de plata y muertos con el cajón prestado. Alguna tarde de invierno vimos vaciar en la tierra cruda un cuerpo que salpicó a todos antes de hundirse para siempre.
Esa constante presencia de la muerte y el galope del deseo en el cuerpo adolescente se conjugaron desde un principio. Muerte y deseo, pilares de la escritura, presencias o motores. La escritura como exploración del deseo y la escritura como cerca de alambre de púas o como sombrero para espantar la muerte.
La muerte y el deseo, verdades esenciales y eternas del ser humano. En mi obra para niños no he explorado el deseo sino el amor, la fascinación poética de una criatura por otra, pero en mis páginas oscuras me sumerjo de lleno en la perplejidad del deseo. La muerte es un tema que exploro cada vez con más frecuencia en mis libros para niños. Asumo los temas duros y polémicos: la guerra, el exilio, la mutilación, la soledad, la vejez, la decrepitud, la muerte de los seres queridos. El humor, mi herramienta más amada, no me ha servido de mucho en estos casos. He recurrido al lenguaje, a un tratamiento suave, delicado, poético, para explorar el lado más doloroso de la existencia.
Quiero recorrer mis últimos títulos para explicar un poco más las líneas anteriores. He publicado hasta el momento cincuenta libros y sería imposible detenerme en todos en estas breves páginas. Dejo de lado la parodia, el humor, el disparate, para concentrarme en la última etapa de mi escritura.



LA HIJA DEL VAMPIRO

Trata de un muchacho que descubre 0 imagina que un vampiro ha llegado al barrio. Lo espía desde el balcón mientras descarga unas cajas y le parece que le brotan colmillos cada vez que cruza la sombra de un árbol. Es un lector de grandes novelas: Drácula, La isla del tesoro, Los tres mosqueteros. Y como todo lector que se respete, posee una imaginación desbordada. ¿Qué hacer cuando un vampiro llega al barrio? Los vampiros, tarde o temprano, dejan su Transilvania. ¿Sirve de algo una cruz? ¿Todavía funcionan las estacas? Para colmo de males, el nuevo vecino pretende a la madre del muchacho. Como los padres se han separado, el muchacho asume la defensa del castillo: rechaza al intruso. El padre, famoso escultor, vive con otra mujer, una muchacha bella y graciosa, y el narrador, lastimado por la separación y por la lejanía, se niega a verlo. ¿El hombre es un vampiro de verdad o son imaginaciones del muchacho? La novela sustenta cualquiera de las dos posibilidades. Y algo más: el vampiro tiene una hija, y es una hija muy bella, y el muchacho se enamora de la hija del vampiro. Si por un lado, la novela explora en tono de comedia esta antigua fascinación de la humanidad por los vampiros, por el otro enfrenta el doloroso asunto de la ausencia del padre, de la separación, del alejamiento de un ser querido.



EL PAPÁ DE LOS TRES CERDITOS

En Caperucita Roja  y otras historias perversas escribí una parodia de la fábula tradicional del lobo y los tres cerditos, una fábula que siempre me ha provocado un disgusto que raya con la rabia. Se trata de una encarnizada defensa del trabajo, de la riqueza, del poder, y no todo en la vida es trabajo o riqueza o poder. Los cerdos que construyen su casa con hierba o con paja o con madera son devorados por el lobo, y solo sobrevive aquel que consigue los mejores materiales, y los más caros por supuesto: cemento y ladrillo. Las comodidades materiales garantizan la existencia. Es decir, sobreviven los ricos. La conclusión resulta horrorosa. Un cerdo tiene derecho a la vida así viva en la copa de un árbol o en la profundidad del barro, no importa cuántas horas dedique a ganarse el sustento o qué tan gorda o precaria sea su cuenta en el banco, al menos en los terrenos de la literatura. Por eso le di el giro a la historia: hice no sólo que sobrevivieran los cerdos sino que cada uno le diera su merecida paliza al miserable lobo. Que trabaje, que siembre y recoja su cosecha en vez de comerse a los cerdos.
En El papá de los tres cerditos, es el padre quien asume el papel de héroe, rescata a sus hijos de las garras del lobo feroz y escribe un libro de filosofía, disfruta de las regalías y espera en su casa con la escopeta cargada. Ningún lobo se atreve a desafiarlo. Quise afirmar el amor filial. Quise llenar ese vacío de los padres ausentes y fui más allá. Hice un héroe de ese padre que defiende a sus hijos a capa y espada, es decir, con escopeta y pólvora.



