Me acuerdo de la primera vez que leí Distancia de rescate. Siempre me acordaré. De la sensación de asombro (¿Eso se puede hacer?), de la sensación de urgencia (como si Schweblin hubiese tenido que contar la historia lo antes posible, y nosotros entender qué está pasando cuanto antes, para salvarnos), de esa primera frase en cursiva (Son como gusanos) que desata un misterio siniestro a gran escala que incluye aguas pútridas, un caballo enfermo y más ansiedad de la que un solo ser humano puede manejar.
La obra de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), esta argentina que vive en Berlín, es la representación por excelencia del inquietante terror cotidiano que se produce a diario en los seres humanos, ese que no nos paramos a pensar mucho por supervivencia, igual que no solemos pensar en todos esos parásitos que supuestamente viven en nuestros rostros; que comen, defecan y se reproducen de manera microscópica para mantener el equilibrio de la microbiota cutánea. Asimismo, los personajes en las historias de Schweblin se relacionan, se cuidan y se hacen daño de maneras en las que lo hacemos todos, para mantener el equilibrio de la sociedad en la que vivimos juntos, sin pensar mucho en lo raro y frágil que es este ecosistema, que en cualquier momento puede colapsar, puede dar paso a algo ridículamente trágico mientras jugamos con el hijo del vecino, cuando perdemos el tren, o mientras cuidamos a nuestro hijo y vemos cómo se traga una pila. Me fascina que Schweblin estudió cine, no literatura, y sin embargo sus obras son casi exclusivamente destinadas a las páginas de un libro, imposibles de adaptar a guion, porque es imposible plasmar en pantalla esos procesos mentales que seguimos para intentar sobrevivir a la vida.
En cuanto me enteré, el pasado junio, de que Samanta Schweblin estaba en la Feria del Libro de Madrid firmando, fui corriendo ipso facto a el Parque de El Retiro, esperando tener que pelearme con masas de fans por un autógrafo y liarme a hostias con mi copia de Un buen mal, esa nueva colección de cuentos que El País describía como “un catálogo de soledades”. Sudando me acerqué a su caseta donde vi que estaba sola, bebiendo agua de una botella de plástico, y enseguida pequé de arrogancia, pensando que qué vergüenza de país, que nadie conoce a Samanta Schweblin, que debería tener una cola de miles. Embestí hacia ella hasta que una azafata de la feria me paró, y gesticuló para que mirase hacia atrás… Donde vi esa cola de miles. Sonreían condescendientes, porque pensarían que qué vergüenza yo, que pensaba que Samanta Schweblin no tenía una cola de miles.
Verla hoy sujetando el premio AENA de narrativa hispanoamericana, levantando la escultura verde pistacho de Mariano Vilallonga con unas manos finas y manicura perfecta (porque esa es otra – encima de todo es guapísima y esbeltísima) no puedo sentir ni envidia, porque envidia denotaría que uno siente que merece eso mismo que tiene la otra persona. Y Samanta Schweblin está a otro nivel, uno superior, y la mayoría de nosotros solo podemos hincar la rodilla como hacen los animales de la sabana en El rey león cuando ven alzado al nuevo rey. Viva la reina, viva la Schweblin.


No hay comentarios:
Publicar un comentario