lunes, 31 de mayo de 2021

Triunfo Arciniegas / Ante todo, soy un lector



Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
Ante todo, soy un lector

El autor o libro infantil que continuamente haya estado leyendo.

Roald Dahl, un autor que las editoriales no publicarían en estos tiempos de censura, de lo políticamente correcto y de las buenas maneras. Si hubiese nacido hace veinte o treinta años, tendría sus manuscritos en un cajón porque ningún editor se arriesgaría. No lo leo continuamente pero debería. Roald Dahl es el más grande de todos.

El ilustrador de cualquier época que quisiera ver en sus libros.

Menciono tres absolutamente maravillosos: Gabriel Pacheco, Santiago Caruso, Quentin Blake. Pero podría hacer una lista de trescientos.

El libro infantil o juvenil que hubiera querido escribir.

Pinocho, de Carlo Collodi. Un divertido y angustiante libro de transformaciones. Collido es como un Kafka para niños, y Pinocho, una obra maestra.

El libro que lo haya hecho llorar.

El libro triste, de Michael Rosen. Creo que la muerte de un hijo es la mayor desgracia que puede experimentar el ser humano. La sabia y contenida manera cómo Michael Rosen lleva esta historia, amparada por las ilustraciones de Quentin Blake y el impecable diseño editorial hacen que El libro triste sea memorable, aparte de conmovedor.

Libros de lectura pendiente que lo hagan sentir culpa

Ante todo, soy un lector y me he pasado la vida leyendo. O releyendo. Valga la advertencia. Sin embargo, tengo miles de libros por leer. No me alcanzará la vida para tantos pendientes. Nombro cinco, casi al azar, que requieren por lo menos tres meses de absoluta dedicación: Trilogía americana, Gargantúa y Pantagruel, El hombre sin atributos, La Divina Comedia, Bajo el volcán. Se trata de libros muy conocidos. Porque hay otros, raros y difíciles de encontrar. La lista crece día tras día.

El libro que le encanta regalar.

La metamorfosis, de Kafka, los cuentos de Patricia Highsmith, los poemas de Raúl Gómez Jattin.

El libro que le haya cambiado su manera de ver o de escribir.

Tres novelas breves, tres obras maestras: Pedro Páramo, El amante y El coronel no tiene que le escriba. Rulfo, Marguerite Duras y García Márquez inventan universos particulares, muy propios, con personajes solitarios y marginales, y un lenguaje preciso y precioso. La misma brevedad de las obras hace que el lector vuelva a estas páginas una y otra vez. Placer asegurado, manjar de dioses. Más que escritores, estos maestros parecen artesanos del lenguaje. Y más que artesanos, orfebres, porque trabajan oro puro.

Un libro que lo sorprendió pero no supo que iba a ser así.

Así son los buenos libros: nos sorprenden y revuelcan. Un libro absolutamente previsible es un libro malo. Suele pasar mucho más con las películas, que tienden a complacer a la mayoría de la gente, que tienden a la redondez de principio, nudo y desenlace, que no se arriesgan porque deben recuperar la inversión y generar ganancias.

Un libro que debería estar en la categoría de niños pero no suele estarlo.

Los niños se apropian de los libros. Saltan para atrapar los frutos del árbol prohibido. La lectura a escondidas es una de los grandes placeres de la infancia. Los padres y los profesores deberían apartarse, dejando a un lado su papel de censores. Si un libro no entra dentro del campo de la experiencia o del imaginario, el niño se aburre y lo deja. Lo retomará años después si en verdad el libro vale la pena.

¿Y lo contrario? Un libro que debería ser ubicado en lecturas de niños.

Tres libros que todos los jóvenes deberían leer: La isla del tesoro, Los tres mosqueteros y Drácula. Stevenson, Dumas y Stoker mantienen su prestigio, por supuesto, pero no sobra resultar que son maravillosos autores: saben contar una historia, nos arrastran, nos desbocan. No es la respuesta, pero más o menos. ¿Y para niños? Arnold Lobell, James Stevenson, Roald Dahl son imprescindibles. Tampoco es la respuesta. Otro asunto es que hay numerosos libros publicados en ciertos países o por pequeñas editoriales que no alcanzan la difusión que merecen. En el mundo de habla hispana, la única potencia o el único país con la posibilidad de verdadera y merecida distribución de sus libros es España. Los demás están fregados.

Pregunta libre: ¿es necesaria la ficción?

Tal como es, tediosa, limitada y mediocre, la realidad no es suficiente. Por eso el hombre acude al juego, el riesgo, las drogas, el licor. Necesita romper los límites. La ficción es mi manera de romper los límites y enriquecer la existencia. La ficción es absolutamente inabarcable y no necesariamente se circunscribe a la literatura. Podemos hablar del arte en general, para incluir el cine, el teatro, la pintura, la fotografía, la música, el diseño, la danza. Infinitos mundos por explorar, expresiones de la belleza que nos arrebatan y nos liberan de nosotros mismos, haciéndonos olvidar penas y miserias, soledades y olvidos, y ante todo, nuestra mortalidad, y para que así, después de todo, sea más llevadero el breve paso por esta tierra de nadie.

Boletín bibliográfico, 2021


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