EL ÁRBOL TRISTE

Es tal vez mi mejor libro, editado por SM y con sabias ilustraciones de Diego Álvarez. Trata del exilio en metáfora de pájaros. Tres tristes pájaros llegan al patio de una casa, llegan de un país lejano, una y otra vez, cada noviembre, pero ahora llegan de un país en guerra. Han sobrevivido de milagro y padecen la nostalgia. Quieren regresar y conocen el riesgo. En su país las personas están muriendo como moscas, como si no hubiese espacio para todos. Humo, ceniza y dolor cubren la amada geografía de su país. Los pájaros saben que la situación empeora cada día y aun así deciden regresar. Esta es a grandes rasgos la historia.
En la Antigua Roma el exilio era uno de los peores castigos. Tal vez peor que la muerte. En mi país los desplazados se cuentan por millones. Seres que se despiertan lejos de casa, del patio de su infancia, de los árboles amados, de los ruidos y los olores de los días felices. Y es asunto conocido que los pobres se van a los países ricos a buscar la vida, y a qué precio. Otros salen corriendo cualquier noche, con los que llevan puesto, para salvar el pellejo. Y otros se lanzan a las mortales aguas en patéticas balsas para escapar a la miseria de su propio país y esperan durante años o décadas que el tirano de turno estire la pata para volver a  ver a los suyos.



EL SUPERBURRO Y OTROS HÉROES

Es anterior a los libros mencionados. Pero me acordé de su existencia en este momento y encaja a la perfección para enseñar el abanico de los nuevos temas. “El Superburro”, el cuento que presta su título al libro, trata de las aventuras del burro de las monedas de oro, primo hermano de la famosa gallina de los huevos de oro, la misma infeliz gallina que un ambicioso abrió con un cuchillo para apoderarse de la fábrica. El burro de mi historia huye para salvar el pellejo, va la escuela, donde, por supuesto, es el alumno más burro de todos, un peligro con el trompo a la hora del recreo y un futbolista que da más patadas que pelotazos. La maestra le tira las orejas, se las estira casi hasta el piso. En fin, en un ataque de sabiduría, el burro abandona la escuela y se dedica a refrescar a las señoras con sus orejas: presta servicios de abanico. Aprende a volar como un helicóptero y la gente lo confunde con Superman. Limpia semáforos, ventanas de edificios, rescata personas de los incendios y se lanza a la política para aprovechar la popularidad. El burro llega a la presidencia. Y no debe extrañarnos. No es el primer burro que lo hace.
El Superburro y otros héroes es mi libro más venenoso. Es un tratado del fracaso. Es una reivindicación de los torpes, de los tímidos, de los fracasados, en contra de la cinematográfica idea de que la vida pertenece a los triunfadores, a los hermosos, a los poderosos. ¿Y el resto qué?



LAS BARBAS DEL ÁRBOL

Es una historia sobre la muerte. “Es viejo el árbol. Porque tiene barbas largas y grises. Como el abuelo.” Así comienza. “De día mantiene los secretos en las ramas. Se despeina. Se diría que baila. Que va y viene. Que gira en redondo como un perro juguetón que se persigue la cola…” El árbol, si bien no es el abuelo, es parte de su mundo. Y el abuelo sabe que su tiempo se acaba. “Ay, niña, en este mundo estamos de paso”, le dice con dolor a su nieta, mientras le acaricia la cabeza. El abuelo desaparece pero deja a la niña la visión de su mundo. Más tarde la niña vuelve a ver al árbol y sus dedos alcanzan las primeras ramas. Ha crecido. “Árbol de la esperanza, mantente firme, que no lloren tus ojos, cielito lindo, al despedirme”, canta con su padre. Padre e hija continúan con la amistad del árbol y es lógico pensar que años después esta niña, ya hecha mujer, vendrá a visitar al árbol con sus propios hijos. Árbol y abuelo, árbol y memoria, árbol y visión de mundo, continuidad de los sentimientos.


EL ÚLTIMO VIAJE DE LUPITA LÓPEZ

Es cosecha mexicana y se nota, no sólo por los nombres de los personajes (Guadalupe López, Ramón López Velarde, Juan Rulfo) y la geografía (Coyuca y Villahermosa) sino por la visión de mundo.
         Escribí esta historia en Ciudad de México a finales de 2007 o 2006, para una cuentacuentos chilanga, una amiga muy querida, Elia Crotte, Princesa de Copilco, como reza la dedicatoria. Y Copilco es casi la última estación que va de Indios Verdes a Universidad. Desde ahí, si se quiere, se puede llegar a pie a la UNAM o, con más tiempo y ganas, a la Central Camionera del Sur, y una vez allí se aborda transporte para Cuernavaca o Acapulco, al sur en todo caso.
         Los hijos de Elia ya se fueron. Su hija mayor se casó con un uruguayo, una maravillosa persona, y hace años armó rancho aparte: tienen una niña preciosa. El hijo varón de Elia es un dolor de cabeza y vive con el padre a ver qué se puede hacer. Y la hija menor, que no llegaba a los veinte por entonces, decidió levantar vuelo. Así que mi amiga se quedó sola, sin perro, sin gato, sin pájaros.
         El aire de México me hace provecho, mi cabeza enloquece y escribo con cierta facilidad. (La hija del vampiro, El papá de los tres cerditos, El árbol triste y Las barbas del árbol son frutos de una abundante cosecha mexicana.) Llego a México con el serio y profundo propósito de vagabundear y siempre termino encerrado escribiendo historias.
         Escribí Lupita de una sola sentada, en el apartamento de Elia. Trabajé la historia unos días y se la leí a mi amiga en el comedor, después de la cena.
         Sus lágrimas cayeron como piedras en los platos vacíos.
         Lupita no es mi amiga Elia, por supuesto. Lupita es una estación de la vida, la última estación, cuando a la vida se le acaba la cuerda. Así es, así será.
         En un cuento de Hemingway, “El campamento indio”, Nick Adams sigue de cerca el parto por cesárea de una indígena, practicado por su padre con una navaja y sin anestesia alguna, un trance tan duro que ocasiona el suicidio del marido, quien se rebana el cuello en su propia cama. Pero mi  fascinación por la historia no radica en esta anécdota descarnada ni en el maridaje de nacimiento y muerte sino en su final. Al amanecer, cuando aborda la canoa de regreso con su padre y su tío, Nick Adams hunde la mano en el agua y tiene la certeza de que nunca morirá.
         Así me sentía antes de visitar México, como todos los muchachos. En otras palabras, fui a México creyendo que era inmortal y regresé sabiendo que me iba a morir. He presenciado más de un Día de Muertos en el zócalo de la capital, en Ocotepec (Morelos), en Nocutzepo (Michoacán), en uno y otro cementerio. He compartido la comida y la bebida con los muertitos, he fotografiado este florido espectáculo y he comprendido mucho mejor las páginas de Rulfo.
         Las casas se abren para todo el mundo. Donde hay muerto reciente se monta un altar, toda una habitación con ciertos elementos de rigor como el agua, la luz, el pan, la sal, y las cositas que le gustaban al finado. Un camino de flores de zempachúli, propias de esta época del año, y velas encendidas una tras otra, van desde la puerta, atraviesan la casa y terminan en el altar para que el muerto no se extravíe y, en este plano, para que el visitante entre sin preguntar, como un viejo amigo. Entrega entonces un cirio al dueño de casa y recibe una bebida caliente y un pan. En todas las casas se repite la ceremonia, porque el mexicano es amplio y generoso, porque la mesa del mexicano es un festín, porque siempre andan juntos, “es que somos tantos”, me explican, y uno sólo bebe en las tres o cuatro primeras casas porque ya revienta de lleno.
         La puerta del mexicano vive abierta. “Mi casa suya de usted”, dicen ellos y no es un juego de palabras sino una pura verdad que la gramática no expresa con precisión porque a veces a la gramática le quedan grandes los asuntos del alma.
         En esta fecha de noviembre se abren otras puertas. Los muertos vienen y uno va hacia sus muertos. No es nada trágico ni penoso. No hay lágrimas. Al contrario, es un alivio. No se vive la muerte, se vive con ella, la Pelona, la Huesuda, la Calaca, tantos nombres que tiene la señora.
         Y hasta acá doy cuenta de Lupita y la muerte. ¿Pero de dónde salió el pez? Que lo diga el mismo pez. ¿No será el pez de El viejo y el mar, el pez de un viejo que ya no sueña con mujeres sino con leones marinos. ¿No será Moby Dick atrapado en una pecera? No lo sé y mejor dejemos las cosas así.
         Mi amiga no tiene mascota ni jardín ni cuadros en las paredes del apartamento. Tiene libros. Es Piscis. Cojea con gracia desde la operación en la cadera. Le queda camino. Aún le quedan viajes  a mi amiga. Suplico a los dioses que sean muchos y que en algunos de esos viajes tenga la dicha de acompañarla.
           
Triunfo Arciniegas
Encuentro Internacional de Escritores
Quito, 19 de mayo de 2010



miércoles, 25 de mayo de 2011

Poética con filo



Triunfo Arciniegas
POÉTICA CON FILO


Al amanecer, la mujer del carnicero afila los cuchillos.



Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro


lunes, 23 de mayo de 2011

Últimas palabras



Triunfo Arciniegas
ÚLTIMAS PALABRAS

A punto de morir, mi madre hizo un gesto para que me acercara y susurró en mi oído: “Olvidé bajarle fuego al arroz”.


Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

sábado, 21 de mayo de 2011

Hombre recién casado


Triunfo Arciniegas
HOMBRE RECIÉN CASADO


Un hombre recién casado salió al jardín y demoró tanto que echó raíces, ramas, frutos. Cuando su mujer se asomó a la ventana para saber el motivo de la tardanza, ya era una anciana.


Triunfo Arciniegas
NOTICIAS DE LA NIEBLA
Ediciones Gato Negro

jueves, 19 de mayo de 2011

Mujer y cabeza


Fotografía de Siro Anton

Triunfo Arciniegas
MUJER Y CABEZA


La mujer encontró en la puerta la cabeza de su antiguo marido. Le espantó las moscas con el periódico y la guardó en la nevera por si alguien pasaba a reclamarla. Enseguida preparó la cena.


Triunfo Arciniegas
NOTICIAS DE LA NIEBLA
Ediciones Gato Negro

martes, 17 de mayo de 2011

Cría cuervos


Triunfo Arciniegas
CRÍA CUERVOS

Ciego y miserable, alimenta los cuervos con sus propias entrañas. Sabe que tarde o temprano le traerán a casa los ojos de sus enemigos.


Triunfo Arciniegas
NOTICIAS DE LA NIEBLA
Ediciones Gato Negro

domingo, 8 de mayo de 2011

Así sucesivamente

Ilustración de Roberto Ricci
Triunfo Arciniegas
ASÍ SUCESIVAMENTE

El hombre se hace el hara kiri y el siguiente le corta la cabeza y se hace el hara kiri, el siguiente le corta la cabeza y se hace el hara kiri, el siguiente le corta la cabeza y se hace el hara kiri, el siguiente...


Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

viernes, 6 de mayo de 2011

El tamaño del miedo



Triunfo Arciniegas

EL TAMAÑO DEL MIEDO


El loco estaba tirando piedras a diestra y siniestra cuando surgió el camión, cuadras más allá, primero del tamaño de un juguete, luego del tamaño del miedo, verde y repleto de soldados, y el milico se bajó, lo amenazó con el arma desenfundada, y el loco tiró piedras, piedrecitas, polvo, se fue.

Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro


martes, 3 de mayo de 2011

Ventana abierta

Triunfo Arciniegas
VENTANA ABIERTA

De su vientre escapan palomas, y de sus cabellos, golondrinas. Revolotean por el cuarto y a veces la despiertan. Trata de alcanzarlas pero se desvanecen pronto. Sabe que ha despertado tarde una vez más. En la mañana, regadas por el piso, dos o tres plumas demasiado grandes para un pájaro. Tal vez un ángel sea su dueño, aunque considera ridícula la idea de que semejante criatura venga a desplumarse en su presencia a cambio de nada. De seguir así, reflexiona, pronto no le quedarán plumas en sus tristes alas. Desea con fervor que el ángel sea su dueño y cada noche deja abierta la ventana, y las piernas. Tal vez despierte a tiempo.


Triunfo Arciniega
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

domingo, 1 de mayo de 2011

La niña en el bosque

Fotografía de Philippe Berthier
Triunfo Arciniegas
LA NIÑA EN EL BOSQUE

La niña desapareció en el bosque un viernes por la tarde, y el domingo papá me compró la bicicleta. No la conocía bien, aunque me atraía, aparte de la palidez y la belleza, su aire de desamparo y soledad, como si exhibiera un letrero que especificara su condición de fruto tardío de un matrimonio de viejos. La buscaron durante semanas. Cuando los periódicos dejaron de mencionarla, ya sabía pedalear sin tocar los manubrios. La policía archivó el caso y dos meses más tarde sus afligidos padres cerraron la casa y abandonaron la ciudad. Tal vez creyeron que no la merecían, tan bella era, tan fuera de tiempo. En todo caso, jamás regresaron ni escribieron ni nada, y la niña pronto desapareció hasta de las conversaciones. Ciertas noches de luna llena la oigo llorar entre los árboles. Mi mujer dice que la confundo con los gatos.


Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

viernes, 29 de abril de 2011

Triunfo Arciniegas / La princesita preñada

Ilustración de Luis Royo
Triunfo Arciniegas
LA PRINCESITA PREÑADA

Ya principió el alboroto de las campanas, ya parió la princesita, la misma que se había perdido. Nadie daba razón de su paradero, hasta que de la nada apareció el príncipe, habló con el rey largo rato y se fue a buscarla en su brioso corcel de espuma. La encontró en la cueva del dragón y se la trajo, gordita y rosadita, porque el dragón le daba de comer, le daba vitaminas, la abrigaba entre las piernas. Venía encantada, jubilosa, entre las nubes, como si no se percatara de las flores que arrojábamos a su paso, de los gritos de bienvenida, de la envidia de las muchachas. El príncipe reventaba de orgullo, imagínense la hazaña, y él solito, con su espada y nada más. Pero no se casó: la princesita estaba preñada. El rey se enojó, se emputó en serio, tan viejo, con taquicardia y todo, y el príncipe desapareció del palacio antes de perder la cabeza. Se le vio en el bar de Osiris, sumergido en el vaso de cerveza y en bocas de alquiler. Se largó para siempre una noche sin luna, en el brioso corcel de la estrella negra en la frente. Ya no tan esbelto, tan radiante, tan invencible. Yo misma lo vi, señores, borracho y vomitado, frente a la catedral en ruinas y bajo una corona de polillas, con la princesita en los ojos. Lamentaba la suerte del dragón, viejo y enamorado, que apenas opuso resistencia y recibió la muerte como otra herida de amor mientras imaginaba el rostro del heredero. Yo misma oí el rumor de los cascos de plata que se alejaban para siempre. Y en cuanto a la princesa, era cierto: bien preñada estaba. La vimos en los jardines reales, retozando, cantando y arrojando piedrecitas al espejo del estanque de los cisnes. Estaba, porque ya parió, un dragoncito, señores, el heredero del reino, un dragoncito.



Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

martes, 26 de abril de 2011

Muñeca de piel


Triunfo Arciniegas
MUÑECA DE PIEL

Es rara la muñeca. Abre y cierra los ojos con asombro: tiene párpados. Es difícil explicar estas palabras: asombro, párpados. Los párpados son conchas de piel que cubren momentáneamente los ojos. Ventanas. Piel es la envoltura delicada, caliente y microscópicamente porosa que recubre el cuerpo por entero. Bello acabado. El cuerpo es una sola pieza indivisible. Si se le puya con un alfiler reacciona de inmediato. De frente o de espaldas, despierta o dormida. Porque duerme. Descansa. El manual especifica: “La piel siente”. Consideramos que se trata de un juguete demasiado complicado o sofisticado para nosotros, pero sin duda fascinante. Ox “enloquece” –otra palabra del complicado folleto de instrucciones– porque la muñeca le despierta los “instintos”. Sumisa y suave, perfectamente diseñada, parece entendernos, aunque en determinadas situaciones pretende desobedecernos. Pero no puede desobedecernos. Es más, esta palabra ha sido excluida de los diccionarios por obsoleta. Conviene que no desobedezca nuestro ritual lúdico por su propio bien o supervivencia: la piel duele. El alfiler, el calor, el frío, la presión. De acuerdo al folleto de instrucciones, sólo son inmunes al óxido. Su expresión de mansedumbre y derrota confirma nuestra sabiduría. Es rara la muñeca indudablemente. “No requiere cuerda manual ni programación ni tratos especiales.” Su mantenimiento se reduce a zanahorias, duraznos y diversas hierbas sin dueño que se encuentran fuera de las ciudades. OX 13-512 quiere pasar todo el tiempo con la muñeca y descuida el mantenimiento del laboratorio.
Tres días y tantas tareas. Una vez conocidos todos sus aspectos externos, su cuerpo y su conducta, es hora de adentrarnos en los misterios respiratorios, circulatorios, sanguíneos, en el sistema óseo, en la complejidad de los músculos y tendones. Aunque nos libra de la rutina, una operación semejante puede conducirnos al agotamiento y nos exige lubricación extra, programación doble, imprevistos ajustes en la maquinaria. La maquinaria es lo que el folleto de instrucciones considera organismo en la muñeca de piel.
Nada más tres días. Hace unos minutos perdió los movimientos. “No es reajustable ni reprogramable”, advierte el folleto de instrucciones. Sólo es desechable. Un juguete de esta categoría no debería ser desechable debido a su alto costo o al menos debería incluir cierta garantía, dos o tres meses como mínimo. De todos modos es una pérdida lamentable porque nos divertíamos cada vez que extraía de una cavidad secreta una pulpa rosada y húmeda y emitía sonidos maravillosos. Pasaremos el informe respectivo al departamento de quejas. Ox padece descontroles graves.
La siguiente exigencia es otro juguete muy semejante. Sólo se diferenciará del anterior por la elástica protuberancia de carne envuelta en piel que puede endurecerse o ablandarse según se manipule o no (véase nuevas instrucciones) y que en ciertas condiciones permite el acoplamiento o sistema primitivo de reproducción entre dos juguetes. Uno de ellos, luego de la unión, formará dentro de su cuerpo un nuevo juguete. Fascinantes estos animales. Pero de todos modos qué falta de seriedad en nuestras fábricas, sólo experimentamos tres días con la muñeca de piel. Le brotó por las cavidades secretas, por los orificios de la nariz, por las orillas de los ojos, por los orificios de los oídos, ese líquido caliente, rojo, cuyo nombre todavía no localizo en el folleto de instrucciones. Creo haberlo visto en la página 66, renglón 3, al final del renglón 3.


lunes, 25 de abril de 2011

La mujer cometa


Mujer que vuela
Acrílico y esmalte acrílico sobre tela
David Garza

Triunfo Arciniegas
LA MUJER COMETA

Siempre queríamos subir desnudos a la loma. Desnudos y sucios, con las uñas sucias y estropeadas. Pero mamá, furiosa, los brazos cruzados y los ojos rojos, se atravesaba en la puerta hasta que nos decidíamos por los zapatos luminosos, las ropas limpias y la sonrisa rosada. Siempre mamá. Y las uñas recortadas y limpias. Como siempre, mamá. Siempre vestidos y contentos a elevar la mujer desde la loma. La extraíamos de la caja, le arrancábamos los periódicos y la inflábamos con la boca hasta casi reventar. Era agotadora la tarea. Pero nos fascinaban sus pechitos blancos sin pezones, su redonda y suave cintura, las largas piernas, sus veinte uñas pintadas de rojo. Acariciaba disimuladamente su piel brillante, el vientre liso, los pies pequeños, los graciosos dedos. Entonces, cuando el aire comenzaba a separarla de la tierra, como el inocente Príncipe Azul acabando de besar a la Bella Durmiente, se despertaba y nos miraba con ternura, entreabriendo su boquita pintada. El viento y sus delicados dedos ponían en orden los largos cabellos. Y comenzaba a jadear a medida que subía; más arriba, gritaba, chillaba, se reía. Se sacudía violenta, con ganas de escapar, pero nosotros envolvíamos la cuerda entre los dedos. La cuerda no nos arrancaría los dedos. No tenía importancia que se nos ensangrentara la cuerda si la mujer gozaba la dulzura de volar. Se escondía entre las nubes; nadie supo qué cosas haría entonces, se acariciaría las largas piernas o se mordería los dedos y los labios o fabricaría extraños peinados con sus largos cabellos. Halábamos con fuerza cuando el viento parecía derribarnos y las nubes se destrozaban. Que no se reventara la maldita cuerda, que no perdiéramos nuestra hermosa mujer. Y de las nubes destrozadas surgía la mujer como un náufrago invencible. Sólo caía, fatigada y dichosa, cuando se nos hacía de noche. Sus mejillas encendidas alumbraban el camino de regreso. Antes de abrir la puerta, en el jardín penumbroso, la desinflábamos, la envolvíamos en los periódicos y la encerrábamos en la caja. Ya estaba dormida y silenciosa, las largas pestañas recogidas y la boquita sellada, como muerta de frío la hermosa. Atábamos la caja con una cinta roja, poníamos en orden los cabellos y los pensamientos y acomodábamos el rostro para mamá. Siempre mamá. Abríamos la puerta como perros regañados. Mamá nos revisaba los zapatos luminosos, las ropas limpias y la sonrisa rosada, siempre seria y siempre rabiosa, y las uñas recortadas y limpias, y hasta la otra tarde nos guardaba la caja en su alcoba. Sólo entonces podíamos jugar desnudos.